Category: Historias del diario (page 1 of 3)

Inspiración por encargo

Me invitaron a hablarles sobre mi carrera a los estudiantes de doctorado próximos a graduarse de una de las escuelas de la Universidad de Wageningen (Holanda). De antemano sabía que debía decirles algo que les diera un poquito de energía, algo de fe en el futuro que en ese momento parece tan incierto, el problema es que a mí la inspiración por encargo no me funciona y me pasa lo que me pasaba cuando era niña y entraba a un baño público: si sentía que alguien estaba afuera esperando se me inhibía la orinada. Me daba pánico salir del baño igual que como había entrado. No les hablé de las publicaciones, no les di consejos para hacer atractiva su hoja de vida, ni les dije que tenían que hacer networking lamiéndole las medias a los profesores que manejan la movida de la ciencia. Les dije, en cambio, que más allá del doctorado y del trabajo siempre ha habido una vida esperando a ser vivida con sonrisas, porque al final cada quien hace lo que puede, no siempre lo que quiere, y que la inteligencia también consiste en irse adaptando y en sacar de cada situación lo mejor. Mencioné que han sido mis pasiones las que me han salvado de la obsesión de querer permanecer en un sistema académico que nos pone a competir sin misericordia con nuestros pares. Entre mis pasiones mencioné la escritura, conspirar con amigos para sacar adelante un proyecto de biblioteca rural, bailar bachata cada segundo domingo del mes, mantener el contacto con estudiantes (de primaria, pregrado y posgrado), trabajar con la maestra de mi vereda, sembrar fique con mis papás en la distancia y leer las cartas de mis amigos. Han sido esas cosas que me dan alegrías las que no han dejado que el estudio se me suba a la cabeza y que la realidad se me distorsione por completo. Concluí la charla diciendo que la buena vibra le va acomodando a uno la vida y que me gusta mucho trabajar como investigadora de zanahorias 38 horas a la semana.

Diana Londoño.

Oh, dulce niña mía.

Las capitales sólo se ven lindas de noche y desde muy lejos. Las ciudades no me sientan, me asfixian. Caminaba por una calle de Nueva York después de haber comprado arepas y empanadas en un restaurante colombiano cuando escuché un golpe seco contra el pavimento. Una señora muy mayor se había caído en una acera. Mis tías y yo corrimos a ayudarla, pero la señora no hablaba inglés y estaba muy asustada; lloraba tendida en el suelo acomodándose un pañuelo que cubría su cabello mientras su hija trataba de alentarla en algún idioma oriental. La señora se lamentaba con un dolor que parecía demasiado viejo, un dolor tal vez cansado de persistir en el martirio. La abuelita no se quería levantar más. La hija se la llevó para la casa que quedaba a media cuadra sobre una calle llena de restaurantes. Me imaginé la casa a la que se dirigían como un cuartucho con más pinta de cárcel que de casa: sin ventanas, sin luz, sin aire y con un colchón en el suelo. Así me imaginé la vida de esa señora lejos de la guerra y lejos de su lengua. Con esa imagen me despedí de la capital del mundo, pensando en que la inmigración forzada, aunque encuentre asilo, tiene muy poco de humanitaria. El asilo puede ser un escape de la muerte para algunos y una condena de por vida para muchos.

El avión aterrizó en la madrugada, Amsterdam se veía majestuosa desde el aire. Me alegré de regresar a casa. Parece que por fin empecé a aceptar que mi casa ya no está en las montañas.

Decidí que Sweet child o’mine sería la banda sonora de mi paso fugaz por United States of America:

“She’s got a smile that it seems to me
Reminds me of childhood memories
Where everything

Was as fresh as the bright blue sky
Now and then when I see her face
It takes me away to that special place
And if I stared too long
I’d probably break down and cry

Oh sweet child o’ mine
Sweet love of mine

She’s got eyes of the bluest skies
As if they thought of rain
I’d hate to look into those eyes
And see an announce of pain
Her hair reminds me
Of a warm safe place
Where as a child I’d hide
And pray for the thunder
And the rain to quietly pass me by”

https://www.youtube.com/watch?v=1w7OgIMMRc4

 

 

Limítese a escribir

Anote que sufro de apegos, que me cuesta desprenderme y que cada despedida es un duelo. Que el otoño llegó y que me esperan doscientos diez días de tonos grises sin el calor del sol. Que a diario muere gente mientras las palabras de amor se congelan en el refrigerador. Escriba que asistí al funeral de cuatro pájaros y de un puercoespín en una carretera y que la esperanza muere de un cáncer que hace metástasis en la espera.

Caso cerrado

Cuando se hace una pregunta y lo único que se recibe es un papel en blanco, le otorgan a uno, además del silencio, el derecho de hacer uso de la libertad de pensamiento para escoger entre todas las respuestas posibles aquella con la que uno más cómodo se sienta. Le pregunté de mil maneras que si me quería y para lograr una respuesta acudí a todas las instancias: se lo pregunté por carta, por avión, por barco y hasta por una torta de banano que le regalé de cumpleaños. Nunca me respondió. Y cada vez que le envié un mensaje cifrado con la pregunta encriptada sólo recibí unas escuetas y desabridas gracias. No pudiendo más con la espera, decidí dar solución a nuestro problema; decidí un sí por respuesta. Decidí que me quería con cada pedazo de víscera de su cuerpo y que tanto amor ya le tenía todas sus funciones fisiológicas seriamente comprometidas. Era por eso que el pobre enmudecía. Preocupada por su salud y temerosa de perderlo, le acepté su amor tan tímido, tan huraño, tan fragmentado. Así vivimos: él por su lado, sonriente y sano, y yo por el mío, feliz de verlo aliviado.

Agosto 14, 2013.

Instinto de supervivencia

Siempre se le oyó decir que a uno el amor le entraba por la nariz y por los ojos y que lo que el cuerpo no rechazara era potencialmente amable. Pero cuando lo tuvo por fin cerca, frente a frente, cuando se llegó el momento de saber de qué color eran sus pupilas, ella se distrajo contando las baldosas del suelo. Y cuando él la abrazó fuerte, como para que nunca se fuera, ella se estranguló las fosas nasales contra su pecho.

Diana Londoño.

Relato de una licencia

Nerviosa, como estaba, dejé al instructor solo en la sala de espera y me fui para el baño a tratar de calmarme. Mujer, por favor, te has preparado mucho para este momento. Espejo del centro, espejos laterales y mirada por encima de tu hombro; esa es la secuencia. Si haces eso todo estará muy bien. Pero si así lo he hecho siempre. No, no lo suficiente. Tómate el tiempo necesario para analizar el tráfico y después actúas. Respira profundo, que no estás en Colombia, nadie te va a pitar, no te van a insultar, nadie te gritará burra por hacer el PARE donde dice PARE, ni se te van a pegar de la placa para presionarte. Nadie se bajará de otro carro con cruceta en mano para amenazarte. Tranquila.

Entré a la sala y me senté en la mesa número seis frente al evaluador. Ahí me explicó la dinámica del examen y me dijo que lo único que tenía que hacer era conducir con él sentado a mi lado, pero que me olvidara de eso y me concentrara en el tráfico, que tratara de resolver de la mejor manera mis errores y los errores de los demás usuarios de la vía -incluidos peatones y ciclistas-, y que, mientras yo conducía, él hablaría con el instructor sobre cualquier cosa, no para distraerme, sino para ayudarme a estar tranquila. “Si en algún momento quieres que nos callemos, nos callamos; si te equivocas, lo resuelves; pero por favor, siempre: be social”. Eso fue lo último que dijo antes de que nos montáramos al carro.

Después de casi cincuenta minutos de dar vueltas, de ir a la derecha, a la izquierda, pasar por zonas residenciales, cebras, ciclo rutas, y de entrar a la autopista, me dijo que nos regresáramos al centro de conducción. Nos bajamos del carro y caminamos en silencio de nuevo hacia a la mesa seis. Yo estaba tranquila porque sentí que lo había hecho bien, salvo en una ocasión en la que quería posicionarme bien en la vía, al lado derecho, y quedé en la mitad porque la vía se dividió en tres de repente y no en dos. Aparte de ese, no podía recordar ningún otro error. El evaluador me estiró la mano, y con una sonrisa preciosa, liberadora, que me catapultó a la dicha, me dijo:

“Felicitaciones, puedes conducir en Holanda”.

No creo que el evaluador tenga una idea, siquiera vaga, del gran esfuerzo que hice para librarme de todos los malos hábitos adquiridos en el tráfico caótico y frenético de Medellín; la ciudad más innovadora del planeta.

La pájara despintada

Micaela había anochecido y amanecido implícita y explícita en sus calenturas. Decidió visitar al doctor. Él, muy poeta, le preguntó por el sol. Tiene razón doctor, tal vez sea demasiado sol el de estos días para una pájara pinta sentada en su verde limón. La única recomendación del doctor fue que se protegiera muy bien con antisolar para que no se le fueran a chamuscar las alas. Lo que llevaba a Micaela a sentir tal temperatura era un estado pasajero como las estaciones de un país templado, aunque mucho más fugaz. Estaba pasando por su estación febril de vulnerabilidad femenina; debía contemplar plumajes majestuosos y las luchas de todos los pájaros por su conquista. Micaela se quedó inmóvil, afiebrada, detenida en el ver pasar colores sin poder tocarlos. Les agradecía las atenciones no sin sentirse abrumada y un tanto desconsiderada por su ausencia de respuesta. Ellos tan pájaros tan pájaros y Micaela tan mujer y tan poco hembra. En medio del delirio de la fiebre, Micaela quería responderles diciéndoles, al menos, que sus plumas le parecían magníficas. También quería tocarlas y coleccionar unas cuantas. Micaela se enfermó de aguantarse las ganas. Después del funeral de Micaela hubo una reunión en su casa para repartir sus pertenencias. El asombro se apoderó de los asistentes cuando el abogado anunció que el heredero de su biblioteca, además de libros, heredaría un gran plumero.

Diana Londoño.

Olinguito

Cuentan los libros de historia

que una mañana de agosto

los niños de Colombia

fueron poseídos por la euforia.

Se les vio atravesar

los portones de las escuelas

en alegre estampida

antes de que las campanas

anunciaran la salida.

 

Se llevaron por delante

la venta ambulante

dejando un reguero

de solteritas con lecherita,

crispetas con caramelo

y mango biche en tiritas por el suelo.

 

Horas después

se supo por los noticieros

la razón del desafuero.

 

Al escuchar que en los bosques

vivía un tierno animalito

bautizado como el Olinguito,

los niños corrieron hacia sus padres

para preguntarles si era cierto

lo que les había dicho Manuelito:

que dizque ese tal Olinguito

era primo segundo del Hornito Ringo.

 

Nota: La imagen fue tomada de El Tiempo. http://www.eltiempo.com/Multimedia/galeria_fotos/ecologia/GALERIAFOTOS-WEB-PLANTILLA_GALERIA_FOTOS-12992780.html

 

Editor de mis delirios

No sé por qué algunas personas resultan metidas en mis textos, pero sé que de manera inconsciente todo lo que escribo es para el engominado. Todas mis palabras son para él. Le he enviado fragmentos que son retratos suyos, retratos fuertes, íntimos, a los que responde con una frialdad numérica para decirme que tengo varios errores de ortografía. Jamás me ha dicho que algo le ha gustado, pero a veces, sin que se lo pida, me puede escribir una sola línea para decirme que pasó por el blog y que vio un “a basto” donde debería ir “abasto”. El engominado es editor. Aunque le ponga miles de máscaras y le cambie muchas veces de nombre y profesión, el engominado es en realidad un editor que me lee con un respeto y una distancia admirables; es mi confesor. Mi editor me deja crear porque quiere saber cuál será el final que le darán mis dedos. Aún no sé qué tipo de muerte se merece quien representa todas las comas mal puestas de mi vida y todos los silencios que jamás me he atrevido a cortar. No logro ver las palabras que cargan el féretro del hombre que me hizo amar con locura mi falta de pulimiento gramatical; no le veo a esto punto final. Si llegara a leer estas palabras, él -en su frialdad numérica- diría que no usa gomina y que no hay nada más aterrador que cuando al punto final de los finales no lo siguen los puntos suspensivos… El engominado es muy predecible y no pierde oportunidad para soltar frases de Sabina. Lo que me parece muy curioso es que, después de leerme tanto, el pobre aún no se entere de que la gomina es una camisa de fuerza que yo le impuse a manera de castigo por su frialdad. Como nunca me dice si algo le gusta, yo, con mucho disimulo, puse una vaca al lado de su escritorio para que le lama los crespos y se los deje pegados al cuero de la cabeza para que cuando pase el viento no se los mueva. Él me suelta frases heladas, yo lo dejo peliquieto. Siempre quedamos a mano.

Madame puta

No has podido aprender a ir al grano. Me preguntás si tengo algún problema con la prostitución, cuando en realidad lo que te gustaría saber es si, en un escenario al menos hipotético, sería puta. Te respondo sin rodeos, porque yo sí soy valiente para evitarme las vueltas. No lo sería, y no por razones de moral -si es lo que estás pensando-, sino por razones netamente de mercado. O por el neoliberalismo salvaje, para que quede mejor explicado. Si fuera puta sería una señora puta y todos me tendrían que llamar madame o doña puta. Mi tarifa sería muy alta y sería la puta más cara de toda esa comarca en la que vivís. Como ves, estaría condenada a la quiebra porque el poder adquisitivo de los potenciales clientes parroquianos y parroquiales no les daría para pagar una doña puta como yo. Como dicen las mamás, no les alcanzaría el pelo pa’l moño mijo. Además, viviría metida en problemas legales porque me reservaría el derecho de admisión y por eso me lloverían demandas diarias por discriminación. No bastaría con que el cliente tuviera el dinero para pagar porque se me contaminaría el negocio con gente de mala energía, por eso me tocaría pedir -por lo menos- el certificado de pasado judicial en la puerta. Yo sería puta por gusto y con ganas, no por necesidad. El problema es que allá están acostumbrados a tratar a las mujeres de los burdeles como trapos y a pagarles con una libra de panela; después se les ve a los miserables haciendo fila en la iglesia para comulgar. Pero la hipocresía no es mi problema, sino la inviabilidad de mi negocio como puta. Yo a una quiebra de mi cuerpo no me le mido papi.

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