Por mucho tiempo estuve enviando mi opinadero a diferentes medios, no con ganas de que publicaran lo que escribía, porque tanta exposición me asusta, sino porque quería que le hicieran seguimiento al tema educativo a ver si dejábamos de lado el espectáculo tan patético de las peleas entre políticos. Como para subirle el nivel a la cosa, no sé si me entiendan la idea. No me paraban bolas. Aunque, en un periodo de un par de semanas, mis envíos a la Silla, a El Espectador y a Semana coincidieron con entrevistas larguísimas a Fajardo (el político de la educación). Pensé que de pronto la cosa estaba calando, pero más que entrevistas que aportaran claridad y algo distinto a la discusión, resultaron siendo espacios con micrófono abierto para que el político se fajara otra vez íntegro su discurso bonito. Porque el discurso es hasta bonito, el eco que generan sus vacíos es lo que utilizo como materia prima para escribir.

Después de intentar e intentar, en Las2Orillas me empezaron a publicar. En total fueron cuatro las notas que me publicaron, a una me le cambiaron el título sin permiso y a otra le quitaron la foto que la acompañaba. La verdad es que me aburre el asunto, está bien que los editores hagan su trabajo, pero eso de poner al que escribe a firmar por frases que no salieron de su cabeza -mientras los errores dentro del texto se quedan intactos- no me parece divertido. El oficio de editor es algo muy serio y muy significativo, y no me ha gustado mi primiparada con Las2Orillas; ni me respondieron cuando les pedí que me devolvieran el título. Ellos declaran que no se hacen responsables por las opiniones manifestadas, y siendo así, lo lógico sería que no editaran nada. Esta experiencia desafortunada me llevó a pensar que, aunque pierda la posibilidad de hacer más visibles mis puntos de vista sobre educación -que generalmente contrastan con el discurso político-, y aunque nos tengamos que seguir conformando todos con la falta de especialización del periodismo en el tema educativo, prefiero manejar mi opinadero de manera más privada en mi blog para evitarme malos ratos.

A mí me gusta escribir, lo necesito para poder vivir en el exilio que me tocó, pero no acepto esa forma que tienen los medios de presentar y manejar la opinión de las personas.  El hecho de que tengan un espacio no les da derecho de meterles así la mano a los títulos de los textos. Dizque “Gina, no le copies mas cosas a Fajardo”, y ponerme a firmar a mí semejante título tan gomelo [ http://www.las2orillas.co/gina-por-favor-le-copies-mas-cosas-fajardo/ ]. Qué tal. Volvieron mi texto un rifirrafe más entre políticos y eso me pareció muy feo. Además, al editor se le fue un error de ortografía en el cambio. El título de mi artículo era “Educación, ladrillos y fotos”.

Tengo que reconocer que la estrategia del cambio sirvió, porque el artículo fue leído miles veces y compartido otras tantas; pero me le cambiaron el sentido a la nota. La tilde que le falta al título no me parece problema, ese tipo de gazapillos los tenemos todos; los agradecimientos más hermosos que he recibido en la vida venían escritos con ese, así: “grasias”, y yo los entendí. Algunos de mis amigos contemporáneos de la vereda se graduaron a duras penas de quinto de primaria y para ellos las grasias son así, aunque sí creo que el nivel de exigencia en la escritura debe aumentar de manera proporcional con el número de diplomas que se posea o con el oficio que se practique. Yo me exijo, me equivoco, pero cuando detecto los errores los corrijo, y de cuando en cuando también le pido a un editor que contraté ad honorem que me corrija -con látigo si es preciso- esos errores recurrentes y fastidiosos que según Cortázar son causados por un virus que infecta a las palabras.

En fin. Ya ven que a mí se me va soltando completamente la pita de la cometa, y me causa gracia porque ese fue un comentario que alguien hizo en la columna; que me debería enfocar en un solo tema. Le respondí también, porque yo soy contestataria, gracias a Dios no soy de las personas que tragan entero agachando siempre la cabeza.

Pero lo que quería era compartirles la última nota que me publicaron, y con esto les digo a Las2Orillas que muchas gracias y que hasta luego, para seguir escribiendo en la clandestinidad desde mi Colección de sesgos. No seré yo una pluma magistral, pero tampoco necesito que otros hablen por mí. Los editores, los verdaderos, esos que aman la palabra y con dedicación leen un texto varias veces antes de sugerir un cambio, son personajes muy necesarios y bellos. A ustedes, amigos lectores, muchas gracias por quererme aunque yo sea así tan compleja. Que quede claro que lo mío es complejidad, no complique. Si tengo el pelo corto es precisamente para no tener que peinarme los moños. Uno de mis más grandes orgullos en la vida es que mi cabeza haya olvidado los jalones del cepillo.

La pastoral anterior fue una carta, la última nota publicada es esta (y nótese que quitaron la imagen y dejaron los créditos): http://www.las2orillas.co/populismo-educativo-2/

Con cariño y muchos moños,

Diana, alias bola de crespos.