Category: Epístolas al Apóstol (page 1 of 2)

Ventana al lago

 

Una ventana que da al lago,

vos estás del otro lado,

parado al borde del barranco.

 

Entre vos y yo, en el lago,

hay una pareja de cisnes nadando.

Entre vos y yo, en el mismo lago,

hay palabras naufragando.

 

Detrás del cristal te observo:

extiendes los brazos y me llamas,

pareces un cóndor que saluda al alba

desde una montaña muy alta.

 

Y yo,

al verte tan inmenso

frente al cristal de mi ventana,

siento que aún soy tu alba,

aquel primer rayo

que iluminó un día tu alma.

 

Me conmuevo. No me muevo.

Extiendo mis manos

y acaricio el cristal con los dedos.

La montaña se volvió plana.

El lago parece un océano.

¿Qué te hizo cerrarle al alba

la cortina de tu alma?

¿Qué haces ahí, como un centinela

frente a mi ventana?

Mi cristal no guarda los pedazos

que les cortaron a tus alas.

 

Los árboles se ponen verdes.

Tú llueves.

Los pájaros estrenan canto.

Yo lluevo.

Tanto, entre vos y yo hay tanto:

unas palabras que se hundieron,

un barranco, dos cisnes

y un lago que parece un océano

 

Junio 1 de 2016.

 

Día veintiocho

Me abrazaste y te pusiste a llorar.

El sueño fue muy real,

son las diez de la mañana

y la sensación del abrazo no se va.

Me apretaste fuerte.

Después de soltarme mirabas al suelo,

yo te revolvía el pelo y miraba al cielo,

la gente me miraba feo.

Quise corresponderte, apretarte fuerte,

pero sentí temor y elegí ser prudente.

No por la gente, sino para protegerme.

Había agobio en tu llanto, estabas triste

y no mediste la fuerza de tus movimientos.

Estabas en busca de sosiego y transferiste,

en un abrazo, todo tu dolor a mis senos.

 

Pero sólo cuando quieras

Apenas hoy tengo el valor suficiente para escribirte que han sido difíciles los días y las noches sin tus apariciones repentinas en el buzón de correo. Que tus cartas impresas se deshicieron en un aguacero y que aún guardo en mi billetera la conchita que recogiste cuando fuiste al mar por primera vez con tus compañeros de escuela. Que te abrazo en el silencio y que me aferro a tu sonrisa, a tu olor, a tus ojos y a tu pelo. Que estoy dispuesta a quererte así, de lejos y en silencio, a contemplarte yendo y viniendo, como si fueras un mar pacífico en superficie y turbulento del horizonte hacia adentro; un mar al que sólo contemplo porque a la profundidad le temo. Que me rebelo y te alejo porque el amor por estos días anda muy enfermo. Que vueles alto, muy alto, pero que vuelvas, que no me dejes, que vuelvas siempre, pero sólo cuando quieras. Que en mí encontrarás un lugar para curarte cuando el mundo más te duela; que me mires a los ojos cada vez que mires a la tierra para que tengas la certeza de que voy a sostenerte cuando se te doblen las piernas. Que vuelvas cuando quieras, cuando no me odies por haber sido honesta al dejarte ver mi alma con lagunas, con bosques y con abismos en los que ruedan piedras. Que no me perdones las palabras, los suspiros, ninguna de las cartas; que no me perdones por haberte escrito todo lo que no hubieras querido leer ni por haberme negado a acariciar tu ego de rey. Que vueles porque el cielo no da espera, porque tu corazón no me pertenece y porque me basta con la sangre que has dejado en el desgarro de tus letras. Que te vayas, que te alejes, pero que no me cierres, porque no soy uno de los libros que has abandonado en los anaqueles de tu biblioteca. Que te vayas y me dejes sentada en la arena acariciando la paz de tu espuma con mis yemas. Que te vayas, que te alejes, para que me observes sin recelo; y que vuelvas, que vuelvas siempre, para que sigas siendo mi parcero. Que te largues, que te vayas lejos, sí; pero antes de irte, me notificas por favor la fecha de tu regreso.

Amores rematados

Mi vida no tiene puertas, tiene piernas: piernas de entrada y piernas de salir corriendo. La boca es para comer y para hablar con la gente. Algunos se han acercado a mi boca. No me importa. Es una cercanía que no siempre me molesta. El engominado me invitó a almorzar y me regaló un libro. Al despedirse me abrazó y acercó su nariz a la mía. “Si yo fuera él te seguiría hasta el infierno porque al infierno es mejor caminar acompañado”, dijo. Tembló como temblaba, respiró como respiraba. Yo me quedé quieta, con los ojos abiertos, firme como un poste con cables de alto voltaje. “Si fueras él, me dejarías en el infierno y saldrías corriendo”, pensé.

No se lo dije porque sonaría a patético reproche y se daría cuenta de lo mucho que me costó sacarlo del infierno de mi cuerpo. Corrió lejos de mi vida, pero antes de irse me amputó las piernas para que no pudiera abrírselas de nuevo a otro, o para que, en caso de lograr adaptarme al uso de unas prótesis, las abriera y recordara con cada hombre el camino por el que se había fugado él de mi vida, el mismo de escaleras lúgubres por el que había transitado la violencia para transformar mi cuerpo en una prisión hermética, impenetrable. Cuando pudo recoger mi cuerpo, tendido por siempre sobre los últimos escalones de una casa fría, salió corriendo. Ahora lo veía, parado frente a mí, con la punta de su nariz rogando a que mis labios rozaran los suyos y se lanzaran al beso. Fue un instante eterno. Sus ojos se convirtieron en un telón sobre el que se proyectaban mis fotografías imaginarias, porque nunca dejamos pruebas físicas de nuestra existencia juntos. En una imagen caminaban dos bajo los gualandayes florecidos de la avenida, en otra se abrazaban en un aeropuerto, en otra él la abrazaba por la espalda mientras ella preparaba algo en la cocina, en otra fotografía -muy temblorosa- él la desnudaba. Sentí otra vez sus lágrimas rodar por mi cuello después de ver la imagen de aquellos dos que se abrazaban. En realidad no eran lágrimas, era lluvia, estaba lloviendo. Diez años después de haberme dicho adiós ocultando sus ojos, su nariz esperaba mis labios bajo la lluvia.

Es inevitable no viajar a nuestros momentos hoy, cuando me encuentro ante la separación inminente de ese que él quisiera ser. Que le deje saber cualquier cosa de mi vida, fue lo que dijo antes de entregarme el libro. Para qué. El matrimonio es como matricularse en una universidad, él tuvo la oportunidad de quedarse en la de Antioquia, en filosofía y letras, pero prefirió marcharse para la escuela que tarde o temprano muchos también elegirán; se dedicó a la comunicación y a los medios audiovisuales. Elegiste, no sé si bien o mal, pero qué más da. Es tiempo de asumirlo. Yo elegí la Nacional y se me acabó. No tengo interés de matricularme en ninguna otra. El hombre que quisieras ser, el que abracé por tantos años al abrir mis ojos en las mañanas, el que con cuidado levantó mi cuerpo de las escaleras y lo limpió con sus labios, también tiene derecho a elegir, aunque su elección implique su partida. Se irá. Yo lo veré alejarse sin reproches, sin malas palabras, se irá sólo con mi gratitud por haberme amado. El hombre que quisieras ser quiere volar como una vez volaste. Le soltaré toda la cuerda aunque me consuma otra vez, porque por la libertad de elegir a quien amar vale la pena consumirse esta y todas las veces. La libertad de irse y de venirse amerita el dolor. Desde hace rato me está doliendo y no logro ubicar el dolor en alguna parte de mi cuerpo. En el corazón no es. A uno lo que más le duele siempre es la frustración de un proyecto que se desmorona y la sepultura de unos hijos que no nacieron. A uno lo que más le duele, siempre, es el ego; y no he podido saber en qué parte de mi cuerpo se ubica ese maldito. La borrasca estaba anunciada, el problema es que detener una borrasca es imposible. Es mejor salirse del río y montarse al árbol más alto y más lejano para verla pasar, después regresa uno a recoger lo que haya quedado. Si la borrasca ocurriera en Japón quedaba mucha cosa rescatable, pero en Colombia cualquier aguacerito termina en borrasca y acaba con todo, hasta con el nido de la perra. Allá las cosas -puentes, carreteras, edificios, instituciones y leyes- parecen hechas con columnas de balso, mierda y mocos.

Si se caen torres y puentes con una llovizna, cómo no se van a caer las relaciones disparejas. Las parejas también se caen, y si no se caen solas, otros se esfuerzan en tumbarlas. Uno, dos, tres polvos por semana. ¿Quién da más? Usted, caballero, lleve la pomada para que el amor se le mantenga erecto, y para disimular la ausencia de ganas, le recomiendo este frasquito de amor eructo. Y a usted, señorita, que la frigidez le causa ardores, le tengo este lubricante de angustias y temores. Pasen, no les de pena. Bienvenidos a esta feria de amores rematados.

Pésima y póstuma

No me gusta escribir así porque puedo resultar mucho más pesada de lo normal. Escribo para no perder la costumbre, es mi ritual de las mañanas sentarme a escribir despeinada y con un café al lado. Quisiera que unos instantes fugaces de fortuna me detuvieran de escribir que me siento pésima y póstuma como pocas veces me he sentido, que la energía me falta, que me pesan los pies tanto que si no fuera muy raro me movería arrastrada, que me siento como si me hubieran robado un órgano en la calle y después me hubieran dejado tirada; que me siento enferma y con ganas nada. Tocaron la puerta y no abrí. Escuché el teléfono y no contesté. Las palabras me susurraron al oído y no las escribí. Estaba tratando de descifrar el misterio del tiempo: es muy raro que a las 2:40 y a las 3:40 las separe una hora, y que en un segundo esta casa haya dejado de ser nuestra, que yo esté empacando mi maleta.

Ahogada entre papeles y leyes me regreso a la casa que nunca a pesar de la distancia ha dejado de ser mía; las demás se desmoronan con mucha facilidad. Mi padre, para disimular su tristeza, está sembrando una nueva huerta en la terraza porque su mejor manera de reivindicar la dignidad de cada una de mis lágrimas es sembrándole árboles a la desolación de los rincones más lúgubres de una ciudad violenta en su color rojo ladrillo y en sus cables de alta tensión que se atraviesan en la vista de todos los balcones. Pero en medio del caos que domina en mi cabeza, sé que a mi regreso me esperan los bosques plantados por mi padre. Esa es mi esperanza y mi única certeza.

Un arrullo

Sentí escalofrío en las piernas al escucharte.

Te estaba pensando justo cuando enviaste la canción. Te tengo noticias: la telepatía funciona. Pensaba en lo mucho que me gustaría estar cerca de vos por estos días para acariciarte la cabeza mientras espero a que te duermas.

Creo que sería lo único que haría, sobarte el pelo para que te durmieras, después te cobijaría y retiraría mis manos de vos muy lentamente, con mucha maña, para que no te despertaras. Te leería tal vez un cuento infantil… no sé, algo tranquilo, distinto, para nada trascendental; algo como la historia de un osito que se encuentra un huevito de colibrí y trata de muchas formas de devolverlo al nido. Algo así, tranquilo, un arrullo de susurros, una caricia que te reconforte un poco el alma -si acaso se pudiera-, un beso en la frente y un hasta mañana que será otro día. Un duérmete conmigo.

https://www.youtube.com/watch?v=6b7GKvPsG6Y

 

Amor viejo

Despertarte. No sé si deba hacerlo, o si deba dejarte dormido en el recuerdo de esa muchachita que un día te hizo temblar. Ese tipo de temblores son escasos y nos llegan de repente, nos caen encima como un aguacero de noviembre y su humedad jamás se va. Estoy triste, quizá cansada. Mi cuerpo tiembla y te sueña. Siento tu corazón palpitando frente a mí en intermitencias. Tus latidos se van, luego vuelven. Se quedan por unas horas, retumban en mi vientre, se aferran a mi carne, después se sueltan. Y me dejan trémula, asustada, confundida en algún parque de una ciudad desolada, que para el caso da lo mismo que sea Berlín o Amsterdam, porque ambas están heladas. Miro al cielo, lloro al notar que algo tan inmenso sólo le pertenece al universo, y entonces  no me queda más que ser cometa y aprender a rosarlo con el esplendor de los colores de mi cola al viento. Una caricia furtiva, fugitiva, es todo lo que espero. No soy cazadora de suspiros, ni más faltaba, a esos los quiero libres en la inmensidad de ese cielo que no tengo, que nunca será mío, porque no quiero poseerlo. Pero aun así, sabiendo que me niego a la posesión, me duele dejarlo tan inmenso y con tantas nubes por él corriendo. Mi cielo huele a primavera, a nuevo; y yo me siento triste porque mi olor ya es un poco viejo. Y estoy lejos. Estoy triste. Cansada. Con un cielo gris sobre mí que amenaza con oscurecerme. Estoy triste. Estoy lejos. Mi amor ya es viejo.

Diana.

Sana que sana

Tus palabras sirvieron, ellas siempre me alivian el cuerpo y el alma. Esta vez fueron el “sana que sana” barriguita de Diana que estaba necesitando.

Cuando me llegan tus mensajes embotellados no puedo parar de sonreír con una risa que sin ser carcajada tampoco quiere ser disimulada. Y la sonrisa me dura semanas. Leo y releo tus mensajes y, otra vez, como niña enamorada, trato de descifrar los interrogantes para las respuestas presentidas; como le dijo Cortázar a uno de sus amigos en una carta: “por suerte vos y yo nos conocemos lo suficiente para saber que lo que no nos hemos dicho queda dicho para siempre”. Así son nuestros silencios, callados, pero desde siempre sabidos y sobrentendidos.

Al leer tus cartas me siento valiente y muy barco, y te imagino parado en mi proa dispuesto a romper olas y a capotear tempestades conmigo. En los viajes más apacibles de amores juveniles fuiste Capitán, en todos los temporales has sido un indispensable marinero raso. En tu tiempo de Capitán también hubo muchas tormentas que supiste capotear con destreza.

De cualquier modo, siempre ha sido muy hermoso verte vagar escondido entre mis mástiles.

La brisa nos trae nostalgias y botellas.

Diana.

Buscapina

Siempre he sido muy mala para recordar las fechas dulzura. Ya no recuerdo si este sería nuestro tercero o nuestro cuarto cólico aniversario. Me duele, me duele mucho el vientre, y no sé por qué te lo escribo a vos, precisamente a vos, que sos apenas un muchachito que juega con carritos. Debo estar loca para compartirte estos momentos tan íntimos y dolorosos, estos arrebatos de la naturaleza que salen de mí a rasguños de amor. De amor, mi amor, de amor. Qué dolor.

Diana.

Un recuerdo

Es febrero. Tampoco había recordado nunca la fecha, aunque recuerdo todo lo que sentí por esos días en que estabas lejos en el momento más triste de tu vida. Recuerdo también la pantalla del computador y tus palabras. Recuerdo haber sentido desespero e impotencia; sentí tu dolor de una manera que jamás podré describir ni con palabras ni con gestos. Con vos todo fue siempre así. Lamenté nuestro encuentro en esas circunstancias. Me parecía absurdo, como un juego sucio del destino, que nos encontráramos los dos tan lejos después de haber estado tan cerca tantos años, y que fuera la muerte la causante del milagro. Porque en medio de todo nuestro encuentro en fue un milagro. He escrito sobre ese día. He callado mucho por respeto, por miedo a mis palabras que se escriben como a ellas les viene la gana. Lloré mucho y por mucho tiempo sin saber qué era lo que me dolía. Me dolías vos, me dolía tu dolor, porque siempre tuviste una capacidad extraña de transmitirme tus cosas a pulsos muy intensos, a calambres de amor, de rabia, de desconcierto, de cobardía, de tristeza. No sabés cuánto quise poder abrazarte hasta los huesos y no sabés lo que sentí al dejarte en el aeropuerto. No sabés que lloré por mucho tiempo, esporádicamente, sin saber por qué, pero repitiendo tu nombre de para adentro y apretándolo muy fuerte con los dientes.

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