Hace un par de años me entusiasmé con la idea de que en Medellín se le abriera paso a la bicicleta. En Holanda llevo casi ocho años movilizándome en bici y en transporte público, y sólo hasta ahora siento la necesidad de sacar la licencia de conducción para trabajar y visitar ensayos de campo.

En Holanda he aprendido que cuando los ciclistas y los conductores de carros aprenden a convivir en paz en la vía, a cederse espacio, algo positivo pasa también con otras interacciones urbanas y el ambiente se siente más en calma.

Sin embargo, a pesar de querer ver a Medellín con menos carros y más bicicletas, mi entusiasmo se fue menguando con el excesivo performance de los que comandan el movimiento de bicicleteros y de los que los siguen en patota, sin ponerse en el lugar de los demás. No sé bien en qué momento empecé a sentir sus deseos de transformación como una agresión, sin son ni ton, contra todo el que se moviliza en cuatro ruedas y contra todo el que no les entiende que en Holanda las bicicletas son la berraquera. Lo que pasó esta semana con los concesionarios no lo comparto, porque si bien hay que recuperar las aceras para los peatones (especialmente para los discapacitados), no creo que convertir la calle en un campo de pelea entre concesionarios y bicicleteros sea lo más adecuado.

En conclusión, es muy triste que todas las causas nobles en Medellín terminen en esto, en imposiciones y peleas de egos. El movimiento de bicicleteros me produce un sentimiento similar al que me produce el gobierno de Antioquia “la más educada”, que de tanto profesar pulcritud, nos empezaron a hacer sentir a todos los demás impuros e indignos de estar en su presencia. Por eso, aunque en ambos casos comparto sus propósitos, no me les uno porque me violentan sus modos.

Diana Londoño.