He conocido empresarios que sin ser malos tampoco son buenos, empresarios que todavía pretenden que uno les agradezca el salario mínimo, mientras esperan en una poltrona a que uno rinda como una máquina hacedora de botones: a mil por hora. He conocido empresarios capando impuestos, y los he conocido por los periódicos, por noticias de conspiraciones para monopolizar mercados y manipular precios. Pero hay empresarios comprometidos con la sociedad que cuando se van dejan un hueco.

De todos los líderes paisas a los que El Colombiano les publica historia tras su muerte, sólo un par de este tiempo me han inspirado unos suspiros con lamento. Ambos mostraron, hasta el punto más final, amor y compromiso por dejar un mejor lugar para los demás. Uno de esos líderes antioqueños era Carlos Manuel Echavarría, quien fue, además de empresario, protagonista en la historia de mi familia. Era el jefe de mi papá y tuve el gusto de conocerlo en su mejor faceta, no en la de hombre exitoso y millonario, sino en la de hombre preocupado por cada uno de sus empleados. A Carlos Manuel le debo la vida de mi padre; lo cual significa que le debo también la mía.

Han pasado años y en mi familia seguimos lamentando la muerte de Carlos Manuel. Hoy lamento también la muerte de Nicanor Restrepo. Cuando se muere gente como ellos, gente comprometida con la gente, siento que vamos quedando pocos. Ellos no fueron importantes por ser exitosos empresarios, sino por su constante preocupación por lo humano.