La Alcaldía de Medellín defiende la intervención de Parques del Río argumentando que si los ciudadanos nos apropiamos del espacio del río, los habitantes de la calle se alejarán. En su lógica unos se tienen que apropiar para poder expropiar a otros, que además también son ciudadanos, aunque vivan en la calle.

En estos días un reconocido líder del performance de la bicicleta celebraba el  fallo de tutela que permitía la continuidad en la construcción de un tramo de cicloruta diciendo que había ganado la ciudadanía. Y a mí me pareció curioso que él no considerara ciudadanos a quienes pusieron la tutela que, según entiendo, pedía detener la obra mientras les explicaban a los directamente afectados de qué se trataba y por qué el interés de hacerla en una calle y no en otra. Me parece además extremo que conviertan todo en un pulso de egos y que a quienes piden una explicación les quiten incluso la categoría de ciudadanos (al menos en el uso del lenguaje).

En Medellín llevan años desplazando a los habitantes de la calle, los han estado barriendo como si fueran polvo y por eso están hoy todos concentrados en la Plaza Minorista. El río tiene 3500 habitantes que tendrían que haber sido tenidos en cuenta en la planeación del proyecto. Pero no, en Medellín lo humano parece pasar siempre a un segundo plano; lo que importa son las obras físicas porque esas nos recordarán siempre el nombre del gobernante que las dejó, aunque se haya improvisado en su construcción y terminen por hacernos sentir extraños en nuestra propia ciudad.

En los últimos años los gobernantes de Medellín, cargados de buenas intenciones y de arrogancia, han embellecido la ciudad desplazando todo lo “feo” y abordando apenas de manera muy superficial las causas de los problemas. Tenemos un megapuente que de noche se ve precioso por la iluminación y que de día se ve monstruoso por la congestión. Ahora tenemos la megaobra del río que condena a la gente a quedarse en la casa por temor a los trancones y a la multitud de un Metro que no da abasto en horas pico. A eso dicen que es hora de sacar la bicicleta, desconociendo que no todo el mundo puede (o quiere) transportarse en una. Ahora se le ocurrió al Alcalde prohibir el tránsito de vehículos de carga a ciertas horas, medida que atenta contra el derecho al trabajo de los transportadores de carga en una vía de uso nacional.

En cuanto a educación -lo fundamental y convertido en muletilla de campaña política-, tenemos unos megacolegios con tableros de última generación que son utilizados por unos maestros acorralados por la violencia y por unos estudiantes rajados en varias pruebas (si se tiene en cuenta el desempeño frente a la inversión) y seguro confundidos en medio de sus dramas adolescentes. Al Alcalde se le ocurrió que sería mejor inventarse su propio sistema de medición para no salir tan mal librado en las pruebas.

Pasando de Medellín a Antioquia (por aquello de la Alianza AMA que nos vendieron Aníbal y Fajardo para salir elegidos), tenemos unos parques educativos que serán entregados en los últimos meses de gobierno a una tasa de diez por mes para poder cumplir con la meta de dejar ochenta en casi todo el departamento. Del contenido educativo y de la estrategia de sostenibilidad se conoce poco. Las megaobras contrastan con las escuelitas rurales de techos remendados  a las que llegan sillas nuevas para unos niños que preferirían tal vez sentarse en el suelo y comerse un buen desayuno antes de ir a educarse.

Tenemos maestros rurales solos en las escuelas encargándose de niños de distintas edades al tiempo -en algunos casos hasta de más de veinte-. A los más pequeños deben enseñarles a juntar consonantes y vocales, mientras a los más grandes deben motivarlos para que continúen con el bachillerato en el pueblo más cercano. Los poquitos que logran llegar al pueblo se encuentran con unas fantásticas olimpiadas del conocimiento que los separan en dos grupos: unos pocos ganadores y miles de perdedores; entre los que se merecen el reconocimiento y una beca, y los que harán parte del bulto, desconociendo el gran esfuerzo de muchos que caminaron por años varias horas para poder llegar todos los días a su escuelita de techos y pisos remendados.

Si replicaran a estas palabras me dirían que también tienen un programa más amplio de becas, y yo les replicaría otra vez preguntándoles cuál sería entonces el propósito de las olimpiadas del conocimiento y del gasto exagerado de dinero en el formato de un programa tipo El precio es correcto, habiendo aún tantas necesidades básicas insatisfechas. Me responderían quizás que el propósito era poner de moda la educación, volverla popular, y yo les volvería a replicar… Así seguiría, hilando fino, hasta llegar a su fundamento, porque un programa que pretenda ser educativo tiene que tener alguno. Y sería maravilloso que me replicaran con cifras: número de escuelitas rurales que recibieron mantenimiento por cada parque educativo construido, número de maestros por niño (urbano y rural) y calorías reales consumidas por niño en el restaurante escolar.

Termino esta retahíla diciendo que los que se enojan con quienes nos atrevemos a señalar los vacíos que vemos, los que dicen que hay que ver siempre lo bueno y se hacen los sordos ante la crítica para evitarse un dolor de ego, son también personajes poco constructivos para la sociedad. Al menos yo señalo vacíos que, de ser atendidos, nos ayudarían a mejorar.

Son poco constructivos porque han decidido ver sólo lo que para ellos es bueno y nos han impuesto a los demás su visión de progreso, anulando, poco a poco, con disimulo y gran indiferencia, nuestro derecho a la protesta. Hacen daño al creer que se puede avanzar hacia la paz que tanto pregonan excluyendo los puntos de vista de los demás.

Diana Londoño.