Micaela había anochecido y amanecido implícita y explícita en sus calenturas. Decidió visitar al doctor. Él, muy poeta, le preguntó por el sol. Tiene razón doctor, tal vez sea demasiado sol el de estos días para una pájara pinta sentada en su verde limón. La única recomendación del doctor fue que se protegiera muy bien con antisolar para que no se le fueran a chamuscar las alas. Lo que llevaba a Micaela a sentir tal temperatura era un estado pasajero como las estaciones de un país templado, aunque mucho más fugaz. Estaba pasando por su estación febril de vulnerabilidad femenina; debía contemplar plumajes majestuosos y las luchas de todos los pájaros por su conquista. Micaela se quedó inmóvil, afiebrada, detenida en el ver pasar colores sin poder tocarlos. Les agradecía las atenciones no sin sentirse abrumada y un tanto desconsiderada por su ausencia de respuesta. Ellos tan pájaros tan pájaros y Micaela tan mujer y tan poco hembra. En medio del delirio de la fiebre, Micaela quería responderles diciéndoles, al menos, que sus plumas le parecían magníficas. También quería tocarlas y coleccionar unas cuantas. Micaela se enfermó de aguantarse las ganas. Después del funeral de Micaela hubo una reunión en su casa para repartir sus pertenencias. El asombro se apoderó de los asistentes cuando el abogado anunció que el heredero de su biblioteca, además de libros, heredaría un gran plumero.

Diana Londoño.