Me invitaron a hablarles sobre mi carrera a los estudiantes de doctorado próximos a graduarse de una de las escuelas de la Universidad de Wageningen (Holanda). De antemano sabía que debía decirles algo que les diera un poquito de energía, algo de fe en el futuro que en ese momento parece tan incierto, el problema es que a mí la inspiración por encargo no me funciona y me pasa lo que me pasaba cuando era niña y entraba a un baño público: si sentía que alguien estaba afuera esperando se me inhibía la orinada. Me daba pánico salir del baño igual que como había entrado. No les hablé de las publicaciones, no les di consejos para hacer atractiva su hoja de vida, ni les dije que tenían que hacer networking lamiéndole las medias a los profesores que manejan la movida de la ciencia. Les dije, en cambio, que más allá del doctorado y del trabajo siempre ha habido una vida esperando a ser vivida con sonrisas, porque al final cada quien hace lo que puede, no siempre lo que quiere, y que la inteligencia también consiste en irse adaptando y en sacar de cada situación lo mejor. Mencioné que han sido mis pasiones las que me han salvado de la obsesión de querer permanecer en un sistema académico que nos pone a competir sin misericordia con nuestros pares. Entre mis pasiones mencioné la escritura, conspirar con amigos para sacar adelante un proyecto de biblioteca rural, bailar bachata cada segundo domingo del mes, mantener el contacto con estudiantes (de primaria, pregrado y posgrado), trabajar con la maestra de mi vereda, sembrar fique con mis papás en la distancia y leer las cartas de mis amigos. Han sido esas cosas que me dan alegrías las que no han dejado que el estudio se me suba a la cabeza y que la realidad se me distorsione por completo. Concluí la charla diciendo que la buena vibra le va acomodando a uno la vida y que me gusta mucho trabajar como investigadora de zanahorias 38 horas a la semana.

Diana Londoño.