Category: Historias del diario (page 2 of 3)

Suspiros

Casi no me gusta escribir en el blog porque siento que allá las palabras se sienten muy solas. En cambio aquí las palabras siempre están acompañadas, ya sea con los “me gusta”, los comentarios, o por mí, que las leo una y otra vez pensando que la escritura es mágica, porque cuando yo quería escribir una historia sobre un huevo, de pronto se aparecieron los abuelos y en cuatro líneas se robaron el protagonismo de la historia. Yo escribo por vicio, y la escritura, como otros vicios, también contribuye a la obesidad. Soy disciplinada para ser una viciosa que escribe por impulso, mas no para trotar o ir al gimnasio a bailar la zumba que tanto me gusta. Escribo una palabra y no sé dónde iré a terminar. Pero me encanta la desestructura y mi propia sorpresa al ver el resultado. A pesar de ser consciente de que me muevo entre extremos en la escritura, de que vago entre la dureza y la ternura, me parece muy hermoso que la gente me mande mensajes de preocupación por el gobernador -el blanco más frecuente de mi inconsciente-. Por ahí me llegó hasta un suspiro y quien lo escribió aseguró que ese era un suspiro mío por el gobernador. Me reí mucho con eso de que otros suspiren por mí y que le endosen mis suspiros precisamente a ese señor. El creador de tanta impertinencia también mencionó que con gusto le regalaría mis botas y se las haría calzar en su presencia. Lo contradictorio de todo eso es que, según el impertinente, los suspiros son felicidades extremas que no caben en los cuerpecitos, y salen. Para mí es claro que no es una felicidad extrema lo que me inspira el gobern, entonces me veo en la obligación de agregarle algo a la definición de suspiro. Un suspiro también puede ser una frustración extrema que no cabe en el cuerpecito. En mi caso, esa frustración sale de mi cuerpecito en forma de letras. Mi hermanito es uno que nunca se aparece por este muro, pero esta semana que hablamos me dijo que se divertía mucho leyendo mis cuentos; que se conectaba todos los días solo para ver yo con qué salía. Eso me recordó el cumplido más bacano que me han echado en la vida: “Vos sos como esos pantalones viejos en los que se encuentra uno billetes lavados, boletas de cine y dulces descontinuados”. El día que me dijeron eso me sentí como una piñata. Me gustó ese sábado en que supe que hubo gente que captó en la corta extensión de un texto algo de la ternura de mis abuelos. Me gustan los “me gusta” y los comentarios que me animan a seguir escribiendo. Me gusta que hoy quiera ser más disciplinada con el blog. Contradigo a todos los que dicen que uno publica algo buscando aprobación; no creo que se trate de eso. Hay algo escondido detrás de cada publicación y no es el deseo de aprobación. Quizás solo sea un deseo de comunicación que otros interpretan como algo neurótico. Algo de neurosis tendrá, y si es así, me declaro la mujer más enferma de una sociedad que no se atreve a decir lo que siente desde las entrañas; la mujer más enferma de una sociedad en la que las mujeres aún callan. A las cosas es mejor nombrarlas que tener que convivir con ellas como fantasmas. El amor es uno de los sentimientos más neuróticos, por eso, la persona que quiera saber si la he amado y cuánto la he amado, que bien pueda se busque y se cuente entre mis letras. Cuando libero todas estas palabras lo hago sin la preocupación sobre el qué pensarán de mí, aunque no niego que cuando las palabras son bienvenidas se me hincha el pecho con un sentimiento que a mí se me parece a la alegría, y no es una alegría corriente, sino una muy rara. Ella se me presenta vestidita de flores y con la boca y las pestañas pintoreteadas; es una alegría muy coqueta que se empina con altivez sobre unos tacones diciendo que, cuando sea grande, se quiere parecer a otra palabra y me amenaza con cambiarse el nombre. Alegría dice que un día se va a llamar Felicidad. El cuerpecito se me pone trémulo al escuchar el tono intimidante de la frase final de su amenaza, porque viola el segundo mandamiento escrito en piedra. Después de decir que se va a cambiar el nombre, se le oye decir un “pa’ Dios bendito” a mi Alegría coqueta. Y les aseguro que a ella no le importa que después de decirlo se tenga que ir a confesar.

Remedios caseros

Cuando estaba pequeñita me daba bronquitis muy seguido con fiebres muy altas. En mi casa decían que vivía apestada y por eso me hacían comer un montón de cosas que según la tradición montañera curaban la fiebre y la anemia. Lo que más recuerdo es el color de la sopa de pajarilla y la cara de mi papá sentado frente a mí en la mesa. Mi papá era muy serio en esa época, con una mirada suya bastaba para que yo me tragara esa sopa color caca en tan solo tres cucharadas. Entre las demás cosas que hacían parte de mi menú se encontraban el chocolate de ojo, la cola granulada, el aceite de hígado de bacalao y el Milo. El chocolate de ojo me gustaba -porque pensaba que era solo chocolate-, lo único que me molestaba era que me quedaba la boca un poco grasosa después de tomármelo, pero decía mi mamá que era por la leche que estaba recién ordeñada y que no tenía la cantidad de agua que tenía la leche de las tiendas. Mis papás se mantenían muy tristes conmigo porque además de raquítica era muy chillona. Mi papá por eso tenía ciertas complacencias conmigo y a veces llegaba de trabajar con un Bon Yurt escondido para la niña que estaba enfermita. También me regalaba conejos que mi mamá detestaba porque le dejaban bollitos por toda la casa. Entre tantas medicinas en etapa experimental, la que a mí más me funcionaba era la que me daba mi abuelita. Ella me daba un huevito tibio en una coquita azul. En esa misma coquita azul la abuelita me regalaba la nata de la leche después de hervida. El abuelito me hacía avena. Yo adoraba la avena del abuelo, tanto, que cuando él ya estaba enfermito le pedí la receta. Él, con medio cuerpo paralizado, se metió a la cocina y sentado en un banquito me la enseñó a preparar. Cuando me fui para Bélgica a estudiar, el abuelo le preguntaba todos los días a mi mamá que cuando era pues que volvía la niña, también le preguntaba para dónde era que se había ido la niña a estudiar. A pesar del malestar físico que pudiera sentir por mis fiebres, me parecía muy bueno estar enferma para que todos me consintieran con huevito, nata, Milo, avena y Bon Yurt. Hasta en la sopa de pajarilla recibía mucho amor; el amor desesperado de unos papás por su pequeña niña que no crecía y que parecía el soplo de una bronquitis de Dios. Ya no soy una pequeñita, ni tengo a mis papás o a mis abuelitos cerca para que me consientan cuando estoy enferma, sin embargo, mis medicinas siguen siendo las mismas. Aunque las prepare yo.

Mi primer salario

Durante el último año de doctorado no tuve salario y acumulé un par de deudas con una tía. Ella siempre creyó que me pagarían un millón el día que me entregaran el diploma de doctora. Ella, tan bella, pensaba que el diploma venía con un cheque al dorso. Esa es la tía que rezó mucho para que me alejara de la política y a la que al parecer Fajardo escuchó. Por hacerle un favor a mi tía fue que Fajardo me desilusionó. Ahí perdonarán que meta al entrenador de loros en esta historia, pero ya saben ustedes que no puedo dejar pasar ni un solo fin de semana sin mencionarlo. Uno menciona lo que le importa. El entrenador de loros todavía me importa… Todavía está a tiempo de retomar el rumbo y de aprender a trabajar en equipo con la gente que lo acompañó en su carrera por la presidencia y la gobernación. Él mismo repite como loro que el solo hecho de mencionar a alguien lo fortalece. Yo por eso lo menciono, a ver si con eso le ayudo un poco. El día que no lo mencione será porque me importa lo mismo que Uribe, Roy Barreras o aquel hombre que pasó por mi vida y al que no le escupo ni un feliz cumpleaños por Facebook. Esto me recuerda a un parcero perturbado porque su exnovia no le cagaba ni un saludo (palabras suyas). El parcero, adolorido, me imploraba que le ayudara a entender por qué esa mujer lo trataba con tanta indiferencia. Sin saber si de algo le podía servir, le conté por qué yo tampoco le cagaba ni un saludo a ese hombre del que solo a veces tenía una impresión muy vaga de habérmelo cruzado en la vida. Le dije que no me provocaba gastarle palabras a una persona de la que no me quedaba ni un bonito recuerdo, aunque, para hacerle justicia, debo decir que de él tampoco conservo recuerdos malos. Eso es culpa de un parásito que habita en mi memoria y que se alimenta de recuerdos. Aún no logro descifrar su mecanismo de acción, porque el parásito me deja mochos recuerdos que yo quisiera que se devorara completos. Yo creo que el parcero quedó peor después de lo que le dije.

En fin, retomando el hilo de la historia… Sin haber recibido mi primer salario, me permití un abuso de la tarjeta de crédito para darle una sorpresa a la mujer a la que le debo todos mis primeros, mis segundos y mis terceros salarios; todos mis salarios. A esa mujer le debo la vida.

“Lo dejo todo y me voy para donde la Mami”.

 

El tuteo

Me llama la atención la puja entre el tuteo y el voseo de la gente en general, y la mía en particular. Nunca tú, nunca nada para ti. Sin embargo hay un tuteo entremetido, camuflado; un tuteo que es un momento de flaqueza en las letras. Uno cuando habla es uno, si acaso dos. Pero uno cuando escribe es muchos: es uno el que piensa, es uno el que escribe, es uno el que lee de para adentro y es uno el que lee en voz alta o de para afuera. El que borra es otro que no es uno. El que tutea debe ser entonces un uno conmovido, cercano, demasiado íntimo, que se le coló al perverso que borra.

Bon Yurt

Las cosas ya no las hacen como antes. Hace años uno compraba un Bon Yurt y era un problema vaciarle las Zucaritas sin hacer regueros. Esos eran los maravillosos años de lenguas cortadas por tapitas de aluminio y tarros de lecherita. Hoy es el tiempo de la nostalgia. En el tiempo de estos días se puede hacer la mezcla sin dificultad porque el yogurt ocupa menos de la mitad del tarro y las Zucaritas son tan poquitas que nadan a sus anchas en el yogurt. Las compañías de alimentos nos desajustan la emoción cada vez que hacen ajustes de proporción. Me parece el colmo que Alpina se haya atrevido a reducirles la lonchera a los niños de esta manera. Además, el tarro tiene un problema de diseño muy grave, porque no permite que el dedo índice llegue hasta el fondo para rescatar el yogurt que se queda atrapado en las rendijas. La próxima vez que pase por una tienda les voy a meter una cartita en el buzón de sugerencias. Si no es posible que nos devuelvan el contenido y el reguero, les voy a sugerir que, por lo menos, diseñen un tarro que permita meter la cabeza completa. Les voy a sugerir que nos vendan el Bon Yurt en ponchera.

 

Gotas de Neosaldina

Tengo un dolorcito de cabeza que me ha durado más de una semana. Solo recuerdo haber sentido un dolor así tres veces en la vida. La primera, cuando murió un gran amigo, estudiante de veterinaria y vendedor de revuelto en las comunas de Medellín con megáfono y concurso de canto incluido. A los niños que cantaban les regalaba naranjas. Esperé a que bajara la procesión de Manrique en el semáforo del cementerio San Pedro. Mi hermana estaba también en el cementerio, pero cada una hizo el duelo por su lado. Vi bajar motos culebreras con muchachos culebreros por la loma. Bajaban algunos de la Terraza, de ese misterioso lugar que, según rumores, era el nido de algunas de las aves más negras de Medellín. Mi amigo les vendía el revuelto a las cuchas (a las mamás) de las aves negras todos los sábados. En el cementerio hubo bala y mucha rabia. No era una escena de Rosario Tijeras ni el entierro de un sicario, era el entierro de un muchacho cualquiera que quería ser veterinario. “Nos mataron al calvo del revuelto y la cucha está muy dolida”. Tas tas tas. Yo escuchaba los lamentos oculta entre monumentos lapidarios. Estaba dopada por los recuerdos de mi amigo, un muchacho luchador, inteligente y estudioso que había llegado de un pueblo a vivir unas cuadras más arriba de la Terraza. Lo recordaba lavando los platos en mi casa después de la comida. Lo recordaba jugando catapis en la Universidad de Antioquia. Compartía muchos sentimientos con los muchachos culebreros, incluso los sentí cercanos en el dolor y en el llanto. Esos muchachos estaban llorando, sus ojos producían lágrimas como los míos; a ellos también les dolía la muerte y para canalizar ese dolor apuntaban al cielo con sus armas. Seis balas nos habían ahuecado la vida. Los sábados dejaron de ser días de revuelto y canto. La ausencia se me volvió un dolor de cabeza de muchos días, quería vomitar, necesitaba con urgencia vomitar, pero se me estrangulaba la cabeza en cada arcada. Estuve dopada por varios días entre el dolor y la Neosaldina, cuando me despertaba apretaba las dos puntas de la almohaba contra mis sienes. Era octubre. Iba a la facultad de veterinaria y como ya no estaba su moto para dejarle flores, como era mi costumbre, empecé a hacerle un montoncito de flores en el lugar en el que siempre la dejaba parqueada. Hice mi duelo del alma en Alma máter, porque la universidad también perdió a uno de sus mejores estudiantes. Aún no sé cómo fue el duelo de mi hermana, porque jamás hemos hablado del tema. Ella se fue por un lado y yo por el otro. Ella tenía pesadillas todas las noches, a mí me acompañaba un dolor crónico en la cabeza.

La segunda vez que tuve un dolor de cabeza similar fue un día que caminando por la iglesia de la América vi a unos niños de ocho y diez años montados en un árbol de mangos. Me detuve a observarlos y deduje que eran niños de San Javier, o de la comuna 13, como comúnmente se le estigmatiza. La gente siempre se las ingenia para poner etiquetas. Antes eran barrios o sectores, después nos cambiaron los nombres de los barrios por comunas, al final, cambiamos de nombre pero nos quedamos aferrados al estigma. Ahora San Javier es La 13, sin embargo, El Poblado y Laureles nunca han dejado de ser El Poblado y Laureles. Me imaginé que los mangos que los niños cosechaban del espacio público eran para vender a la salida de las escuelas. Calculo que el árbol tenía unos cuatro metros de alto. Pensé en el peligro y en los cables de luz que casi alcanzaban a tocar las ramas, porque en la ciudad más innovadora del planeta los cables de alta tensión casi se pueden tocar desde los balcones. Mientras los miraba y pensaba en todas esas cosas, en un segundo, escuché un traquear de ramas y después un golpe seco contra el pavimento. Uno de los niños cayó frente a mí, casi a tres metros de mis pies. Yo no sabía qué hacer. Se hizo un círculo de curiosos y al parecer todos estaban como yo porque nadie hacía nada. Yo, que no soporto a los curiosos en esas circunstancias, quedé como una curiosa más; parecía un cristo clavado por los empeines al pavimento. Pude reaccionar cuando el niño que se dio el golpe se levantó y caminó hacia mí. No caminó hacia los demás curiosos, el azar me regaló ese golpe a mí. El niño, con la mandíbula volteada, con sus pies apuntando hacia lados distintos y con sus brazos despedazados, se paró frente a mí para decirme algo: “Ayúdeme”. Yo no tenía un carro para llevarlo a un centro asistencial. Lo quería tomar en mis brazos para que se le quitara el miedo, pero a ese niño era mejor no tocarlo porque estaba completamente fracturado; además yo también tenía miedo, mucho miedo, un miedo paralizante. Me paré entonces en la avenida para tratar de detener un taxi. Pararon varios que al ver el niño volvieron a arrancar. Un taxista me respondió que llevar a un niño así a un hospital era un problema porque la policía los detenía hasta que averiguaran lo que había pasado. Yo quería que la policía me detuviera por ese niño, se lo dije al taxista, que yo asumía la responsabilidad, pero el taxista se marchó como los otros tres que habían parado. Al final un señor dijo que lo montaran en su moto y así llegó ese niño al centro asistencial, quebrado hasta el alma y aplastado entre el conductor de la moto y otro señor que se montó atrás para que el niño no se fuera a caer. Por fortuna en algún momento de esa tragedia humana el niño se desmayó. No supe más de aquel niño genérico, de ese niño de tantos que no le duelen a nadie. A mí me dolió. Sentí el dolor de ese niño explotar en mi cabeza y acudí, una vez más, a las gotas de Neosaldina. Estuve dopada entre el dolor y las gotas un par de días.

Hoy cumplimos catorce octubres sin jugar catapis. El aniversario de su ausencia me sorprendió con dolor de cabeza. No tengo gotas. La causa del dolor es la muerte de una niña de dos años en mi pueblo. Muerte por tortura. Quiero creer que el dolor, cuando es mucho, tiene el efecto de la anestesia. De rodillas, entre lápidas, le ruego a Dios que cada golpe haya sido como una inyección de anestesia y que esa pequeña se haya desmayado como el niño quebrado. Ruego también para que esa niña vea desde cielo, al lado de Yesid, las cometas que la violencia no le dejó hacer con nosotros en la escuela. Y que las toque, que juegue con Yesid a enredarles y a arrebatarles las cometas a los otros niños, y que canten con un megáfono y que sus cantos nos lleguen como truenos de los que alumbran y no matan. Y que sonrían, que sonrían mucho allá, en el cielo de las cometas. Hoy reemplazo la Neosaldina por la esperanza de que el cielo no sea solo consuelo de poetas.

Las chuchitas

Las chuchitas son marsupiales y les gusta comer plátano popocho como a los pájaros. De noche los ojitos les alumbran rojos para que las confundan con el diablo y no se les arrime nadie. Caminan por los cables y se trepan por un árbol de aguacate para dormir en el techo de mi casa. Las chuchitas hacen mucho ruido de noche porque tienen las uñas muy largas, pero ellas no duermen en el techo por gusto, sino porque todos caminos y marañas de los cables de luz y de teléfono llevan al árbol de aguacate y sus ramas al techo de mi casa. El problema con las chuchitas no son pues las chuchitas, sino el bendito árbol de aguacate. Ese árbol nació en el lugar equivocado un día en que a la hora del almuerzo a mi papá se le cayó una pepa al suelo.

 

Tierra de capote


Tuve un sueño horrible, tan horrible, que se puede calificar como pesadilla. Soñé que mi papá había decidido tractorar la finca y que después de haber dejado la montaña pelada había caído un caparrón, un aguacero de diluvio de Padre y Señor nuestro que se había arrastrado montaña abajo todas las partículas del horizonte A del suelo. Ay Dios. Y que yo veía cómo cada gota de agua que chocaba con la tierra salpicaba cientos de partículas de los escasos veinte centímetros de tierra negra que se demoraron miles de años en formarse; esa que la gente llama “tierrita de capote” y que ingenuamente va y vende en la carretera. Y que se formaban ríos de lodo cargados de la tierrita negra que las plantas necesitan para desarrollar sus raíces y crecer bien. Ay Dios. Y que las lombrices curveaban su cuerpo y sacaban la cola del agua para pedirme que les lanzara un flotador. Y que yo no las podía ayudar porque se me habían enterrado las botas en el lodo y había quedado como una estatua en medio de la borrasca. Ay Dios. Y que yo le preguntaba a mi papá a los gritos por qué había tractorado y él me respondía que porque no sabía que iba a llover.  Y que yo toda embarrada y convertida en una estatua de furia le grité que le fuera cambiando de una vez las letras del nombre de la finca al portón. Soñé que, desde ese nefasto día de aguacero y tractor, la finca se había dejado de llamar La Negra y se había convertido en La Amarilla. Ay, Dios.

 

Un puente pa’ las vacas

Me llegó un mensaje de un profe de la Nacho que me hizo reír mucho; me recordó un pedazo de mi vida que había olvidado por completo. El mensaje decía: “Diana, con el proyecto de la casita te metiste en algo más difícil que lo relacionado con el peinado de los leones del Zoológico Santa Fe”.

A mí ya se me había olvidado que por allá, como en 1999, trabajé de voluntaria en el hospital animal del zoológico de Medellín. Estaba estudiando Ingeniería agronómica en la Nacho, pero me había quedado una cosita maluca en el estómago porque siempre había querido estudiar medicina veterinaria. Con eso de que me gradué medio desubicada de un colegio de secretarias, en el que aprendí a tomar notas, a escribir a máquina y en signos taquigráficos, la escogencia de carrera para mí, que sentía cierta inclinación hacia la biología, resultó ser bastante chistosa. En aquella época de colegio y papitas fritas de un emblemático negocio de Itagüí (Molinitos), me senté un día con mi novio a llenar los formularios de admisión de las dos únicas universidades en las que podíamos estudiar. -Hago un paréntesis aquí para dar un suspiro en nombre del hombre que fue mi novio, mi recordado y por siempre amado primer novio-. Nosotros no tuvimos que pensar mucho para elegir universidad, teníamos muy claro que sólo podríamos estudiar en la de Antioquia o en la Nacional. Nuestra mayor preocupación eran los otros 40.000 estudiantes que estaban en la misma situación. Estábamos entonces más o menos así: lo que fue, fue (y ojalá Diosito que sí sea, porque si no, ¿qué?).

Nos sentamos primero a llenar el formulario de la de Antioquia. Podíamos elegir dos carreras, la que de verdad queríamos estudiar y una opcional. Novio escogió Zootecnia como primera opción y creo que Veterinaria como segunda. Yo escogí lo mismo, pero al revés. Antes de llenar el formulario de la Nacho, Novio me preguntó qué iba a escoger de primera opción. Yo le respondí que Ingeniería agrícola. Él me dijo que estaba equivocada, que yo lo que quería estudiar era Ingeniería agronómica. ¿En serio? Sí, en serio. ¿Y vos cómo sabés? Pues sabiendo; olfato o sentido común que llaman. Mirá, Ingeniería agrícola es como la civil pero disfrazada de campo. Hacé de cuenta que hay un potrero y un río, el Ingeniero agrícola haría un puente para que pasen las vacas, el agrónomo, en cambio, se encargaría de los pastos para alimentar las vacas que alimentan a la gente. El agrónomo es como el médico de las plantas. Novio, para rematar, dijo que a mí me gustaba como mucho contemplar y acariciar las plantas.

Después de tremenda disertación vocacional decidí hacerle caso porque Novio fue siempre sabio. Como primera opción elegí entonces Ingeniería agronómica y dejé los puentes de las vacas como segunda opción. Él también eligió agronómica como primera y Zootecnia como segunda. Cuando salí del examen de admisión de la de Antioquia tuve la certeza en mi corazón de que no había pasado. Me puse triste y Novio me consoló. Había 90 cupos para Veterinaria y yo quedé en el puesto 100 entre los muchos miles que se presentaron. A la Nacho sí pasé. Novio, el sabio, pasó a las dos y decidió estudiar lo mismo que yo.

Novio y yo terminamos curándonos las heridas que nos quedaban después de las levantadas en los exámenes de cálculo. No pretendo entrar en la discusión sobre la estratificación social que nos hace tanto daño, pero sí quiero llamar la atención sobre un hecho que por ser hecho es real e irrefutable: a los que venían de colegios privados no los levantaban tan feo ni se enfermaban tanto como Novio y yo. Las notas de nuestros exámenes de cálculo fluctuaban entre 0.5 y 0.7. La universidad pública nos dio la bienvenida con clases de cálculo de 90 estudiantes con los profesores más arrogantes del departamento de matemáticas. Novio y yo llegamos a pensar que nos iban a echar de la universidad. Novio y yo, a veces, nos sentábamos a llorar.

Muchas veces estuve convencida de que saldría de la Universidad Nacional echada por Cálculo. No me sentía capaz de estudiar una página más del Leithold y pensé que sin remedio tendría que enfrentar la desilusión de mis padres al verme llegar a la casa con la palabra “echada” escrita sobre mi frente gacha. En un momento de total desesperación decidí ofrecerme de voluntaria para trabajar en el Zoológico. Quería saber si me había equivocado de carrera y por eso me estaba yendo tan mal. Allá me dieron la bienvenida con alegría porque siempre se necesitan manos amigas para trabajar en las instituciones más abandonadas. En el hospital animal me tocaba alimentar monitos enfermos, pájaros desplumados, lagartos malheridos y hablar con los animales en cautiverio para tratar de levantarles el    ánimo. Fue una experiencia hermosa y dolorosa. Una tarde cualquiera un mono me agarró la bata y me puso contra las rejas de su celda. Yo acepté la zarandeada del mono como un cuestionamiento: “¿está segura de que esto es lo que quiere mija?”. Me impactó mucho ver la ira en los ojos de ese mono. Al final me lanzó la comida que le había puesto.

Además de trabajar en el zoológico, también estaba cursando materias de veterinaria en la de Universidad de Antioquia porque hice un trueque y en la Nacional me las valían como electivas. Entre pirueta y pirueta me di cuenta de que no me gustaban las opciones de trabajo que podría tener en el área de la veterinaria: ponerle pañitos de agua a la miseria de la fauna silvestre en cautiverio, atender el parto de caballos de mafiosos, curarles la tristeza a caballos de cabalgata con borracho encima y feria, peluquear perros que comen mejor que muchos niños o abrirles un programa de buen comienzo para que fueran más educados y reabsorbieran en su intestino la mierda que sus amos eran incapaces de limpiar. Volver al zoológico de mis recuerdos dulces de infancia se convirtió en toda una zarandeada existencial. Me llené entonces de valor para pedirle a la coordinadora del hospital animal que me cambiara de área. Yo no quería alimentar más a las especies menores del zoológico, yo lo que quería era peinar a los leones.

Algo entre los dedos y yo

No conocía a Juan Diego Mejía, el director de la Fiesta del Libro. Investigando su pensamiento me encontré con él en varias cosas. Ambos amamos a Medellín, pero no somos capaces de vivir en ella. Nosotros no cabemos en la ciudad de la eterna primavera porque allá no se puede disentir; los poderosos -sea cual sea su instrumento de poder- van excluyendo o eliminando poco a poco a todo el que discrepa. Nunca pude irme aunque muchas veces intenté hacerlo. Me resigné entonces a seguir vagando en entre montaña y montaña, como si fuera el aire repleto de hollín que rebota entre nubes y concreto y se queda en Medellín. Tampoco supe cuándo empecé a escribir. Tal vez a los siete años, cosas muy simples, solo comas; pero mi voluntad que desde pequeña fue férrea me prohibió hacerlo. Me negué a la escritura porque escribir me hacía llorar y en Medellín no se podía llorar. Alguna vez escuché a la mamá de una amiguita decirle: “no se junte con esa chillona”. La escritura era mi forma preferida de expresión y por mucho tiempo me negué a expresarme. Ahora escribo mucho porque necesito expresar todos los silencios que guardé a presión. Escribo porque a los dedos les provoca, porque a veces, como ahora, los dedos escriben sin que Diana en realidad quiera. Pero Diana, que ama la libertad como pocas, deja que sus dedos escriban lo que les dé la gana y no borra. A ratos le causa mortificación la escritura, porque se ve pasando por varios filtros emociones duras que otros prefieren ignorar. Esa pobre nació con un amplificador de sensaciones; a ella una brisa se le puede convertir en huracán de manera inesperada. Los románticos dirán que el amplificador de emociones está incorporado a su corazón, los más racionales dirán que en su cabeza. El caso es que, sea donde sea, la escritura a veces la noquea. En este momento dice que lo que tiene es gripa, pero ella sabe que está en uno de esos pasajes de su vida en los que practicaba patinaje y Taekwondo a pesar de ser la peor de toda Antioquia. Ella era apenas un silbido de nada que necesitaba practicar algún deporte para liberar tanta carga de emociones, casi siempre rabietas, porque ella no entendía cómo podía sentir tanto en medio de tanta indiferencia. Le pegaba a una tula de arena o volaba en los patines hasta llegar a la curva. A la tula ella la pateaba con furia, la curva la revolcaba a ella. La dejaba raspada y con pedazos de su carne dispersos en la pista de patinaje. Cuando se quitaba los uniformes se convertía otra vez en silbido. En una de esas jornadas de entrenamiento tenía que hacer una secuencia de puños y patadas al aire. Ella no quería golpear al aire. Tampoco le gustaba golpear a otras personas en los combates. El día que le pidieron pararse en el centro y golpear al aire se quedó pasmada. Quiso salir corriendo, pero su maestro la alentaba con la mirada a que continuara. Todos sus compañeros bajaron la mirada, no se sentían con derecho a presenciar un momento tan íntimo entre la vida y ella. Al piso caían gotas saladas mientras ella veía a su maestro distorsionado por una película de lágrimas. Diana no aflojó, mantuvo la posición hasta que, temblando y con la mano empuñada, decidió hacer la secuencia de piruetas que los demás esperaban. Ellos no esperaban, más bien rogaban para que no terminara el día vencida por el aire. Al final lo pateó entre lágrimas, y entre patada y patada se escucharon gritos que salieron desde sus entrañas. Terminó y no miró a nadie. Sólo agachó su cabeza frente a su maestro -en señal de reverencia- y se retiró del salón de entrenamiento. Pasó por la cafetería de la Universidad Nacional en ese estado, con uniforme blanco y nariz roja como de payaso. Al día siguiente volvió al entrenamiento con la normalidad de todos los días, dispuesta a darle primero tres vueltas a la cancha antes de pararse frente a la tula de arena. Al verla aparecer en el salón con su uniforme inmaculado, todos sus compañeros guardaron silencio y agacharon la cabeza. Como en señal de reverencia.

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