7 de junio de 2013

No estamos en caminos tan distintos, porque la ciencia, como la política, es también un instrumento para conducir a la humanidad al bien colectivo. Pero en la ciencia también abundan los intereses particulares y los egos. En la ciencia también se practican de manera solapada todas las malas mañas de la política.

La semana pasada estuve en una conferencia y discutí mucho con uno de mis supervisores sobre cómo el sistema educativo se encarga de seleccionar a favor de la infelicidad del individuo (utilizo el lenguaje del mejoramiento de semillas). Muchos poetas mueren antes de nacer y la escuela es su asesina. Quien te escribe es una poeta medio muerta que por temor a sus palabras se dedicó a la ciencia. Lo de poeta es por el modo de ver la vida, porque mis versos no llegan a versos y me quedan todos de tres cuartillas. La poesía se me parece a los corrientazos que causa un alambrado, que son como sustos chiquitos e inofensivos que nos hacen despertar y sentir que estamos vivos. La poesía es el ingenio que nos permite vivir de asombro en asombro -aunque no siempre maravillados-. Ya no estoy en la escuela primaria y la situación sigue siendo la misma: me encuentro en un medio competitivo que no deja espacio para la vocación. Todos opinan sobre lo que debería ser mi vida, unos dicen que la política, otros dicen que debería volverme periodista y otros dicen que ya es hora de considerar la maternidad.

¿Y yo qué quiero? De niña quise bailar y se burlaron porque era muy tiesa. De grande dije que quería ser filósofa y maestra de escuela, y el asombro de mis contertulios estuvo acompañado de una estruendosa carcajada. Según ellos, para ser maestra de escuela no era necesario haber hecho un doctorado. Sobre la filosofía no dijeron nada. Hoy digo que quiero seguir en la ciencia, pero a veces pienso que no lo lograré. Parece que en este mundo sobrepoblado no hay espacio para la vocación. Entonces creo que es mejor andar desprevenidos y ejercitar el coraje para aprender a encontrar belleza en un mar de mierda.

Yo también me canso de nadar a contracorriente, aunque te voy a confesar que lo que más me cansa es mirar el río porque soy más de tierra que de agua. Me canso de sentir un tipo de simpatía por la humanidad de cada hombre y de cada mujer, y también un tipo de antipatía por su sufrimiento; y no importa que entre ellos estén mis verdugos. La filantropía es también un infortunio. Pero para qué gastar energía en la queja. Nuestro destino es trágico y será mejor asumirlo con entereza.