Nerviosa, como estaba, dejé al instructor solo en la sala de espera y me fui para el baño a tratar de calmarme. Mujer, por favor, te has preparado mucho para este momento. Espejo del centro, espejos laterales y mirada por encima de tu hombro; esa es la secuencia. Si haces eso todo estará muy bien. Pero si así lo he hecho siempre. No, no lo suficiente. Tómate el tiempo necesario para analizar el tráfico y después actúas. Respira profundo, que no estás en Colombia, nadie te va a pitar, no te van a insultar, nadie te gritará burra por hacer el PARE donde dice PARE, ni se te van a pegar de la placa para presionarte. Nadie se bajará de otro carro con cruceta en mano para amenazarte. Tranquila.

Entré a la sala y me senté en la mesa número seis frente al evaluador. Ahí me explicó la dinámica del examen y me dijo que lo único que tenía que hacer era conducir con él sentado a mi lado, pero que me olvidara de eso y me concentrara en el tráfico, que tratara de resolver de la mejor manera mis errores y los errores de los demás usuarios de la vía -incluidos peatones y ciclistas-, y que, mientras yo conducía, él hablaría con el instructor sobre cualquier cosa, no para distraerme, sino para ayudarme a estar tranquila. “Si en algún momento quieres que nos callemos, nos callamos; si te equivocas, lo resuelves; pero por favor, siempre: be social”. Eso fue lo último que dijo antes de que nos montáramos al carro.

Después de casi cincuenta minutos de dar vueltas, de ir a la derecha, a la izquierda, pasar por zonas residenciales, cebras, ciclo rutas, y de entrar a la autopista, me dijo que nos regresáramos al centro de conducción. Nos bajamos del carro y caminamos en silencio de nuevo hacia a la mesa seis. Yo estaba tranquila porque sentí que lo había hecho bien, salvo en una ocasión en la que quería posicionarme bien en la vía, al lado derecho, y quedé en la mitad porque la vía se dividió en tres de repente y no en dos. Aparte de ese, no podía recordar ningún otro error. El evaluador me estiró la mano, y con una sonrisa preciosa, liberadora, que me catapultó a la dicha, me dijo:

“Felicitaciones, puedes conducir en Holanda”.

No creo que el evaluador tenga una idea, siquiera vaga, del gran esfuerzo que hice para librarme de todos los malos hábitos adquiridos en el tráfico caótico y frenético de Medellín; la ciudad más innovadora del planeta.