Es febrero. Tampoco había recordado nunca la fecha, aunque recuerdo todo lo que sentí por esos días en que estabas lejos en el momento más triste de tu vida. Recuerdo también la pantalla del computador y tus palabras. Recuerdo haber sentido desespero e impotencia; sentí tu dolor de una manera que jamás podré describir ni con palabras ni con gestos. Con vos todo fue siempre así. Lamenté nuestro encuentro en esas circunstancias. Me parecía absurdo, como un juego sucio del destino, que nos encontráramos los dos tan lejos después de haber estado tan cerca tantos años, y que fuera la muerte la causante del milagro. Porque en medio de todo nuestro encuentro en fue un milagro. He escrito sobre ese día. He callado mucho por respeto, por miedo a mis palabras que se escriben como a ellas les viene la gana. Lloré mucho y por mucho tiempo sin saber qué era lo que me dolía. Me dolías vos, me dolía tu dolor, porque siempre tuviste una capacidad extraña de transmitirme tus cosas a pulsos muy intensos, a calambres de amor, de rabia, de desconcierto, de cobardía, de tristeza. No sabés cuánto quise poder abrazarte hasta los huesos y no sabés lo que sentí al dejarte en el aeropuerto. No sabés que lloré por mucho tiempo, esporádicamente, sin saber por qué, pero repitiendo tu nombre de para adentro y apretándolo muy fuerte con los dientes.