Despertarte. No sé si deba hacerlo, o si deba dejarte dormido en el recuerdo de esa muchachita que un día te hizo temblar. Ese tipo de temblores son escasos y nos llegan de repente, nos caen encima como un aguacero de noviembre y su humedad jamás se va. Estoy triste, quizá cansada. Mi cuerpo tiembla y te sueña. Siento tu corazón palpitando frente a mí en intermitencias. Tus latidos se van, luego vuelven. Se quedan por unas horas, retumban en mi vientre, se aferran a mi carne, después se sueltan. Y me dejan trémula, asustada, confundida en algún parque de una ciudad desolada, que para el caso da lo mismo que sea Berlín o Amsterdam, porque ambas están heladas. Miro al cielo, lloro al notar que algo tan inmenso sólo le pertenece al universo, y entonces  no me queda más que ser cometa y aprender a rosarlo con el esplendor de los colores de mi cola al viento. Una caricia furtiva, fugitiva, es todo lo que espero. No soy cazadora de suspiros, ni más faltaba, a esos los quiero libres en la inmensidad de ese cielo que no tengo, que nunca será mío, porque no quiero poseerlo. Pero aun así, sabiendo que me niego a la posesión, me duele dejarlo tan inmenso y con tantas nubes por él corriendo. Mi cielo huele a primavera, a nuevo; y yo me siento triste porque mi olor ya es un poco viejo. Y estoy lejos. Estoy triste. Cansada. Con un cielo gris sobre mí que amenaza con oscurecerme. Estoy triste. Estoy lejos. Mi amor ya es viejo.

Diana.