Alguna vez soñé que me llegaban muchas cartas. Anhelaba encontrar todos los días un mensaje en negrita en mi correo electrónico que me permitiera saber si había llovido después de la fiesta compartida en fotos por Facebook; quería saber si habían parado en alguna esquina frente a un carrito de perros calientes y si la salsa de tomate era de la buena o de la más barata -de la que mezclan con agua para hacerla rendidora-, o si se habían encontrado unas papitas criollas fritas en el camino a la estación del Metro. Quería saber si todavía se usaba eso de ser amigos, como cuando yo tenía quince años y me sentaba en el murito de la casa o en algún andén a conversar siempre con una guitarra o con una armónica a la mano -por si acaso se me daba el milagro de aprenderlas a tocar para amenizar el momento-. De tanto esperar renuncié a ese sueño hermoso de las cartas perfumadas y a la posibilidad de que en los afanes y angustias de la vida colombiana mis amigos me recordaran. Me acostumbré entonces a mirar y a opinar desde el palco, a ser observadora sin poder interpretar algún papel aunque fuera terciario en la ópera del país que dejé un día de septiembre de un año tal con la ilusión de regresar. Renuncié a la idea de regresar porque el empeño me estaba consumiendo. El año pasado dejé de soñar cuando fracasé en un proyecto que llamé “Último intento por el regreso”. No sólo abandoné la idea del regreso, sino que dejé de soñar por completo. Se me acabaron las expectativas. Me dediqué a la belleza, a hacer cosas hermosas con los que quisieran hacerlas sin tenerlos que empujar. Decidí que si me llegaba la muerte de repente no quería tener en mente ningún sueño no cumplido. Me volví presente y realidad, aunque mi realidad está llena de fantasía; pero vivir con cierta dosis de fantasía es distinto a vivir lleno de expectativas. Vivo la realidad a punta de cuentos y también me digo mentiras para sobrevivirla. Lo único que aún me mortifica es pensar en todos los discos duros de los computadores que se autodestruyeron después de un tiempo y se me tragaron todo lo escrito y no impreso. Y no sé por qué terminé escribiendo todo esto; yo sólo quería compartir una carta que me llegó de sorpresa (por supuesto con el debido permiso de su remitente). Después de haber renunciado a la espera me llegó la felicidad en una carta de un maestro de escuela. Un maestro ha transitado por mis laberintos de palabras. Un maestro amigo me escribió una carta.

Comparto pues la carta que me acompañó e iluminó toda mi semana; es de un maestro de Antioquia, la más educada.

“Me he vuelto descreído. No creo en la educación al por mayor y al detal. Amo lo que hago pero mis palabras rebotan contra la pared. Me saben a paleta de cal”.

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