Un gran maestro

Me regalaron un texto acompañado de una advertencia: “Yo sé que no eres comunista, pero también sé que tienes tu mente bien abierta”. Tiene razón, yo no clasifico en nada que termine en “ismo”. Todo lo terminado en “ismo” tiene implícito mucho radicalismo y algo de fanatismo. Por eso no soy ni comunista, ni capitalista, ni feminista, ni anarquista, ni masoquista, ni marxista, ni uribista, ni fajardista, ni santista, ni samperista; y puedo seguir enumerando cosas hasta que de pronto me detenga la duda al llegar al idealismo. Le temo al idealismo llevado al extremo, porque quien vive con un ideal fijado en su cabeza -un ideal de lo que sea-, vive también en la obsesión y pierde la perspectiva de la realidad. A todas estas, me causa mucha gracia que haya existido tanto marxista y que el propio Marx dijera que él no lo era.
No creo que exista un “mockusismo” porque el mismo Mockus no lo ha permitido. Mockus lo que ha sido es un gran maestro para Colombia, por eso perdió las elecciones presidenciales, porque Colombia está acostumbrada a ser gobernada por individuos que crean movimientos basados en la idolatría a su nombre y a su figura. En una Colombia acostumbrada a ser gobernada por caudillos y corruptos, Mockus nos deja una filosofía de vida austera, llena de contradicciones y tartamudeos, pero siempre pacífica y honesta. De Mockus aprendí que el fin no justifica los medios, y que vale la pena perder elecciones y alejarse de los partidos políticos por lealtad a ese principio. De él también aprendí que para educar y transformar individuos no se necesitan grandes inversiones en infraestructura, porque un buen maestro convierte el lugar más inesperado en escuela. Un buen maestro es capaz de levantar escuelas sin usar ladrillos. Para el buen maestro: el individuo es la escuela.

 

La comodidad de la izquierda

En estos días me dijeron que yo era de izquierda “aunque me doliera”. La razón que motivó semejante afirmación fue que compartí en Facebook un texto que hablaba de la pedagogía libertaria de Freire. Según mi contertulio, los grandes aportes a la humanidad los ha hecho la izquierda y lo más terrible lo ha hecho la derecha. Lo curioso es que también he recibido mensajes de otras personas preguntándome, con tono de reclamo, que cuál es mi problema con la izquierda. O sea, cuando les gusta lo que digo soy de izquierda y cuando no les gusta soy de derecha. Así de acomodada es la izquierda en Colombia, tan acomodada y conveniente como la derecha, que aprovecha cualquier tragedia para practicar y predicar el populismo democrático. Yo no tengo problemas ni con la derecha, ni con la izquierda. Difiero vehemente de ciertas personas que pertenecen a la una y a la otra, que es distinto.

En ese tipo de discusiones también me han llamado uribista, conservadora, postmodernista, neoliberal, y hasta habladora de caca. Como si compartir una postura con cualquier persona que simpatice o pertenezca a cualquiera de esas corrientes lo convirtiera a uno en un ser ruin. Entre otras cosas, no he podido entender qué es lo que finalmente significa el neoliberalismo porque lo utilizan sin reparo para referirse a todo lo que no les gusta, tampoco entiendo cuál es el bendito problema del postmodernismo. Mejor dicho, se descuida uno y le van endosando la mierda del mundo en un segundo.

Cuando les pido que me expliquen por qué creen que soy lo uno o lo otro, y les refuto, deciden entrar mejor al terreno del psicoanálisis y me sugieren de manera muy amistosa que aprenda a debatir con “argumentos” para que pueda convencerlos. Básicamente me aconsejan que pierda mi tiempo, porque con dificultad escucharán lo que tenga para decirles. Los fanáticos confunden debate con adoctrinamiento. La finalidad del debate es la simple exposición de argumentos, mientras que el adoctrinamiento busca convencer e imponerle a los otros un modo de pensar. Del adoctrinamiento lo que resultan son borregos fáciles de someter a la voluntad de unos cuantos.

Antes de retirarme, no vencida -como ellos creen-, sino porque hay maneras mucho más divertidas de perder el tiempo, les agradezco la sugerencia y su preocupación por mi “inmadurez política”. No me interesa convencer a nadie de nada, ni siquiera hago un esfuerzo por convencerme a mí misma de algo. Escucho, leo y pienso para tratar de entender la complejidad de nuestra realidad y de liberarme de mis propios prejuicios. Esa es mi tarea diaria. Pero ser crítico, mostrarse en desacuerdo, y no dejarse adoctrinar ni clasificar en ninguna de las nefastas categorías del pensamiento extremo que tanto daño le han hecho a Colombia y a la humanidad, es razón suficiente para ser callado y matoneado a tuiterazos que echan mano de un argumento fortísimo: “usted es un neoliberal”. Eso no es un argumento, pero sin duda, lo que sea, es contundente. ¿Qué puede responder uno a semejante bobada?

Cada vez que escucho la palabra “neoliberal” algo ocurre en mi cabeza; la palabra es reemplazada rápidamente por “nada”. Es que de tanto que la han machacado, la pobre palabra para mí ya carece de algún significado. Y da grima ver cómo los debates de temas importantes para el país terminan convertidos en una bufonada parecida al programa de la señorita Laura Bozzo: ¡Qué pase el próximo Ministro neoliberal!

Tienen hasta razón mis contertulios en confundirse conmigo; me encanta la diversidad y pienso que cada cual tiene razones para pensar de determinada manera. Tengo amigos muy queridos uribistas, conservadores, liberales, recalcitrantes, de derecha, de izquierda, de centro, trogloditas, y libertinos. Y me encanta hablar con todos y descubrir que son más nuestras coincidencias que nuestras diferencias: todos necesitamos comer, queremos tener un sistema de salud y educación de calidad, no queremos que nos roben, y nos preocupa la justicia, entre otras muchas cosas. Nuestras diferencias radican, quizás, en la visión y en lo que cada uno considera prioritario, aunque también en las formas de conseguirlo. Sin embargo, ni todos los uribistas se parecen a Uribe, ni todos los conservadores se parecen al Procurador, ni todos los que simpatizan con ideas de derecha son paramilitares, ni todos los que simpatizan con ideas de izquierda son guerrilleros o mamertos. Ésa clasificación absurda nos mantiene estancados.

Y como para concluir este texto con un diagnóstico: soy una indefinida. No me identifico ni con la derecha, ni con la izquierda, ni con el centro-derecho, ni con el centro-izquierdo. Alguna vez pensé que me gustaba el centro-centro y después de un tiempo me empezó a parecer demasiado insípido. Tampoco sé si soy neoliberal, postmoderna, o una combinación de ambas. Lo único que tengo claro es que políticamente no me hallo, y que cuando creo que me hallo, al final me doy cuenta de que no tengo vocación de borrego. Es cierto que escribo mucha caca, en eso también les concedo la razón a mis contertulios y además les agradezco que la lean. Yo también los leo, en silencio, pero los leo. A ver si poco a poco y con paciencia nos vamos entendiendo y tolerando.

Las cárceles

Las cárceles hay que humanizarlas. La libertad es un precio demasiado alto como para que los equivocados y víctimas de la misma sociedad en que nacieron tengan además que vivir entre excrementos, respirar un aire infecto y vivir en un literal confinamiento. Es triste ver gente “educada” clamando por una justicia con tintes de revancha. La idea de justicia para cada quien es diferente, sólo las personas civilizadas se niegan al ojo por ojo y al diente por diente. Una persona civilizada no necesariamente es una persona educada, una persona civilizada es capaz de sacrificarse hoy por la esperanza de un futuro tal vez mejor. Una persona civilizada se detiene para romper una pequeña cadena de violencia y le entrega al sistema de justicia sus deseos naturales de venganza. Pero nuestro sistema de justicia hace mucho colapsó, nadie está conforme y eso empeora nuestra violencia. La gente va por el ojo, por el diente, por la casa, por la mujer, por lo que puedan; y por la vida. La justicia es negligente y con su incompetencia incrementa la sed de venganza de los ciudadanos. Tal vez eso explica el estado de las cárceles y los presos: “que se pudra esa escoria humana”. El Estado les pide a sus ciudadanos civilidad pero les da el mismo tratamiento que a la basura. Tenemos un Estado inhumano y el Estado somos todos. ¿Qué pasó con la compasión? ¿Cómo salirnos de esta lucha mortal por la sobrevivencia? Mis argumentos en defensa de la humanización de las cárceles no son tanto los presos como sus hijos, trato de imaginarme cómo serán los niños que crecen viendo a sus padres tratados como cerdos y a sus madres maltratadas en filas tan largas que duran lo que duran las madrugadas frías, hambrientas y mojadas.

La madre de todas las instituciones

A Marcola, el capo brasilero capturado, se le nota la lectura en sus palabras, y también se le notan muchas otras cosas. Se le nota el pensamiento, la reflexión sobre un problema complejo del que se reconoce parte. Irónico que sea un criminal el que desnude estas verdades y que aparente ser más leído que la mayoría de nuestros políticos, que en su ambición de conquistar votos para ganar elecciones se dedican a prometer ‘mano dura’ y ‘seguridad’, aun sabiendo que no podrán cumplir sus promesas. No en un país con un Estado permeado por el crimen y con todas sus cárceles agotadas.

¡Qué hagan más cárceles! dicen los potenciales votantes. Pues las hacemos, mienten los candidatos. El infortunio de años de haber sido gobernados por incompetentes nos ha llevado a vivir en una especie de caos, a sobrevivir como buitres al acecho de una presa debilitada en un desierto. Somos un pueblo maleducado que desconfía del Estado y del vecino.

Nos metieron en la cabeza que nuestros problemas tenían nombres de capos y grupos criminales, pero si nos preguntáramos quién nos ha hecho daño y porqué, nos daríamos cuenta de que nos dañaron las personas que amábamos, o el burócrata incompetente y afanado por su hora de almuerzo, o el empleado de un hospital que incapaz de sentir el dolor ajeno nos dijo ‘haga la fila’, o el gerente de una EPS que no contento con los resultados decidió dilatar los exámenes complementarios y las quimioterapias, o el profesor que nos hizo creer que no servíamos ni para los números ni para las letras. En la mayoría de los casos han sido personas corrientes las que han marcado nuestras vidas, para bien o para mal, no guerrilleros ni paramilitares. Nadie niega el gran impacto social que han tenido, pero también debemos asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos.

Yo que soy una mujer de ciencia me reconozco parte del problema, pero también de la solución. Por eso no creo en promesas de campaña de candidatos que se presentan como ‘salvadores’, porque sólo la voluntad y el compromiso individual nos pueden salvar de dañar a otros. El individuo puede  romper las cadenas de violencia.

El ideal no es que nos gobiernen bien, el ideal es que nosotros nos gobernemos bien a nosotros mismos, porque la justicia y la paz no serán más que utopías mientras sean impartidas por personas de moral blandengue y corrupta. Un solo corrupto en cualquier institución la desprestigia y la debilita. Y la familia es una institución, quizá la madre de todas las instituciones.

Furia social

A los campesinos del Catatumbo no les faltaba sino que las Farc saliera a decir que los apoyarán con sus armas y sus balas, como si no tuvieran suficiente ya con la estigmatización de la protesta social.

Lo he dicho y lo repito: la paz no se firma entre dos partes. Porque una cosa es el protocolo y los acuerdos que ellos hagan, y otra muy distinta la realidad de la gente. Será muy difícil vivir en paz si las personas no tienen un ingreso que les permita obtener el alimento y suplir, al menos, sus necesidades más básicas: salud, vivienda y educación. Y el alimento es requisito indispensable para la salud, y la salud es requisito para todo lo demás. Las protestas sociales son justas porque la gente está preocupada por su sustento. Todos sabemos que el hambre da mal genio, y es lógico, porque uno para funcionar, para razonar, necesita glucosa y proteína, también grasa. Por eso es que la gente con hambre es tan brava, por algo que se llama instinto de sobrevivencia.

No me explico cómo es posible que nuestros gobernantes permiten que los conflictos escalen de esta manera, como si no tuviéramos un Bogotazo en nuestra historia como prueba de los estragos que una masa enardecida puede llegar a causar. Para las demandas de la gente el gobierno casi siempre ha tenido la misma solución: subsidios. Y si a la gente no le gusta, entonces también tiene gases, bolillo y hasta bala. Tengo entendido que fue así como se formaron las guerrillas, entonces podríamos estar repitiendo la historia; se firma la paz con un grupo para abrirle paso a otros.

Toda decisión tiene efectos sociales, por eso se necesitan expertos de diferentes disciplinas para evaluar los impactos. Pero es común ver saltar burócratas de puesto en puesto y de tema en tema como si tuvieran múltiples talentos. Pasan de manejar temas de vivienda a manejar temas ambientales, o de los ambientales a la ciencia o a dialogar la paz, o de la cámara de comercio al ministerio de educación, o del ministerio de hacienda al de minas. Y esos saltos burocráticos no son exclusivos de este gobierno, vienen de tiempo atrás. También se podría hablar entonces de la existencia de un carrusel burocrático que causa detrimento al patrimonio por la improvisación en el diseño de las políticas públicas. ¿Cómo no va ser caótica la situación, si estamos padeciendo las consecuencias de la acumulación de decisiones desafortunadas?

Los niveles de pobreza en el campo son altísimos, hay cifras que hablan de niveles de pobreza y miseria hasta del 98%, aunque las cifras oficiales son más bajas, pero igualmente alarmantes. El paro minero es producto de la improvisación en el manejo del tema de las licencias y de la minería ilegal. Las protestas de los lecheros, paperos y cafeteros son el resultado del abandono del agro y de la falta de políticas que favorezcan su competitividad; eso sumado a los TLC firmados, que tienen al país invadido de productos extranjeros mientras en Colombia los lecheros regalan la leche para no botarla. Los bananeros y los floricultores están en crisis por la revaluación -entre otras cosas-, y los textileros también enfrentan una grave situación que el gobierno aplacó con un incremento en los aranceles a las importaciones, por supuesto en detrimento también de los importadores de materias primas y productos terminados. Unas por otras, como dicen.

La furia social es comprensible porque con tantos sectores productivos en crisis se pone en riesgo el sustento de la gente. Es que en Colombia si no se tiene un ingreso tampoco se come. Y ya expliqué que el hambre es una de las causas del mal caracter.

Material de soporte:

http://www.elespectador.com/noticias/judicial/farc-apoyaran-sus-armas-protestas-el-catatumbo-articulo-435174

http://www.semana.com/especiales/pilares-tierra/asi-es-la-colombia-rural.html

http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/A/a_regalar_la_leche_que_nadie_compra/a_regalar_la_leche_que_nadie_compra.asp

https://www.youtube.com/watch?v=C95qEYCo7es

 

 

“Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta”

Fuente: La Aventura del Pensar, Fernando Savater.

En la conmemoración del día de la raza, por allá en la España de 1936, el general Franquista Millán Astray dio un discurso en la universidad de la que Miguel de Unamuno era rector. El general atacó a los vascos y a los catalanes, calificándolos como el cáncer de España, y gritó consignas para agitar a la masa. Las consignas fueron:

¡Viva la muerte! ¡El fascismo es el liberador de España!

La masa respondió enérgicamente las consignas.

Todos los ojos estaban puestos en Unamuno que, además de ser el rector de la universidad, era filósofo y vasco. Unamuno se levantó y esto fue lo que dijo:

“Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia [...] Pero ahora, acabo de oír el necrófilo grito ¡Viva la muerte! Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general es un inválido de guerra, como también lo fue Cervantes, y en España hay ya demasiados mutilados. Me atormenta pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de la psicología de la masa, porque un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”.

El general no se aguantó y gritó: ¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!

La masa coreó las consignas. Pero Unamuno continuó su intervención sin titubeos.

“La Universidad es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho”.

En un gesto valiente, un catedrático se levantó y se paró a un lado de Unamuno. La esposa de Franco se paró al otro lado. Esta fue la última cátedra que dio Unamuno porque después de su discurso fue arrestado. El acontecimiento ocurrió en octubre de 1936, y Miguel de Unamuno murió de pena el 31 de diciembre del mismo año.

Saliva para el discurso

Somos el resultado de la acumulación de discursos políticos hechos de palabras vacías, discursos a los que les falta saliva. Pero yo tengo un problema con eso, no me gusta y no acepto la retórica de los políticos. Yo quiero que los discursos empiecen a tener significado.

Los políticos a quienes les di mi voto de confianza siguen utilizando el mismo discurso que les escuché la primera vez, hace más o menos diez años, cuando todavía era una estudiante de pregrado en la Universidad Nacional. En ese momento el discurso me pareció esperanzador. Las frases se han ido puliendo, pero el discurso es el mismo: “Educación como motor de la transformación”. Todavía recuerdo el primer día que escuché esa frase, sonaba muy poderosa. Ojalá para muchos siga teniendo la misma fuerza, porque, desafortunadamente, para mí ya no la tiene. En todos estos años de inversión y de grandes esfuerzos la esencia de la educación no ha cambiado gran cosa. La fórmula ha fallado.

Ahora, que se podría decir que soy “muy educada”, eso si me aceptan la acumulación de cartones como sinónimo de educación, estoy aquí utilizando la escritura como recurso para canalizar mis frustraciones. Mi educación desde primaria hasta el pregrado se la debo a los pagadores de impuestos colombianos, porque yo soy una orgullosa exponente de los milagros de la educación pública. Utilizo la palabra “debo” como deuda, porque yo me siento en deuda con los colombianos que pagaron para educarme, bien o mal, y quiero tratar de devolverles algo, aunque mi realidad hoy sólo me permita utilizar palabras para manifestarles mi gratitud. Lo que sí les puedo asegurar es que mis palabras no están vacías. Mis palabras están llenas de vida y de ganas de seguir viviendo.

Mi educación al nivel de maestría y de doctorado ha sido posible gracias a los pagadores de impuestos europeos que han financiado mi proceso de formación por casi siete años. A ellos les he pagado con mi trabajo científico, porque la investigación que he hecho ha sido para el beneficio de su sociedad, en particular de las personas que padecen una enfermedad causada por una intolerancia a algunas proteínas del trigo (enfermedad celíaca). Opté por la financiación extranjera porque con Colciencias todo es muy complicado, allá son expertos en ponerles trabas a los estudiantes o en prestarles plata (como si fuera una entidad bancaria), y yo creo que endeudar a nuestros mejores estudiantes sin el respaldo de una política seria y visionaria, que se perfeccione cada día, es una muy buena estrategia para replicar la pobreza. Allá, en vez de pulir las cosas, las cambian de un tajo y nos dejan a todos volando.

Eso sin contar las vergüenzas que he pasado en mis intentos de establecer puentes para cooperar, porque, para mi sorpresa, me he encontrado con una forma de negociar básicamente de este estilo: “cuánto me da por formar a mis estudiantes y por hacer ciencia para beneficiar a Colombia”. Saben hablar de plata, más no de ciencia. Tampoco hablan del recurso humano necesario para hacer ciencia.

A esos mercaderes de la educación y de la ciencia les informo que mi proceso educativo al nivel de maestría y doctorado, entre matrículas, materiales de investigación, publicaciones producidas y sostenimiento, les ha costado a los pagadores de impuestos belgas y holandeses alrededor de $800 millones de pesos. Por aquí han pasado muchos colombianos; y no nos están cobrando. Me da pena esa forma de negociar, estirando la mano, mientras en el país hay unos niveles de corrupción escandalosos y se nos cierran puertas a los que ya hemos recibido algo de educación pagada con los impuestos de otros, y algunas veces con el compromiso adquirido de regresar a generar desarrollo para el país. Holanda tiene un fondo de becas del que se han beneficiado muchos colombianos.

Nunca he estado alejada de las discusiones del país, me he dedicado a pensarlo en la distancia, y he tocado muchas puertas, especialmente en Antioquia, mi tierra, “la más educada”. Por momentos he sentido la ilusión de encontrarlas abiertas, pero de repente se me cierran sin ninguna explicación. He visto con desilusión cómo los gobernantes de turno, a quienes ayudé a elegir, reciben muy bien la adulación de la ciudadanía mas no sus críticas. Ellos simplemente callan. Estos años de crítica constructiva que les he hecho aún no logro verlos plasmados en algún discurso. Mis preguntas directas hechas por Twitter a la cuenta de la Gobernación de Antioquia tampoco han sido resueltas. Y mis preguntas no son raras: que cuando sale la convocatoria para proyectos de investigación, que cómo se garantizará la calidad científica de los proyectos, que dónde sale el listado de los proyectos elegidos y que cuál fue el criterio para elegirlos; porque yo presenté uno y nadie me dio razón de él. A todas esas preguntas pensaran ellos que respondieron con una explicación oficial “en plastilina” sobre lo que son las regalías. Pero su explicación no resolvió ninguna de mis preguntas, al contrario, sirvió para aumentar mi frustración. Me sentí tratada como una niña a punto de obtener un título de Doctor en filosofía, el mismo que tiene el Gobernador, quien no ha logrado incluir la ciencia en su discurso. Es que la existencia de grandes edificios -como Ruta N- no es garantía de que se hará ciencia para generar conocimiento. El Parque Tecnológico de Antioquia es un ejemplo claro de lo que les puede pasar a los edificios cuando no hay una estrategia bien pensada que les sirva de soporte. Irónicamente, quienes tenemos algún conocimiento y la voluntad de discutir para sentar las bases de las políticas públicas de ciencia, estamos al vaivén de la coyuntura de Colciencias y por fuera de toda discusión. Entonces yo no entiendo a qué se refieren exactamente cuando utilizan el eslogan que dice que “estudiar vale la pena”.

Para mí estudiar ha valido la pena porque aquí estoy escribiendo mi opinión en plena conciencia y libertad. Le he perdido el temor a la discusión y a la argumentación. Aprendí a eliminar de mi vocabulario la frase “con todo respeto” antes de hacer una pregunta, porque entendí que mis preguntas no son ofensas. Preguntar y cuestionar son verbos fundamentales que todo ciudadano crítico y comprometido debe aprender a conjugar. Para eso me ha servido la educación. Los reconocimientos que he obtenido a lo largo del proceso sólo han servido para inflarme el ego y hacer más dolorosas mis caídas.

No veo claro que me pueda dedicar a la ciencia debido a las caóticas circunstancias actuales, porque como cualquiera necesito un sustento. En este momento de mi vida he llegado a entender perfectamente a qué se refería Einstein cuando decía que la ciencia era maravillosa si uno no tenía que ganarse la vida con ella. Es apenas comprensible que la mayoría de los políticos no entiendan esa frase porque sencillamente nunca han hecho ciencia. Con seguridad no han sentido su corazón latir más fuerte con cada pequeño experimento, ni tampoco lo han sentido apagarse en algún supermercado al darse cuenta de que la comida no se compra con satisfacciones.

Nunca he esperado que me respondan de manera particular, porque yo hago parte de un colectivo de colombianos exiliados de las oportunidades. Lo que sí sigo esperando con ansia es que el discurso de los políticos, por lo menos el de aquellos que se apropiaron de las banderas de la educación, empiece a incluir a las personas que con mucho sacrificio hemos sabido superar los obstáculos impuestos por la sociedad, y que nos hemos resistido a la violencia consagrando nuestras vidas a la educación y a la ciencia. Colombia nos necesita.

Cumpleaños

A uno con los años dizque se le crecen unas cosas y se le cuelgan otras. Los primeros signos de vejez para mí son la encrespada de cejas y el descuelgue de un gordo por encima del resorte de los calzones. Les sorprenderá mi lenguaje tan coloquial, pero es que yo le encuentro un encanto muy especial al lenguaje ordinario, ése que los intelectuales tal vez llaman lenguaje poco elaborado. Pero qué más se puede esperar de alguien cuyos recuerdos más queridos provienen de las montañas que rodean a un pueblo empinado y, la verdad, poco agraciado. Es que aunque la mona estudie no se le quita lo guasca, y aunque yo quiera mucho el pueblito, mi mero amor no lo va a embellecer. De pronto lo pueda poner un poquito más pispo. Volviendo a la vejez, a mí me parece muy bueno cumplir años, por eso espero cumplir muchos, así me toque caminar arrastrando las orejas -porque esas también crecen-, o cargándolas como si fueran la cola de un vestido de novia. El asunto de las cejas es menos engorroso, me puedo hacer dos trenzas, una en cada ceja, y me las amarro por detrás de la cabeza. La solución para el descuelgue del gordo es todavía más simple; me compro los calzones más grandes. Y listo.

Feliz Cumpleaños.

La plastilina

A mí me gustaba mucho el olor de la plastilina nueva. Todavía me sigue gustando mucho. Cuando voy a alguna papelería, en Colombia, por supuesto, porque aquí el Play-dough es tan insípido como el pimentón -que ni sabe ni huele-, aprovecho para darme un “pase” de olor de plastilina para viajar en el tiempo. A mí me daba mucha rabia cuando la plastilina se me juntaba y perdía sus colores. Porque independientemente del cuidado que tuviera en las proporciones de mezcla, siempre me resultaba el mismo color horrible, que no era ni café, ni rojo, ni morado. El color resultante era como el color de las vísceras de los pollos que nos comíamos en la casa. Además, en ese estado, ya la plastilina olía a mugre. No me quedaba más alternativa que ir desvaneciendola en pequeñas bolitas en la basura, y cuando ya estaba a punto de acabarse, le decía a mi mamá que irremediablemente le tocacaba comprarme una caja nueva. Y que ojalá de las grandes, para evitarle futuras fatigas.

Plastilina

El mejor vividero

Mucha gente dice que Colombia es el mejor vividero del mundo. Pero yo que he vivido lejos por varios años y mantengo mis ojos y mi corazón más allá que aquí, en Holanda, les puedo decir, sin temor a la injusticia, que eso no es cierto. Los que dicen eso debe ser porque desafortunadamente no han vivido en lugares donde uno monta en bicicleta en la madrugada sin temor de que un violador aparezca en la esquina más inesperada. Aquí no muere gente de manera violenta todos los días, y puede ser que haya corrupción, pero no se ven personas durmiendo en las calles o muriendo en las puertas de los hospitales esperando a ser atendidas. Aquí la violencia y la corrupción no son aceptadas como normales. Me atrevería a decir que Medellín no fue elegida como sede de los olímpicos juveniles por la violencia.

Yo quiero a Colombia, pero por fortuna mi amor nunca ha sido ciego. Le veo lo bonito y lo feo, y con dolor les digo que nos han engañado al hacernos creer que somos “los más” en alguna cosa. Para poder cambiar en algo las cosas, primero tenemos que aprender a verlas como son: Colombia no es el mejor vividero del mundo; ni siquiera es el mejor cagadero porque allá los inodoros se taquean mucho.