Taller de autorretrato en escuela rural de Antioquia

Nuestros pequeños de la vereda se autorretrataron. Hubo retratos con mucho color, con mucha ternura, con gaviotas en el cielo -aunque el mar se encuentra muy lejos-, y con una casa siempre presente que a veces se confunde con un encierro. Hubo músculos redondos en los brazos, uniformes camuflados, cadenas amarrando una pierna, una moto, armas sostenidas por mano y mano y balas que se dirigían a un blanco. Es inevitable detenerse en la observación de los elementos bélicos en manos de autorretratados tan pequeños.

El autorretrato no es la copia fiel de la imagen que se refleja en un espejo, sino una imagen sacada desde adentro, una imagen construida a partir de sensaciones que a veces se presentan en fragmentos. A veces nos vemos como arcoíris de colores que pasan por todos los espectros, otras veces nuestra alma, mente, sangre, carne y huesos se nos presentan en blanco y negro. A veces, la mayoría de las veces, para esconder el miedo nos protegemos con un manto de rudeza. Pero el miedo convive en nosotros con el amor y las gaviotas y cuando él quiere nos ocupa por completo. Yo fui niña y sentí miedo, mucho miedo. Tenía miedo de que mi casa explotara y de que mis papás jamás regresaran. Tenía miedo de las miradas. Para disimularlo me ponía ropa ancha, botas con platina y me cortaba desde la raíz todo el pelo. La ternura siempre estuvo en mí, pero encarcelada en un cuerpo del que llegué a creer que sólo me serviría para temblar de miedo. Eran otros tiempos los de mi niñez, había carteles de droga, explotaban bombas y me miraban ojos cuyas miradas no me gustaban. Mi apariencia me hacía sentir protegida. Si bien estos tiempos son distintos no son mejores para los niños. Hay violencia en todos lados y la imagen de una niña de dos años vecina de la escuela muerta hace un par de meses a machetazos. No creo que los niños vean noticias, así que no se deben haber enterado de la muerte de cuatro niños en lo que para ellos debe ser un país distinto llamado Caquetá. Ellos también se protegen con una armadura de rudeza que hace que la escuela por momentos parezca un pequeño campo de batalla. A veces están dispersos e inquietos y es muy difícil lograr que escuchen por un segundo. Durante este taller estuvieron concentrados mirándose por dentro. El tamaño del grupo ayudó porque sólo asistieron 12 niños que estuvieron acompañados de tres estudiantes de artes y de la maestra. No me alcanzo a imaginar cómo se las ingenia la maestra para enseñarles a leer, a sumar y a convivir en sociedad a 23 niños de distintas edades al mismo tiempo. Así funcionan las escuelas rurales.

Nosotros nos acercamos a los niños con amor y estremecimiento; en ciertos instantes nos sentimos tentados a quitarles las armas de los retratos y a pintarles una sonrisa eterna. Pero nos contenemos en silencio tratando de desatar un nudo de tripas que se nos forma en la barriga, muy parecido incluso al que se puso uno de los niños con lana verde en la suya. No podemos cambiar lo que pasa por fuera de la escuela, ojalá tuviéramos el poder de desaparecer de un tajo todo lo que les produce pánico. Lo que sí podemos hacer es tratar de convertir la escuela en un lugar más amable todos los días, uno en el que los niños no sean un número más en la lista; un lugar donde se sientan a salvo y donde su entendimiento del mundo crezca parejo con sus cuerpos. El horror seguirá existiendo, queda en nuestras manos seguir trabajando con ellos para que lo reconozcan y para que con su pequeña razón decidan si se convierten en sus multiplicadores o si le ponen un punto final diciendo: “Yo eso tan horrible no lo repito”. Tal vez algún día nuestro pequeño grupo de niños logre romper esa cadena de violencia que hoy dibujan atándolos de pies y manos. Tal vez algún día nuestros niños de la vereda decidan deponer las armas de sus autorretratos.

Para la maestra un profundo agradecimiento por abrirnos un espacio en su escuela y por regalarnos a todos su día de descanso. La maestra es nuestra espina dorsal porque sin ella nada de lo hecho habría sido posible. A Baobab, el grupo de estudiantes de artes de la Nacional, también muchas gracias por ser así de bellos y por querer plantarse al lado de la Casita Rural.

Reportera de la Casita.

 

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