Enero 3, 2014.

Estuve a punto de abandonar la novela. Lo decidí con la misma determinación de los amantes enfermos que todos los días deciden ponerle punto final a una relación tóxica. Pero como los amantes, me desperté directo a la máquina del café y con el pelo aún parado por un lado y aplastado por el otro, prendí el computador y vi el archivo ahí, frente a mí, invitándome a hacer clic. El computador parecía tener vida. La pantalla se comportaba de una manera extraña, me seducían las letras del teclado ergonómico y la forma de lápiz de ese mouse especial que alguien muy generoso me regaló para evitarme el dolor físico que por estos días me produce la escritura. Era tanta la tentación que me olvidé de las recomendaciones del doctor, aunque los músculos de mis brazos se pusieron tiesos de inmediato, la sangre dejó de fluir hacia los dedos. Sin escribir palabra ya las manos me estaban doliendo.

En un intento más, quise darle y darme una oportunidad. Pero antes, le escribí un mensaje muy corto a un amigo escritor que ha leído muchas novelas y muchos cuentos y que quizás se ha enfrentado a la misma sensación de no futuro que suele acompañar los textos. Le escribí porque vi un retuit en su cuenta que decía algo como “es muy fácil escribir novelas malas, entonces para qué escribirlas”. El autor de la frase era uno de esos escritores que se dedican a despellejar a otros. Publican un libro y la arrogancia se les crece. Lo que no me esperaba era que mi amigo pudiera estar de acuerdo con ese tipo de intento de bloquear a escritores novatos. ¿Qué hay de malo en escribir novelas malas, cuentos malos, poesías cortas, cojas, sin rima, sin versos, sin fondo, sin forma? ¿Qué puede ser tan malo en hacer garabatos de dibujos y ponerles color para después colgarlos y disfrutarlos?

Malo es robar, malo es matar, malo es manipular. Me entristece que haya tanta gente empeñada en cortarnos las alas y en no dejarnos crear. Y esos son los cultos, los más educados, que son también (¡vaya ironía!) los más arrogantes. Pretenden ponernos a competir para ser los mejores, no importa que eso implique pisotear a todos los regulares que somos felices con nuestros garabatos. Le mandé pues un mensaje a mi amigo en modo telegrama para preguntarle si algún día me dejaría leer sus novelas. Me respondió en modo pequeña carta para decirme algo que tampoco esperaba; que si ninguna editorial las publicaba, sus novelas morirían con él. También me dijo que por favor no le respondiera de la misma manera a su egoísmo, y que le permitiera leer la mía. Me quedé pensando en que aquel escritor famoso tal vez no midió el alcance de sus palabras. La verdad es que yo tampoco les mido a mis palabras su potencial de alcance. Las palabras se parecen mucho a los tiros al aire.

Por supuesto que si termino ese mamotreto se lo entregaré a mi amigo para que lo lea. Yo escribo por gusto y porque me da la gana. Me importa muy poco lo que piensen quienes se dedican a repartir bendiciones y maldiciones por ese agujero negro de palabras que es Twitter. Allá casi todo es permitido, hasta cortarles la inspiración a poetas y a escritores novatos, para después, acto seguido, protestar contra la violencia. No me importa lo que se diga allá, en ese vertimiento de letras, donde muchos famosos inflan sus cuentas con seguidores falsos, y se atreven a hablar de decencia y a criticar a los corruptos mientras tratan de manipular la opinión pública con sus cuentas infladas y sus comandos de retuiteros. No veo mucha diferencia entre comprar votos y comprar seguidores troles con fotos de huevos. Tan indecentes los unos como los otros.

Otra frase tomada de la cuenta de Twitter de otro escritor criollo: “Si alguien escribe y cree que le fluye, algo está haciendo mal”. Y una de Sábato: “Un buen escritor se conoce por lo que borra”.

Según todos ellos soy una candidata perfecta a pésima escritora, porque creo que me fluye, casi no borro y además todo lo que escribo me encanta. No tengo ningún problema con ser pésima escritora porque no tengo ambiciones ni de publicación ni de participar en concursos de talento, mucho menos de talento femenino. Los innovadores de la igualdad de género nos cambiaron el reinadito de belleza por el del costurero. Y así es que vivimos, Apóstol, rodeados de gente que nos presiona para ser excelentes y también infelices.