No has podido aprender a ir al grano. Me preguntás si tengo algún problema con la prostitución, cuando en realidad lo que te gustaría saber es si, en un escenario al menos hipotético, sería puta. Te respondo sin rodeos, porque yo sí soy valiente para evitarme las vueltas. No lo sería, y no por razones de moral -si es lo que estás pensando-, sino por razones netamente de mercado. O por el neoliberalismo salvaje, para que quede mejor explicado. Si fuera puta sería una señora puta y todos me tendrían que llamar madame o doña puta. Mi tarifa sería muy alta y sería la puta más cara de toda esa comarca en la que vivís. Como ves, estaría condenada a la quiebra porque el poder adquisitivo de los potenciales clientes parroquianos y parroquiales no les daría para pagar una doña puta como yo. Como dicen las mamás, no les alcanzaría el pelo pa’l moño mijo. Además, viviría metida en problemas legales porque me reservaría el derecho de admisión y por eso me lloverían demandas diarias por discriminación. No bastaría con que el cliente tuviera el dinero para pagar porque se me contaminaría el negocio con gente de mala energía, por eso me tocaría pedir -por lo menos- el certificado de pasado judicial en la puerta. Yo sería puta por gusto y con ganas, no por necesidad. El problema es que allá están acostumbrados a tratar a las mujeres de los burdeles como trapos y a pagarles con una libra de panela; después se les ve a los miserables haciendo fila en la iglesia para comulgar. Pero la hipocresía no es mi problema, sino la inviabilidad de mi negocio como puta. Yo a una quiebra de mi cuerpo no me le mido papi.