Category: Epístolas del Apóstol

Manifiesto del impopular, el incoherente y el retardado: Minifiesto.

Sé que te contesto tarde y eso, en cierta medida, es intencional. Ya decía un profesor mío que la instantaneidad sólo existe en un plano ideal, al menos cuando uno habla de cosas causales. La tecnología ha eliminado esa no-inmediatez y a veces lo pone a uno contra la pared cuando le aterrizan racimos de palabras en directo, pero bien dicen las señoras que uno en camisa no debe lidiar con racimos porque esa mancha no sale.

Se ha de poner, pues, un costal en la puerta –buffer, que llamamos los wonks– mientras uno respira, mira los racimos por la ventana, se pone el delantal, y alista el cuchillo y la piedra de amolar, porque ese es el proceso de la causalidad. En aquellas cartas de Caicedo, ya recurrentes en nuestra propia correspondencia, él contaba justamente con el retardo: ese tiempo que el barco tardaba en traerle los racimos de sus amigos y que él venía a ver aún después, porque cuando llegaban, él andaba alejado de su domicilio oficial, quizá lavando el delantal.

Comparto tu indignación con los que te tergiversaron el texto, pero me alegra bastante que tus opiniones hayan tenido un vitrinazo extra. Sabes que comparto tus ideas sobre lo que debe ser una democracia participativa, deliberativa, y también comparto muchas de tus quejas puntuales. Debo decir, sin embargo, que me embargo en un silencio -también intencional- sobre las desventuras de nuestras instituciones y servidores públicos, siendo lo primero más doloroso, aunque al son de lo segundo. Esos compases de silencios se los atribuyo a una especie de desesperanza y agotamiento, porque las afecciones que nos preocupan son increíblemente inmunes a toda perturbación. Pareciera que por diseño tuvieran mecanismos para perpetuarse; y me leo ingenuo al escribirlo porque de facto los tienen (de facto es también una muy buena banda, valga decir).

Que no se diga que me he rendido, pero sí necesito sentarme un rato al lado de la carretera. Ciertamente -acudo a la muletilla noventera de Gaviria, del César- no es este mi momento de mayor lucidez y/o determinación frente a los asuntos de lo público, y eso es bueno porque me da espacio para otros quehaceres menos ingratos. He estado escurriéndome la cabeza y he pulido algunas cancioncitas y unos algoritmitos, que no serán artefactos de mayor impacto instantáneo (el cual no existe), pero son pequeños frutos para promover tímidos episodios de narcisismo e ir poniéndole bases a otras cosas quizá más relevantes. Al mismo tiempo, se explora uno un poquito, para variar la dinámica de querer estar explorando lo que puedan estar pensando, si acaso pueden estar pensando, ciertos sujetos del interés público.

“Man, sometimes it takes a really long time to sound like yourself”, decía Miles Davis. Y no sólo aplica en la música. Revelarse -y rebelarse- toma tiempo y valor, mucho valor, para poder llegar a decir las cosas más impopulares y hasta las más incoherentes. Con el tiempo uno llega incluso a regocijarse en ellas, y quizá por ahí va la ruta hacia ser un viejo cascarrabias, la ruta para irse a las montañas con una pianola a fundar una subespecie alterna y unipersonal para despotricar de todo en elucubraciones vehementes y, en mi caso, censuradas in utero (in utero es también un excelente álbum, valga decir).

Uno le coge callo a la desaprobación y, sin pretenderse muy iconoclasta, puede uno salir del closet y con gran tranquilidad decir cosas tan no-sacras como que uno reconoce y aprecia el legado juglaresco de Bob Dylan, pero que muchas veces no se mama el sonsonetico de masticar espigas y escupir tabaco en una ponchera. A mí me vinieron a gustar versiones más urbanas del blues y muy difícilmente del country: yo qué culpa. Si de arraigos folk se trata, soy montañero y me identifico más con la narrativa verde de los guaduales que con la de las planicies amarillentas del suroeste de más al norte. Veo con buenos ojos que con lo norteamericanizado que puedo ser para algunas cosas, no opte por posar de vaquero Marlboro, cuando en realidad Julio Jaramillo me representa más como juglar, sin serlo tanto.

Me he ido poniendo cómodo con mis chocheras, pero al ser consciente de ellas, he empezado a tener el impulso -sabio, probablemente- de ahorrárselas al prójimo. El problema es que entre las chocheras termino censurando cosas tal vez menos indignas de ser compartidas. Me siento en silencio al lado de la carretera, veo los carros pasar y evito la evangelización estéril:

– Disculpe, vecino: ¿Tiene un minuto para hablar de los Beatles? Sé que le gustan mucho, pero creo que por las razones equivocadas. Verá: a usted le gusta I wanna hold your hand, y eso está bien (porque para los gustos, los colores), pero la verdadera relevancia es blah…

También me la sé con Cerati, pero ya me fui por las guaduas. No pretendo evitar discusiones porque el interlocutor opine diferente, sino porque a veces quiere algo distinto de la discusión, y uno no puede jugar futbol con quien está jugando tenis porque puede acabar tropezándose con la malla. En ese caso, encuentro mejor quedarme en la pianola de las montañas y morderme los codos para no profesar falsas erudiciones. Me autocensuro, también, porque con frecuencia no me siento capaz de declararme en una posición ya que soy inexplicablemente afín a posiciones contradictorias: veo verdad en P y en No-P, aunque en una tónica más ecléctica que oximorónica, y eso me consuela un poco. A lo mejor no es más que un sensato reconocimiento de lo mucho que tengo por aprender. Al parecer mi mantra del momento es solo participar en discusiones en calidad de abogado del diablo.

La coherencia, al fin y al cabo, está tan sobrevalorada como la estabilidad y la inmediatez: el que es excesivamente coherente cae fácilmente en la terquedad más radical. De demasiada estabilidad tampoco puede evolucionar gran cosa, porque, por definición, ella consiste en la preservación del estado original, y para evolucionar hace falta una dosis prudente de aleatoriedad y flexibilidad, un caos bien encauzado (Los Encaosados sería un buen nombre para un mal grupo). Y sobre la inmediatez y las carreras: “vísteme despacio que estoy de afán“.

Esa es una gran frase atribuida, para desgracia mía, a Fernando VII. ¡Ah, si tendrá velas el Reinito de España en este entierro de desgracias socio-políticas que nos tocan!

Apóstol.

 

 

Transeúnte de palabras

 

Ey, vos, mujer en insomnio perpetuo,

sólo llamo la atención para decirte que te quiero,

que por tus frases y palabras he tenido reclamos pasajeros

y que me importa un culo que me los hayan hecho.

No me sale nada más para escribir,

pero igual vos entendés de dolores y de amores,

y si no, te tocará comprender que te quiero así,

en tu modo transeúnte de palabras.

 

Apóstol.

Contra las reglas

 

No te pierdas en reglas idiotas

que organizar es un juego aburrido,

mejor arma corrillos, patotas,

y deja algún lugar destruido.

 

Apóstol.

El Apóstol navegante

Vi tu mensaje temprano esta mañana. Y he buscado palabras que sirvan de paliativo sin dar con las más analgésicas posibles. Quizá estén en nuestra amistad, donde hay mucho cariño y silencios cómplices, y también algunas preguntas sin hacer y unas respuestas a la espera de la interrogación para ser liberadas.

A mí, como te pasa a vos, me duelen tus dolores y me angustian tus angustias. Te imagino siempre bien, siempre fuerte, siempre con el viento en las velas capoteando tempestades. Entonces, cuando el cielo llueve sobre vos, no sé si es mejor ser paraguas que te cubra o relámpago que te alumbre por un par de segundos. Yo, que apenas soy un aprendiz de navegante que alguna vez tuvo la suerte de ser parte de tu tripulación, siempre estoy para servir en tus proyectos, así sea como marinero raso.

Pero veo que me estoy yendo por las ramas (o por los mástiles, mejor). Quisiera que al leerme se te pasara el ardor de los rasguños y se te aplacara el dolor, que mis palabras fueran opio para que no te doliera más y punto. Quisiera que bastara el cariño acumulado con los años que viaja en cada tecla presionada, para que todo fuera menos complicado y nada doloroso.

 Quisiera, en todo caso, que sirvieran para algo estas palabras.

Apóstol.

Esta ciencia nuestra…

Esta ciencia nuestra, y la que hacen esos que escriben tres artículos por año, es una vergüenza a los ojos de cualquier humano que conozca el bienestar que genera la aplicación correcta y sacrificada del método científico. La nuestra, con doctores que pagan deudas de Colciencias organizando sesiones de cuenta chistes con ANAVAS. La de los otros, con tres artículos escritos por estudiantes esclavos.

No sé para donde vamos, pero vamos por mal camino. Si al menos la esclavitud nos hubiese llevado a ese pedazo de conocimiento que nos enamora, iríamos bien y con menos remordimientos. En cualquier caso, pocas cadenas nos llevarán a un mundo de noches más tranquilas, en las que podamos pensar que el esfuerzo no fue en vano.

Apóstol.

Granito de arroz

Te leo. Sí, te leo. Y encuentro en tus compartidos textos ganas de llorar y de gritar. Te leo como un pequeño niño que busca una caricia o un consuelo. Eso soy. Dentro de mí juega un niño con la vida; mi vida. Una vida que no me pertenece, pues en ella todos influyen y confluyen.

Te pienso. Sí, te pienso. En las últimas semanas he pasado en más de siete ocasiones por tu casa, la que queda por el Pandequeso. Y ya para mí eso no es el Pandequeso. Sos vos la que está ahí, caminando por estrechos espacios en los que se ve el pasto erguido, ondeante y verde. Eres voz que recorre mi mente y pensamiento en ese trayecto. Te veo paseándote con tranquilidad y confianza, en vestiditos largos y hermosos, por las calles del barrio y por el parque, por ese que antes era oscuro y hoy iluminas y haces florecer con tus pasos. Y ya nos sos mirada con los ojos del esputo que tanto terror te causaba. Ya no sos mirada, firmamento, sino admirada.

Te envío, junto con besos, los poemas que desclavaron espinas y me sembraron esperanzas de no estar solo en el mundo del sentir. Te los regalo todos, granito de arroz.

Me dolió leer hasta el final tu recuerdo.

Más que abrazos,

Apóstol.

Antioquia, febrero 21 del 2015. 2:35 p.m.

 

 

El libro que viajó

Recibir un libro siempre es una fiesta, porque es un regalo que alguien nos manda. Y si ese alguien tiene un significado especial para uno pues ya no solamente es una fiesta, es mucho más que eso. Es un regalo que nos hace saltar el corazón. Este libro es muy especial. Primero, porque las palabras que lo conforman las escribieron unas manos bellas, unas manos que así como sus palabras seguramente saben acariciar, aun diciendo las cosas más duras. Esta niña hace parte del mundo que usa sus manos para decir, para dar felicidad, para que por ellas pasen a borbotones miles de sueños y de ideas. Mientras otros las usan para hacer cosas inconfesables, ella las emplea para ayudar, para aportar, para cargar y armar los ladrillos de una humanidad mucho mas humana, para amar. Me la imagino escribiendo a veces rápidamente antes de que las ideas se escapen, otras pensando y meditando algún asunto que no sabe plasmar todavía, dándole vueltas al lápiz, pasando el borrador y rescribiendo, siempre pensando, siempre sintiendo. A veces va a la ventana y mira el paisaje para poder volver al papel. Tiene parte de su corazón y de su mente lejos de donde está. Me la imagino a veces luchando contra la necesidad de presentar una idea técnica y los recuerdos de otros quehaceres que siempre se le atraviesan. Yendo de un sueño a otro. Seguramente fue una batalla que aunque parezca terminada siempre estuvo inconclusa. Como todo en la vida, siempre concluyendo, siempre empezando, a veces en puntos que no son más que los mismos puntos del círculo itinerante que es la vida. Tiene una portada muy linda, los frutos de un noble cereal vuelan al viento buscando donde caer para germinar y reiniciar el milagro permanente de la vida o estar disponible como alimento, que es la otra forma de continuarla. Este libro es un pequeño milagro, entre los miles de millones de milagros que ocurren continuamente en el mundo y que lentamente van construyendo la enorme pirámide del conocimiento universal. Segundo, este libro lo recibí a través de una amiga común, a quien queremos mucho y quien hizo parte de esta cadena de afectos. En los ojos de ella también, como en otros, vi la batalla que sostiene para que sus sentimientos sean siempre los “correctos”. Este fue otro motivo más de alegría.

Apóstol.

Medellín, Agosto 7 de 2014.

Eternas bienvenidas

Con regocijo me topo con tus palabras y no sabes cuánto me alimentan. Me alegra saber que El Quijote, o mejor, La Quijote, si es posible decirlo, no se encuentra en la ficción y es producto de la imaginería de contadores de historias. Una vez más, luchadora contra molinos de viento, enseñas desde el acto de la coherencia. Esencia vital para ser, hacer y desarrollar cualquier empresa. No diré que estoy de acuerdo o en desacuerdo con lo que dices, pero sí estoy seguro de que tus ideas poseen fuerza sísmica y abono para florecer de otra manera. Con hidalgas como vos la vida y el mundo no se ven de manera soslayada, al contrario, lo sitúan a uno por momentos en este gran paisaje a punta de abrazos y jalones. Como alguna vez escuché, “entre la ternura y el espanto”. Desde la distancia, viajera, te observo y te leo y guardo tus apuntes, los comparto, los releo, discuto y de manera silenciosa hago la pataleta para que la vida, mi vida, no pase de largo. Trato de incomodar y estorbar lo que más pueda para que este viaje me dé la posibilidad de luchar también contra molinos de viento, y aunque no lo sepas, también trato de peinar leones.

Gracias por estar. Eternas bienvenidas, Amiga.

Apóstol.

La peinilla Caicedo

Muchas gracias por esas cartas de Caicedo. No tenía cómo haberlo anticipado, pero me han caído muy bien. Viéndolo tan cheverongo, e identificándome con algún pedacito de su cabeza, me reconocí pero al mismo tiempo me extrañé: no me había dado cuenta de que me hubiera ausentado.

Uno en la vida es actor de muchos guiones en paralelo y, al parecer, tengo una habilidad particular para dejar algunos en piloto automático según algún pragmatismo de momento. Mal hago en llamar habilidad -aunque lo sea- a semejante acto de cobardía y hasta irrespeto. Esa concentración de más en asuntos utilitarios, si bien es fundamentada, tiene también su contraparte de mecanismo de defensa. ¿De qué? Me lo pregunto yo también y atino a responder que es como el tipo que se pone a ver una revista mientras lo “peluquean” para que la próxima vez que se mire al espejo ya esté resuelto el despelote, que en este caso vendría a ser el cómo me peino el alma en esta etapa.

Creo que problemas de separación no tengo muchos ahora, o son poco notorios, al menos. Es algo quizá más pendejo (pero con su dificultad propia) y va por el lado de cómo definir las relaciones de uno con un montón de personas y cosas que han quedado patas-arriba después de una turbulencia, y con ello las actividades, etcétera, etcétera. La apuesta inconsciente era a deshumanizar completamente mi rutina y que el peluquero de la vida tuviera el asunto resuelto en cuestión de unas semanas, pero es bien sabido que la entropía tiende a aumentar en ausencia de intervenciones y que la peluquería de la vida es autoservicio.

En esa deshumanización he dejado de hacerle el amor a la guitarra, o mejor dicho, sí se lo hago pero le hago el de otros, que no es lo mismo. Tampoco he vuelto a escribir de variedades o a meterme en discusiones virtuales y estériles, aunque entretenidas. Creo que como no he podido peinarme, le he hecho el quite a esas galas. Eso y el tiempo, el puto tiempo.

Apenas ahora me veo como creo que me has estado viendo últimamente y entiendo esa especie de ¡vaya pues péinese! que me lanzaste. Eres más perspicaz que yo en el lenguaje y los peinados. Ya me noto de un silencioso maluco y de una inhabilidad verbal que sin ser extraordinaria me sorprende un poco; en español, en inglés, por escrito, al hablar, en ausencia y presencia de mujeres o licor: un remedo de autismo. Siendo este el quinto párrafo, doy por cierta la hipótesis de la peinilla Caicedo, que no me habrá organizado pero ya me tiene mirando hacia el espejo.

Te cuento que estuve esquiando el fin de semana en un paseo anual que organizan en el laboratorio. Fue un 80% de sufrimiento y un 20% de diversión, por aquello de ser principiante. Tengo varios morados, y si bien ya puedo transportarme en los armatostes esos, no creo que llegue a ser muy diestro. Eso sí, la pasé muy bien. Por lo demás, el trabajo es motivador, un poco asustador (no valdría la pena de otra forma), y en muchos otros sentidos agridulce, que es un sabor que disfruto.

Apóstol.

 

El tedio de un maestro

Febrero 7, 2015

Silencioso te sigo a través de tus textos y me alegra de sobremanera lo que dices. A lo largo del río de la vida me he topado con personas gratificantes que me hacen florecer de otra manera, y me gusta pensar que yo también aporto como abono o como un rayo de sol. Te digo esto porque comparto tus palabras con ex alumnas y compañeras que hoy día son mis amigas. Te leen y te imaginan como alguien mayor. Les digo que no sos vieja pero que tus ideas poseen la esencia del vino. Lo añejo le da un sabor estupendo. Rememoro entonces el libro del maestro de Otra parte y sonrío porque el río de Heráclito es el movimiento pero también el retorno. Para no hacer mucho rodeo tus pensamientos son de viejo o mejor de viejita. Hace poco en una reunión de profesores, de lo más aburrida, un sábado de enero, quebranté la rutina e hice desorden sin que nadie se diera cuenta y me inmiscuí en tu Colección de Sesgos y transité por cada uno de los rincones allí habitados. Minutos antes leí una novela para jóvenes de un escritor argentino, no sé por qué me dejó mohíno, y sentí que no quería estar más en la escuela. Quería irme como los muchachos de ese libro a recorrer Buenos Aires y hacer música simplemente por el deseo de llevar la contraria. El libro se titula Ella canta (en tono menor). No puedo explicar si fue esa novela o qué pero tuve la necesidad de salir. Lo hice aunque estaba sentado, haciendo el que miraba, mientras mi jefe parloteaba sobre los proyectos del presente año. Sus palabras eran lejanas, distantes, como encasilladas en los cuadritos de esos almanaques para que uno administre el tiempo. Sin embargo, me fui. No quise saber al respecto y me topé con tus palabras donde decías que por un momento la condición de mujer y de ser mirada te hacía vulnerable. Sentí ganas de llorar. Lo hice y nadie me vio. Sigiloso le presenté el escrito a mi gran amiga Luz Elena, una mujer de 45 años, tiene la cabeza rapada, femenina, delicada, díscola, de mochila, sandalias y falda larga. Un sol. Su hija estudia antropología en la universidad pública. Me recuerda mucho a vos. Lo leyó y lloramos juntos. No sé por qué pero creo que a veces la nostalgia es compartida. Hace tiempo te escribí por correo con la intención de preguntarte algo y creo que es el momento. Acudo a vos porque sos montañera pero también ciudadana del mundo; como dice el poeta Jattín, con las raíces en el cielo. Cuando salgo a algún bar, solitario, pido un trago de aguardiente, disfruto la música, me siento en una de las sillas de la barra y escucho a la gente conversar sobre viajes. Esto se ha convertido el algo muy recurrente y es como si yo inconscientemente lo pidiera. Llevo un tiempo deseando viajar, irme, parar esta rutina. Hacer una brecha de diez años de ejercicio. Dianita, me he vuelto descreído. No creo en la educación al por mayor y al detal. Amo lo que hago pero mis palabras rebotan contra la pared. Me saben a paleta de cal. Hace ocho días estuve con mi gran amigo Morales en Bogotá. Era  viernes. Llegué a casa a eso de las tres de la tarde, extenuado, con dolor de cabeza y unas ganas de dormir hasta el lunes. No quería volver ni saber nada de la escuela. Me llamó y me dijo que tenía un boleto extra para ver a Foo Figthers. Estaba muy animado y exclamó que esperaba compartir ese momento conmigo, que yo era la persona indicada para cumplir con esa cita de amor declarada desde la adolescencia. Opaqué su exultación diciéndole que no tenía dinero, que todo lo puse para la universidad y que estoy condenado a pagarle al banco durante unos años. Le dije que en media hora lo llamaba y que mientras tanto buscara otra posible compañía. Él no esperó ese tiempo y me llamó antes, me confrontó, que cuál era el temor o la pereza. Que no se trata de dinero sino de salir. Que esta era una nueva oportunidad para escaparnos, como lo hicimos en el colegio y hace diez años de esta ciudad para ir a Rock al parque y a Coveñas. Tenía miedo de salir. Afinqué la rutina a mi cuarto, en el ropero, en la alacena, en el cepillo de dientes, en la jarra del agua, en la olla de la aguapanela, en el escritorio, en la bolsa de las medias, en el viejo morral, en los bolsillos. Me reproché y sacudí la cabeza. Le dije que dónde y a qué horas nos veíamos. Entonces contestó que a las siete y treinta de la noche en la taquilla de la estación Envigado. Cogí la plata del arriendo, me duché, comí una arepa con quesito, me puse camisa, chaqueta de jean, saqué la bufanda y otra chaqueta impermeable y me dirigí a su encuentro. Nos bajamos en San Antonio y allí tomamos el bus. Ocho horas de viaje hasta la capital. Media de aguardiente, dos cervezas y un porro amenizaron nuestra conversación durante el recorrido. Llegamos a eso de las siete de la mañana. El bus nos dejó cerca al Campín. Entramos a una cafetería y desayunamos caldo con una taza de café. Llamamos a mi queridísimo Darío y nos encontramos con él. Desde temprano los tres nos fuimos para el centro de la ciudad. Recorrimos la Carrera Séptima, la Plaza de Bolívar, La Candelaria y el Chorro de Quevedo. Nos metimos a un cuchitril para beber cerveza y aguardiente mientras cantábamos a todo pulmón canciones de Caifanes y Jaguares. Hace mucho que no me sentía tan feliz. El miedo se esfumó y empecé a amar a Bogotá, a mirarla como a una mujer, a recorrerla, a disfrutar de sus estrías y cicatrices; pisé y crucé las esquinas de la historia. Me decía que no quería estar en la escuela, que no quería ver a mi jefe ni a mis compañeros ni a los muchachos. Quería eternizar ese instante con mis amigos como hace veinte años, cuando era feliz mientras la vida se iba en cosas de barriada, música, vino y amores diáfanos. Embriagado por la belleza de la ciudad fui al concierto y puedo decir que fue el concierto de mi vida. Puedo decir que tuve un día espléndido y al finalizar nuevamente tome la ruta para Medellín, cansado, pero feliz. Dormí durante el trayecto y el domingo llegué intoxicado de música y de grata compañía. A lo largo de esta semana me ha asaltado la idea de parar la escuela. Darle un giro a mi realidad. Quiero terminar la maestría a fin de año pero también quiero realizar otro proyecto. Es ahí donde entrás vos. Te escribo este cúmulo de momentos para explicarte que mi deseo no es vano pero sí caprichoso. No quiero esperar a tener medio siglo para hacer algo por mí. Quiero rescatarme ahora. Me desconsuela saber que mi jubilación será a los sesenta y dos años, es decir, que estoy condenado a ser una tuerca y que mi tiempo está limitado para laborar. La esperanza se me acaba. Los jóvenes están cada vez más distantes, distraídos y, sobre todo, descreídos ante la figura del maestro y la escuela. Me esperan veintiocho años de trabajo. Me duele saber que debo aplazar el sueño de caminar, estudiar, conocer, dormir un ratico más, tomarme un tinto con mi viejo, irme para la biblioteca a las diez de la mañana, no bañarme hasta el lunes, ir un miércoles en la noche a ver al Medellín, trasnocharme un lunes tomando aguardiente, visitar Guatapé o subir a un avión para ver a mi amada Bogotá. Por eso te pregunto qué puedo hacer, dónde puedo acudir para realizar un estudio de literatura o algo afín en Europa. Ya sea un curso o una maestría. Algo que me permita por lo menos oxigenar mi realidad y tomar impulso para florecer en la educación, en mi vida. Qué sabés vos desde tu experiencia por allá, qué puerta debo tocar, adónde puedo llegar, qué necesito para aprender, conocer y permearme de otro contexto.  Te escribo ahora porque quiero organizar para el otro año una pausa, tomar un tiempo para volver con fuerza y recuperar el brío de los primeros años en la escuela. Darle sentido a mi vida y a lo que hago, ampliar el espectro académico e intelectual, escribir, hacer música, vivir. Que estas palabras no te comprometan pero que sí me orientes sobre lo que puedo hacer.

Recibe ahora un caluroso abrazo, mis mejores deseos y eternas bienvenidas, amiga.

 Atentamente,

La calavera del Apóstol.

 

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