Toda Colombia es un Macondo que vive estancado en el tiempo. Nos acostumbramos a vivir en un letargo y a escuchar las mismas noticias mes tras mes y año tras año. Llueve, los ríos se desbordan, hay damnificados que viven en albergues permanentes, Colombia es solidaria pero la solidaridad se pudre en bodegas, la salud agoniza, la agricultura no despega, la ganadería es supremamente ineficiente, hay 18 millones de pobres, los corruptos se roban una cantidad constante de billones de pesos al año, la educación es mediocre y no hay tren de pasajeros pero sí uno minero que arrasa a su paso con las esperanzas de nuevas siembras. Sin embargo: “Colombia es pasión y el riesgo es que te quieras quedar”.

Sufrimos de un optimismo enfermizo y yo soy una condenada a morir por su causa. Desde hace algún tiempo he discutido, en cuanto espacio encuentro, sobre la educación y sobre el estancamiento del sector agrícola. Creo que es posible salir del estado de coma en que nos encontramos, pero para eso necesitamos entender las razones que nos mantienen en la cola del mundo, y plantear una estrategia. Que la educación es mediocre lo digo con conocimiento de causa. Hay colegios muy buenos, tanto públicos como privados, pero son muy pocos.

Soy hija del sector público, y aunque he padecido por ello desde niña sigo creyendo en sus bondades. Del ramillete de profesores que tuve en mi paso por la educación primaria, secundaria y superior, recuerdo sólo a seis con cariño: tres de la secundaria y tres de la Universidad Nacional. Ninguno de la primaria. De muchos no recuerdo sus caras, mucho menos sus nombres; siento tristeza de que hayan pasado por la parte más importante de mi vida sin dejar pena y sin dejar gloria. Aunque sí recuerdo claramente los libros gordos que me obligaron a leer, el temor de preguntar cuando no entendía, la fobia a las bibliotecas y unos cuantos sarcasmos en voz muy alta propios de la profesora de algebra: “Niñita yo no sé a usted para que le sirve la cabecita porque piensa por los zapaticos”. De ella sí me acuerdo, de su cara, de su estatura y de su nombre completo. Pobre Baldor, si supiera que nos torturaron con su libro y que por eso muchos han maldecido injustamente al árabe de la carátula, desconociendo el amoroso y noble propósito que motivó al cubano a escribirlo.

Fui el número 13, 15, 18, 17, 19 y 21 en la secundaria. Recuerdo que rezaba mucho para que la profesora de sociales no llamara mi número a recitar de memoria varias páginas del cuaderno o las capitales del mundo. Lamento que mi primera experiencia con Kafka, Miguel de Unamuno, Shakespeare y con el propio García Márquez haya sido tan traumática. Mientras los tenía que leer sólo por ser grandes autores, yo todavía quería saber cómo funcionaba el correo con las palomas mensajeras, quería seguir leyendo a Rafael Pombo, a Jairo Aníbal Niño y a Tomás Carrasquilla. Mis ganas de leer seguían siendo niñas, pero atrapadas en el cuerpo de una adolescente ya con fobia a los libros. Esos malos recuerdos marcaron mi vida, pero afortunadamente no alcanzaron a ser penas gracias a esos seis héroes que me rescataron de mi falta de fe en mí.

Mis héroes tienen nombre y algunos de ellos saben quienes son porque siguen siendo mis consejeros y amigos. Sin embargo, hay uno en especial que quisiera nombrar con el perdón de los demás: Juan Fernando Sanín. Siempre me lo encontraba en la cafetería de la Nacho antes de clase de 6:00 am, me saludaba muy amablemente aunque yo no era de su clase. Yo no sabía que era profesor de Cálculo II y él no sabía que yo estaba sufriendo con Cálculo I y que me daba fiebre y vómito antes de cada examen. Somatizaba el estrés, producto de la falta de confianza que genera una educación pública regular y cínica, que fue capaz de sentarme en la Universidad al lado de los más “duros” de todos los colegios privados para torturarme.

Con mucho esfuerzo aprobé Calculo I, después de haberlo repetido junto con otros cientos de estudiantes que estaban en mi misma situación: hundidos y perdidos. Juan Fernando Sanín era un rebelde del departamento de matemáticas que se dedicaba a lanzarle salvavidas a los estudiantes que aún les quedaba un último aliento. Él me recibió con los brazos abiertos en su clase de Cálculo II y desde el primer día me llamó por mi segundo nombre, como si buscara la valentía que le faltaba a Diana en Milena. El amor de ese profesor por la enseñanza no solo logró que yo sacara la nota final más alta del curso, sino también que recuperara la confianza perdida desde la primera infancia. Un día regresé a la Universidad de visita después de graduada y me lo encontré tal cual lo recordaba, con un paraguas en la mano y con la misma dulzura de los tiempos de mis matemáticas. Me saludó, recordó mi segundo nombre y me dijo: “Milena usted nació para grandes cosas, voy a estar pendiente de noticias suyas”.

Aquí estoy Profesor, buscándolo en un papel con la esperanza de encontrarlo. Quisiera invitarlo a un café para contarle que le estaré eternamente agradecida, que me lo he imaginado en una tienda de la ciudad escuchando tangos con viejos amigos, tal como usted un día me lo describió, y caminando muy tranquilo hacia su casa en medio de un aguacero y bajo su paraguas. También quisiera contarle que aún conservo el salvavidas porque vivir resultó más difícil que las matemáticas, y que he logrado cosas que desde mi baja estatura se ven muy grandes.