Cuando se hace una pregunta y lo único que se recibe es un papel en blanco, le otorgan a uno, además del silencio, el derecho de hacer uso de la libertad de pensamiento para escoger entre todas las respuestas posibles aquella con la que uno más cómodo se sienta. Le pregunté de mil maneras que si me quería y para lograr una respuesta acudí a todas las instancias: se lo pregunté por carta, por avión, por barco y hasta por una torta de banano que le regalé de cumpleaños. Nunca me respondió. Y cada vez que le envié un mensaje cifrado con la pregunta encriptada sólo recibí unas escuetas y desabridas gracias. No pudiendo más con la espera, decidí dar solución a nuestro problema; decidí un sí por respuesta. Decidí que me quería con cada pedazo de víscera de su cuerpo y que tanto amor ya le tenía todas sus funciones fisiológicas seriamente comprometidas. Era por eso que el pobre enmudecía. Preocupada por su salud y temerosa de perderlo, le acepté su amor tan tímido, tan huraño, tan fragmentado. Así vivimos: él por su lado, sonriente y sano, y yo por el mío, feliz de verlo aliviado.

Agosto 14, 2013.