Por el día del maestro he leído hasta felicitaciones de parte de algunas mujeres a sus novios o maridos, que no sólo no son maestros, sino que además han sido expertos burócratas mamadores de la teta pública y de la educación; pero que, según ellas, les dan a diario unas lecciones tremendas de vida. Los amigos que recibieron ese tipo de felicitación deben haber quedado hasta muy contentos con semejante lambetazo de mentiritas, lambetazo que, entre otras cosas, me arrancó sonrisas y carcajadas (eso se los agradezco a todas las novias aleccionadas). Llamar maestro al novio es como decirle doctor a todo el que nos eche alcohol en un raspón.

Yo en cambio voy a pasar una vez más por amargada; me niego a felicitar al por mayor a mamás, papás o maestros, y las razones particulares me las reservo junto con la imagen de unas manitos quemadas. De malas madres, malos padres y de malos maestros estamos llenos. Qué pena desentonar, pero parir por parir no tiene ningún mérito. Y sí, hay que dignificar a los maestros, pero muchos tendrían que empezar a dignificarse ellos mismos.

Para terminar esta pequeña muestra de recarga de pluma, sí quiero hacer un reconocimiento a los maestros que no salieron a paro, no porque se sintieran satisfechos con sus condiciones salariales y de vida, sino porque saben que muchos niños están mejor con ellos en la escuela y que, con ellos en paro, muchos se quedan sin la comidita del restaurante escolar que reciben todos los días. Para muchos niños esa es la única comida del día, y eso que no debe faltar el miserable contratista que les robe la mitad.

Colombia es un país injusto para la mayoría, no sólo para los maestros.

Aumento salarial para maestros: por supuesto y hasta de dos veces -o más- de lo que le dio el promedio a la Ministra.
Evaluación: sí, obvio. A todos nos evalúan a diario.
Cambio en los criterios de selección: también.

Diana Londoño.