Extraigo algunos apartes del texto de Savater con los que me quedo (uso comillas para compartirlos), no sin decir que, después de leer el fragmento que comparto, me siento como la guardiana de la cordura de Fajardo y sus seguidores. Yo les estoy dando una mano para que no crean que sus ideas son verdades absolutas y para que se vayan bajando del pedestal en el que ellos mismos se montaron al presentarse como los salvadores de la educación, convirtiendo una causa de interés social y un derecho fundamental en una bandera política representada en un sello estampado por igual en peajes, aguacates y morrales de niños.

Ahora sí, el fragmento del texto:

“Empecemos por descartar un tópico bobo y falso: “Todas las opiniones son respetables”. Pues no, ni mucho menos. Todas las personas deben ser respetadas, eso sí, sean cuales fueren sus opiniones. Si alguien sostiene que dos y dos son cinco, no por ello debe ser encarcelado, ni ejecutado en la plaza pública (tampoco recomendado como profesor de aritmética). Pero su opinión puede y debe ser refutada, rechazada y, si viene al caso, ridiculizada. Las opiniones o creencias no son propiedad intangible de cada cual, porque en cuanto se expresan pueden y deben ser discutidas (etimológicamente, zarandeadas como quien tira de un arbusto para comprobar la solidez de sus raíces). Todo el progreso intelectual humano viene de la discusión de opiniones santificadas por la costumbre o la superstición. En las democracias, el precio que pagamos por poder expresar sin tapujos nuestras opiniones y creencias es el riesgo de verlas puestas en solfa por otros. Nadie tiene derecho a decir que, quien lo hace, le “hiere” en su fe o en lo más íntimo. Hay que aceptar la diferencia entre nuestra integridad física o nuestras posesiones materiales y las ideas que profesamos. Quien no las comparte o las toma a chufla no nos está atacando como si nos apuñalase. Al contrario, al desmentirnos es guardián de nuestra cordura, porque nos obliga a distinguir entre lo que pensamos y lo que somos. Por lo demás, recordemos a Thomas Jefferson, cuando decía, más o menos, “si mi vecino no roba mi bolsa o quiebra mi pierna, me da igual que crea en un dios, en tres o en ninguno””.

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