Querido amigo invisible:

La dificultad de escribir tuvo su razón en el profundo respeto que le profeso a las palabras y a los deslizamientos del lenguaje de todas las personas, especialmente de mis amigos. No creo que tu pluma esté seca porque las historias abundan en la cotidianidad y para alimentarse de ellas basta la contemplación. Tal vez estás saturado de libros, y de leer, porque aunque sea tu pasión, uno se puede saturar de las historias que ya están escritas y puede correr el riesgo de pensar que ya todos escribieron lo que uno quería escribir. Por eso me permito la indisciplina con la lectura y adoro los libros que se dejan leer en desorden, como tu librito rojo. Alguna vez leí una noticia de un muchacho ciego al que le robaron la caja de dientes de oro que había heredado de su papá. A mí me pareció maravillosa la noticia, no por la desgracia de quien le sumaba una mueca a su ceguera, sino por el valor literario de la historia: “A ciego le roban la herencia y lo dejan sin sonrisa”. Traté de convencer a un amigo de que esa era una historia macondiana, pero me miró muy mal. Me acusó injustamente de crueldad. Algún día leí a un cronista que decía que si alguien escribía y sentía que le fluía, era porque algo estaba haciendo mal. Lamenté por supuesto el mal momento en el que las palabras, que son rebeldes, tenían sometido al pobre cronista. Estaba bloqueado y derramó sus frustraciones sobre sus desprevenidos seguidores, que si gozaban de alguna inspiración, el cronista famoso se las echó abajo. Ese es el mundo mi querido amigo, no faltará quién te diga que todas las cosas, aun las que más disfrutas, son difíciles y que son don de pocos. Es que tu mundo es pesado, ese mundo de las editoriales y las columnas esperadas. Ese mundo de la crítica que de todo tiene menos criterio. No creas que he leído mucho, amo la lectura pero no he leído ni veinte libros de los que tú has leído. Yo me considero una persona bastante infantil, una adolescente que hurga en el pasado tratando de encontrar una explicación para su presente. Me habría encantado que de niña me hubieran dicho que todo lo que quería saber estaba en los libros y que después de decirme eso me soltaran en una biblioteca. Si así hubiese sido mi primera vez con los libros todo habría sido diferente. Habría buscado todo sobre los conejos y las palomas mensajeras. Esta es la hora en que no sé nada de ellos porque olvidé que un día coparon todas mis preguntas. Colombia es un país que no lee porque los libros están llenos de cosas complejas para las que una mente infantil no está preparada. Nos crecen los senos, los vellos del pubis y las piernas, nos cambia la voz… pero nadie nos dice que también se crece en la lectura, que empezamos por lo simple y poco a poco nos vamos perdiendo entre palabras, hasta que las vamos entendiendo y las vamos incorporando y las vamos escribiendo. Mi vida está marcada por la primera música que escuché y por el primer libro que decidí leer sin que fuera una tarea del colegio: Los Negroides, de Fernando González. Por eso me parece valioso que tu libro sea adolescente y que tenga tantas vivencias que todos parecemos olvidar. Hace poco escribí algo que podría ser material para una clase de educación sexual para la primera infancia. Me gustó. Es el relato de una visita al médico que buscaré para compartirte. Está en un chat. A mí hasta los chats se me convierten en una válvula de palabras. Es más, pienso que si no la tuviera que escribir, mi tesis ya estaría escrita. La ventaja que tengo es que no le temo al error y que no creo en la perfección. De no ser así, no le escribiría a un amigo escritor por temor a la crítica. Me salvo de ella declarándome escribidora, y como vivo de la ciencia -al menos eso trato-, no me mortifican mucho mis ausencias de palabras. Sigue escribiendo por placer y deja a tus engendros ser. La perfección no existe y las palabras involuntarias son las más hermosas. No te dejes arrebatar la voluntad por la mierda que te rodea, llénate de belleza. (En el cuento en el que le leías en voz alta a dos amantes, recordé una película que hace parte de mis favoritas e inolvidables: The reader). Un abrazo y muchos besos, querido amigo escritor.

PD1: Te mando mensajes con las canciones, ellas me han acompañado más que los libros.

PD2: Te mando un abrazo de brazos de sol.