¡Qué viva el instinto maternal!

Encabeza hoy la Revista Semana un titular que me gusta: “La hora de las mujeres en el Congreso”. Dice el artículo que las mujeres están marcando la pauta en la discusión de los temas relevantes para el país. Y sí, nosotras marcamos pauta, y sin necesidad de concursos –esto a propósito de la mujer que fue acribillada por los medios en un acto de carroñería patética y vulgar, acto que los mismos medios trataron de limpiar resaltando un concurso de talento femenino en Antioquia-. Tenemos que hablar mujeres, con miedo o sin él; tenemos que sacar toda esa energía que mantenemos acumulada en el estómago para decir lo que pensamos. Nosotras tenemos una fuerza natural para transformar porque nuestro instinto animal es muy diferente al masculino. Nosotras miramos, analizamos y tratamos de escoger lo mejor hasta para los hijos que no tenemos. No digo con esto que seamos unas santas, pero mientras los hombres se ocupan de discutir y planear estrategias para conservar el poder, nosotras nos ocupamos más de las estrategias para conservar la vida. Los cuarenta y tres proyectos de ley presentados por las mujeres del Congreso le dan soporte a mi argumento (bienestar, pobreza, salud, educación). Los hombres del Congreso, de las especies Gerlein o Barreras -famoso esta semana por su frase sobre el chicharrón y la marihuana-, deben estar trasnochados pensando en las elecciones regionales. En este punto se me viene a la cabeza una imagen que recreé al leer un artículo hermoso y desgarrador de Juanita León, en el que contaba cómo después de una masacre paramilitar en algún pueblo, las mujeres madrugaron con escoba en mano a lavar la sangre derramada en el parque y a arreglar las flores de sus jardines. Tenemos una fuerza muy poderosa, vital para la sociedad, pero que ha sido siempre subestimada y caricaturizada en forma de escoba. En nosotras se gesta la sociedad, y eso se puede tomar de manera literal o simbólica. Las mujeres del Congreso son una muestra diminuta de todo el potencial que tenemos y de la necesidad de seguir llenando espacios. Esos espacios tenemos que lucharlos, colonizarlos, porque Claudia López –por mencionar un ejemplo- no llegó al Congreso por un concurso de talento. A mí no me gustan ese tipo de concursos por algo que un hombre supo expresar mejor que yo en Twitter: “Hay un tipo de misoginia que les exige a las mujeres que demuestren que son capaces todo el tiempo”. Yo no compito con otras mujeres, ni por belleza ni por talento. No quiero espectáculos, sino que a las mujeres se nos escuche y que se potencien nuestras ideas. No quiero ser una cuota ni un relleno. Aplaudo a las mujeres del Congreso, pero esto no es sólo una reivindicación de la mujer que da ese tipo de batallas dentro del recinto que decide el destino del país, sino también una reivindicación de la maternidad. Todas las mujeres, mamás o no, podemos hacer (¡y hacemos!) grandes aportes en aquellas cosas que, aunque parezcan pequeñas e insignificantes, son las instituciones en las que se fundamenta la sociedad: la familia y la escuela. (Muchas mujeres son maestras).

Nota: El artículo que motivó estas palabras. http://www.semana.com/nacion/articulo/la-hora-de-las-mujeres-en-el-congreso/409105-3

 

 

 

Antioquia: ¿Políticas públicas o Show de las Estrellas?

Leo en el Facebook de un amigo que en Yarumal recibieron los insumos para el establecimiento de 450 huertas familiares. Me alegré porque esas son las noticias que me gusta leer. El programa de huertas de la gobernación de Antioquia me parece muy importante porque en el sector rural hay problemas de nutrición que no se solucionarán con vías ni con la construcción de parques educativos. El hambre es un problema de distribución del ingreso. Estamos en capacidad de producir suficiente alimento, el problema es que la gente que vive en condiciones de pobreza no puede pagar para obtenerlo. Por eso son importantes las huertas familiares y el autoabastecimiento en el sector rural.

Como el programa de huertas, hay otros programas también muy importantes de los que sabemos poco o nada, como Antioquia Joven y Antioquia Digital, que se enfocan en el trabajo con jóvenes de todos los pueblos y en contenidos educativos. Pero a pesar de su relevancia, este tipo de programas, que impactan de manera directa y casi inmediata la vida de la gente, reciben mucha menos atención que los concursos que tienen invadido el gobierno de Antioquia. Nos mantienen embelesados con concursos que, en vez de ayudarnos a mejorar como individuos que forman parte de un colectivo, podrían llegar a exacerbar nuestro arribismo. Nos trasladaron la algarabía del estadio a todos los espacios. Como decía una amiga: “esos concursos de la más educada parecen parte de uno de esos programas intrascendentes que presentan en televisión por las tardes”. Cambia el tema, pero el formato -con sus códigos secretos- se conserva.

A la gente le gustan los concursos, claro. El bingo, las rifas y hasta las peleas de gallos hacen parte de nuestra cultura; entonces digamos que la estrategia les funciona para mantener a la gente hipnotizada frente al televisor con la adrenalina que nos generan siempre aquellas cosas en las que resulta un ganador y un perdedor. Lo que me parece muy lamentable es que no sea precisamente un hipnotismo frente a la reflexión sobre lo que somos como sociedad y sobre lo que queremos llegar a ser juntos, como sociedad. No digo que no se deban hacer los concursos y que la educación no se pueda volver espectáculo, pero pienso que una cosa es querer superar los propios miedos, los obstáculos y las limitaciones, y otra muy distinta es querer superar a los demás. En la segunda puede estar la base del arribismo, muy arraigado también en nuestra sociedad. Como principio, el lenguaje de la competencia no debería ocupar tanto espacio en un gobierno cuyo eje central es la educación.

Mientras me entero del programa de huertas por un amigo en Facebook, por los mensajes oficiales de la Secretaría de Agricultura -que me llegan al correo- me entero de la creación de un nuevo concurso que se llama “Encarrétate con el Agro”. Hace como tres semanas me llegó otro concurso que se llamaba “Gánate un iPad con el agro”. Mientras el sector agrario está jodido con las lluvias, los bajos precios que reciben los productores en las centrales mayoristas, el alto costo de los insumos y el mal estado de la infraestructura vial, el director de rifas, juegos y espectáculos de la gobernación nos pone a concursar para ganarnos un iPad. Sin duda, ese incentivo llamará la atención en las fincas de recreo. Se gastan una millonada en publicidad mientras lo que necesitamos son políticas públicas serias, no la versión mejorada del Show de las Estrellas.

Un listado de los concursos que se me vienen a la cabeza:

Mujeres talento
Olimpiadas del conocimiento
Mejor taza de café
Gánate un iPad
Quién se le mide
Encarrétate con el Agro

Solo les falta sacar el concurso “Los miserables tienen talento” y que me llegue la invitación a participar a mi buzón de correo. Termino con un cuestionamiento: ¿Cuánto cuesta verle la cara al gobernador cada semana en su versión paisa de Aló Presidente?

 

Epístolas al Apóstol

Enero 13, 2014.

Educación para el autocontrol.

“Quien ha de gobernar una nación entera debe leer en sí mismo, no a éste o a aquel hombre, sino a la humanidad”. Esa frase es del autoritario Hobbes y existe en alguna página del Leviatán. Según Hobbes, los ciudadanos somos un monstruo cuya cabeza es el Estado. Para controlar a ese monstruo que somos, el Estado tiene que tener el monopolio de la fuerza -y de la violencia- y darles a los hombres lo que necesitan para vivir. En primer lugar, el hombre necesita alimento y salud; después, educación y trabajo.

Es cierto que no solo de pan vive el hombre. Pero también es cierto que sin pan no vive, y que además se vuelve una fiera. La escasez vuelve a los hombres violentos y ruines. Yo siempre termino hablando de comida, se me atraviesan por ahí la gelatina, la lecherita, la empanada, las arepas y demás delicias. Lo hago tal vez por mi convicción de que en la escasez de alimento, o en la dificultad para conseguirlo, se encuentra una de muchas explicaciones a la rudeza de nuestro comportamiento. Otra es la falla o ausencia del Estado. La gente no confía en las instituciones del Estado, nuestro monstruo no tiene una cabeza que lo controle. Por eso hablar de instituciones en Colombia es como hablar de nada… vivimos en un tipo de anarquía. Me parece un síntoma de anarquismo que unos muchachitos de colegio cometan un delito de suma gravedad, como lo es una violación grupal a una mujer en completo estado de indefensión, y que aparezcan ante cámaras retando a la sociedad sin temor. En Colombia el sistema de justicia es inoperante, el Estado no tiene ninguna fuerza, ni siquiera simbólica, porque la corrupción a todo nivel ha debilitado las instituciones a tal punto, que cualquiera ejerce la violencia sin temor y con garantía de impunidad.

La convivencia en sociedad debería ser materia prioritaria en el sistema educativo, y esa convivencia se basa en el respeto a unas normas sociales y a unas leyes. Sobre el tipo de educación que necesitamos, pienso que la educación debería estar enfocada al fortalecimiento del Estado y sus instituciones. Esto se lograría mediante la instrucción de los individuos, desde niños, en el respeto a los demás y en el pensamiento colectivo. Los niños deben entender que cualquiera de sus acciones tiene consecuencias sobre los otros, buenas o malas, y que deben encontrar la manera de vivir en paz con los demás en la sociedad a la que pertenecen. Las normas y las leyes existen para facilitarnos la convivencia.

Me gusta mucho el sistema holandés porque en los primeros años la educación tiene unos pocos ejes fundamentales: la lectura, la escritura, la socialización y la disciplina. Los niños trabajan a su ritmo. Se asume que si un niño aprende a leer bien estará en capacidad después de entender y aplicar cualquier tipo de contenido. Si un niño no va un día a la escuela, las maestras tienen la obligación de informar a la policía para que indague por las razones de su ausencia. Si no hay una razón de fuerza mayor -como una urgencia médica-, los padres tienen que pagarle una multa al Estado. Los holandeses desde niños aprenden que con el Estado la cosa es seria, que ellos son parte de un sistema y que deben cumplir ciertas reglas. Los niños reciben un mensaje contundente del Estado: “aquí estoy y su bienestar me importa”. Los padres son la primera figura de autoridad que los niños reconocen, pero cuando entran a la escuela, los niños ven cómo sus padres tienen que rendirle cuentas a las maestras y a la policía. Puede parecer un autoritarismo extremo, porque incluso en la escuela les controlan lo que comen: la escuela les da un estuche en el que cabe un sanduche y una manzana (¡el estuche tiene la forma cuadrada para el pan y también un espacio redondo para la fruta!). En la escuela los dulces están sujetos a estricto control para prevenir la obesidad y los niños solo pueden comerlos en fechas especiales y en cantidades reguladas por las maestras. Si un niño es descubierto con un paquete de dulces, se lo botan y les hacen un llamado de atención a los padres.

A juzgar por el comportamiento de los adultos holandeses, me parece que el sistema es exitoso. El Estado se las ingenia para mantener el control. Los holandeses son respetuosos de las normas, pueden no estar de acuerdo con ellas, pero pocas veces se les ve quejarse a la hora de pagar una multa. Por supuesto que hacen pataletas, pero las hacen en la casa, no en la oficina de algún servidor público. Ellos saben que es mejor pagar la multa para no enredarse en pleitos con el Estado, porque la respuesta que recibirán será siempre la misma: “No hay nada que podamos hacer, usted violó una norma”. Los holandeses saben que las excusas con el Estado no valen y eso lo aprendieron desde niños, desde que vieron a sus padres dando explicaciones en la estación de policía y en la oficina de impuestos.

En Colombia nos vamos al otro extremo. Por ejemplo, le mencioné a un holandés el caso de la niña de 12 años que tuvo gemelos de un hombre bastante mayor en Colombia para saber qué pensaba, y su respuesta fue contundente: “Es un crimen, no hay nada que discutir al respecto”. En Colombia empezamos a buscarle justificaciones a los crímenes: es que la niña aceptó, es que el hombre la quiere, es que mire que viven juntos, es que mire que él responde, es que la niña era una brincona… Nuestro Estado es débil para hacer respetar las leyes porque la mayoría de sus ciudadanos están dispuestos a pasárselas por la faja. Esa predisposición hacia el quebrantamiento de la ley es un generador de violencia que tenemos que cortar desde los primeros años de escuela. Mientras en Suecia las cárceles están vacías, en Colombia están atiborradas de ladrones de baratijas y celulares. Hay quienes piden más cárceles, pero si seguimos a este paso, en algún momento tendremos al Congreso discutiendo la delimitación de nuestras fronteras con barrotes de hierro.

Sobre la educación de los niños, Benjamin Franklin escribió:

“Educa a tus niños para el autocontrol. Edúcalos para que tengan el hábito de controlar sus pasiones, sus prejuicios y su maldad, edúcalos en la razón, y habrás hecho mucho para eliminar la miseria de su futuro y crímenes de la sociedad”.

El sistema holandés también tiene fallas. De lo estricto que es, las personas adultas se parecen mucho a las calles: rectas y planas. Los holandeses se autocontrolan demasiado y eso genera otro tipo de problemas (como la frustración, la depresión y la alta tasa de suicidio). Sin embargo, a pesar de las fallas, la sociedad no es violenta. La razón es que han aprendido desde niños a vivir bajo unas normas de respeto a la autoridad y de convivencia en sociedad.

En fin… Creo que se me está llegando la hora de leer el Leviatán completo. A uno le llega su momento con los libros.

Estanislao

Una frase de Estanislao para aquellos políticos que dicen ser buenos y transparentes, pero que se niegan a responder las inquietudes ciudadanas:

“Preferiríamos que nuestra causa se juzque por los propósitos, y la adversaria por los resultados”.

Epístolas al Apóstol

Enero 3, 2014.

Novela.

Estuve a punto de abandonar la novela. Lo decidí con la misma determinación de los amantes enfermos que todos los días deciden ponerle punto final a una relación tóxica. Pero como los amantes, me desperté directo a la máquina del café y con el pelo aún parado por un lado y aplastado por el otro, prendí el computador y vi el archivo ahí, frente a mí, invitándome a hacer clic. El computador parecía tener vida. La pantalla se comportaba de una manera extraña, me seducían las letras del teclado ergonómico y la forma de lápiz de ese mouse especial que alguien muy generoso me regaló para evitarme el dolor físico que por estos días me produce la escritura. Era tanta la tentación que me olvidé de las recomendaciones del doctor, aunque los músculos de mis brazos se pusieron tiesos de inmediato, la sangre dejó de fluir hacia los dedos. Sin escribir palabra ya las manos me estaban doliendo.

En un intento más, quise darle y darme una oportunidad. Pero antes, le escribí un mensaje muy corto a un amigo escritor que ha leído muchas novelas y muchos cuentos y que quizás se ha enfrentado a la misma sensación de no futuro que suele acompañar los textos. Le escribí porque vi un retuit en su cuenta que decía algo como “es muy fácil escribir novelas malas, entonces para qué escribirlas”. El autor de la frase era uno de esos escritores que se dedican a despellejar a otros. Publican un libro y la arrogancia se les crece. Lo que no me esperaba era que mi amigo pudiera estar de acuerdo con ese tipo de intento de bloquear a escritores novatos. ¿Qué hay de malo en escribir novelas malas, cuentos malos, poesías cortas, cojas, sin rima, sin versos, sin fondo, sin forma? ¿Qué puede ser tan malo en hacer garabatos de dibujos y ponerles color para después colgarlos y disfrutarlos?

Malo es robar, malo es matar, malo es manipular. Me entristece que haya tanta gente empeñada en cortarnos las alas y en no dejarnos crear. Y esos son los cultos, los más educados, que son también (¡vaya ironía!) los más arrogantes. Pretenden ponernos a competir para ser los mejores, no importa que eso implique pisotear a todos los regulares que somos felices con nuestros garabatos. Le mandé pues un mensaje a mi amigo en modo telegrama para preguntarle si algún día me dejaría leer sus novelas. Me respondió en modo pequeña carta para decirme algo que tampoco esperaba; que si ninguna editorial las publicaba, sus novelas morirían con él. También me dijo que por favor no le respondiera de la misma manera a su egoísmo, y que le permitiera leer la mía. Me quedé pensando en que aquel escritor famoso tal vez no midió el alcance de sus palabras. La verdad es que yo tampoco les mido a mis palabras su potencial de alcance. Las palabras se parecen mucho a los tiros al aire.

Por supuesto que si termino ese mamotreto se lo entregaré a mi amigo para que lo lea. Yo escribo por gusto y porque me da la gana. Me importa muy poco lo que piensen quienes se dedican a repartir bendiciones y maldiciones por ese agujero negro de palabras que es Twitter. Allá casi todo es permitido, hasta cortarles la inspiración a poetas y a escritores novatos, para después, acto seguido, protestar contra la violencia. No me importa lo que se diga allá, en ese vertimiento de letras, donde muchos famosos inflan sus cuentas con seguidores falsos, y se atreven a hablar de decencia y a criticar a los corruptos mientras tratan de manipular la opinión pública con sus cuentas infladas y sus comandos de retuiteros. No veo mucha diferencia entre comprar votos y comprar seguidores troles con fotos de huevos. Tan indecentes los unos como los otros.

Otra frase tomada de la cuenta de Twitter de otro escritor criollo: “Si alguien escribe y cree que le fluye, algo está haciendo mal”. Y una de Sábato: “Un buen escritor se conoce por lo que borra”.

Según todos ellos soy una candidata perfecta a pésima escritora, porque creo que me fluye, casi no borro y además todo lo que escribo me encanta. No tengo ningún problema con ser pésima escritora porque no tengo ambiciones ni de publicación ni de participar en concursos de talento, mucho menos de talento femenino. Los innovadores de la igualdad de género nos cambiaron el reinadito de belleza por el del costurero. Y así es que vivimos, Apóstol, rodeados de gente que nos presiona para ser excelentes y también infelices.

Epístolas al Apóstol

Enero 1, 2014. Tuteo.

Me llama la atención la puja entre el tuteo y el voseo de la gente en general, y la mía en particular. Nunca tú, nunca nada para ti. Sin embargo hay un tuteo entremetido, camuflado; un tuteo que es un momento de flaqueza en las letras. Uno cuando habla es uno, si acaso dos. Pero uno cuando escribe es muchos: es uno el que piensa, es uno el que escribe, es uno el que lee de para adentro y es uno el que lee en voz alta o de para afuera. El que borra es otro que no es uno. El que tutea debe ser entonces un uno conmovido, cercano, demasiado íntimo, que se le coló al perverso que borra.

Bon Yurt

Las cosas ya no las hacen como antes. Hace años uno compraba un Bon Yurt y era un problema vaciarle las Zucaritas sin hacer regueros. Esos eran los maravillosos años de lenguas cortadas por tapitas de aluminio y tarros de lecherita. Hoy es el tiempo de la nostalgia. En el tiempo de estos días se puede hacer la mezcla sin dificultad porque el yogurt ocupa menos de la mitad del tarro y las Zucaritas son tan poquitas que nadan a sus anchas en el yogurt. Las compañías de alimentos nos desajustan la emoción cada vez que hacen ajustes de proporción. Me parece el colmo que Alpina se haya atrevido a reducirles la lonchera a los niños de esta manera. Además, el tarro tiene un problema de diseño muy grave, porque no permite que el dedo índice llegue hasta el fondo para rescatar el yogurt que se queda atrapado en las rendijas. La próxima vez que pase por una tienda les voy a meter una cartita en el buzón de sugerencias. Si no es posible que nos devuelvan el contenido y el reguero, les voy a sugerir que, por lo menos, diseñen un tarro que permita meter la cabeza completa. Les voy a sugerir que nos vendan el Bon Yurt en ponchera.

 

Sobre la escritura

Escribir. No sé qué pensar de la escritura. Para mí es un músculo que ejercito más que cualquier otro. Si mi aspecto físico estuviera determinado por mis ejercicios de escritura, sería una musculosa, una macancana capaz de clavar en el pavimento de un manotazo a todo el que me irrespetara en la calle. Con seguridad no tendría que hacerlo, porque los espantaría con una mirada de culo que los dejaría apuntando con los ojos al suelo. Nunca me he detenido a reflexionar sobre lo fácil o lo difícil que es la escritura, prefiero mantener mi disciplina de escribir sobre cualquier cosa sin sentir pena si a otros mis cosas les parecen tontas. No me preocupo por eso, comparto sin la preocupación del ridículo. Lo que me parece de una dificultad extrema es dedicarse a escribir con el deseo de impresionar -aunque para eso haya que usar los pellejos de otros escritores-. Escribir por gusto me parece muy fácil. Hay gente que por gusto va al gimnasio, otros pintan o reparan carros. Yo escribo y como helado con banano y chocolate derretido. El helado tiene que ser de vainilla (esto para dejar claro que soy muy radical en todo lo que tenga que ver con los helados que involucran banano).

Mi grito de independencia: ¡Qué vivan los espontáneos!

Y una frase de Estanislao: “Solo quien escribe, realmente lee”.

Mis ejercicios de escritura han aumentado mi capacidad de entender lo que escriben o dicen otros. Leer no es juntar consonante con vocal; hay que hacer un esfuerzo por entender lo que se lee para que no nos ubiquen en el vergonzoso grupo de los analfabetos funcionales, muchos de los cuales tuvieron oportunidades de aprender a leer -hasta en la Universidad de los Andes-, pero las desaprovecharon por estar trepando escaleras sociales. El analfabetismo funcional es un mal común entre políticos y senadores de la República de Colombia. Por eso hay tanto experto en aprobar leyes enmicadas y en diseñar políticas gazapas sin presupuesto para ejecutarlas. Nuestro problema con la lectura es la falta de escritura.

Para mí escribir es esto que acabo de hacer: juntar palabras para contar. También hay formas de contar. El escritor de oficio aprende a contar lo que pocos cuentan.

Nota: La columna que motivó este texto. http://www.elespectador.com/opinion/si-escribir-fuera-columna-524199

Elegía de mis octubres

Los que le han arrebatado hombres y mujeres a la vida en nombre de unas ideas diestras o zurdas, en cualquier caso fatuas, me dan tanta grima como sus ideas. Siempre tratando de convencer al otro por la fuerza de las armas o del grito o del silencio obligado; siempre tratando de conquistar mentes para su causa y cuerpos en masa para su guerra. Y no me vengan con que Simón Bolívar y con que la independencia, porque: ¿Cuál independencia? ¿La del desfile militar veintejuliero? ¿La del cambio de tiranos? Ya que su estupidez es inolvidable, que se nos conceda el favor de que sea al menos perdonable. Aunque hay algo que se les puede agradecer a todos aquellos que, por los siglos de los siglos, han sido los mercaderes del horror, de la paz y del olvido. Muchas gracias por todo el arte que causaron. Gracias, miserables, por la Elegía de Miguel Hernández.

 

“Los llamaban locos”

Alguien desempolvó una foto mía que refleja mi época de Diana más ilusa. En la foto tengo la camiseta de Compromiso Ciudadano por Colombia. Yo soy muy crítica, lo sé, casi insoportable. Yo me soporto porque me toca, los demás están en libertad de bloquearme y de sacarme de sus asambleas, listas y reuniones. Lo pueden hacer con tranquilidad y cuando se arrepientan, porque seguro les hará falta mi insoportabilidad, pueden volver que yo con gusto les abro la puerta de mi pared virtual. Semanalmente recibo uno que otro bloqueador arrepentido.

En la política tradicional los discursos cambian. Por ejemplo, si a la gente le van a subir el predial, el político tradicional dice que va a trabajar para que no suban el predial. Si hay problemas de movilidad, el político tradicional dice que va a construir un puente con diez carriles (aunque la salida a la autopista tenga uno solo y la autopista dos). Mal que bien, el político tradicional adapta su discurso y su programa a la realidad. En medio de ese dinamismo populista y sagaz de la política tradicional, ve uno a los políticos alternativos -a los de jean desgastado, corbata heredada y eslogan de moda- pedaleando en una bicicleta estática, repitiendo las mismas cosas y replicando los mismos programas de hace diez años. La continuidad es un ideal en las políticas públicas, pero la realidad es dinámica. No todo lo de los políticos tradicionales está mal. Ellos se mueven y están en la jugada, eso se puede tomar de la política tradicional, no el populismo, sino el dinamismo. Nadie va a dudar de la pulcritud de los políticos alternativos porque se hagan una autoevaluación, se pellizquen y se muevan. O que por lo menos se inventen frases distintas porque ya parecen loros.

Repeat after me:

“Antioquia la más Educada”. “La calidad de la educación empieza por la dignidad del espacio”. “No nos robamos ni un peso”.

Eso de no robar es un mandamiento, una obligación moral con el otro y con toda la sociedad. ¡Saquen eso de ahí! No están educando, están adoctrinando con su discurso “mántrico”. Aunque ni siquiera eso, se están autoadoctrinando -que es peor-. De lo repetitivo que es, el discurso ya no se escucha porque perdió la fuerza. Hablo por supuesto por mí, que me hastié, me empalagué como si me hubiera comido una torta Deli entera. Quise construir desde adentro de Compromiso Ciudadano y no encontré un lugar para hacerlo; intenté que me escucharan muchas veces, quise ayudar, pero fracasé en todos mis intentos. Entonces, como no pude construir desde adentro, me tocó tratar de destruir desde afuera esa barricada de egos que construyeron. Lo hago con bombas molotov de palabras a ver si de pronto con eso despiertan, toman aire y se renuevan. A veces hay que destruir para poder reflexionar y construir. Por eso mi crítica es destructiva, y es ahí, en su poder destructor, donde radica su importancia. Ya hay demasiada gente dispuesta a sobarles el saco y a enceguecerlos con el halago.

Se quedaron en esto: “Es que mire, hace 15 años que empezamos nos llamaban locos”. Empezaron y allá se quedaron con el mismo discurso, con la misma gente, con las mismas frases, con el mismo cuento. Superen el comienzo a ver si logramos continuar, pero trabajando en equipo, sin imposiciones ni Fajardismos. (Y nótese la conjugación… parece que todavía soy ilusa).