Tus palabras sirvieron, ellas siempre me alivian el cuerpo y el alma. Esta vez fueron el “sana que sana” barriguita de Diana que estaba necesitando.

Cuando me llegan tus mensajes embotellados no puedo parar de sonreír con una risa que sin ser carcajada tampoco quiere ser disimulada. Y la sonrisa me dura semanas. Leo y releo tus mensajes y, otra vez, como niña enamorada, trato de descifrar los interrogantes para las respuestas presentidas; como le dijo Cortázar a uno de sus amigos en una carta: “por suerte vos y yo nos conocemos lo suficiente para saber que lo que no nos hemos dicho queda dicho para siempre”. Así son nuestros silencios, callados, pero desde siempre sabidos y sobrentendidos.

Al leer tus cartas me siento valiente y muy barco, y te imagino parado en mi proa dispuesto a romper olas y a capotear tempestades conmigo. En los viajes más apacibles de amores juveniles fuiste Capitán, en todos los temporales has sido un indispensable marinero raso. En tu tiempo de Capitán también hubo muchas tormentas que supiste capotear con destreza.

De cualquier modo, siempre ha sido muy hermoso verte vagar escondido entre mis mástiles.

La brisa nos trae nostalgias y botellas.

Diana.