Es lamentable la situación de Fajardo. Vi una campaña en la red que se llama “Yo creo en Fajardo” y la leí como un llamado a cerrar filas.

En su defensa se argumenta decencia y desconocimiento de que el esposo de la funcionaria era el beneficiario de la concesión para explotar la cantera en cuestión -de la cual sospecho tendrá si acaso tres piedras-. Yo creo que así fue; hubo descuido, o mejor, hubo una cadena de descuidos de los funcionarios que debían revisar las concesiones antes de ser firmadas por el gobernador. Sin embargo, ni la decencia, ni la omisión, ni el desconocimiento eximen al gobernador de la falta disciplinaria cometida. La decencia y la moral son conceptos bastante subjetivos.

Cuando quise unirme y ayudar, cuando les pedí que me escucharan, los fajardistas cerraron filas creando una barricada alrededor de su líder. Guardaron silencio, nunca me respondieron por mis proyectos, se hicieron los que me escuchaban pero en realidad nunca lo hicieron, tampoco respondieron con claridad las preguntas nacidas de mi compromiso como ciudadana. Cuando manifesté mi desacuerdo no faltó el que me mandara a buscar otro partido (como si el fajardismo fuera uno).

Ahora, en la época de vacas flacas, soy yo la que guarda silencio. No me les uno al llamado a cerrar filas alrededor de un individuo al que con fe ciega idolatran. Lamento todo el daño que los fieles le han causado a Fajardo -y a la política en general- al no admitir puntos de vista contrarios y al no hablarle a él con firmeza y claridad.

A las instituciones hay que honrarlas, y aunque el Procurador sea un personaje nefasto, la defensa del gobernador tiene que argumentar algo más que decencia, porque la gente decente también se equivoca y tiene que rendir cuentas. Aunque duela, hay que aprender a asumir con entereza las consecuencias de los errores. Y para mí el peor error de los fajardistas ha sido la arrogancia. Tan nefasto es el Procurador para el país, como el hecho de que el fundamento de los movimientos políticos no sean las ideas y la deliberación entorno a ellas, sino el culto a algún individuo en particular.

Guardo silencio porque no quiero caerle al caído. Pero en mi silencio esperaré que de todo esto no resulte el gobernador inhabilitado.

Esto me lo encontré en un muro ajeno:

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.