Los antioqueños de bien que han puesto la vara de la decencia tan alta -que ya ni siquiera ellos la alcanzan- me han enseñado que el poder termina por revelar nuestra peor cara. Llevan años heredando el poder a dedo y haciéndonos creer la falacia de que ha sido la democracia, incluso cuando han ganado elecciones por una diferencia mínima valiéndose de un truco que funciona: llamar corruptos a quienes no estén dentro de su diminuto y selecto círculo. Se han dedicado a hablar mal de los otros en lugar de estar concentrados en lo que verdaderamente importa y en cumplir con los compromisos adquiridos por cuenta de lo que ellos llaman democracia. Y lo que importa es la gente, los niños que no alcanzan a ingerir las calorías necesarias para poder aprender a leer con ganas, las personas que hacen fila en un hospital o en la oficina de pasaportes, los que viven del rebusque -42% según datos de El Colombiano- y los que deciden migrar del campo a la ciudad desplazados por la pobreza, por los megaproyectos y por la expansión del área urbana; porque ya ni la agricultura da para la propia mesa y la tierra se la siguen feriando a las mineras. Lo importante son las montañas, los ríos, el bosque seco tropical y la fauna silvestre que en nombre del empuje paisa están muriendo bajo el agua.

Los ciudadanos que aceptan todo sin pensar, sin ir más allá, son más dañinos que los mismos políticos a los que con tanto ahínco se combate desde una columna semanal de algún periódico capitalino; lo peor es que se habla en clave y todos sabemos que se están refiriendo al contrincante político de quien ostenta el poder en Antioquia, el mismo que ahora sin escrúpulos sugiere que se necesita que sea elegido alguien que pueda cuidarle los huevitos de la educación. Medellín es un lunar, la grande es Antioquia y es además bastante rural. Pero resulta que en el campo casi nadie lee las columnas ni la propaganda que se utiliza de lado y lado en esta guerra electoral, en el campo la gente tiene pocos elementos para decidir por quién votar, a menos que, con suerte, les haya tocado saludar de mano al político que llegó a la plaza del pueblo el día que les tocaba salir de la vereda para hacer el mercado y que, en unos cuantos minutos, el político haya logrado dejarles algún mensaje que les cale. Los de un lado optaron por ir a los pueblos a decirles que por nada del mundo fueran a votar por corruptos y que “educación, educación y educación”, los del otro les dijeron que quieren que Antioquia se convierta en la gran despensa de alimentos de Colombia y que van a llevar universidades digitales a los parques biblioteca. Ambos mensajes tienen sin duda una buena carga de demagogia, pero a mí me cala más el segundo porque el campo necesita trabajo bien remunerado y los parques biblioteca necesitan contenido. En cuanto a la ruralidad, los que son tildados de corruptos están llevando un mensaje que me resulta más relevante, lo cual no me sorprende, ya que los decentes se echaron a dormir en los laureles de su decencia y para ilustrarlo cito una frase profundamente desalentadora que le escuché a alguien: “Es que los corruptos por lo menos nos escuchan”.

La pugna por el poder se libra pues desde Medellín porque allá es donde se distribuye el presupuesto y donde están los mejores puestos; en Medellín se reparten los contratos para diseñar las convocatorias de educación, de cultura y los programas que beneficiarán a todo el departamento. Y mientras en la ciudad se libra la batalla por la sucesión del poder, en el campo la gente se tiene que conformar con las veinte sillas nuevas que les mandaron a la escuela rural, con la visita de un contratista para hacer una huerta a la que no le germinó ni una semilla o con el imponente edificio al que le dicen parque que apareció en algún lugar del pueblo. Y ay de los que se quejen, ¡desagradecidos! ¡Por lo menos ahora se ven los edificios!

Yo no voy a entrar en el juego de llamar corruptos a los demás porque eso contribuye a la estigmatización de quienes apoyan a un candidato en particular y nos fragmenta mucho más como sociedad, además la corrupción abunda hasta en nuestras propias casas como bien lo escribió Salcedo Ramos hace un tiempo: que no es precisamente por los políticos que se encadenan los bolígrafos en las tiendas o se les pone reja a las ventanas. Antes de señalar a los demás sería bueno que cada uno examinara cuántas maromas ha hecho para no pagar impuestos, cuántos pasteles hizo en la universidad, cuánto pagó para que le cambiaran las notas (escándalo UPB), cuántas veces le ha chuzado la cuenta de correo al novio o a la novia, cuántas devueltas se ha embolsillado y a cuántas roscas pertenece. La rosca es una de las cosas más peligrosas que se generan con el poder y que se perpetúan con la sucesión de los amigos en él. Unos intimidan con las armas y otros con la rosca, y los que acuden a la segunda no se deberían creer tan decentes porque la rosca también es una manera de irle matando las ilusiones a la gente. Finalmente, los gobernantes son tan solo un reflejo del nivel de nuestra patanería y para cambiar ese reflejo tendríamos que empezar por cambiar primero nuestro propio comportamiento. Y el comportamiento se cambia con voluntad, ya no diré que con educación para que no aparezca algún político a decir que por eso es que nos ha estado educando con concursos de televisión. Utilizar la educación para ganar el favor popular me parece la más detestable de las demagogias; unos se pegan de la seguridad, otros de la educación, y en ambos casos se señala a dedo al sucesor.

Esta vez me abstengo de participar en la elección del gobernador y acudo a un lugar muy común para terminar mi retahíla: entre políticos decentes -y arrogantes- y políticos corruptos, que entre el ciudadano y escoja de acuerdo a la agonía de sus esperanzas. Ni es decente todo el que vote por Restrepo, ni es corrupto todo el que vote por Luis Pérez, ni es periquero todo el que escuche Diomedes.

Diana Londoño.