Category: Cartas

Amigos de palabra y por asalto

Me preguntan a veces por qué conozco a este y a este. Por Facebook, respondo. Mi modus operandi es bastante simple: leer sin prevenciones todo lo que se me aparezca en la pantalla. Por eso digo que, aunque leo mucho, no clasifico ni entre los que leen tres libros al año. Me gusta leer lo que escribe la gente normal, esa que camina y cocina, la que se monta a un bus a vender confites porque es mejor venderlos que robar, o la que se monta al Metro a estrujar, a leer o a mirarles los zapatos a los demás. Yo soy de las que miran zapatos, no para evaluar si su color combina con la cartera o la correa, sino para tratar de imaginar los caminos andados. También me gusta calcular en milímetros la profundidad de las arrugas del ceño.

Los zapatos como objeto decorativo siempre me han parecido desabridos: o muy puntudos o excesivamente chatos, muy de tacón alto o demasiado planos, en cualquier caso, siempre empolvados. Ni para qué se pone uno a embolarlos. La última vez que me puse unos zapatos embolados tenía una entrevista de trabajo, mi papá hizo el menester de embolarlos, ya que mi mamá, para evitar que antes de salir yo les pasara algún trapo engrasado, se anticipó a pedirle el favor de que le embolara los zapatos a la niña.

Los zapatos son uno de mis conflictos cotidianos más banales, porque no crean, yo también quiero estar bonita todos los días; quisiera ponerme vestidos, adornarme con una rosita la cabeza y pintarme los labios de rojo,  pero mi vanidad se derrumba cuando veo un morro de zapatos en la puerta y entonces, para evitarme demoras, decido que quiero calzar los tenis negros, mustios de tanto haber caminado, y me olvido del vestido y de los labios. Cuando he intentado pintarlos me siento como un payaso, no sé si es que tengo la boca muy grande, porque al pintarlos la boca me queda ocupando la cara completa. Digo “hola amiguitos” frente al espejo, me muero de risa lagrimona y resucito al instante para estregarme los labios con papel higiénico y con una rabia inexplicable. Salgo a la calle y sólo veo mujeres con vestiditos de bolas y labios pintados de rojo intenso, y confieso que me viene de repente una envidia incipiente al darme cuenta de que no podré ser nunca tan colorida, tan arrebatada y tan encantadora como todas ellas. No es envidia dañina la que siento, sino una especie de nostalgia al notar que de tanto andar fui dejando en el camino ciertas cosas para aligerar el paso, que se me olvidó ponerme la rosita en la cabeza, que llevo años vistiendo un pantalón aburrido con cierre de apertura automática y que sólo me decora un tono sobrio, melancólico, indeciso y distante, otorgado con honores por mis zapatos mustios y viejos.

Decía que me gusta leer a toda la gente. Me interesa mucho más leer que un amigo compró un perro con pedigrí, que leerle las pilatunas a Baudelaire (léanse aquí varios suspiros y lamentos). No quiero perderme la oportunidad de interpretar este tiempo, de conocer más del miedo que lleva a tantos a luchar por la justicia publicando fotos de condenados al linchamiento sin derecho a un juicio y a un abogado que funja gratis y por amor al oficio. Me gusta leer a la gente corriente, no sólo a los escritores de libros, y a veces encuentro mucho más valor en las palabras bastardas, que en las reconocidas por editoriales e intelectuales.

Y ha sido así, leyendo todo lo que se me aparece de sorpresa en la pantalla, como me he cruzado con frases de este tipo: “El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”. Me basta con hacer clic para leer un poco más y decidir si quiero arriesgarme a estrenar amigo. Hacer amigos se vuelve sencillo cuando se aprende a confiar en la palabra.

Yo también creo que el cielo se toma por asalto:

“Cierre los ojos y no los abra hasta que yo le diga, no haga trampa. Ahora sí, ábralos y no mire hacia abajo para que no se asuste con el vacío; y pase lo que pase, no me suelte nunca la mano”.

Diana Londoño.

Palabras clandestinas

Por mucho tiempo estuve enviando mi opinadero a diferentes medios, no con ganas de que publicaran lo que escribía, porque tanta exposición me asusta, sino porque quería que le hicieran seguimiento al tema educativo a ver si dejábamos de lado el espectáculo tan patético de las peleas entre políticos. Como para subirle el nivel a la cosa, no sé si me entiendan la idea. No me paraban bolas. Aunque, en un periodo de un par de semanas, mis envíos a la Silla, a El Espectador y a Semana coincidieron con entrevistas larguísimas a Fajardo (el político de la educación). Pensé que de pronto la cosa estaba calando, pero más que entrevistas que aportaran claridad y algo distinto a la discusión, resultaron siendo espacios con micrófono abierto para que el político se fajara otra vez íntegro su discurso bonito. Porque el discurso es hasta bonito, el eco que generan sus vacíos es lo que utilizo como materia prima para escribir.

Después de intentar e intentar, en Las2Orillas me empezaron a publicar. En total fueron cuatro las notas que me publicaron, a una me le cambiaron el título sin permiso y a otra le quitaron la foto que la acompañaba. La verdad es que me aburre el asunto, está bien que los editores hagan su trabajo, pero eso de poner al que escribe a firmar por frases que no salieron de su cabeza -mientras los errores dentro del texto se quedan intactos- no me parece divertido. El oficio de editor es algo muy serio y muy significativo, y no me ha gustado mi primiparada con Las2Orillas; ni me respondieron cuando les pedí que me devolvieran el título. Ellos declaran que no se hacen responsables por las opiniones manifestadas, y siendo así, lo lógico sería que no editaran nada. Esta experiencia desafortunada me llevó a pensar que, aunque pierda la posibilidad de hacer más visibles mis puntos de vista sobre educación -que generalmente contrastan con el discurso político-, y aunque nos tengamos que seguir conformando todos con la falta de especialización del periodismo en el tema educativo, prefiero manejar mi opinadero de manera más privada en mi blog para evitarme malos ratos.

A mí me gusta escribir, lo necesito para poder vivir en el exilio que me tocó, pero no acepto esa forma que tienen los medios de presentar y manejar la opinión de las personas.  El hecho de que tengan un espacio no les da derecho de meterles así la mano a los títulos de los textos. Dizque “Gina, no le copies mas cosas a Fajardo”, y ponerme a firmar a mí semejante título tan gomelo [ http://www.las2orillas.co/gina-por-favor-le-copies-mas-cosas-fajardo/ ]. Qué tal. Volvieron mi texto un rifirrafe más entre políticos y eso me pareció muy feo. Además, al editor se le fue un error de ortografía en el cambio. El título de mi artículo era “Educación, ladrillos y fotos”.

Tengo que reconocer que la estrategia del cambio sirvió, porque el artículo fue leído miles veces y compartido otras tantas; pero me le cambiaron el sentido a la nota. La tilde que le falta al título no me parece problema, ese tipo de gazapillos los tenemos todos; los agradecimientos más hermosos que he recibido en la vida venían escritos con ese, así: “grasias”, y yo los entendí. Algunos de mis amigos contemporáneos de la vereda se graduaron a duras penas de quinto de primaria y para ellos las grasias son así, aunque sí creo que el nivel de exigencia en la escritura debe aumentar de manera proporcional con el número de diplomas que se posea o con el oficio que se practique. Yo me exijo, me equivoco, pero cuando detecto los errores los corrijo, y de cuando en cuando también le pido a un editor que contraté ad honorem que me corrija -con látigo si es preciso- esos errores recurrentes y fastidiosos que según Cortázar son causados por un virus que infecta a las palabras.

En fin. Ya ven que a mí se me va soltando completamente la pita de la cometa, y me causa gracia porque ese fue un comentario que alguien hizo en la columna; que me debería enfocar en un solo tema. Le respondí también, porque yo soy contestataria, gracias a Dios no soy de las personas que tragan entero agachando siempre la cabeza.

Pero lo que quería era compartirles la última nota que me publicaron, y con esto les digo a Las2Orillas que muchas gracias y que hasta luego, para seguir escribiendo en la clandestinidad desde mi Colección de sesgos. No seré yo una pluma magistral, pero tampoco necesito que otros hablen por mí. Los editores, los verdaderos, esos que aman la palabra y con dedicación leen un texto varias veces antes de sugerir un cambio, son personajes muy necesarios y bellos. A ustedes, amigos lectores, muchas gracias por quererme aunque yo sea así tan compleja. Que quede claro que lo mío es complejidad, no complique. Si tengo el pelo corto es precisamente para no tener que peinarme los moños. Uno de mis más grandes orgullos en la vida es que mi cabeza haya olvidado los jalones del cepillo.

La pastoral anterior fue una carta, la última nota publicada es esta (y nótese que quitaron la imagen y dejaron los créditos): http://www.las2orillas.co/populismo-educativo-2/

Con cariño y muchos moños,

Diana, alias bola de crespos.

Del verbo estupefactar

Estaba limpiando el correo electrónico cuando aparecieron en mi buzón dos mensajes de un tal Apóstol. Abrí el primero y era una carta. La leí sin parar hasta el punto más final. En el otro había dos cuentos. Tantas palabras que se nos fueron acumulando en el tedio de la vida, en la olla de la aguapanela… No recuerdo cuándo fue ese momento en el que nos dijimos hasta luego para dejar que pasaran años sin vernos. Me reconforta leer que tus alumnas me imaginan de distintas maneras porque eso significa que las palabras están logrando algo, por lo menos logran que quien las lea se imagine a una señora -quizá amargada- que escribe a los alaridos sobre todo lo que aparentemente se ve muy bien; como los edificios educativos, los discursos de los políticos que cada vez me alborotan más la náusea y la obligación que al parecer tenemos las mujeres de destacarnos por nuestros talentos… en fin. Vieja y amargada para unas cosas, fuerte para otras, y frágil para todas las demás. La realidad me fragmenta y a veces no logro recoger los pedazos para por lo menos empacarlos en una maleta mientras me queda un tiempito para sentarme a armarlos (y con la ayuda de varios). El texto que te sacó lágrimas a mí me ha sacado un río por los ojos. Hace mucho estoy escribiendo algo que tengo regado en pedazos y que espero poder armar un día para ver si quedo yo también reconstruida. Es un esputo que tengo atravesado y que espero poder compartirte y poder secarte las lágrimas de paso. Al leer que tus luchas en la escuela te saben a paleta de cal me estupefacté, tanto, que pensé que mi sensación ameritaba la conjugación de un verbo inexistente para contrariar a la RAE y a su séquito de literatos. Imagínate si te dijera que al leer tu texto quedé atónita… no cuadra, amigo, no cuadra. Si bien la gramática y la semántica y las demás cosas podrían estar a tono con la RAE, no lo estarían jamás con la frase en la que expresas que tus palabras como maestro rebotan contra las paredes y te saben a paleta de cal. Te imaginé con la lengua pegada a la pared y escupiendo ripio blanco mientras los innovadores de la educación dicen que lo importante en la educación es el espacio encalado. Te tenés que salir de esas paredes encaladas que te tienen encerrado. Pasá por mí a las ocho; estaré leyendo debajo del Gualanday. Te voy a invitar a dar una vuelta y a chupar paleta, pero una de verdad. ¿Limón o lulo?

La carta no esperada

Alguna vez soñé que me llegaban muchas cartas. Anhelaba encontrar todos los días un mensaje en negrita en mi correo electrónico que me permitiera saber si había llovido después de la fiesta compartida en fotos por Facebook; quería saber si habían parado en alguna esquina frente a un carrito de perros calientes y si la salsa de tomate era de la buena o de la más barata -de la que mezclan con agua para hacerla rendidora-, o si se habían encontrado unas papitas criollas fritas en el camino a la estación del Metro. Quería saber si todavía se usaba eso de ser amigos, como cuando yo tenía quince años y me sentaba en el murito de la casa o en algún andén a conversar siempre con una guitarra o con una armónica a la mano -por si acaso se me daba el milagro de aprenderlas a tocar para amenizar el momento-. De tanto esperar renuncié a ese sueño hermoso de las cartas perfumadas y a la posibilidad de que en los afanes y angustias de la vida colombiana mis amigos me recordaran. Me acostumbré entonces a mirar y a opinar desde el palco, a ser observadora sin poder interpretar algún papel aunque fuera terciario en la ópera del país que dejé un día de septiembre de un año tal con la ilusión de regresar. Renuncié a la idea de regresar porque el empeño me estaba consumiendo. El año pasado dejé de soñar cuando fracasé en un proyecto que llamé “Último intento por el regreso”. No sólo abandoné la idea del regreso, sino que dejé de soñar por completo. Se me acabaron las expectativas. Me dediqué a la belleza, a hacer cosas hermosas con los que quisieran hacerlas sin tenerlos que empujar. Decidí que si me llegaba la muerte de repente no quería tener en mente ningún sueño no cumplido. Me volví presente y realidad, aunque mi realidad está llena de fantasía; pero vivir con cierta dosis de fantasía es distinto a vivir lleno de expectativas. Vivo la realidad a punta de cuentos y también me digo mentiras para sobrevivirla. Lo único que aún me mortifica es pensar en todos los discos duros de los computadores que se autodestruyeron después de un tiempo y se me tragaron todo lo escrito y no impreso. Y no sé por qué terminé escribiendo todo esto; yo sólo quería compartir una carta que me llegó de sorpresa (por supuesto con el debido permiso de su remitente). Después de haber renunciado a la espera me llegó la felicidad en una carta de un maestro de escuela. Un maestro ha transitado por mis laberintos de palabras. Un maestro amigo me escribió una carta.

Comparto pues la carta que me acompañó e iluminó toda mi semana; es de un maestro de Antioquia, la más educada.

“Me he vuelto descreído. No creo en la educación al por mayor y al detal. Amo lo que hago pero mis palabras rebotan contra la pared. Me saben a paleta de cal”.

 http://dianalondono.com/index.php/category/epistolas-del-apostol/

Bienestar 2015

Lo más hermoso de mi año fueron estos niños y su maestra. Gracias a la vida por ellos y por los amigos con los que tuve la oportunidad de trabajar. Le pido a la vida más vida para que sigamos inventando cosas que nos hagan la vida a todos más hermosa. No redundo en la palabra vida en vano: Le pido vida a la misma vida para alegrar vidas (también la mía).

La última actividad extracurricular del año que se hizo en la escuela era algo que la maestra tenía muchas ganas de hacer. Ella misma gestionó por todos lados los recursos y los medios para lograr su propósito de amor. La Casita Rural no hizo actividad en noviembre para que la maestra pudiera utilizar el presupuesto para su actividad ($250.000). Ella mandó cartas a las fincas, hizo llamadas y se consiguió un bus seguro y cómodo para los niños, y se los llevó para Medellín a jugar en Divercity. Era la primera vez que los niños iban a Medellín y estaban muy emocionados; me contó la maestra que al ver el Metro se pegaron todos de las ventanillas del bus y que gritaban “¡el tren, el tren, el tren!”. Que le boleaban la mano al tren para decirle adiós y que también dijeron -inocentes de todo- que parecía que esos edificios de Medellín se les fueran a caer encima. Se asustaron con los edificios (y eso que no saben que uno de verdad se cayó y que hay otros que amenazan con desplomarse en cualquier momento). Hago énfasis en algo que me parece importante: los niños de la vereda se asustaron con los edificios.

Muchas gracias a la maestra, a las personas del pueblo que trabajan por la educación y la cultura y a todos los amigos que nos ayudaron a hacer sonreír a estos niños. Espero que en el 2015 podamos seguir provocando sonrisas y algarabías infantiles y que cada vez seamos más los que trabajamos con el corazón por la educación. Hay que hablar menos de educación y trabajar más. Hay que acercarse a los maestros en las escuelas para hacerles saber que no están solos. Hagamos que la alegría de los niños sea esa banderita blanca que clama por el cese de la violencia.

Regalémonos paz. Pero recordemos que la paz no se compra con una firma y que no la venden en los supermercados. La paz es como una planta que hay que cultivar removiendo del campo las malas hierbas. La rabia es normal sentirla, pero es una mala hierba. Hay que encontrar la manera de removerla cada vez que aparezca.

Les deseo bienestar en el 2015; que todas las malas hierbas que se nos aparezcan sean fáciles de remover.

Embrión de novela

Enero 3, 2014.

Estuve a punto de abandonar la novela. Lo decidí con la misma determinación de los amantes enfermos que todos los días deciden ponerle punto final a una relación tóxica. Pero como los amantes, me desperté directo a la máquina del café y con el pelo aún parado por un lado y aplastado por el otro, prendí el computador y vi el archivo ahí, frente a mí, invitándome a hacer clic. El computador parecía tener vida. La pantalla se comportaba de una manera extraña, me seducían las letras del teclado ergonómico y la forma de lápiz de ese mouse especial que alguien muy generoso me regaló para evitarme el dolor físico que por estos días me produce la escritura. Era tanta la tentación que me olvidé de las recomendaciones del doctor, aunque los músculos de mis brazos se pusieron tiesos de inmediato, la sangre dejó de fluir hacia los dedos. Sin escribir palabra ya las manos me estaban doliendo.

En un intento más, quise darle y darme una oportunidad. Pero antes, le escribí un mensaje muy corto a un amigo escritor que ha leído muchas novelas y muchos cuentos y que quizás se ha enfrentado a la misma sensación de no futuro que suele acompañar los textos. Le escribí porque vi un retuit en su cuenta que decía algo como “es muy fácil escribir novelas malas, entonces para qué escribirlas”. El autor de la frase era uno de esos escritores que se dedican a despellejar a otros. Publican un libro y la arrogancia se les crece. Lo que no me esperaba era que mi amigo pudiera estar de acuerdo con ese tipo de intento de bloquear a escritores novatos. ¿Qué hay de malo en escribir novelas malas, cuentos malos, poesías cortas, cojas, sin rima, sin versos, sin fondo, sin forma? ¿Qué puede ser tan malo en hacer garabatos de dibujos y ponerles color para después colgarlos y disfrutarlos?

Malo es robar, malo es matar, malo es manipular. Me entristece que haya tanta gente empeñada en cortarnos las alas y en no dejarnos crear. Y esos son los cultos, los más educados, que son también (¡vaya ironía!) los más arrogantes. Pretenden ponernos a competir para ser los mejores, no importa que eso implique pisotear a todos los regulares que somos felices con nuestros garabatos. Le mandé pues un mensaje a mi amigo en modo telegrama para preguntarle si algún día me dejaría leer sus novelas. Me respondió en modo pequeña carta para decirme algo que tampoco esperaba; que si ninguna editorial las publicaba, sus novelas morirían con él. También me dijo que por favor no le respondiera de la misma manera a su egoísmo, y que le permitiera leer la mía. Me quedé pensando en que aquel escritor famoso tal vez no midió el alcance de sus palabras. La verdad es que yo tampoco les mido a mis palabras su potencial de alcance. Las palabras se parecen mucho a los tiros al aire.

Por supuesto que si termino ese mamotreto se lo entregaré a mi amigo para que lo lea. Yo escribo por gusto y porque me da la gana. Me importa muy poco lo que piensen quienes se dedican a repartir bendiciones y maldiciones por ese agujero negro de palabras que es Twitter. Allá casi todo es permitido, hasta cortarles la inspiración a poetas y a escritores novatos, para después, acto seguido, protestar contra la violencia. No me importa lo que se diga allá, en ese vertimiento de letras, donde muchos famosos inflan sus cuentas con seguidores falsos, y se atreven a hablar de decencia y a criticar a los corruptos mientras tratan de manipular la opinión pública con sus cuentas infladas y sus comandos de retuiteros. No veo mucha diferencia entre comprar votos y comprar seguidores troles con fotos de huevos. Tan indecentes los unos como los otros.

Otra frase tomada de la cuenta de Twitter de otro escritor criollo: “Si alguien escribe y cree que le fluye, algo está haciendo mal”. Y una de Sábato: “Un buen escritor se conoce por lo que borra”.

Según todos ellos soy una candidata perfecta a pésima escritora, porque creo que me fluye, casi no borro y además todo lo que escribo me encanta. No tengo ningún problema con ser pésima escritora porque no tengo ambiciones ni de publicación ni de participar en concursos de talento, mucho menos de talento femenino. Los innovadores de la igualdad de género nos cambiaron el reinadito de belleza por el del costurero. Y así es que vivimos, Apóstol, rodeados de gente que nos presiona para ser excelentes y también infelices.

Elegía de mis octubres

Los que le han arrebatado hombres y mujeres a la vida en nombre de unas ideas diestras o zurdas, en cualquier caso fatuas, me dan tanta grima como sus ideas. Siempre tratando de convencer al otro por la fuerza de las armas o del grito o del silencio obligado; siempre tratando de conquistar mentes para su causa y cuerpos en masa para su guerra. Y no me vengan con que Simón Bolívar y con que la independencia, porque: ¿Cuál independencia? ¿La del desfile militar veintejuliero? ¿La del cambio de tiranos? Ya que su estupidez es inolvidable, que se nos conceda el favor de que sea al menos perdonable. Aunque hay algo que se les puede agradecer a todos aquellos que, por los siglos de los siglos, han sido los mercaderes del horror, de la paz y del olvido. Muchas gracias por todo el arte que causaron. Gracias, miserables, por la Elegía de Miguel Hernández.

 

Mi héroe de paraguas

Toda Colombia es un Macondo que vive estancado en el tiempo. Nos acostumbramos a vivir en un letargo y a escuchar las mismas noticias mes tras mes y año tras año. Llueve, los ríos se desbordan, hay damnificados que viven en albergues permanentes, Colombia es solidaria pero la solidaridad se pudre en bodegas, la salud agoniza, la agricultura no despega, la ganadería es supremamente ineficiente, hay 18 millones de pobres, los corruptos se roban una cantidad constante de billones de pesos al año, la educación es mediocre y no hay tren de pasajeros pero sí uno minero que arrasa a su paso con las esperanzas de nuevas siembras. Sin embargo: “Colombia es pasión y el riesgo es que te quieras quedar”.

Sufrimos de un optimismo enfermizo y yo soy una condenada a morir por su causa. Desde hace algún tiempo he discutido, en cuanto espacio encuentro, sobre la educación y sobre el estancamiento del sector agrícola. Creo que es posible salir del estado de coma en que nos encontramos, pero para eso necesitamos entender las razones que nos mantienen en la cola del mundo, y plantear una estrategia. Que la educación es mediocre lo digo con conocimiento de causa. Hay colegios muy buenos, tanto públicos como privados, pero son muy pocos.

Soy hija del sector público, y aunque he padecido por ello desde niña sigo creyendo en sus bondades. Del ramillete de profesores que tuve en mi paso por la educación primaria, secundaria y superior, recuerdo sólo a seis con cariño: tres de la secundaria y tres de la Universidad Nacional. Ninguno de la primaria. De muchos no recuerdo sus caras, mucho menos sus nombres; siento tristeza de que hayan pasado por la parte más importante de mi vida sin dejar pena y sin dejar gloria. Aunque sí recuerdo claramente los libros gordos que me obligaron a leer, el temor de preguntar cuando no entendía, la fobia a las bibliotecas y unos cuantos sarcasmos en voz muy alta propios de la profesora de algebra: “Niñita yo no sé a usted para que le sirve la cabecita porque piensa por los zapaticos”. De ella sí me acuerdo, de su cara, de su estatura y de su nombre completo. Pobre Baldor, si supiera que nos torturaron con su libro y que por eso muchos han maldecido injustamente al árabe de la carátula, desconociendo el amoroso y noble propósito que motivó al cubano a escribirlo.

Fui el número 13, 15, 18, 17, 19 y 21 en la secundaria. Recuerdo que rezaba mucho para que la profesora de sociales no llamara mi número a recitar de memoria varias páginas del cuaderno o las capitales del mundo. Lamento que mi primera experiencia con Kafka, Miguel de Unamuno, Shakespeare y con el propio García Márquez haya sido tan traumática. Mientras los tenía que leer sólo por ser grandes autores, yo todavía quería saber cómo funcionaba el correo con las palomas mensajeras, quería seguir leyendo a Rafael Pombo, a Jairo Aníbal Niño y a Tomás Carrasquilla. Mis ganas de leer seguían siendo niñas, pero atrapadas en el cuerpo de una adolescente ya con fobia a los libros. Esos malos recuerdos marcaron mi vida, pero afortunadamente no alcanzaron a ser penas gracias a esos seis héroes que me rescataron de mi falta de fe en mí.

Mis héroes tienen nombre y algunos de ellos saben quienes son porque siguen siendo mis consejeros y amigos. Sin embargo, hay uno en especial que quisiera nombrar con el perdón de los demás: Juan Fernando Sanín. Siempre me lo encontraba en la cafetería de la Nacho antes de clase de 6:00 am, me saludaba muy amablemente aunque yo no era de su clase. Yo no sabía que era profesor de Cálculo II y él no sabía que yo estaba sufriendo con Cálculo I y que me daba fiebre y vómito antes de cada examen. Somatizaba el estrés, producto de la falta de confianza que genera una educación pública regular y cínica, que fue capaz de sentarme en la Universidad al lado de los más “duros” de todos los colegios privados para torturarme.

Con mucho esfuerzo aprobé Calculo I, después de haberlo repetido junto con otros cientos de estudiantes que estaban en mi misma situación: hundidos y perdidos. Juan Fernando Sanín era un rebelde del departamento de matemáticas que se dedicaba a lanzarle salvavidas a los estudiantes que aún les quedaba un último aliento. Él me recibió con los brazos abiertos en su clase de Cálculo II y desde el primer día me llamó por mi segundo nombre, como si buscara la valentía que le faltaba a Diana en Milena. El amor de ese profesor por la enseñanza no solo logró que yo sacara la nota final más alta del curso, sino también que recuperara la confianza perdida desde la primera infancia. Un día regresé a la Universidad de visita después de graduada y me lo encontré tal cual lo recordaba, con un paraguas en la mano y con la misma dulzura de los tiempos de mis matemáticas. Me saludó, recordó mi segundo nombre y me dijo: “Milena usted nació para grandes cosas, voy a estar pendiente de noticias suyas”.

Aquí estoy Profesor, buscándolo en un papel con la esperanza de encontrarlo. Quisiera invitarlo a un café para contarle que le estaré eternamente agradecida, que me lo he imaginado en una tienda de la ciudad escuchando tangos con viejos amigos, tal como usted un día me lo describió, y caminando muy tranquilo hacia su casa en medio de un aguacero y bajo su paraguas. También quisiera contarle que aún conservo el salvavidas porque vivir resultó más difícil que las matemáticas, y que he logrado cosas que desde mi baja estatura se ven muy grandes.

 

Carta a un amigo invisible

Querido amigo invisible:

La dificultad de escribir tuvo su razón en el profundo respeto que le profeso a las palabras y a los deslizamientos del lenguaje de todas las personas, especialmente de mis amigos. No creo que tu pluma esté seca porque las historias abundan en la cotidianidad y para alimentarse de ellas basta la contemplación. Tal vez estás saturado de libros, y de leer, porque aunque sea tu pasión, uno se puede saturar de las historias que ya están escritas y puede correr el riesgo de pensar que ya todos escribieron lo que uno quería escribir. Por eso me permito la indisciplina con la lectura y adoro los libros que se dejan leer en desorden, como tu librito rojo. Alguna vez leí una noticia de un muchacho ciego al que le robaron la caja de dientes de oro que había heredado de su papá. A mí me pareció maravillosa la noticia, no por la desgracia de quien le sumaba una mueca a su ceguera, sino por el valor literario de la historia: “A ciego le roban la herencia y lo dejan sin sonrisa”. Traté de convencer a un amigo de que esa era una historia macondiana, pero me miró muy mal. Me acusó injustamente de crueldad. Algún día leí a un cronista que decía que si alguien escribía y sentía que le fluía, era porque algo estaba haciendo mal. Lamenté por supuesto el mal momento en el que las palabras, que son rebeldes, tenían sometido al pobre cronista. Estaba bloqueado y derramó sus frustraciones sobre sus desprevenidos seguidores, que si gozaban de alguna inspiración, el cronista famoso se las echó abajo. Ese es el mundo mi querido amigo, no faltará quién te diga que todas las cosas, aun las que más disfrutas, son difíciles y que son don de pocos. Es que tu mundo es pesado, ese mundo de las editoriales y las columnas esperadas. Ese mundo de la crítica que de todo tiene menos criterio. No creas que he leído mucho, amo la lectura pero no he leído ni veinte libros de los que tú has leído. Yo me considero una persona bastante infantil, una adolescente que hurga en el pasado tratando de encontrar una explicación para su presente. Me habría encantado que de niña me hubieran dicho que todo lo que quería saber estaba en los libros y que después de decirme eso me soltaran en una biblioteca. Si así hubiese sido mi primera vez con los libros todo habría sido diferente. Habría buscado todo sobre los conejos y las palomas mensajeras. Esta es la hora en que no sé nada de ellos porque olvidé que un día coparon todas mis preguntas. Colombia es un país que no lee porque los libros están llenos de cosas complejas para las que una mente infantil no está preparada. Nos crecen los senos, los vellos del pubis y las piernas, nos cambia la voz… pero nadie nos dice que también se crece en la lectura, que empezamos por lo simple y poco a poco nos vamos perdiendo entre palabras, hasta que las vamos entendiendo y las vamos incorporando y las vamos escribiendo. Mi vida está marcada por la primera música que escuché y por el primer libro que decidí leer sin que fuera una tarea del colegio: Los Negroides, de Fernando González. Por eso me parece valioso que tu libro sea adolescente y que tenga tantas vivencias que todos parecemos olvidar. Hace poco escribí algo que podría ser material para una clase de educación sexual para la primera infancia. Me gustó. Es el relato de una visita al médico que buscaré para compartirte. Está en un chat. A mí hasta los chats se me convierten en una válvula de palabras. Es más, pienso que si no la tuviera que escribir, mi tesis ya estaría escrita. La ventaja que tengo es que no le temo al error y que no creo en la perfección. De no ser así, no le escribiría a un amigo escritor por temor a la crítica. Me salvo de ella declarándome escribidora, y como vivo de la ciencia -al menos eso trato-, no me mortifican mucho mis ausencias de palabras. Sigue escribiendo por placer y deja a tus engendros ser. La perfección no existe y las palabras involuntarias son las más hermosas. No te dejes arrebatar la voluntad por la mierda que te rodea, llénate de belleza. (En el cuento en el que le leías en voz alta a dos amantes, recordé una película que hace parte de mis favoritas e inolvidables: The reader). Un abrazo y muchos besos, querido amigo escritor.

PD1: Te mando mensajes con las canciones, ellas me han acompañado más que los libros.

PD2: Te mando un abrazo de brazos de sol.

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