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Redacción al desnudo: Imprecisiones sobre el Tour de Francia

Yo, que leo desde afuera, he notado que con frecuencia la prensa colombiana no informa sino que desinforma y confunde. Comparto un artículo sobre el Tour de Francia para ilustrar un poco a lo que me refiero: http://www.elespectador.com/deportes/ciclismo/nairo-salvo-el-primer-escollo-articulo-570315

El artículo sólo habla de los favoritos como aspirantes a ganarse el Tour y usa el desempeño de esos favoritos para sugerir unas supuestas victorias de los colombianos. A manera de ejercicio, voy a señalar algunas imprecisiones que encuentro en el texto. La primera imprecisión del  es que en el Tour todos los participantes aspiran a dar lo mejor y no sólo están compitiendo “los favoritos”.

La segunda es que no menciona al ganador de la prueba contrarreloj. Dice que Vicenzo fue el mejor de los favoritos, pero resulta que el mejor de todos fue el australiano Rohan Dennis, y creo que batió un récord de tiempo y por eso lo hicieron subir al podio dos veces para recibir dos camisetas: una amarilla y una verde (digo que creo porque estoy siguiendo el Tour en holandés y mi entendimiento del idioma cogea y a veces no llega).

La tercera imprecisión es que, según la prensa criolla, Rigo fue el mejor colombiano de la prueba, aunque haya quedado en el puesto 17, y habla de que Rigo es una sorpresa en el Tour porque le fue mejor que a Contador. Sorpresa la del australiano de 20 años que ganó la prueba y que le cogió un montón de segundos de ventaja a Contador, al campeón de campeones. Eso sí que es una sorpresota.

Y la cuarta imprecisión es que el artículo dice que Nairo salvó un escollo ayer. Nairo quedó más alejado del ganador que Rigo, así que no entiendo cuál fue el escollo que salvó.

Termino diciendo que a Nairo y a Rigo les fue mejor que a muchos otros y que esto apenas está empezando; quedan muchos días de pedaleo y en la mitad es que se van haciendo presentes la aguapanelita y el bocadillo veleño. También, que los afanes de gloria de la prensa colombiana se parecen mucho más a la presión que al apoyo. Y algo para la reflexión: ¿Cómo es que un artículo sobre la primera etapa del Tour no menciona ni siquiera al ganador? Este tipo de prensa desinformativa es muy común en países como Corea del Norte.

Día del maestro

Por el día del maestro he leído hasta felicitaciones de parte de algunas mujeres a sus novios o maridos, que no sólo no son maestros, sino que además han sido expertos burócratas mamadores de la teta pública y de la educación; pero que, según ellas, les dan a diario unas lecciones tremendas de vida. Los amigos que recibieron ese tipo de felicitación deben haber quedado hasta muy contentos con semejante lambetazo de mentiritas, lambetazo que, entre otras cosas, me arrancó sonrisas y carcajadas (eso se los agradezco a todas las novias aleccionadas). Llamar maestro al novio es como decirle doctor a todo el que nos eche alcohol en un raspón.

Yo en cambio voy a pasar una vez más por amargada; me niego a felicitar al por mayor a mamás, papás o maestros, y las razones particulares me las reservo junto con la imagen de unas manitos quemadas. De malas madres, malos padres y de malos maestros estamos llenos. Qué pena desentonar, pero parir por parir no tiene ningún mérito. Y sí, hay que dignificar a los maestros, pero muchos tendrían que empezar a dignificarse ellos mismos.

Para terminar esta pequeña muestra de recarga de pluma, sí quiero hacer un reconocimiento a los maestros que no salieron a paro, no porque se sintieran satisfechos con sus condiciones salariales y de vida, sino porque saben que muchos niños están mejor con ellos en la escuela y que, con ellos en paro, muchos se quedan sin la comidita del restaurante escolar que reciben todos los días. Para muchos niños esa es la única comida del día, y eso que no debe faltar el miserable contratista que les robe la mitad.

Colombia es un país injusto para la mayoría, no sólo para los maestros.

Aumento salarial para maestros: por supuesto y hasta de dos veces -o más- de lo que le dio el promedio a la Ministra.
Evaluación: sí, obvio. A todos nos evalúan a diario.
Cambio en los criterios de selección: también.

Diana Londoño.

Tranen

Het voordeel van ‘s nachts te huilen is dat de sterren, gezien door tranen, veel groter zijn.

Educación, ladrillos y fotos

Cuando Gina se pone a repetir el discurso de Fajardo y dice que haremos de Colombia la más educada me da como desespero. Es que, honestamente, estoy hasta el copete de Fajardo. Ese señor existe demasiado y no ha permitido que otras personas de su equipo y de su línea de pensamiento se destaquen. Además su programa bandera, el de parques educativos, me parece vago y lo veo como una imposición suya, aunque esquiven  las críticas diciendo que los pueblos se ganaron su construcción. A muchos pueblos casi no llegan recursos, entonces me parece lógico que si en la gobernación los ponían a escoger entre competir por un edificio o no recibir nada, las administraciones municipales harían el esfuerzo de ganarse el edificio, así tuvieran que hacer maromas y estirar la coca para arreglar las casas de la cultura y las escuelitas rurales.

Pero más triste que ver el gasto de miles de millones de pesos en ladrillos, de los que no se sabe si lograrán convertirse algún día en ladrillos educativos, es que para llenarlos con contenidos se estén trasladando las actividades de las casas de la cultura a esos edificios que entregaron huecos. Es decir: están vaciando los lugares que ya existían y que han sido levantados y mantenidos con mucho esfuerzo y a punta de donaciones. Eso era algo que yo veía venir, porque en los pueblos no es que haya mucha gente para mantener esos espacios llenos, y la gente de las zonas rurales va a las cabeceras municipales si acaso una vez por semana a comprar el mercado. No van mucho al pueblo por una razón de pesos: a veces no tienen ni para pagar el pasaje en chiva. Las administraciones municipales no cuentan siempre con los recursos ni con la experiencia para meterles contenidos a los parques pertinentes para el contexto de cada pueblo; por eso sigo esperando a que la gobernación presente el plan de sostenibilidad, porque como veo las cosas, esos parques podrían terminar siendo una carga más y el remedio podría resultar peor que la enfermedad.

En Vigía del Fuerte, por ejemplo, están enseñando inglés, y no es que me parezca mal que aprendan inglés allá, sino que no veo claro cómo el inglés les puede ayudar a enfrentar sus problemas de pobreza en el mediano plazo. Tal vez allá sean más necesarios contenidos relacionados con producción sostenible de energía, manejo de residuos, planeación -muy importante cuando se vive en zona de inundación del Atrato-, seguridad alimentaria, agroforestería y mejoramiento de vivienda; en cualquier caso, no me parece que el inglés sea un contenido muy acorde con el contexto de Vigía en el momento.

Pero a lo que iba es que no me gustan las fotos de políticos con niños, sin embargo, algunas de las fotos que comparte Gina Parody logran conmoverme. No sé por qué en su caso no me disgustan, será tal vez porque hay algo en ellas que me hace pensar que el sentimiento es auténtico. Me gusta que Gina sea la Ministra de Educación, aunque de vez en cuando me toque llevarle la contraria y refutarle las cosas que considero cojas. Quisiera aclarar que yo sólo les refuto cosas a aquellos políticos a los que les veo potencial para contribuir al desarrollo humano, social y económico de Colombia, y lo hago por la convicción de que el desacuerdo es un ejercicio fundamental para el avance y para mantener una democracia saludable. Creo que con esto también queda claro que lo mío con Fajardo no es saña, sino compromiso ciudadano.

Termino este deslizamiento del lenguaje expresando una necesidad utilizando la palabra “ojalá”, que según Juan Luis Guerra es una palabra que convierte todo deseo en plegaria:

Ojalá muy pronto sean muchas más las mujeres como Gina en el servicio público.

Populismo educativo

Hacer política hablando de educación es sencillo porque todos queremos educación. Es un tema popular que se presta mucho para ejercer el populismo -término bastante usado aunque poco comprendido-. Se tiene la idea de que todas las personas que tienen algo que ver con la política o el servicio público son populistas, pero eso no es cierto. El populismo lo ejerce todo aquel que dice lo que la mayoría quiere escuchar o que omite información para lograr un beneficio (que en el caso de la política está representado en votos). El Ministro de salud, por ejemplo, no es populista porque trata de mejorar el sistema con todo el país encima. Me parece un despropósito que algunos pretendan endosarle a él la muerte de Camila Abuara, mientras tantos otros vivos se aprovechan a gotas o a chorros del sistema, ya sea por un simple guayabo o por pura ambición. Cada Acetaminofén cuesta y un Ministro solo no puede combatir la corrupción.

Vale pues la pena meterse en el discurso de los políticos populares para conocer la razón de su popularidad: muchos han convertido los derechos fundamentales, estipulados la Constitución, en banderas de campaña electoral. Esos derechos ciudadanos son también deberes del Estado, y el Estado somos todos, aunque suene muy trillado. Esos señores que presiden las instituciones encargadas de velar por nuestros derechos dependen de nosotros; somos nosotros quienes, de manera directa -por el voto- o indirecta -por voluntad de los elegidos-, los ponemos a dirigir nuestros destinos. Somos nosotros los que con nuestra desidia e indiferencia les permitimos que una vez elegidos hagan lo que quieran. Somos nosotros los que toleramos la corrrupción a todo nivel, incluso aquella que con disimulo se embolsilla una devuelta ajena. Estoy de acuerdo con una frase que un gobernador lleva como diez años repitiendo, y ya no sé si como mantra o como karma: “El que llega al poder pagando favores sigue pagando para permanecer en él”. Y paga con nuestros impuestos, que son los de la salud, la educación y la infraestructura pública.

Volviendo al populismo, no encuentro gran diferencia entre convertirse en el político de la educación o en el de la seguridad, porque ambas cosas son derechos ciudadanos y deberes del Estado. Es decir, es obligación de todos los ciudadanos, políticos o no, procurar su cumplimiento. Por eso me dedico a desarmar discursos frase por frase, porque al desarmarlos podemos ir reconstruyéndolos. El discurso de la seguridad no me interesa porque ese ya está caído; años de bala, aparte de muertos, sólo nos han llevado a viajar a la costa cada año sin mayores preocupaciones, aunque eso si logramos ignorar que el costo de esa tranquilidad se cuenta en vidas perdidas o mutiladas de militares, policías, ciudadanos corrientes, guerrilleros y paramilitares. En ese discurso del aumento del pie de fuerza poco importa que sean los hijos de otros los que tengan que ponerle el pecho a las balas. Ese discurso de vena brotada en plaza pública que clama por sangre de guerrillero y que echa mano de fotos de policías muertos para ganar adeptos me resulta inhumano y desagradable. Y es ese el alimento que nos dan todos los días los medios: muertos y más muertos y los relatos escalofriantes de sus asesinos. Los medios han contribuido mucho a que nos hayamos convertido en una sociedad que no se espanta con la barbarie; en una sociedad a la que se le secaron lágrimas.

El discurso de la educación sí me interesa, porque en la educación están las luces para dejar de ser una sociedad tan violenta y tan propensa al quebrantamiento de la ley. Con la educación podríamos lograr un respeto a la vida del otro, a la diferencia y a las leyes; podríamos aprender a trabajar en equipo para dejar a un lado el individualismo que impera en todas partes. Esas cosas tan básicas disminuirían la violencia cotidiana, esa que ejercen los ciudadanos que no pertenecen a ninguno de los muchos bandos que tenemos y que cambia vidas por celulares o bicicletas. Decía Kant que la educación es el problema más difícil que puede planteársele al hombre, porque los hombres son educados por otros hombres que a su vez fueron educados por otros. En nuestro caso, somos unos maleducados violentos tratando de educar a unos niños que son como esponjas para absorber lo bueno y lo malo. Para Kant, las luces dependían de la educación y la educación dependía de las luces. En Colombia estamos a oscuras y no basta con construir colegios, parques educativos, regalar tabletas o con que presidentes y gobernadores vayan a dar clases en las escuelas para dejar registro fotográfico. Tendríamos que empezar por reconocer primero que no cualquiera es maestro.

Diana Londoño.

Nota: La imagen fue tomada de la página de Facebook de Gina Parody.

Felicito a los hombres de mi vida

No me feliciten por haber nacido mujer porque eso fue producto del azar, si me van a felicitar, que sea por ser una mujer que habla, que dice lo que piensa y lo que siente; una mujer que decide sobre su cuerpo y sobre su vida, una mujer que se respeta y se hace respetar. Felicítenme pues por ser una mujer de valor que reconoce el valor de otras mujeres y trabaja con ellas, para juntas elevar ese valor a la máxima potencia.

Aunque, pensándolo bien, deberían felicitar mejor a todos los hombres de mi vida, a mi padre, a mi abuelo, a mis tíos, a mi hermanito, a algunos de mis maestros, a mis amigos y a mis amantes, es decir, a todos mis amores; porque ellos han sido quienes más impulso me han dado para llegar a hablar como hablo y a ser como soy. Me gusta como soy. Mis amores hombres me han abierto el camino y me han enseñado a ser una de esas mujeres a las que el diablo, que dizque sabe a quien le sale, se le esconde apabullado.

El impulso me lo han dado los hombres de mi vida. La fuerza para luchar me la han dado todas las mujeres del mundo.

Dignidad e indignación

No podía dejar pasar este domingo sin participar de la discusión sobre el reinado en tanguitas de unas chiquillas que bailaban reguetón de manera muy sensual en una pasarela. La imagen me produjo náuseas y de mis náuseas resultaron estas palabras que dejo consignadas en mi pared virtual o muro de mis lamentos.

No importa que esta haya sido la versión número veinte del reinado de Miss tanguita, nunca es tarde ni es un mal momento para levantar la voz ante lo que no nos gusta y queremos que cambie. Por qué no pensar que si nos indignamos este año es porque estamos cambiando, o que como sociedad estamos ganando medio punto más de conciencia colectiva, o que por fin estamos pensando en los hijos de otros y no sólo en los propios. Ahora las redes sociales nos ayudan a enterarnos de muchas más cosas y eso nos facilita la indignación, pero no sólo la indignación, porque de las redes sociales también surgen acciones. Que nos encontremos un puñado de indignados para tomarnos un café y ver qué podemos hacer es una ganancia muy grande. ¿O será que los críticos de nuestra indignación pretenden que nos quedemos sólo siendo espectadores de las pataletas de nuestros flamantes políticos graduados de caudillos?

Yo no creo que nuestra indignación se deba a una “doble moral”, que es el cliché en el que siempre caemos cuando otros se quejan por lo que nosotros no. En muchos casos, no se trata siquiera de una moral doble, sino de una ausencia total de moral. La moral para mí es lo que me detiene de dañar a otro. Pero como la moral se estira y se encoge como los resortes, al vaivén de religiones y ateísmos, para eso son las leyes y las normas, para hacer que el resorte quede en un punto medio de tensión. Esas leyes deben hacerse pensando en el bienestar de los individuos, en evitarles sufrimientos o incomodidades que desencadenen la violencia. Las leyes y las normas son necesarias en toda sociedad que quiera vivir de manera pacífica, pero tampoco sirven de nada si no las cumplimos. Ahí es donde entramos en el terreno de la educación. Todo está conectado. Necesitamos normas que regulen las expresiones que hacen parte de nuestra cultura y que son nocivas (como los reinados infantiles), pero necesitamos también que cada día mucha más gente entienda las razones detrás de cada norma y, lo más importante, gente que esté dispuesta a cumplirlas sin necesidad de policías. A las cárceles no les cabe un alma más, así que olvidémonos de esa opción y mejor eduquémonos los unos a los otros porque ya la mayoría pasamos por la escuela y quedamos a medias. Las niñas no se pueden exponer tanto, mucho menos en un país como Colombia que tiene un nivel de perversiones exagerado y que aún mira a sus mujeres con desidia. Y hablo de las niñas porque son las más vulnerables, pero donde yo escriba “niña”, léase también, por favor, niño. Cada hora dos niños son abusados en Colombia y en el 41% de los casos hay un familiar involucrado. Las niñas son víctimas del 80% de los abusos. El abuso sexual es un crimen atroz que tiene el potencial de dañar muchas vidas; la de la víctima, en primer lugar, y la de todos los que en el futuro se relacionarán con ella: amigos, novios, esposos, hijos. El sufrimiento y la violencia se van contagiando de generación a generación.

El tema del abuso sexual, que en últimas es lo que a mí más me preocupa de la exposición de las niñas en tanguita, es algo muy complejo que no se soluciona haciendo listas de agravios de mujeres para hombres. Ambos sufrimos por parejo las consecuencias del machismo, que está mucho más arraigado en la cultura que los reinados, y que es la causa de la cosificación de la mujer, de su deshumanización, hasta reducirla a un artículo de mostrador incluso con el lenguaje: “mercancía que no se muestra no se vende”. A mí me han hecho ese chiste infinidad de veces y de manera inocente. Yo como mujer me indigno por el reinado en tanguita. Nosotras hemos sido multiplicadoras del machismo, con que empecemos a erradicarlo de nuestras mentes y de la de nuestros hijos (quienes los tengan), le habremos hecho un gran aporte a la paz de nuestra sociedad. Aprendamos, mujeres, a incluirnos siempre en todo, eso del lenguaje incluyente a mí me parece algo irrelevante en medio de tantas violaciones. Cuando llamen sólo a los hombres, preguntemos por qué, y si la razón es de fuerza porque hay que cargar piedras, entonces hagámonos a un lado. No nos expongamos tampoco a una hernia por querer estar a la par. Si no hay razón fisonómica o fisiológica que nos limite, metámonos haciendo gancho con los codos en la cintura. Miremos a los ojos, por lo menos mirémonos entre nosotras, y dejemos que salga nuestra voz (y a gritos si es preciso). No nos ataquemos entre nosotras para que juntas podamos defendernos y protegernos, así protegemos también a todos los que vienen.

El camino hacia nuestra humanización ha sido y seguirá siendo largo. La indignación por esta pasarela de niñas en tanguita es otro paso, y una muestra de que tenemos mucha dignidad que se puede potenciar para que nos sigamos indignando más. Con indignación y acción los cambios llegarán.

Diana Londoño.

Las diez mil becas

El programa de las diez mil becas del gobierno me emociona. Es un experimento porque las dificultades serán muchas, pero es un experimento que vale la pena hacer y del cual tenemos que tomar datos para sacar conclusiones y aprender las lecciones dolorosas y necesarias para poder mejorar los experimentos futuros. La autocrítica es tan fundamental en este tipo de cosas como en la ciencia. Si yo hubiera recibido un aviso así con mi puntaje del ICFES, o con el del ECAES (el segundo a nivel nacional en mi programa), las cosas habrían sido mucho más fáciles para mí, porque para poder continuar con mis estudios de maestría tuve que hacer grandes esfuerzos para encontrar una beca y aprender inglés pagando clases particulares muy costosas. También tuve que conseguir dinero prestado para el viaje y no tenía siquiera un computador ni otras cosas que hoy parecen obstáculos insignificantes, pero que para mí eran toda una madeja compleja en la que cada hebra me costaba dinero que no tenía. Valga decir que también dejé empeñada un poco de salud en mi carrera por la educación. Al final, después de pagar apostillas y traducciones, y de ser aceptada para estudiar en la universidad de Gent con una beca, viajé a Bélgica con sólo cien euros en el bolsillo. Recuerdo que me daba miedo hasta comprar una Coca-Cola porque su precio convertido de euros a pesos equivalía como a cinco mil pesos, que fue lo que gasté a diario para estudiar en la Universidad Nacional por cinco años y que la inflación inmisericorde cada año me fue encogiendo. Salir a estudiar fue una aventura y una locura, no entendía nada en las clases, no entendía ni lo que yo misma escribía. Ahora, cuando miro atrás, pienso que siempre he estado un poco loca y bendigo esa locura porque me ha permitido sobrepasar los límites impuestos por la sociedad en la que nací y crecí. Así que a estos muchachos pilosos y a Gina les digo que adelante, que será difícil, pero que si tomamos nota y aprendemos, podemos hacer de esto una experiencia social revolucionaria en la eliminación de las fronteras invisibles que existen en las universidades; lugar fundamental en la construcción de la sociedad. Siempre he pensado que las oportunidades hay que crearlas para que quienes estén en capacidad en el momento las tomen. El reto será siempre incrementar el número de personas en capacidad de tomarlas, sin que importe el lugar en que nacieron ni su condición económica. Eso es equidad, que todos estemos en capacidad de competir por un cupo en una universidad y de permanecer sin que la parte económica nos limite. La Ministra me sorprendió con su apuesta por la inclusión, y aunque no me gusta que la palabra “crédito” esté involucrada, rescato que al menos son créditos que se condonan con esfuerzo, porque estoy segura de que estos pilosos tienen con qué responder. Tenemos que estar pendientes de que las universidades y el gobierno pongan mucho de su parte para no quemarlos en su esfuerzo y para que su deuda se condone toda y quede en ceros; que lo único que tengan ante sus ojos sea un futuro brillante con un país entero metido en la piel y en el alma. Me recuerdo al escucharlos hoy hablar con tanta ilusión. Desde ya les hago fuerza y para ellos van todas las porras de mi corazón.

http://www.semana.com/nacion/multimedia/la-revolucion-de-las-becas-del-gobierno/415129-3

 

 

 

Instinto animal

El instinto animal se puede contener por un tiempo, pero en algún momento el contenedor se rompe. El leopardo del video, cuando tenga hambre, se comerá de un bocado al cervatillo aunque este haya sido su mejor amigo. Eso se llama naturaleza. Con los humanos sucede igual, porque cuando se vive en un ambiente hostil lo que domina es el instinto de supervivencia, la amistad poco cuenta. Los gobernantes deberían ver Animal planet a ver si algún día entienden que mientras las necesidades más básicas de la población no estén cubiertas (alimentación, salud y vivienda), la gente hará cualquier cosa para sobrevivir y eso incluye la violencia. Difícil esperar que la gente sea pacífica cuando tienen que vivir con la incertidumbre de la comida del siguiente día. No importa cuántas paces firmen ni cuántos esfuerzos hagan para “educar” a la gente en esas condiciones, porque la escasez activa el instinto de supervivencia. La hostilidad del ambiente vuelve a la gente ruda hasta con su mejor amigo.

 

Sobre la mediocridad

Algo muy triste me pasó al leer la columna de Ricardo Silva Romero sobre la mediocridad. Recordé la mediocridad de quienes exigen excelencia en los demás, pero se niegan a responder las preguntas ciudadanas. La mediocridad de quienes escriben un libro blanco y hablan de transparencia, pero guardan silencio frente a sus propios actos o los actos de la gente de su gobierno. Recordé la mediocridad de quienes gobiernan con amigos, olvidándose de que a eso, en el servicio público, no se le llama amistad, sino nepotismo. Recordé la mediocridad de quienes planean un debate público, no con sus detractores, sino con sus amigos; la mediocridad de todos aquellos que, incapaces de escuchar para comprender y de explicarnos bien para que comprendamos, hablan de educar y de transformarle la vida a la gente del campo. La mediocridad de los que recitan un discurso fabricado desde una poltrona, desde un helicóptero o desde un café de El Poblado. Recordé, además, esa resginación mediocre que nos lleva a elegir lo mejorcito del ramillete de mediocres políticos colombianos (“ese por lo menos no roba”).

Cito los apartes del texto que me llevaron hoy, una vez más, al desconsuelo de ver a lo que se redujo mi esperanza en la política (y en “la más educada”):

“Nuestro enemigo, me temo, es la mediocridad. El mediocre, en vez de responder con dignidad a la victoria, se dedica a cubrir sus huellas a punta de soberbia. Y entonces se resigna a sí mismo. Y la realidad es su realidad, y punto. Se monta una corte de aduladores que lo aplauden hasta ensordecerlo. Va por ahí invalidando a sus adversarios, a sus críticos. Y encuentra refugio en sus dogmas siempre que vuelve de sus cobardes cacerías de brujas: la cumbre de la mediocridad es el fanatismo. Y el fanático es el mediocre que sale de su casa a señalar a los demás sin antes haberse visto en el espejo”.

 Nota: Esta fue la columna que me recordó una de mis más grandes desilusiones.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/mediocridad/14898081

 

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