Leer ciertas noticias me resulta doloroso, sin embargo las leo, porque necesito una dosis de mortificación diaria para sentirme humana. Mentiría si digo que soy infeliz, pero también si digo que soy absolutamente feliz. La felicidad me llega en intermitencias maravillosas, pero cortas. Cada vez su frecuencia es mayor, por eso creo que algo de madurez he alcanzado: ya no pretendo cambiar el mundo completo y me niego a echarme encima todas sus miserias. Con que cambie un pedacito de mi reducido mundo me doy por bien servida.

Dejo pues mi dosis de mortificación necesaria: cada 33 horas muere un menor de cinco años por hambre y hay políticos que se empeñan en construir edificios y en educar prontas calaveritas. Recuerdo el caso de Vigía del Fuerte, cuya pobreza es mayor al 90%, pero que ahora tiene un parque educativo de muchos miles de millones en la zona de inundación del Río Atrato. Dicen que le pusieron zancos al edificio, y a los niños, muchos seguramente desnutridos, les dieron un morral con un logo (o banderilla política) para que no se les olvide nunca quién fue el prócer de la patria que se empeñó por fin en darles una educación representada no más en ladrillos. De los programas y del plan futuro no se menciona casi nada; sólo que se están abriendo las puertas de las oportunidades.

La política que conocemos es muy triste, por donde se le mire termina siendo populismo al cien. Las barriguitas llenas de los niños no son electoralmente tan efectivas como los ladrillos.

Comparto el artículo que me mortifica hoy:

http://www.elespectador.com/noticias/investigacion/crueldad-de-pasar-hambre-articulo-539796