Mi vida no tiene puertas, tiene piernas: piernas de entrada y piernas de salir corriendo. La boca es para comer y para hablar con la gente. Algunos se han acercado a mi boca. No me importa. Es una cercanía que no siempre me molesta. El engominado me invitó a almorzar y me regaló un libro. Al despedirse me abrazó y acercó su nariz a la mía. “Si yo fuera él te seguiría hasta el infierno porque al infierno es mejor caminar acompañado”, dijo. Tembló como temblaba, respiró como respiraba. Yo me quedé quieta, con los ojos abiertos, firme como un poste con cables de alto voltaje. “Si fueras él, me dejarías en el infierno y saldrías corriendo”, pensé.

No se lo dije porque sonaría a patético reproche y se daría cuenta de lo mucho que me costó sacarlo del infierno de mi cuerpo. Corrió lejos de mi vida, pero antes de irse me amputó las piernas para que no pudiera abrírselas de nuevo a otro, o para que, en caso de lograr adaptarme al uso de unas prótesis, las abriera y recordara con cada hombre el camino por el que se había fugado él de mi vida, el mismo de escaleras lúgubres por el que había transitado la violencia para transformar mi cuerpo en una prisión hermética, impenetrable. Cuando pudo recoger mi cuerpo, tendido por siempre sobre los últimos escalones de una casa fría, salió corriendo. Ahora lo veía, parado frente a mí, con la punta de su nariz rogando a que mis labios rozaran los suyos y se lanzaran al beso. Fue un instante eterno. Sus ojos se convirtieron en un telón sobre el que se proyectaban mis fotografías imaginarias, porque nunca dejamos pruebas físicas de nuestra existencia juntos. En una imagen caminaban dos bajo los gualandayes florecidos de la avenida, en otra se abrazaban en un aeropuerto, en otra él la abrazaba por la espalda mientras ella preparaba algo en la cocina, en otra fotografía -muy temblorosa- él la desnudaba. Sentí otra vez sus lágrimas rodar por mi cuello después de ver la imagen de aquellos dos que se abrazaban. En realidad no eran lágrimas, era lluvia, estaba lloviendo. Diez años después de haberme dicho adiós ocultando sus ojos, su nariz esperaba mis labios bajo la lluvia.

Es inevitable no viajar a nuestros momentos hoy, cuando me encuentro ante la separación inminente de ese que él quisiera ser. Que le deje saber cualquier cosa de mi vida, fue lo que dijo antes de entregarme el libro. Para qué. El matrimonio es como matricularse en una universidad, él tuvo la oportunidad de quedarse en la de Antioquia, en filosofía y letras, pero prefirió marcharse para la escuela que tarde o temprano muchos también elegirán; se dedicó a la comunicación y a los medios audiovisuales. Elegiste, no sé si bien o mal, pero qué más da. Es tiempo de asumirlo. Yo elegí la Nacional y se me acabó. No tengo interés de matricularme en ninguna otra. El hombre que quisieras ser, el que abracé por tantos años al abrir mis ojos en las mañanas, el que con cuidado levantó mi cuerpo de las escaleras y lo limpió con sus labios, también tiene derecho a elegir, aunque su elección implique su partida. Se irá. Yo lo veré alejarse sin reproches, sin malas palabras, se irá sólo con mi gratitud por haberme amado. El hombre que quisieras ser quiere volar como una vez volaste. Le soltaré toda la cuerda aunque me consuma otra vez, porque por la libertad de elegir a quien amar vale la pena consumirse esta y todas las veces. La libertad de irse y de venirse amerita el dolor. Desde hace rato me está doliendo y no logro ubicar el dolor en alguna parte de mi cuerpo. En el corazón no es. A uno lo que más le duele siempre es la frustración de un proyecto que se desmorona y la sepultura de unos hijos que no nacieron. A uno lo que más le duele, siempre, es el ego; y no he podido saber en qué parte de mi cuerpo se ubica ese maldito. La borrasca estaba anunciada, el problema es que detener una borrasca es imposible. Es mejor salirse del río y montarse al árbol más alto y más lejano para verla pasar, después regresa uno a recoger lo que haya quedado. Si la borrasca ocurriera en Japón quedaba mucha cosa rescatable, pero en Colombia cualquier aguacerito termina en borrasca y acaba con todo, hasta con el nido de la perra. Allá las cosas -puentes, carreteras, edificios, instituciones y leyes- parecen hechas con columnas de balso, mierda y mocos.

Si se caen torres y puentes con una llovizna, cómo no se van a caer las relaciones disparejas. Las parejas también se caen, y si no se caen solas, otros se esfuerzan en tumbarlas. Uno, dos, tres polvos por semana. ¿Quién da más? Usted, caballero, lleve la pomada para que el amor se le mantenga erecto, y para disimular la ausencia de ganas, le recomiendo este frasquito de amor eructo. Y a usted, señorita, que la frigidez le causa ardores, le tengo este lubricante de angustias y temores. Pasen, no les de pena. Bienvenidos a esta feria de amores rematados.