Se me llegó la hora de partir de nuevo.

Estas han sido mis vacaciones más cortas en Colombia y también las más productivas. Me regreso a Holanda con muchas lecciones aprendidas y con muchas ganas de seguir trabajando con la maestra y con todos los amigos que nos quieran ayudar a sacar adelante el proyecto de la Casita Rural, que ya lleva un año de programas (contenido) en una escuela y que se podrá empezar a usar como espacio físico en un mes.

Mis últimas palabras para los niños en la escuela fueron muy difíciles porque yo no he podido aprender a no sentir mucho. Estaban todos en una mesa redonda en completo silencio esperando mis palabras de despedida; desde el más chiquito de preescolar, hasta los dos más grandes que están en cuarto y que son los que más energía propia y ajena consumen, me miraban con la atención que a veces les falta para hacer lo que deberían hacer según mandan las cartillas… Les expliqué de qué se trataban todas esas actividades extraordinarias que habían disfrutado tanto el último año y por qué algunos profes de refuerzo estaban yendo semanalmente a la escuela a ayudarle a la maestra. Les pedí que la quisieran mucho a ella, que la valoraran y le ayudaran porque ellos sabían que a veces se pasaban en algarabía, peleas y quejas.

Cuando les quise agradecer por todas las enseñanzas que me habían dado ellos a mí, la voz se me esfumó, otra vez, tal como me pasó en la Nacional. Me dio rabia conmigo por ser así tan llorona, y recordé que cuando estaba en primaria se me escapó la voz de la garganta una vez que me tocaba cantar una canción en un acto cívico. Digo que me tocaba porque a mí nunca me gustó ser el centro de atención en el colegio y todavía tengo problemas con eso, en especial cuando debo hablar de las cosas que más me importan y duelen. Me cubrí los ojos con mis manos y el silencio del salón lo escuchaba como un estruendo. Escuché un zapateo, era el de la maestra que había salido del salón corriendo, quizás con el ánimo de perseguir mi voz. Respiré y le supliqué a Dios que me la devolviera, que me devolviera mi voz, aunque fuera con temblor, y que me permitiera cerrar la parte más crucial de mi viaje con firmeza.

Respiré varias veces antes de destaparme los ojos y cuando me sentí capaz levanté la cabeza. Al mirar a los niños me di cuenta de que todos estaban muy conmovidos y de que muchos estaban llorando. Fue un segundo muy hermoso entre nosotros. La maestra entró de nuevo al salón con los ojos llorosos. En ese instante comprobé que los niños tienen algo fundamental que los grandes hemos perdido: empatía. La empatía es la base de la compasión y la compasión es lo que quizás nos lleva a cuidar por instinto al otro. Sentí una gran felicidad al saberlos tan receptivos a mis emociones.

Les pedí que siguieran disfrutando y que nos ayudaran a mantenernos motivados para seguir viajando hasta donde ellos y para seguir recogiendo amor y buena voluntad para poder financiar las entradas, los materiales, los refrigerios y el transporte, porque nada de eso había sido ni será gratis. Les pedí que cuando necesitaran un abrazo fueran a la Casita, cogieran un libro y dejaran que sus páginas con letras o dibujos los abrazaran, y que aprendieran a usar los computadores para leerles cuentos por videollamada. Me aplaudieron y al salir todos me querían abrazar. Ese día nadie se quería ir de la escuela y para mostrarme su agradecimiento me regalaron un montón de tarjetas que habían pintado y que se suponía eran para sus mamás; casi todas las tarjetas quedaron en manos mías y de las otras dos profes. Ah, también me compusieron y cantaron una trova. La gratitud de estos niños y el amor por su escuela sobrepasaron mis expectativas.

Creo que mi aporte más importante, además de la empatía, la alegría y los abrazos, fue la implementación del día sin quejas en la escuela; el resultado fue tan aliviador que la medida fue adoptada de inmediato y será implementada todos los días del año.

Hasta la próxima. Y sepan que la Profe Diana no los ha abandonado. Algún día aprenderemos que partida no es sinónimo de abandono.

Diana Londoño.