Te leo. Sí, te leo. Y encuentro en tus compartidos textos ganas de llorar y de gritar. Te leo como un pequeño niño que busca una caricia o un consuelo. Eso soy. Dentro de mí juega un niño con la vida; mi vida. Una vida que no me pertenece, pues en ella todos influyen y confluyen.

Te pienso. Sí, te pienso. En las últimas semanas he pasado en más de siete ocasiones por tu casa, la que queda por el Pandequeso. Y ya para mí eso no es el Pandequeso. Sos vos la que está ahí, caminando por estrechos espacios en los que se ve el pasto erguido, ondeante y verde. Eres voz que recorre mi mente y pensamiento en ese trayecto. Te veo paseándote con tranquilidad y confianza, en vestiditos largos y hermosos, por las calles del barrio y por el parque, por ese que antes era oscuro y hoy iluminas y haces florecer con tus pasos. Y ya nos sos mirada con los ojos del esputo que tanto terror te causaba. Ya no sos mirada, firmamento, sino admirada.

Te envío, junto con besos, los poemas que desclavaron espinas y me sembraron esperanzas de no estar solo en el mundo del sentir. Te los regalo todos, granito de arroz.

Me dolió leer hasta el final tu recuerdo.

Más que abrazos,

Apóstol.

Antioquia, febrero 21 del 2015. 2:35 p.m.