La abuela, personaje fundamental en la vida de quien les escribe, me entregó un día sin rodeos una maleta vacía en la puerta de su casa. “Ni riesgos”, pensé, pero no se lo dije porque yo con ella jamás pude de ejercer mi derecho a la negativa. Era la noche del 31 de diciembre del 2006. Lo único que esperaba del siguiente año era una carta en la que me informaran con placer que el gobierno del país de la cerveza me había otorgado una beca para mis estudios de maestría. Era lo único que esperaba y lo único que quería. Aunque, siendo brutalmente honesta, esa era sólo una de las cosas que más quería. Mi abuela no era de agüeros, pero ese día se le ocurrió que si yo le daba la vuelta a la manzana con una maleta vacía recibiría la carta que tanto había esperado y en cuestión de meses estaría montada en un avión rumbo a las cervezas. Ni ella ni yo éramos personas de cuco amarillo y uvas de media noche. Ella prefería el vinito Cariñoso con galletas Sultana, yo prefería las galletas. La champaña y el Cariñoso me producían rebote, un solo trago me dejaba con un guayabo de padre y señor mío y las burbujas me quedaban saliendo por boca, nariz y orejas. No, gracias, paso del brindis; no vaya a ser que pase todo el año burbujeando. Al verle la maleta en la mano a la abuela pensé en aquel muchacho de todo mi gusto, de todos mis sueños y dueño de todos mis rubores. Vivía a la vuelta de la esquina y tenía unos crespos preciosos que se le movían con el roce del viento. No, abuela, no. Por favor. (Súplica). Eso de las maletas es una bobada. Apenas alcancé a sentir un jalón de mano cuando ya estaba pasando frente a él, dejándolo impávido a mi paso. Y ahí, en ese vergonzoso momento, sólo me quedaba una opción: fingir que la estaba pasando genial con mi abuela. Él, que en ese entonces era aprendiz de filósofo, quedó boquiabierto. Ahora pienso que ese instante fue crucial en nuestro fracaso sentimental. Todo iba muy bien hasta que pasé por su casa a la media noche arrastrada por mi abuela y arrastrando una maleta. Valió la pena, o por lo menos creo que valió el agüero, porque en los primeros días de enero recibí la carta que estaba esperando, lo que seguía era papeleo. Me fui para Bélgica y regresé con un diploma que en Colombia, país gobernado y manejado por rosqueros, me servía para una sola cosa: para sacar pecho. “Ah no, el diploma no lo enmarcamos. Ni riesgos”. Me tocó imponerme por vez primera mientras esperaba otra carta a la que le rogaba de rodillas que llegara. ¿Qué habría sido de mí sin esa carta? Estaba pues en una espera larga que fue atravesada de nuevo por un 31 de diciembre (¿será que a todos les pasa igual?). La carta debía decir que era un placer informarme que había sido aceptada para un doctorado y que la universidad correría con todos los gastos. Una carta poco probable, la verdad, casi una lotería global. La abuela ya no estaba, pero yo conservaba aún su maleta prestada (léase bien: pres-ta-da). A falta de la abuela, apareció mi padre, hombre también fundamental en la vida de este forro de piel relleno con sangre y huesos y carne trémula que se ejercita temblando y no corriendo. Papá era más templado que el hierro que usaba para hacer rejas, una vara de 1.75 m de estatura que vivía emputecido con el mundo por injusto; peleador a puño limpio del arrabal, bebedor y trabajador como ninguno (eh ave María, ¡pero qué papá! Sí, ese ha sido mi papá. ¿Y qué o qué? Píntela como quiera y con mi papá no se meta). Pues papá me sacó otra vez la misma maleta antes de que fueran las doce. No, ni riesgos. Pensé. Pero yo todavía no tenía la edad suficiente para ejercer mi derecho fundamental a decir no en Antioquia. Se repetía pues el bochorno de la maleta como un karma para el que necesitaría otras cien vidas para purgar. No me importaba lo que pensara la gente, sólo me importaba lo que pensara el muchacho de crespos insurrectos que vivía a la vuelta de la esquina. Sí, pasaban años de ires y volveres y esos crespos me seguían desvelando. Ahora era peor, porque yo tenía una maestría en una rama de la patología vegetal impronunciable: “¿que usted estudia qué?”. Cuando la gente me preguntaba les respondía con desconsuelo que había estudiado algo sobre gusanos. Estaba cansada de verle la cara desfigurada a la gente cada vez que pronunciaba la palabra nematología. O más bien: estaba cansada de padecer desesperanza cada vez que me preguntaban. Si es difícil conseguir trabajo por mérito siendo médico de humanos, imagínense lo que podría ser conseguirlo siendo nematólogo de plantas. Me sentía perdida en el mundo mientras el crespo parecía muy seguro. Se había graduado de filosofía y letras; aunque para mí él se había graduado sólo de lo último: de letras. Para filósofo le faltaban muchos crespos todavía, pero se dedicaba a escribir cada suspiro. En algún instante de flaqueza suya, en el que seguro decidió olvidarse del episodio de la abuela y la maleta, me miraba con ternura estudiar para un examen. Ese día sentí que me amaba como nunca. ¿De qué es tu examen, muchachita? Preguntó. Es como de nemátodos, respondí. Me miró fijo a los ojos y sonrió. Yo me puse coloradita. Estábamos en una casa solos, yo estudiaba para un examen de gusanos y él escribía sobre… qué se yo… digamos que escribía sobre letras para que por efecto de este texto quedemos por fin empatados. Si yo leía sobre nematodos, él tenía que escribir sobre letras, y punto (pero seguido). Todo parecía fluir entre los dos; yo era solo nubes, mas no niego que a veces de una motica de nube salía un gusano y a mí me daba el ‘babiao’. Me daba pánico -para que me entiendan los uruguashos-. Temblor. Rubores. Nubes de figuritas. Casi todo el tiempo era nubes. Estaba en esas, en las nubes, cuando de pronto me aturdió mi papá con un grito: “alístese mija que nos vamos a darle la vuelta a la manzana con la maleta por su doctorado”. ¡¿Un doctorado en gusanos?! Cuando le quería explicar que ya estaba bien de gusanos en mi vida, y que había decidido vivir en las nubes de miradas coloraditas, sentí un estrujón. “Que nos vamos, le dije”. Bueno señor. Mi papá me hizo pasar a rastras con la maleta de la abuela por el frente de la misma casa adorada en la que dormía mi bello muchacho. Él estaba ahí, por supuesto, porque a las doce de la noche de cualquier 31 de diciembre todo el mundo está por ahí. Al verlo me escuché diciendo -muy de para adentro de los dientes- que tenía que hacer un esfuerzo por arreglar un poco la situación. Mentón arriba y postura erguida. Lo importante es la actitud. Desfilé muy tiesa, muy maja y muy oronda por su casa. Eso sí que es ponerle el pecho a una cagada, les dejo para que aprendan. Llegué a la casa hecha un parche de bolas rojas en los cachetes y en el pecho. Mis hermanos se retorcían de la risa; después me decían que tirara frescura lechuga, que ese man era una pelota y que entre más viejo se inflaba más; que antes era un balón de futbolito y que ya iba en pelota de basketball. Finalmente llegó la carta y me fui a hacer un doctorado en gusanos. Estoy mirando la maleta. Ahora será mi madre quien cumplirá la función de darme cuerda para emprender un nuevo viaje. No se imaginaba la abuela el poder que tendría esa maleta. Cada vez la vuelta es más larga; cada vez me voy más lejos y sin tiquete de regreso. Le estoy dando vueltas al mundo con disimulo. A las doce estaré cruzando el Atlántico y miraré el mar esperando a que algún crucero despida el año explotando mis nubes con fuego. –Claro, a una distancia prudente del avión; no vaya ser que exploten en la turbina-. Pasará un auxiliar de vuelo ofreciendo champagne, yo diré que no, que gracias, que prefiero un vaso de agua con burbujas. Prenderé mi máquina del tiempo para mirarlo como lo miré en aquellos diciembres, erguida y con la mirada clavada en sus ojos, no para decirle que la estaba pasando de maravilla con la maleta, sino para retarlo al verlo perplejo. Me paro frente a él y le arrebato un libro y todos sus silencios. Le quito a la fuerza todas las cartas que nunca me llegaron y que fueron escritas para mí (porque esas cosas se presienten y se sienten). Pasajeros con destino a Chicago, con destino a Londres, con destino a Rotterdam y con destino a un pueblo que queda a tres horas del puerto de Rotterdam: favor abordar. Adiós mamá, con naturalidad porque ya no encuentro diferencia entre decir adiós o decir hola. Lectura y relectura silenciosa durante una vuelta al mundo en 24 horas. Vuelvo atrás otra vez y me paro como un poste frente a sus crespos. Ya ves, estoy dando otra vuelta y no me importa lo que piensen los 256 pasajeros que me acompañan. Estoy dichosa y echando burbujas de felicidad por los ojos. No tuviste una abuela que te hiciera pasar vergüenzas y se te fue la mano en la filosofía; ¿cómo fue que siendo ateo terminaste casado por la iglesia? Yo apenas le di dos vueltas a la manzana. Ya ves, aquí estoy, la misma muchachita de siempre, agradeciéndole a la vida que no fui yo quien te puso el grillete y que sigo siendo tu fantasía. El matrimonio, a veces, es un grillete de manos y de piernas, mientras las fantasías son la llave de todos los grilletes y son eternas. No te apenes por tu silencio, no sientas vergüenza por nada, mi cielo, que hoy por fin tengo en mis manos todas tus letras para llevarte conmigo empacado en mi maleta.