No me feliciten por haber nacido mujer porque eso fue producto del azar, si me van a felicitar, que sea por ser una mujer que habla, que dice lo que piensa y lo que siente; una mujer que decide sobre su cuerpo y sobre su vida, una mujer que se respeta y se hace respetar. Felicítenme pues por ser una mujer de valor que reconoce el valor de otras mujeres y trabaja con ellas, para juntas elevar ese valor a la máxima potencia.

Aunque, pensándolo bien, deberían felicitar mejor a todos los hombres de mi vida, a mi padre, a mi abuelo, a mis tíos, a mi hermanito, a algunos de mis maestros, a mis amigos y a mis amantes, es decir, a todos mis amores; porque ellos han sido quienes más impulso me han dado para llegar a hablar como hablo y a ser como soy. Me gusta como soy. Mis amores hombres me han abierto el camino y me han enseñado a ser una de esas mujeres a las que el diablo, que dizque sabe a quien le sale, se le esconde apabullado.

El impulso me lo han dado los hombres de mi vida. La fuerza para luchar me la han dado todas las mujeres del mundo.