No podía dejar pasar este domingo sin participar de la discusión sobre el reinado en tanguitas de unas chiquillas que bailaban reguetón de manera muy sensual en una pasarela. La imagen me produjo náuseas y de mis náuseas resultaron estas palabras que dejo consignadas en mi pared virtual o muro de mis lamentos.

No importa que esta haya sido la versión número veinte del reinado de Miss tanguita, nunca es tarde ni es un mal momento para levantar la voz ante lo que no nos gusta y queremos que cambie. Por qué no pensar que si nos indignamos este año es porque estamos cambiando, o que como sociedad estamos ganando medio punto más de conciencia colectiva, o que por fin estamos pensando en los hijos de otros y no sólo en los propios. Ahora las redes sociales nos ayudan a enterarnos de muchas más cosas y eso nos facilita la indignación, pero no sólo la indignación, porque de las redes sociales también surgen acciones. Que nos encontremos un puñado de indignados para tomarnos un café y ver qué podemos hacer es una ganancia muy grande. ¿O será que los críticos de nuestra indignación pretenden que nos quedemos sólo siendo espectadores de las pataletas de nuestros flamantes políticos graduados de caudillos?

Yo no creo que nuestra indignación se deba a una “doble moral”, que es el cliché en el que siempre caemos cuando otros se quejan por lo que nosotros no. En muchos casos, no se trata siquiera de una moral doble, sino de una ausencia total de moral. La moral para mí es lo que me detiene de dañar a otro. Pero como la moral se estira y se encoge como los resortes, al vaivén de religiones y ateísmos, para eso son las leyes y las normas, para hacer que el resorte quede en un punto medio de tensión. Esas leyes deben hacerse pensando en el bienestar de los individuos, en evitarles sufrimientos o incomodidades que desencadenen la violencia. Las leyes y las normas son necesarias en toda sociedad que quiera vivir de manera pacífica, pero tampoco sirven de nada si no las cumplimos. Ahí es donde entramos en el terreno de la educación. Todo está conectado. Necesitamos normas que regulen las expresiones que hacen parte de nuestra cultura y que son nocivas (como los reinados infantiles), pero necesitamos también que cada día mucha más gente entienda las razones detrás de cada norma y, lo más importante, gente que esté dispuesta a cumplirlas sin necesidad de policías. A las cárceles no les cabe un alma más, así que olvidémonos de esa opción y mejor eduquémonos los unos a los otros porque ya la mayoría pasamos por la escuela y quedamos a medias. Las niñas no se pueden exponer tanto, mucho menos en un país como Colombia que tiene un nivel de perversiones exagerado y que aún mira a sus mujeres con desidia. Y hablo de las niñas porque son las más vulnerables, pero donde yo escriba “niña”, léase también, por favor, niño. Cada hora dos niños son abusados en Colombia y en el 41% de los casos hay un familiar involucrado. Las niñas son víctimas del 80% de los abusos. El abuso sexual es un crimen atroz que tiene el potencial de dañar muchas vidas; la de la víctima, en primer lugar, y la de todos los que en el futuro se relacionarán con ella: amigos, novios, esposos, hijos. El sufrimiento y la violencia se van contagiando de generación a generación.

El tema del abuso sexual, que en últimas es lo que a mí más me preocupa de la exposición de las niñas en tanguita, es algo muy complejo que no se soluciona haciendo listas de agravios de mujeres para hombres. Ambos sufrimos por parejo las consecuencias del machismo, que está mucho más arraigado en la cultura que los reinados, y que es la causa de la cosificación de la mujer, de su deshumanización, hasta reducirla a un artículo de mostrador incluso con el lenguaje: “mercancía que no se muestra no se vende”. A mí me han hecho ese chiste infinidad de veces y de manera inocente. Yo como mujer me indigno por el reinado en tanguita. Nosotras hemos sido multiplicadoras del machismo, con que empecemos a erradicarlo de nuestras mentes y de la de nuestros hijos (quienes los tengan), le habremos hecho un gran aporte a la paz de nuestra sociedad. Aprendamos, mujeres, a incluirnos siempre en todo, eso del lenguaje incluyente a mí me parece algo irrelevante en medio de tantas violaciones. Cuando llamen sólo a los hombres, preguntemos por qué, y si la razón es de fuerza porque hay que cargar piedras, entonces hagámonos a un lado. No nos expongamos tampoco a una hernia por querer estar a la par. Si no hay razón fisonómica o fisiológica que nos limite, metámonos haciendo gancho con los codos en la cintura. Miremos a los ojos, por lo menos mirémonos entre nosotras, y dejemos que salga nuestra voz (y a gritos si es preciso). No nos ataquemos entre nosotras para que juntas podamos defendernos y protegernos, así protegemos también a todos los que vienen.

El camino hacia nuestra humanización ha sido y seguirá siendo largo. La indignación por esta pasarela de niñas en tanguita es otro paso, y una muestra de que tenemos mucha dignidad que se puede potenciar para que nos sigamos indignando más. Con indignación y acción los cambios llegarán.

Diana Londoño.