Febrero 7, 2015

Silencioso te sigo a través de tus textos y me alegra de sobremanera lo que dices. A lo largo del río de la vida me he topado con personas gratificantes que me hacen florecer de otra manera, y me gusta pensar que yo también aporto como abono o como un rayo de sol. Te digo esto porque comparto tus palabras con ex alumnas y compañeras que hoy día son mis amigas. Te leen y te imaginan como alguien mayor. Les digo que no sos vieja pero que tus ideas poseen la esencia del vino. Lo añejo le da un sabor estupendo. Rememoro entonces el libro del maestro de Otra parte y sonrío porque el río de Heráclito es el movimiento pero también el retorno. Para no hacer mucho rodeo tus pensamientos son de viejo o mejor de viejita. Hace poco en una reunión de profesores, de lo más aburrida, un sábado de enero, quebranté la rutina e hice desorden sin que nadie se diera cuenta y me inmiscuí en tu Colección de Sesgos y transité por cada uno de los rincones allí habitados. Minutos antes leí una novela para jóvenes de un escritor argentino, no sé por qué me dejó mohíno, y sentí que no quería estar más en la escuela. Quería irme como los muchachos de ese libro a recorrer Buenos Aires y hacer música simplemente por el deseo de llevar la contraria. El libro se titula Ella canta (en tono menor). No puedo explicar si fue esa novela o qué pero tuve la necesidad de salir. Lo hice aunque estaba sentado, haciendo el que miraba, mientras mi jefe parloteaba sobre los proyectos del presente año. Sus palabras eran lejanas, distantes, como encasilladas en los cuadritos de esos almanaques para que uno administre el tiempo. Sin embargo, me fui. No quise saber al respecto y me topé con tus palabras donde decías que por un momento la condición de mujer y de ser mirada te hacía vulnerable. Sentí ganas de llorar. Lo hice y nadie me vio. Sigiloso le presenté el escrito a mi gran amiga Luz Elena, una mujer de 45 años, tiene la cabeza rapada, femenina, delicada, díscola, de mochila, sandalias y falda larga. Un sol. Su hija estudia antropología en la universidad pública. Me recuerda mucho a vos. Lo leyó y lloramos juntos. No sé por qué pero creo que a veces la nostalgia es compartida. Hace tiempo te escribí por correo con la intención de preguntarte algo y creo que es el momento. Acudo a vos porque sos montañera pero también ciudadana del mundo; como dice el poeta Jattín, con las raíces en el cielo. Cuando salgo a algún bar, solitario, pido un trago de aguardiente, disfruto la música, me siento en una de las sillas de la barra y escucho a la gente conversar sobre viajes. Esto se ha convertido el algo muy recurrente y es como si yo inconscientemente lo pidiera. Llevo un tiempo deseando viajar, irme, parar esta rutina. Hacer una brecha de diez años de ejercicio. Dianita, me he vuelto descreído. No creo en la educación al por mayor y al detal. Amo lo que hago pero mis palabras rebotan contra la pared. Me saben a paleta de cal. Hace ocho días estuve con mi gran amigo Morales en Bogotá. Era  viernes. Llegué a casa a eso de las tres de la tarde, extenuado, con dolor de cabeza y unas ganas de dormir hasta el lunes. No quería volver ni saber nada de la escuela. Me llamó y me dijo que tenía un boleto extra para ver a Foo Figthers. Estaba muy animado y exclamó que esperaba compartir ese momento conmigo, que yo era la persona indicada para cumplir con esa cita de amor declarada desde la adolescencia. Opaqué su exultación diciéndole que no tenía dinero, que todo lo puse para la universidad y que estoy condenado a pagarle al banco durante unos años. Le dije que en media hora lo llamaba y que mientras tanto buscara otra posible compañía. Él no esperó ese tiempo y me llamó antes, me confrontó, que cuál era el temor o la pereza. Que no se trata de dinero sino de salir. Que esta era una nueva oportunidad para escaparnos, como lo hicimos en el colegio y hace diez años de esta ciudad para ir a Rock al parque y a Coveñas. Tenía miedo de salir. Afinqué la rutina a mi cuarto, en el ropero, en la alacena, en el cepillo de dientes, en la jarra del agua, en la olla de la aguapanela, en el escritorio, en la bolsa de las medias, en el viejo morral, en los bolsillos. Me reproché y sacudí la cabeza. Le dije que dónde y a qué horas nos veíamos. Entonces contestó que a las siete y treinta de la noche en la taquilla de la estación Envigado. Cogí la plata del arriendo, me duché, comí una arepa con quesito, me puse camisa, chaqueta de jean, saqué la bufanda y otra chaqueta impermeable y me dirigí a su encuentro. Nos bajamos en San Antonio y allí tomamos el bus. Ocho horas de viaje hasta la capital. Media de aguardiente, dos cervezas y un porro amenizaron nuestra conversación durante el recorrido. Llegamos a eso de las siete de la mañana. El bus nos dejó cerca al Campín. Entramos a una cafetería y desayunamos caldo con una taza de café. Llamamos a mi queridísimo Darío y nos encontramos con él. Desde temprano los tres nos fuimos para el centro de la ciudad. Recorrimos la Carrera Séptima, la Plaza de Bolívar, La Candelaria y el Chorro de Quevedo. Nos metimos a un cuchitril para beber cerveza y aguardiente mientras cantábamos a todo pulmón canciones de Caifanes y Jaguares. Hace mucho que no me sentía tan feliz. El miedo se esfumó y empecé a amar a Bogotá, a mirarla como a una mujer, a recorrerla, a disfrutar de sus estrías y cicatrices; pisé y crucé las esquinas de la historia. Me decía que no quería estar en la escuela, que no quería ver a mi jefe ni a mis compañeros ni a los muchachos. Quería eternizar ese instante con mis amigos como hace veinte años, cuando era feliz mientras la vida se iba en cosas de barriada, música, vino y amores diáfanos. Embriagado por la belleza de la ciudad fui al concierto y puedo decir que fue el concierto de mi vida. Puedo decir que tuve un día espléndido y al finalizar nuevamente tome la ruta para Medellín, cansado, pero feliz. Dormí durante el trayecto y el domingo llegué intoxicado de música y de grata compañía. A lo largo de esta semana me ha asaltado la idea de parar la escuela. Darle un giro a mi realidad. Quiero terminar la maestría a fin de año pero también quiero realizar otro proyecto. Es ahí donde entrás vos. Te escribo este cúmulo de momentos para explicarte que mi deseo no es vano pero sí caprichoso. No quiero esperar a tener medio siglo para hacer algo por mí. Quiero rescatarme ahora. Me desconsuela saber que mi jubilación será a los sesenta y dos años, es decir, que estoy condenado a ser una tuerca y que mi tiempo está limitado para laborar. La esperanza se me acaba. Los jóvenes están cada vez más distantes, distraídos y, sobre todo, descreídos ante la figura del maestro y la escuela. Me esperan veintiocho años de trabajo. Me duele saber que debo aplazar el sueño de caminar, estudiar, conocer, dormir un ratico más, tomarme un tinto con mi viejo, irme para la biblioteca a las diez de la mañana, no bañarme hasta el lunes, ir un miércoles en la noche a ver al Medellín, trasnocharme un lunes tomando aguardiente, visitar Guatapé o subir a un avión para ver a mi amada Bogotá. Por eso te pregunto qué puedo hacer, dónde puedo acudir para realizar un estudio de literatura o algo afín en Europa. Ya sea un curso o una maestría. Algo que me permita por lo menos oxigenar mi realidad y tomar impulso para florecer en la educación, en mi vida. Qué sabés vos desde tu experiencia por allá, qué puerta debo tocar, adónde puedo llegar, qué necesito para aprender, conocer y permearme de otro contexto.  Te escribo ahora porque quiero organizar para el otro año una pausa, tomar un tiempo para volver con fuerza y recuperar el brío de los primeros años en la escuela. Darle sentido a mi vida y a lo que hago, ampliar el espectro académico e intelectual, escribir, hacer música, vivir. Que estas palabras no te comprometan pero que sí me orientes sobre lo que puedo hacer.

Recibe ahora un caluroso abrazo, mis mejores deseos y eternas bienvenidas, amiga.

 Atentamente,

La calavera del Apóstol.