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Educación para el autocontrol.

Enero 13, 2014.

“Quien ha de gobernar una nación entera debe leer en sí mismo, no a éste o a aquel hombre, sino a la humanidad”. Esa frase es del autoritario Hobbes y existe en alguna página del Leviatán. Según Hobbes, los ciudadanos somos un monstruo cuya cabeza es el Estado. Para controlar a ese monstruo que somos, el Estado tiene que tener el monopolio de la fuerza -y de la violencia- y darles a los hombres lo que necesitan para vivir. En primer lugar, el hombre necesita alimento y salud; después, educación y trabajo.

Es cierto que no solo de pan vive el hombre. Pero también es cierto que sin pan no vive, y que además se vuelve una fiera. La escasez vuelve a los hombres violentos y ruines. Yo siempre termino hablando de comida, se me atraviesan por ahí la gelatina, la lecherita, la empanada, las arepas y demás delicias. Lo hago tal vez por mi convicción de que en la escasez de alimento, o en la dificultad para conseguirlo, se encuentra una de muchas explicaciones a la rudeza de nuestro comportamiento. Otra es la falla o ausencia del Estado. La gente no confía en las instituciones del Estado, nuestro monstruo no tiene una cabeza que lo controle. Por eso hablar de instituciones en Colombia es como hablar de nada… vivimos en un tipo de anarquía. Me parece un síntoma de anarquismo que unos muchachitos de colegio cometan un delito de suma gravedad, como lo es una violación grupal a una mujer en completo estado de indefensión, y que aparezcan ante cámaras retando a la sociedad sin temor. En Colombia el sistema de justicia es inoperante, el Estado no tiene ninguna fuerza, ni siquiera simbólica, porque la corrupción a todo nivel ha debilitado las instituciones a tal punto, que cualquiera ejerce la violencia sin temor y con garantía de impunidad.

La convivencia en sociedad debería ser materia prioritaria en el sistema educativo, y esa convivencia se basa en el respeto a unas normas sociales y a unas leyes. Sobre el tipo de educación que necesitamos, pienso que la educación debería estar enfocada al fortalecimiento del Estado y sus instituciones. Esto se lograría mediante la instrucción de los individuos, desde niños, en el respeto a los demás y en el pensamiento colectivo. Los niños deben entender que cualquiera de sus acciones tiene consecuencias sobre los otros, buenas o malas, y que deben encontrar la manera de vivir en paz con los demás en la sociedad a la que pertenecen. Las normas y las leyes existen para facilitarnos la convivencia.

Me gusta mucho el sistema holandés porque en los primeros años la educación tiene unos pocos ejes fundamentales: la lectura, la escritura, la socialización y la disciplina. Los niños trabajan a su ritmo. Se asume que si un niño aprende a leer bien estará en capacidad después de entender y aplicar cualquier tipo de contenido. Si un niño no va un día a la escuela, las maestras tienen la obligación de informar a la policía para que indague por las razones de su ausencia. Si no hay una razón de fuerza mayor -como una urgencia médica-, los padres tienen que pagarle una multa al Estado. Los holandeses desde niños aprenden que con el Estado la cosa es seria, que ellos son parte de un sistema y que deben cumplir ciertas reglas. Los niños reciben un mensaje contundente del Estado: “aquí estoy y su bienestar me importa”. Los padres son la primera figura de autoridad que los niños reconocen, pero cuando entran a la escuela, los niños ven cómo sus padres tienen que rendirle cuentas a las maestras y a la policía. Puede parecer un autoritarismo extremo, porque incluso en la escuela les controlan lo que comen: la escuela les da un estuche en el que cabe un sanduche y una manzana (¡el estuche tiene la forma cuadrada para el pan y también un espacio redondo para la fruta!). En la escuela los dulces están sujetos a estricto control para prevenir la obesidad y los niños solo pueden comerlos en fechas especiales y en cantidades reguladas por las maestras. Si un niño es descubierto con un paquete de dulces, se lo botan y les hacen un llamado de atención a los padres.

A juzgar por el comportamiento de los adultos holandeses, me parece que el sistema es exitoso. El Estado se las ingenia para mantener el control. Los holandeses son respetuosos de las normas, pueden no estar de acuerdo con ellas, pero pocas veces se les ve quejarse a la hora de pagar una multa. Por supuesto que hacen pataletas, pero las hacen en la casa, no en la oficina de algún servidor público. Ellos saben que es mejor pagar la multa para no enredarse en pleitos con el Estado, porque la respuesta que recibirán será siempre la misma: “No hay nada que podamos hacer, usted violó una norma”. Los holandeses saben que las excusas con el Estado no valen y eso lo aprendieron desde niños, desde que vieron a sus padres dando explicaciones en la estación de policía y en la oficina de impuestos.

En Colombia nos vamos al otro extremo. Por ejemplo, le mencioné a un holandés el caso de la niña de 12 años que tuvo gemelos de un hombre bastante mayor en Colombia para saber qué pensaba, y su respuesta fue contundente: “Es un crimen, no hay nada que discutir al respecto”. En Colombia empezamos a buscarle justificaciones a los crímenes: es que la niña aceptó, es que el hombre la quiere, es que mire que viven juntos, es que mire que él responde, es que la niña era una brincona… Nuestro Estado es débil para hacer respetar las leyes porque la mayoría de sus ciudadanos están dispuestos a pasárselas por la faja. Esa predisposición hacia el quebrantamiento de la ley es un generador de violencia que tenemos que cortar desde los primeros años de escuela. Mientras en Suecia las cárceles están vacías, en Colombia están atiborradas de ladrones de baratijas y celulares. Hay quienes piden más cárceles, pero si seguimos a este paso, en algún momento tendremos al Congreso discutiendo la delimitación de nuestras fronteras con barrotes de hierro.

Sobre la educación de los niños, Benjamin Franklin escribió:

“Educa a tus niños para el autocontrol. Edúcalos para que tengan el hábito de controlar sus pasiones, sus prejuicios y su maldad, edúcalos en la razón, y habrás hecho mucho para eliminar la miseria de su futuro y crímenes de la sociedad”.

El sistema holandés también tiene fallas. De lo estricto que es, las personas adultas se parecen mucho a las calles: rectas y planas. Los holandeses se autocontrolan demasiado y eso genera otro tipo de problemas (como la frustración, la depresión y la alta tasa de suicidio). Sin embargo, a pesar de las fallas, la sociedad no es violenta. La razón es que han aprendido desde niños a vivir bajo unas normas de respeto a la autoridad y de convivencia en sociedad.

En fin… Creo que se me está llegando la hora de leer el Leviatán completo. A uno le llega su momento con los libros.

Sobre la escritura

Escribir. No sé qué pensar de la escritura. Para mí es un músculo que ejercito más que cualquier otro. Si mi aspecto físico estuviera determinado por mis ejercicios de escritura, sería una musculosa, una macancana capaz de clavar en el pavimento de un manotazo a todo el que me irrespetara en la calle. Con seguridad no tendría que hacerlo, porque los espantaría con una mirada de culo que los dejaría apuntando con los ojos al suelo. Nunca me he detenido a reflexionar sobre lo fácil o lo difícil que es la escritura, prefiero mantener mi disciplina de escribir sobre cualquier cosa sin sentir pena si a otros mis cosas les parecen tontas. No me preocupo por eso, comparto sin la preocupación del ridículo. Lo que me parece de una dificultad extrema es dedicarse a escribir con el deseo de impresionar -aunque para eso haya que usar los pellejos de otros escritores-. Escribir por gusto me parece muy fácil. Hay gente que por gusto va al gimnasio, otros pintan o reparan carros. Yo escribo y como helado con banano y chocolate derretido. El helado tiene que ser de vainilla (esto para dejar claro que soy muy radical en todo lo que tenga que ver con los helados que involucran banano).

Mi grito de independencia: ¡Qué vivan los espontáneos!

Y una frase de Estanislao: “Solo quien escribe, realmente lee”.

Mis ejercicios de escritura han aumentado mi capacidad de entender lo que escriben o dicen otros. Leer no es juntar consonante con vocal; hay que hacer un esfuerzo por entender lo que se lee para que no nos ubiquen en el vergonzoso grupo de los analfabetos funcionales, muchos de los cuales tuvieron oportunidades de aprender a leer -hasta en la Universidad de los Andes-, pero las desaprovecharon por estar trepando escaleras sociales. El analfabetismo funcional es un mal común entre políticos y senadores de la República de Colombia. Por eso hay tanto experto en aprobar leyes enmicadas y en diseñar políticas gazapas sin presupuesto para ejecutarlas. Nuestro problema con la lectura es la falta de escritura.

Para mí escribir es esto que acabo de hacer: juntar palabras para contar. También hay formas de contar. El escritor de oficio aprende a contar lo que pocos cuentan.

Nota: La columna que motivó este texto. http://www.elespectador.com/opinion/si-escribir-fuera-columna-524199

En Medellín hay mucho político alternativo de jean desgastado, corbata heredada y eslogan de moda. Tienen un cierto aire a Rin Rin Renacuajo.

Animalismo y Ébola

Guardé silencio ante el sacrificio de Excálibur, el perrito de la enfermera infectada de Ébola, no porque me faltara lamento por su infortunio, sino porque el Ébola es bastante grave como para hacer una revolución mediática por una medida de salud pública (por no decir que por un perro). Es una tragedia lo que está pasando en los focos de infección. No se sabe cómo detener la epidemia en humanos, no existe vacuna, ni cura probada; básicamente el que se contagia puede ir pidiendo de una vez los santos óleos si es que le permiten la entrada a un cura al hospital (en caso de que haya hospital). Tener un perro caminando por ahí sin saber si se incuba en él un Ébolita es inconveniente y asustador. No justifico su muerte, pero tampoco me aventuro a protestar ante el panorama tan desesperanzador y de derrota que se percibe en los países africanos que son foco de la enfermedad. Tal vez se podría haber dejado en cuarentena en un lugar especial para un perro, mientras en los lugares de la epidemia lo mejor que puede pasar es que los enfermos se mueran porque no hay camas, ni médicos, ni las medidas sanitarias necesarias para atenderlos. En cualquier caso, me parecen terribles estos dilemas en que nos envuelve la vida. Ante la incertidumbre las medidas de salud pública tienen que ser estrictas. Me pregunto cuántos de los que protestaron por el sacrificio del perrito habrían estado dispuestos a recibirlo en su casa y convertirse -de pronto- en un foco más de infección. Dirán que para eso es la cuarentena, pero en la cuarentena también habría personas involucradas en riesgo de infección. Yo no estaría dispuesta a recibir a Excálibur, mi amor por los animales no me alcanza para exponerme y exponer a los demás a un virus que no causa una simple gripita.

Lo que está pasando con el Ébola se llama control biológico. La naturaleza tiene sus mecanismos de defensa y regulación de población. De cuando en cuando la naturaleza se saca del sombrero uno que otro virus mortal. Esos virus son su arma más poderosa, porque causan un daño terrible y ni siquiera están vivos. Ellos utilizan nuestras células para multiplicarse; los virus ponen toda nuestra maquinaria viva a trabajar para ellos. Los virus nos esclavizan. Las drogas que logran afectar al virus con seguridad afectan el funcionamiento de muchas cosas más. Cuando se muere una persona contagiada también se lleva el virus porque él nos necesita vivos. Entonces, por definición, no hay antibióticos para virus porque no se puede matar lo que no está vivo. Mientras se inventan las medicinas podemos aprender a prevenir el contagio de la misma manera que aprendimos a no contagiarnos con el VIH, y apelar al sistema inmunológico de cada persona y a su capacidad natural de defenderse de los agentes extraños. No es casual que este tipo de enfermedades le peguen más duro a los países africanos porque allá es donde hay más pobreza y donde el sistema inmune está más suprimido por el hambre; allá es donde quizás se expresa con mayor fuerza la selección natural: sobreviven los más fuertes. Para cuando la ciencia logre desarrollar una vacuna y logre probarla en monos -esto por supuesto tapándose los oídos para no escuchar las consignas de los activistas en favor de los monos-, ya los muertos humanos se contarán por millares y no serán solo africanos. Vale recordar que en treinta años la ciencia no ha podido desarrollar una vacuna contra el VIH y que por eso nos tocó aprender a convivir con él. Puede que sea también ese el caso del Ébola. No siempre la ciencia le gana el pulso a la naturaleza. Y el problema no es la naturaleza con su Malaria, su VIH y su Ébola. El problema es nuestra maldita incapacidad de aniquilar la pobreza.

Nota: La ilustración que aparece en el encabezado fue tomada del Huffington Post. Me parece brillante. Para ilustrar mis palabras se podría reemplazar la imagen del hombre blanco por la imagen de un perro de hombre blanco.

Fuente imagen: Huffington Post.

Un gran maestro

Me regalaron un texto acompañado de una advertencia: “Yo sé que no eres comunista, pero también sé que tienes tu mente bien abierta”. Tiene razón, yo no clasifico en nada que termine en “ismo”. Todo lo terminado en “ismo” tiene implícito mucho radicalismo y algo de fanatismo. Por eso no soy ni comunista, ni capitalista, ni feminista, ni anarquista, ni masoquista, ni marxista, ni uribista, ni fajardista, ni santista, ni samperista; y puedo seguir enumerando cosas hasta que de pronto me detenga la duda al llegar al idealismo. Le temo al idealismo llevado al extremo, porque quien vive con un ideal fijado en su cabeza -un ideal de lo que sea-, vive también en la obsesión y pierde la perspectiva de la realidad. A todas estas, me causa mucha gracia que haya existido tanto marxista y que el propio Marx dijera que él no lo era.

No creo que exista un “mockusismo” porque el mismo Mockus no lo ha permitido. Mockus lo que ha sido es un gran maestro para Colombia, por eso perdió las elecciones presidenciales, porque Colombia está acostumbrada a ser gobernada por individuos que crean movimientos basados en la idolatría a su nombre y a su figura. En una Colombia acostumbrada a ser gobernada por caudillos y corruptos, Mockus nos deja una filosofía de vida austera, llena de contradicciones y tartamudeos, pero siempre pacífica y honesta. De Mockus aprendí que el fin no justifica los medios, y que vale la pena perder elecciones y alejarse de los partidos políticos por lealtad a ese principio. De él también aprendí que para educar y transformar individuos no se necesitan grandes inversiones en infraestructura, porque un buen maestro convierte el lugar más inesperado en escuela. Un buen maestro es capaz de levantar escuelas sin usar ladrillos. Para el buen maestro el individuo es la escuela.

La comodidad de la izquierda

En estos días me dijeron que yo era de izquierda “aunque me doliera”. La razón que motivó semejante afirmación fue que compartí en Facebook un texto que hablaba de la pedagogía libertaria de Freire. Según mi contertulio, los grandes aportes a la humanidad los ha hecho la izquierda y lo más terrible lo ha hecho la derecha. Lo curioso es que también he recibido mensajes de otras personas preguntándome, con tono de reclamo, que cuál es mi problema con la izquierda. O sea, cuando les gusta lo que digo soy de izquierda y cuando no les gusta soy de derecha. Así de acomodada es la izquierda en Colombia, tan acomodada y conveniente como la derecha, que aprovecha cualquier tragedia para practicar y predicar el populismo democrático. Yo no tengo problemas ni con la derecha ni con la izquierda. Difiero con vehemencia de ciertas personas que pertenecen a la una y a la otra, que es distinto.

En ese tipo de discusiones también me han llamado uribista, conservadora, postmodernista, neoliberal, y hasta habladora de caca. Como si compartir una postura con cualquier persona que simpatice o pertenezca a cualquiera de esas corrientes lo convirtiera a uno en un ser ruin. Entre otras cosas, no he podido entender qué es lo que finalmente significa el neoliberalismo porque lo utilizan sin reparo para referirse a todo lo que no les gusta, tampoco entiendo cuál es el bendito problema del postmodernismo. Mejor dicho, se descuida uno y le van endosando la mierda del mundo en un segundo.

Cuando les pido que me expliquen por qué creen que soy lo uno o lo otro, y les refuto, deciden entrar mejor al terreno del psicoanálisis y me sugieren de manera muy amistosa que aprenda a debatir con “argumentos” para que pueda convencerlos. Básicamente me aconsejan que pierda mi tiempo, porque con dificultad escucharán lo que tenga para decirles. Los fanáticos confunden debate con adoctrinamiento. La finalidad del debate es la simple exposición de argumentos, mientras que el adoctrinamiento busca convencer e imponerle a los otros un modo de pensar. Del adoctrinamiento lo que resultan son borregos fáciles de someter a la voluntad de unos cuantos.

Antes de retirarme, no vencida -como ellos creen-, sino porque hay maneras mucho más divertidas de perder el tiempo, les agradezco la sugerencia y su preocupación por mi “inmadurez política”. No me interesa convencer a nadie de nada, ni siquiera hago un esfuerzo por convencerme a mí misma de algo. Escucho, leo y pienso para tratar de entender la complejidad de nuestra realidad y de liberarme de mis propios prejuicios. Esa es mi tarea diaria. Pero ser crítico, mostrarse en desacuerdo, y no dejarse adoctrinar ni clasificar en ninguna de las nefastas categorías del pensamiento extremo que tanto daño le han hecho a Colombia y a la humanidad, es razón suficiente para ser callado y matoneado a tuiterazos que echan mano de un argumento fortísimo: “usted es un neoliberal”. Eso no es un argumento, pero sin duda, lo que sea, es contundente. ¿Qué puede responder uno a semejante bobada?

Cada vez que escucho la palabra “neoliberal” algo ocurre en mi cabeza; la palabra es reemplazada rápidamente por “nada”. Es que de tanto que la han machacado, la pobre palabra para mí ya carece de algún significado. Y da grima ver cómo los debates de temas importantes para el país terminan convertidos en una bufonada parecida al programa de la señorita Laura Bozzo: ¡Que pase el próximo Ministro neoliberal!

Tienen hasta razón mis contertulios en confundirse conmigo; me encanta la diversidad y pienso que cada cual tiene razones para pensar de determinada manera. Tengo amigos muy queridos uribistas, conservadores, liberales, recalcitrantes, de derecha, de izquierda, de centro, trogloditas y libertinos. Y me encanta hablar con todos y descubrir que son más nuestras coincidencias que nuestras diferencias: todos necesitamos comer, queremos tener un sistema de salud y educación de calidad, no queremos que nos roben, y nos preocupa la justicia, entre otras muchas cosas. Nuestras diferencias radican, quizás, en la visión y en lo que cada uno considera prioritario, aunque también en las formas de conseguirlo. Sin embargo, ni todos los uribistas se parecen a Uribe, ni todos los conservadores se parecen al Procurador, ni todos los que simpatizan con ideas de derecha son paramilitares, ni todos los que simpatizan con ideas de izquierda son guerrilleros o mamertos. Ésa clasificación absurda nos mantiene estancados.

Y como para concluir este texto con un diagnóstico: soy una indefinida. No me identifico ni con la derecha, ni con la izquierda, ni con el centro-derecho, ni con el centro-izquierdo. Alguna vez pensé que me gustaba el centro-centro y después de un tiempo me empezó a parecer demasiado insípido. Tampoco sé si soy neoliberal, postmoderna, o una combinación de ambas. Lo único que tengo claro es que políticamente no me hallo, y que cuando creo que me hallo, al final me doy cuenta de que no tengo vocación de borrego. Es cierto que escribo mucha caca, en eso también les concedo la razón a mis contertulios y además les agradezco que la lean. Yo también los leo, en silencio, pero los leo. A ver si poco a poco y con paciencia nos vamos entendiendo.

Las cárceles

Las cárceles hay que humanizarlas. La libertad es un precio demasiado alto como para que los equivocados y víctimas de la misma sociedad en que nacieron tengan además que vivir entre excrementos, respirar un aire infecto y vivir en un literal confinamiento. Es triste ver gente “educada” clamando por una justicia con tintes de revancha. La idea de justicia para cada quien es diferente, sólo las personas civilizadas se niegan al ojo por ojo y al diente por diente. Una persona civilizada no necesariamente es una persona educada, una persona civilizada es capaz de sacrificarse hoy por la esperanza de un futuro tal vez mejor. Una persona civilizada se detiene para romper una pequeña cadena de violencia y le entrega al sistema de justicia sus deseos naturales de venganza. Pero nuestro sistema de justicia hace mucho colapsó, nadie está conforme y eso empeora nuestra violencia. La gente va por el ojo, por el diente, por la casa, por la mujer, por lo que puedan; y por la vida. La justicia es negligente y con su incompetencia incrementa la sed de venganza de los ciudadanos. Tal vez eso explica el estado de las cárceles y los presos: “que se pudra esa escoria humana”. El Estado les pide a sus ciudadanos civilidad pero les da el mismo tratamiento que a la basura. Tenemos un Estado inhumano y el Estado somos todos. ¿Qué pasó con la compasión? ¿Cómo salirnos de esta lucha mortal por la supervivencia? Mis argumentos en defensa de la humanización de las cárceles no son tanto los presos como sus hijos, trato de imaginarme cómo serán los niños que crecen viendo a sus padres tratados como cerdos y a sus madres maltratadas en filas tan largas que duran lo que duran las madrugadas frías, hambrientas y mojadas.

La madre de todas las instituciones

A Marcola, el capo brasilero capturado, se le nota la lectura en sus palabras, y también se le notan muchas otras cosas. Se le nota el pensamiento, la reflexión sobre un problema complejo del que se reconoce parte. Irónico que sea un criminal el que desnude estas verdades y que aparente ser más leído que la mayoría de nuestros políticos, que en su ambición de conquistar votos para ganar elecciones se dedican a prometer ‘mano dura’ y ‘seguridad’, aun sabiendo que no podrán cumplir sus promesas. No en un país con un Estado permeado por el crimen y con todas sus cárceles agotadas.

¡Qué hagan más cárceles! dicen los potenciales votantes. Pues las hacemos, mienten los candidatos. El infortunio de años de haber sido gobernados por incompetentes nos ha llevado a vivir en una especie de caos, a sobrevivir como buitres al acecho de una presa debilitada en un desierto. Somos un pueblo maleducado que desconfía del Estado y del vecino.

Nos metieron en la cabeza que nuestros problemas tenían nombres de capos y grupos criminales, pero si nos preguntáramos quién nos ha hecho daño y porqué, nos daríamos cuenta de que nos dañaron las personas que amábamos, o el burócrata incompetente y afanado por su hora de almuerzo, o el empleado de un hospital que incapaz de sentir el dolor ajeno nos dijo ‘haga la fila’, o el gerente de una EPS que no contento con los resultados decidió dilatar los exámenes complementarios y las quimioterapias, o el profesor que nos hizo creer que no servíamos ni para los números ni para las letras. En la mayoría de los casos han sido personas corrientes las que han marcado nuestras vidas, para bien o para mal, no guerrilleros ni paramilitares. Nadie niega el gran impacto social que han tenido, pero también debemos asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos.

Yo que soy una mujer de ciencia me reconozco parte del problema, pero también de la solución. Por eso no creo en promesas de campaña de candidatos que se presentan como ‘salvadores’, porque sólo la voluntad y el compromiso individual nos pueden salvar de dañar a otros. El individuo puede  romper las cadenas de violencia.

El ideal no es que nos gobiernen bien, el ideal es que nosotros nos gobernemos bien a nosotros mismos, porque la justicia y la paz no serán más que utopías mientras sean impartidas por personas de moral blandengue y corrupta. Un solo corrupto en cualquier institución la desprestigia y la debilita. Y la familia es una institución, quizá la madre de todas las instituciones.

Furia social

A los campesinos del Catatumbo no les faltaba sino que las Farc saliera a decir que los apoyarán con sus armas y sus balas, como si no tuvieran suficiente ya con la estigmatización de la protesta social.

Lo he dicho y lo repito: la paz no se firma entre dos partes. Porque una cosa es el protocolo y los acuerdos que ellos hagan, y otra muy distinta la realidad de la gente. Será muy difícil vivir en paz si las personas no tienen un ingreso que les permita obtener el alimento y suplir, al menos, sus necesidades más básicas: salud, vivienda y educación. Y el alimento es requisito indispensable para la salud, y la salud es requisito para todo lo demás. Las protestas sociales son justas porque la gente está preocupada por su sustento. Todos sabemos que el hambre da mal genio, y es lógico, porque uno para funcionar, para razonar, necesita glucosa y proteína, también grasa. Por eso es que la gente con hambre es tan brava, por algo que se llama instinto de sobrevivencia.

No me explico cómo es posible que nuestros gobernantes permiten que los conflictos escalen de esta manera, como si no tuviéramos un Bogotazo en nuestra historia como prueba de los estragos que una masa enardecida puede llegar a causar. Para las demandas de la gente el gobierno casi siempre ha tenido la misma solución: subsidios. Y si a la gente no le gusta, entonces también tiene gases, bolillo y hasta bala. Tengo entendido que fue así como se formaron las guerrillas, entonces podríamos estar repitiendo la historia; se firma la paz con un grupo para abrirle paso a otros.

Toda decisión tiene efectos sociales, por eso se necesitan expertos de diferentes disciplinas para evaluar los impactos. Pero es común ver saltar burócratas de puesto en puesto y de tema en tema como si tuvieran múltiples talentos. Pasan de manejar temas de vivienda a manejar temas ambientales, o de los ambientales a la ciencia o a dialogar la paz, o de la cámara de comercio al ministerio de educación, o del ministerio de hacienda al de minas. Y esos saltos burocráticos no son exclusivos de este gobierno, vienen de tiempo atrás. También se podría hablar entonces de la existencia de un carrusel burocrático que causa detrimento al patrimonio por la improvisación en el diseño de las políticas públicas. ¿Cómo no va ser caótica la situación, si estamos padeciendo las consecuencias de la acumulación de decisiones desafortunadas?

Los niveles de pobreza en el campo son altísimos, hay cifras que hablan de niveles de pobreza y miseria hasta del 98%, aunque las cifras oficiales son más bajas, pero igualmente alarmantes. El paro minero es producto de la improvisación en el manejo del tema de las licencias y de la minería ilegal. Las protestas de los lecheros, paperos y cafeteros son el resultado del abandono del agro y de la falta de políticas que favorezcan su competitividad; eso sumado a los TLC firmados, que tienen al país invadido de productos extranjeros mientras en Colombia los lecheros regalan la leche para no botarla. Los bananeros y los floricultores están en crisis por la revaluación -entre otras cosas-, y los textileros también enfrentan una grave situación que el gobierno aplacó con un incremento en los aranceles a las importaciones, por supuesto en detrimento también de los importadores de materias primas y productos terminados. Unas por otras, como dicen.

La furia social es comprensible porque con tantos sectores productivos en crisis se pone en riesgo el sustento de la gente. Es que en Colombia si no se tiene un ingreso tampoco se come. Y ya expliqué que el hambre es una de las causas del mal caracter.

Material de soporte:

http://www.elespectador.com/noticias/judicial/farc-apoyaran-sus-armas-protestas-el-catatumbo-articulo-435174

http://www.semana.com/especiales/pilares-tierra/asi-es-la-colombia-rural.html

http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/A/a_regalar_la_leche_que_nadie_compra/a_regalar_la_leche_que_nadie_compra.asp

https://www.youtube.com/watch?v=C95qEYCo7es

 

 

El mejor vividero

Mucha gente dice que Colombia es el mejor vividero del mundo. Pero yo que he vivido lejos por varios años y mantengo mis ojos y mi corazón más allá que aquí, en Holanda, les puedo decir, sin temor a la injusticia, que eso no es cierto. Los que dicen eso debe ser porque desafortunadamente no han vivido en lugares donde uno monta en bicicleta en la madrugada sin temor de que un violador aparezca en la esquina más inesperada. Aquí no muere gente de manera violenta todos los días, y puede ser que haya corrupción, pero no se ven personas durmiendo en las calles o muriendo en las puertas de los hospitales esperando a ser atendidas. Aquí la violencia y la corrupción no son aceptadas como normales. Me atrevería a decir que Medellín no fue elegida como sede de los olímpicos juveniles por la violencia.

Yo quiero a Colombia, pero por fortuna mi amor nunca ha sido ciego. Le veo lo bonito y lo feo, y con dolor les digo que nos han engañado al hacernos creer que somos “los más” en alguna cosa. Para poder mejorar nuestra realidad primero tenemos que aprender a ver las cosas como son: Colombia no es el mejor vividero del mundo; ni siquiera es el mejor cagadero porque allá los inodoros se taquean mucho.

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