No sé por qué algunas personas resultan metidas en mis textos, pero sé que de manera inconsciente todo lo que escribo es para el engominado. Todas mis palabras son para él. Le he enviado fragmentos que son retratos suyos, retratos fuertes, íntimos, a los que responde con una frialdad numérica para decirme que tengo varios errores de ortografía. Jamás me ha dicho que algo le ha gustado, pero a veces, sin que se lo pida, me puede escribir una sola línea para decirme que pasó por el blog y que vio un “a basto” donde debería ir “abasto”. El engominado es editor. Aunque le ponga miles de máscaras y le cambie muchas veces de nombre y profesión, el engominado es en realidad un editor que me lee con un respeto y una distancia admirables; es mi confesor. Mi editor me deja crear porque quiere saber cuál será el final que le darán mis dedos. Aún no sé qué tipo de muerte se merece quien representa todas las comas mal puestas de mi vida y todos los silencios que jamás me he atrevido a cortar. No logro ver las palabras que cargan el féretro del hombre que me hizo amar con locura mi falta de pulimiento gramatical; no le veo a esto punto final. Si llegara a leer estas palabras, él -en su frialdad numérica- diría que no usa gomina y que no hay nada más aterrador que cuando al punto final de los finales no lo siguen los puntos suspensivos… El engominado es muy predecible y no pierde oportunidad para soltar frases de Sabina. Lo que me parece muy curioso es que, después de leerme tanto, el pobre aún no se entere de que la gomina es una camisa de fuerza que yo le impuse a manera de castigo por su frialdad. Como nunca me dice si algo le gusta, yo, con mucho disimulo, puse una vaca al lado de su escritorio para que le lama los crespos y se los deje pegados al cuero de la cabeza para que cuando pase el viento no se los mueva. Él me suelta frases heladas, yo lo dejo peliquieto. Siempre quedamos a mano.