Category: La Casita

Mis tesoros

Que si me podían mandar cartas, me preguntó una niña al despedirse. Claro que sí -le respondí-; cuando tengan cartas para mí se las pueden entregar a la maestra Sofi. Ella las amarrará a las patitas de una paloma mensajera y la paloma las llevará volando hasta Holanda y las dejará en mi ventana. Yo dejaré todos los días un granito de maíz en mi ventana, haré una hilera de granitos de maíz para que la paloma se alimente cuando llegue con las cartas.

Partida de la profe Diana

Se me llegó la hora de partir de nuevo.

Estas han sido mis vacaciones más cortas en Colombia y también las más productivas. Me regreso a Holanda con muchas lecciones aprendidas y con muchas ganas de seguir trabajando con la maestra y con todos los amigos que nos quieran ayudar a sacar adelante el proyecto de la Casita Rural, que ya lleva un año de programas (contenido) en una escuela y que se podrá empezar a usar como espacio físico en un mes.

Mis últimas palabras para los niños en la escuela fueron muy difíciles porque yo no he podido aprender a no sentir mucho. Estaban todos en una mesa redonda en completo silencio esperando mis palabras de despedida; desde el más chiquito de preescolar, hasta los dos más grandes que están en cuarto y que son los que más energía propia y ajena consumen, me miraban con la atención que a veces les falta para hacer lo que deberían hacer según mandan las cartillas… Les expliqué de qué se trataban todas esas actividades extraordinarias que habían disfrutado tanto el último año y por qué algunos profes de refuerzo estaban yendo semanalmente a la escuela a ayudarle a la maestra. Les pedí que la quisieran mucho a ella, que la valoraran y le ayudaran porque ellos sabían que a veces se pasaban en algarabía, peleas y quejas.

Cuando les quise agradecer por todas las enseñanzas que me habían dado ellos a mí, la voz se me esfumó, otra vez, tal como me pasó en la Nacional. Me dio rabia conmigo por ser así tan llorona, y recordé que cuando estaba en primaria se me escapó la voz de la garganta una vez que me tocaba cantar una canción en un acto cívico. Digo que me tocaba porque a mí nunca me gustó ser el centro de atención en el colegio y todavía tengo problemas con eso, en especial cuando debo hablar de las cosas que más me importan y duelen. Me cubrí los ojos con mis manos y el silencio del salón lo escuchaba como un estruendo. Escuché un zapateo, era el de la maestra que había salido del salón corriendo, quizás con el ánimo de perseguir mi voz. Respiré y le supliqué a Dios que me la devolviera, que me devolviera mi voz, aunque fuera con temblor, y que me permitiera cerrar la parte más crucial de mi viaje con firmeza.

Respiré varias veces antes de destaparme los ojos y cuando me sentí capaz levanté la cabeza. Al mirar a los niños me di cuenta de que todos estaban muy conmovidos y de que muchos estaban llorando. Fue un segundo muy hermoso entre nosotros. La maestra entró de nuevo al salón con los ojos llorosos. En ese instante comprobé que los niños tienen algo fundamental que los grandes hemos perdido: empatía. La empatía es la base de la compasión y la compasión es lo que quizás nos lleva a cuidar por instinto al otro. Sentí una gran felicidad al saberlos tan receptivos a mis emociones.

Les pedí que siguieran disfrutando y que nos ayudaran a mantenernos motivados para seguir viajando hasta donde ellos y para seguir recogiendo amor y buena voluntad para poder financiar las entradas, los materiales, los refrigerios y el transporte, porque nada de eso había sido ni será gratis. Les pedí que cuando necesitaran un abrazo fueran a la Casita, cogieran un libro y dejaran que sus páginas con letras o dibujos los abrazaran, y que aprendieran a usar los computadores para leerles cuentos por videollamada. Me aplaudieron y al salir todos me querían abrazar. Ese día nadie se quería ir de la escuela y para mostrarme su agradecimiento me regalaron un montón de tarjetas que habían pintado y que se suponía eran para sus mamás; casi todas las tarjetas quedaron en manos mías y de las otras dos profes. Ah, también me compusieron y cantaron una trova. La gratitud de estos niños y el amor por su escuela sobrepasaron mis expectativas.

Creo que mi aporte más importante, además de la empatía, la alegría y los abrazos, fue la implementación del día sin quejas en la escuela; el resultado fue tan aliviador que la medida fue adoptada de inmediato y será implementada todos los días del año.

Hasta la próxima. Y sepan que la Profe Diana no los ha abandonado. Algún día aprenderemos que partida no es sinónimo de abandono.

Diana Londoño.

 

Noticiero de la Casita

Taller de autorretrato en escuela rural de Antioquia

Nuestros pequeños de la vereda se autorretrataron. Hubo retratos con mucho color, con mucha ternura, con gaviotas en el cielo -aunque el mar se encuentra muy lejos-, y con una casa siempre presente que a veces se confunde con un encierro. Hubo músculos redondos en los brazos, uniformes camuflados, cadenas amarrando una pierna, una moto, armas sostenidas por mano y mano y balas que se dirigían a un blanco. Es inevitable detenerse en la observación de los elementos bélicos en manos de autorretratados tan pequeños.

El autorretrato no es la copia fiel de la imagen que se refleja en un espejo, sino una imagen sacada desde adentro, una imagen construida a partir de sensaciones que a veces se presentan en fragmentos. A veces nos vemos como arcoíris de colores que pasan por todos los espectros, otras veces nuestra alma, mente, sangre, carne y huesos se nos presentan en blanco y negro. A veces, la mayoría de las veces, para esconder el miedo nos protegemos con un manto de rudeza. Pero el miedo convive en nosotros con el amor y las gaviotas y cuando él quiere nos ocupa por completo. Yo fui niña y sentí miedo, mucho miedo. Tenía miedo de que mi casa explotara y de que mis papás jamás regresaran. Tenía miedo de las miradas. Para disimularlo me ponía ropa ancha, botas con platina y me cortaba desde la raíz todo el pelo. La ternura siempre estuvo en mí, pero encarcelada en un cuerpo del que llegué a creer que sólo me serviría para temblar de miedo. Eran otros tiempos los de mi niñez, había carteles de droga, explotaban bombas y me miraban ojos cuyas miradas no me gustaban. Mi apariencia me hacía sentir protegida. Si bien estos tiempos son distintos no son mejores para los niños. Hay violencia en todos lados y la imagen de una niña de dos años vecina de la escuela muerta hace un par de meses a machetazos. No creo que los niños vean noticias, así que no se deben haber enterado de la muerte de cuatro niños en lo que para ellos debe ser un país distinto llamado Caquetá. Ellos también se protegen con una armadura de rudeza que hace que la escuela por momentos parezca un pequeño campo de batalla. A veces están dispersos e inquietos y es muy difícil lograr que escuchen por un segundo. Durante este taller estuvieron concentrados mirándose por dentro. El tamaño del grupo ayudó porque sólo asistieron 12 niños que estuvieron acompañados de tres estudiantes de artes y de la maestra. No me alcanzo a imaginar cómo se las ingenia la maestra para enseñarles a leer, a sumar y a convivir en sociedad a 23 niños de distintas edades al mismo tiempo. Así funcionan las escuelas rurales.

Nosotros nos acercamos a los niños con amor y estremecimiento; en ciertos instantes nos sentimos tentados a quitarles las armas de los retratos y a pintarles una sonrisa eterna. Pero nos contenemos en silencio tratando de desatar un nudo de tripas que se nos forma en la barriga, muy parecido incluso al que se puso uno de los niños con lana verde en la suya. No podemos cambiar lo que pasa por fuera de la escuela, ojalá tuviéramos el poder de desaparecer de un tajo todo lo que les produce pánico. Lo que sí podemos hacer es tratar de convertir la escuela en un lugar más amable todos los días, uno en el que los niños no sean un número más en la lista; un lugar donde se sientan a salvo y donde su entendimiento del mundo crezca parejo con sus cuerpos. El horror seguirá existiendo, queda en nuestras manos seguir trabajando con ellos para que lo reconozcan y para que con su pequeña razón decidan si se convierten en sus multiplicadores o si le ponen un punto final diciendo: “Yo eso tan horrible no lo repito”. Tal vez algún día nuestro pequeño grupo de niños logre romper esa cadena de violencia que hoy dibujan atándolos de pies y manos. Tal vez algún día nuestros niños de la vereda decidan deponer las armas de sus autorretratos.

Para la maestra un profundo agradecimiento por abrirnos un espacio en su escuela y por regalarnos a todos su día de descanso. La maestra es nuestra espina dorsal porque sin ella nada de lo hecho habría sido posible. A Baobab, el grupo de estudiantes de artes de la Nacional, también muchas gracias por ser así de bellos y por querer plantarse al lado de la Casita Rural.

Reportera de la Casita.

 

Galería de fotos Baobab: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.332690466922723.1073741831.259872390871198&type=1

Página Casita Rural: https://www.facebook.com/pages/Casita-Rural/1515406328695659

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