No me gusta escribir así porque puedo resultar mucho más pesada de lo normal. Escribo para no perder la costumbre, es mi ritual de las mañanas sentarme a escribir despeinada y con un café al lado. Quisiera que unos instantes fugaces de fortuna me detuvieran de escribir que me siento pésima y póstuma como pocas veces me he sentido, que la energía me falta, que me pesan los pies tanto que si no fuera muy raro me movería arrastrada, que me siento como si me hubieran robado un órgano en la calle y después me hubieran dejado tirada; que me siento enferma y con ganas nada. Tocaron la puerta y no abrí. Escuché el teléfono y no contesté. Las palabras me susurraron al oído y no las escribí. Estaba tratando de descifrar el misterio del tiempo: es muy raro que a las 2:40 y a las 3:40 las separe una hora, y que en un segundo esta casa haya dejado de ser nuestra, que yo esté empacando mi maleta.

Ahogada entre papeles y leyes me regreso a la casa que nunca a pesar de la distancia ha dejado de ser mía; las demás se desmoronan con mucha facilidad. Mi padre, para disimular su tristeza, está sembrando una nueva huerta en la terraza porque su mejor manera de reivindicar la dignidad de cada una de mis lágrimas es sembrándole árboles a la desolación de los rincones más lúgubres de una ciudad violenta en su color rojo ladrillo y en sus cables de alta tensión que se atraviesan en la vista de todos los balcones. Pero en medio del caos que domina en mi cabeza, sé que a mi regreso me esperan los bosques plantados por mi padre. Esa es mi esperanza y mi única certeza.