Apenas hoy tengo el valor suficiente para escribirte que han sido difíciles los días y las noches sin tus apariciones repentinas en el buzón de correo. Que tus cartas impresas se deshicieron en un aguacero y que aún guardo en mi billetera la conchita que recogiste cuando fuiste al mar por primera vez con tus compañeros de escuela. Que te abrazo en el silencio y que me aferro a tu sonrisa, a tu olor, a tus ojos y a tu pelo. Que estoy dispuesta a quererte así, de lejos y en silencio, a contemplarte yendo y viniendo, como si fueras un mar pacífico en superficie y turbulento del horizonte hacia adentro; un mar al que sólo contemplo porque a la profundidad le temo. Que me rebelo y te alejo porque el amor por estos días anda muy enfermo. Que vueles alto, muy alto, pero que vuelvas, que no me dejes, que vuelvas siempre, pero sólo cuando quieras. Que en mí encontrarás un lugar para curarte cuando el mundo más te duela; que me mires a los ojos cada vez que mires a la tierra para que tengas la certeza de que voy a sostenerte cuando se te doblen las piernas. Que vuelvas cuando quieras, cuando no me odies por haber sido honesta al dejarte ver mi alma con lagunas, con bosques y con abismos en los que ruedan piedras. Que no me perdones las palabras, los suspiros, ninguna de las cartas; que no me perdones por haberte escrito todo lo que no hubieras querido leer ni por haberme negado a acariciar tu ego de rey. Que vueles porque el cielo no da espera, porque tu corazón no me pertenece y porque me basta con la sangre que has dejado en el desgarro de tus letras. Que te vayas, que te alejes, pero que no me cierres, porque no soy uno de los libros que has abandonado en los anaqueles de tu biblioteca. Que te vayas y me dejes sentada en la arena acariciando la paz de tu espuma con mis yemas. Que te vayas, que te alejes, para que me observes sin recelo; y que vuelvas, que vuelvas siempre, para que sigas siendo mi parcero. Que te largues, que te vayas lejos, sí; pero antes de irte, me notificas por favor la fecha de tu regreso.