Me preguntan a veces por qué conozco a este y a este. Por Facebook, respondo. Mi modus operandi es bastante simple: leer sin prevenciones todo lo que se me aparezca en la pantalla. Por eso digo que, aunque leo mucho, no clasifico ni entre los que leen tres libros al año. Me gusta leer lo que escribe la gente normal, esa que camina y cocina, la que se monta a un bus a vender confites porque es mejor venderlos que robar, o la que se monta al Metro a estrujar, a leer o a mirarles los zapatos a los demás. Yo soy de las que miran zapatos, no para evaluar si su color combina con la cartera o la correa, sino para tratar de imaginar los caminos andados. También me gusta calcular en milímetros la profundidad de las arrugas del ceño.

Los zapatos como objeto decorativo siempre me han parecido desabridos: o muy puntudos o excesivamente chatos, muy de tacón alto o demasiado planos, en cualquier caso, siempre empolvados. Ni para qué se pone uno a embolarlos. La última vez que me puse unos zapatos embolados tenía una entrevista de trabajo, mi papá hizo el menester de embolarlos, ya que mi mamá, para evitar que antes de salir yo les pasara algún trapo engrasado, se anticipó a pedirle el favor de que le embolara los zapatos a la niña.

Los zapatos son uno de mis conflictos cotidianos más banales, porque no crean, yo también quiero estar bonita todos los días; quisiera ponerme vestidos, adornarme con una rosita la cabeza y pintarme los labios de rojo,  pero mi vanidad se derrumba cuando veo un morro de zapatos en la puerta y entonces, para evitarme demoras, decido que quiero calzar los tenis negros, mustios de tanto haber caminado, y me olvido del vestido y de los labios. Cuando he intentado pintarlos me siento como un payaso, no sé si es que tengo la boca muy grande, porque al pintarlos la boca me queda ocupando la cara completa. Digo “hola amiguitos” frente al espejo, me muero de risa lagrimona y resucito al instante para estregarme los labios con papel higiénico y con una rabia inexplicable. Salgo a la calle y sólo veo mujeres con vestiditos de bolas y labios pintados de rojo intenso, y confieso que me viene de repente una envidia incipiente al darme cuenta de que no podré ser nunca tan colorida, tan arrebatada y tan encantadora como todas ellas. No es envidia dañina la que siento, sino una especie de nostalgia al notar que de tanto andar fui dejando en el camino ciertas cosas para aligerar el paso, que se me olvidó ponerme la rosita en la cabeza, que llevo años vistiendo un pantalón aburrido con cierre de apertura automática y que sólo me decora un tono sobrio, melancólico, indeciso y distante, otorgado con honores por mis zapatos mustios y viejos.

Decía que me gusta leer a toda la gente. Me interesa mucho más leer que un amigo compró un perro con pedigrí, que leerle las pilatunas a Baudelaire (léanse aquí varios suspiros y lamentos). No quiero perderme la oportunidad de interpretar este tiempo, de conocer más del miedo que lleva a tantos a luchar por la justicia publicando fotos de condenados al linchamiento sin derecho a un juicio y a un abogado que funja gratis y por amor al oficio. Me gusta leer a la gente corriente, no sólo a los escritores de libros, y a veces encuentro mucho más valor en las palabras bastardas, que en las reconocidas por editoriales e intelectuales.

Y ha sido así, leyendo todo lo que se me aparece de sorpresa en la pantalla, como me he cruzado con frases de este tipo: “El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”. Me basta con hacer clic para leer un poco más y decidir si quiero arriesgarme a estrenar amigo. Hacer amigos se vuelve sencillo cuando se aprende a confiar en la palabra.

Yo también creo que el cielo se toma por asalto:

“Cierre los ojos y no los abra hasta que yo le diga, no haga trampa. Ahora sí, ábralos y no mire hacia abajo para que no se asuste con el vacío; y pase lo que pase, no me suelte nunca la mano”.

Diana Londoño.