Algo muy triste me pasó al leer la columna de Ricardo Silva Romero sobre la mediocridad. Recordé la mediocridad de quienes exigen excelencia en los demás, pero se niegan a responder las preguntas ciudadanas. La mediocridad de quienes escriben un libro blanco y hablan de transparencia, pero guardan silencio frente a sus propios actos o los actos de la gente de su gobierno. Recordé la mediocridad de quienes gobiernan con amigos, olvidándose de que a eso, en el servicio público, no se le llama amistad, sino nepotismo. Recordé la mediocridad de quienes planean un debate público, no con sus detractores, sino con sus amigos; la mediocridad de todos aquellos que, incapaces de escuchar para comprender y de explicarnos bien para que comprendamos, hablan de educar y de transformarle la vida a la gente del campo. La mediocridad de los que recitan un discurso fabricado desde una poltrona, desde un helicóptero o desde un café de El Poblado. Recordé, además, esa resginación mediocre que nos lleva a elegir lo mejorcito del ramillete de mediocres políticos colombianos (“ese por lo menos no roba”).

Cito los apartes del texto que me llevaron hoy, una vez más, al desconsuelo de ver a lo que se redujo mi esperanza en la política (y en “la más educada”):

“Nuestro enemigo, me temo, es la mediocridad. El mediocre, en vez de responder con dignidad a la victoria, se dedica a cubrir sus huellas a punta de soberbia. Y entonces se resigna a sí mismo. Y la realidad es su realidad, y punto. Se monta una corte de aduladores que lo aplauden hasta ensordecerlo. Va por ahí invalidando a sus adversarios, a sus críticos. Y encuentra refugio en sus dogmas siempre que vuelve de sus cobardes cacerías de brujas: la cumbre de la mediocridad es el fanatismo. Y el fanático es el mediocre que sale de su casa a señalar a los demás sin antes haberse visto en el espejo”.

 Nota: Esta fue la columna que me recordó una de mis más grandes desilusiones.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/mediocridad/14898081