Parques del Río y otras megaobras

La Alcaldía de Medellín defiende la intervención de Parques del Río argumentando que si los ciudadanos nos apropiamos del espacio del río, los habitantes de la calle se alejarán. En su lógica unos se tienen que apropiar para poder expropiar a otros, que además también son ciudadanos, aunque vivan en la calle.

En estos días un reconocido líder del performance de la bicicleta celebraba el  fallo de tutela que permitía la continuidad en la construcción de un tramo de cicloruta diciendo que había ganado la ciudadanía. Y a mí me pareció curioso que él no considerara ciudadanos a quienes pusieron la tutela que, según entiendo, pedía detener la obra mientras les explicaban a los directamente afectados de qué se trataba y por qué el interés de hacerla en una calle y no en otra. Me parece además extremo que conviertan todo en un pulso de egos y que a quienes piden una explicación les quiten incluso la categoría de ciudadanos (al menos en el uso del lenguaje).

En Medellín llevan años desplazando a los habitantes de la calle, los han estado barriendo como si fueran polvo y por eso están hoy todos concentrados en la Plaza Minorista. El río tiene 3500 habitantes que tendrían que haber sido tenidos en cuenta en la planeación del proyecto. Pero no, en Medellín lo humano parece pasar siempre a un segundo plano; lo que importa son las obras físicas porque esas nos recordarán siempre el nombre del gobernante que las dejó, aunque se haya improvisado en su construcción y terminen por hacernos sentir extraños en nuestra propia ciudad.

En los últimos años los gobernantes de Medellín, cargados de buenas intenciones y de arrogancia, han embellecido la ciudad desplazando todo lo “feo” y abordando apenas de manera muy superficial las causas de los problemas. Tenemos un megapuente que de noche se ve precioso por la iluminación y que de día se ve monstruoso por la congestión. Ahora tenemos la megaobra del río que condena a la gente a quedarse en la casa por temor a los trancones y a la multitud de un Metro que no da abasto en horas pico. A eso dicen que es hora de sacar la bicicleta, desconociendo que no todo el mundo puede (o quiere) transportarse en una. Ahora se le ocurrió al Alcalde prohibir el tránsito de vehículos de carga a ciertas horas, medida que atenta contra el derecho al trabajo de los transportadores de carga en una vía de uso nacional.

En cuanto a educación -lo fundamental y convertido en muletilla de campaña política-, tenemos unos megacolegios con tableros de última generación que son utilizados por unos maestros acorralados por la violencia y por unos estudiantes rajados en varias pruebas (si se tiene en cuenta el desempeño frente a la inversión) y seguro confundidos en medio de sus dramas adolescentes. Al Alcalde se le ocurrió que sería mejor inventarse su propio sistema de medición para no salir tan mal librado en las pruebas.

Pasando de Medellín a Antioquia (por aquello de la Alianza AMA que nos vendieron Aníbal y Fajardo para salir elegidos), tenemos unos parques educativos que serán entregados en los últimos meses de gobierno a una tasa de diez por mes para poder cumplir con la meta de dejar ochenta en casi todo el departamento. Del contenido educativo y de la estrategia de sostenibilidad se conoce poco. Las megaobras contrastan con las escuelitas rurales de techos remendados  a las que llegan sillas nuevas para unos niños que preferirían tal vez sentarse en el suelo y comerse un buen desayuno antes de ir a educarse.

Tenemos maestros rurales solos en las escuelas encargándose de niños de distintas edades al tiempo -en algunos casos hasta de más de veinte-. A los más pequeños deben enseñarles a juntar consonantes y vocales, mientras a los más grandes deben motivarlos para que continúen con el bachillerato en el pueblo más cercano. Los poquitos que logran llegar al pueblo se encuentran con unas fantásticas olimpiadas del conocimiento que los separan en dos grupos: unos pocos ganadores y miles de perdedores; entre los que se merecen el reconocimiento y una beca, y los que harán parte del bulto, desconociendo el gran esfuerzo de muchos que caminaron por años varias horas para poder llegar todos los días a su escuelita de techos y pisos remendados.

Si replicaran a estas palabras me dirían que también tienen un programa más amplio de becas, y yo les replicaría otra vez preguntándoles cuál sería entonces el propósito de las olimpiadas del conocimiento y del gasto exagerado de dinero en el formato de un programa tipo El precio es correcto, habiendo aún tantas necesidades básicas insatisfechas. Me responderían quizás que el propósito era poner de moda la educación, volverla popular, y yo les volvería a replicar… Así seguiría, hilando fino, hasta llegar a su fundamento, porque un programa que pretenda ser educativo tiene que tener alguno. Y sería maravilloso que me replicaran con cifras: número de escuelitas rurales que recibieron mantenimiento por cada parque educativo construido, número de maestros por niño (urbano y rural) y calorías reales consumidas por niño en el restaurante escolar.

Termino esta retahíla diciendo que los que se enojan con quienes nos atrevemos a señalar los vacíos que vemos, los que dicen que hay que ver siempre lo bueno y se hacen los sordos ante la crítica para evitarse un dolor de ego, son también personajes poco constructivos para la sociedad. Al menos yo señalo vacíos que, de ser atendidos, nos ayudarían a mejorar.

Son poco constructivos porque han decidido ver sólo lo que para ellos es bueno y nos han impuesto a los demás su visión de progreso, anulando, poco a poco, con disimulo y gran indiferencia, nuestro derecho a la protesta. Hacen daño al creer que se puede avanzar hacia la paz que tanto pregonan excluyendo los puntos de vista de los demás.

Diana Londoño.

Vacas flacas

Es lamentable la situación de Fajardo. Vi una campaña en la red que se llama “Yo creo en Fajardo” y la leí como un llamado a cerrar filas.

En su defensa se argumenta decencia y desconocimiento de que el esposo de la funcionaria era el beneficiario de la concesión para explotar la cantera en cuestión -de la cual sospecho tendrá si acaso tres piedras-. Yo creo que así fue; hubo descuido, o mejor, hubo una cadena de descuidos de los funcionarios que debían revisar las concesiones antes de ser firmadas por el gobernador. Sin embargo, ni la decencia, ni la omisión, ni el desconocimiento eximen al gobernador de la falta disciplinaria cometida. La decencia y la moral son conceptos bastante subjetivos.

Cuando quise unirme y ayudar, cuando les pedí que me escucharan, los fajardistas cerraron filas creando una barricada alrededor de su líder. Guardaron silencio, nunca me respondieron por mis proyectos, se hicieron los que me escuchaban pero en realidad nunca lo hicieron, tampoco respondieron con claridad las preguntas nacidas de mi compromiso como ciudadana. Cuando manifesté mi desacuerdo no faltó el que me mandara a buscar otro partido (como si el fajardismo fuera uno).

Ahora, en la época de vacas flacas, soy yo la que guarda silencio. No me les uno al llamado a cerrar filas alrededor de un individuo al que con fe ciega idolatran. Lamento todo el daño que los fieles le han causado a Fajardo -y a la política en general- al no admitir puntos de vista contrarios y al no hablarle a él con firmeza y claridad.

A las instituciones hay que honrarlas, y aunque el Procurador sea un personaje nefasto, la defensa del gobernador tiene que argumentar algo más que decencia, porque la gente decente también se equivoca y tiene que rendir cuentas. Aunque duela, hay que aprender a asumir con entereza las consecuencias de los errores. Y para mí el peor error de los fajardistas ha sido la arrogancia. Tan nefasto es el Procurador para el país, como el hecho de que el fundamento de los movimientos políticos no sean las ideas y la deliberación entorno a ellas, sino el culto a algún individuo en particular.

Guardo silencio porque no quiero caerle al caído. Pero en mi silencio esperaré que de todo esto no resulte el gobernador inhabilitado.

Esto me lo encontré en un muro ajeno:

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

Relato de una licencia

Nerviosa, como estaba, dejé al instructor solo en la sala de espera y me fui para el baño a tratar de calmarme. Mujer, por favor, te has preparado mucho para este momento. Espejo del centro, espejos laterales y mirada por encima de tu hombro; esa es la secuencia. Si haces eso todo estará muy bien. Pero si así lo he hecho siempre. No, no lo suficiente. Tómate el tiempo necesario para analizar el tráfico y después actúas. Respira profundo, que no estás en Colombia, nadie te va a pitar, no te van a insultar, nadie te gritará burra por hacer el PARE donde dice PARE, ni se te van a pegar de la placa para presionarte. Nadie se bajará de otro carro con cruceta en mano para amenazarte. Tranquila.

Entré a la sala y me senté en la mesa número seis frente al evaluador. Ahí me explicó la dinámica del examen y me dijo que lo único que tenía que hacer era conducir con él sentado a mi lado, pero que me olvidara de eso y me concentrara en el tráfico, que tratara de resolver de la mejor manera mis errores y los errores de los demás usuarios de la vía -incluidos peatones y ciclistas-, y que, mientras yo conducía, él hablaría con el instructor sobre cualquier cosa, no para distraerme, sino para ayudarme a estar tranquila. “Si en algún momento quieres que nos callemos, nos callamos; si te equivocas, lo resuelves; pero por favor, siempre: be social”. Eso fue lo último que dijo antes de que nos montáramos al carro.

Después de casi cincuenta minutos de dar vueltas, de ir a la derecha, a la izquierda, pasar por zonas residenciales, cebras, ciclo rutas, y de entrar a la autopista, me dijo que nos regresáramos al centro de conducción. Nos bajamos del carro y caminamos en silencio de nuevo hacia a la mesa seis. Yo estaba tranquila porque sentí que lo había hecho bien, salvo en una ocasión en la que quería posicionarme bien en la vía, al lado derecho, y quedé en la mitad porque la vía se dividió en tres de repente y no en dos. Aparte de ese, no podía recordar ningún otro error. El evaluador me estiró la mano, y con una sonrisa preciosa, liberadora, que me catapultó a la dicha, me dijo:

“Felicitaciones, puedes conducir en Holanda”.

No creo que el evaluador tenga una idea, siquiera vaga, del gran esfuerzo que hice para librarme de todos los malos hábitos adquiridos en el tráfico caótico y frenético de Medellín; la ciudad más innovadora del planeta.

Mejor no.

Hay siete cosas
que es mejor
no decirle a alguien
que hace poco tiempo
ha perdido a su padre:

¿Ya te pasó un poco el dolor?
¿Te sientes mejor?
¿Has hecho cosas divertidas?
Sé exactamente cómo te sientes.
Por fortuna tienes a tu madre aún.
Para él fue lo mejor.
Levanta la cabeza, todavía estás joven,
todo estará muy bien.

Autor: Bette Westera. 
Traducción del holandés: Diana Londoño.  

 

 

Tranen

Het voordeel van ‘s nachts te huilen is dat de sterren, gezien door tranen, veel groter zijn.

Manifiesto del impopular, el incoherente y el retardado: Minifiesto.

Sé que te contesto tarde y eso, en cierta medida, es intencional. Ya decía un profesor mío que la instantaneidad sólo existe en un plano ideal, al menos cuando uno habla de cosas causales. La tecnología ha eliminado esa no-inmediatez y a veces lo pone a uno contra la pared cuando le aterrizan racimos de palabras en directo, pero bien dicen las señoras que uno en camisa no debe lidiar con racimos porque esa mancha no sale.

Se ha de poner, pues, un costal en la puerta -buffer, que llamamos los wonks- mientras uno respira, mira los racimos por la ventana, se pone el delantal, y alista el cuchillo y la piedra de amolar, porque ese es el proceso de la causalidad. En aquellas cartas de Caicedo, ya recurrentes en nuestra propia correspondencia, él contaba justamente con el retardo: ese tiempo que el barco tardaba en traerle los racimos de sus amigos y que él venía a ver aún después, porque cuando llegaban, él andaba alejado de su domicilio oficial, quizá lavando el delantal.

Comparto tu indignación con los que te tergiversaron el texto, pero me alegra bastante que tus opiniones hayan tenido un vitrinazo extra. Sabes que comparto tus ideas sobre lo que debe ser una democracia participativa, deliberativa, y también comparto muchas de tus quejas puntuales. Debo decir, sin embargo, que me embargo en un silencio -también intencional- sobre las desventuras de nuestras instituciones y servidores públicos, siendo lo primero más doloroso, aunque al son de lo segundo. Esos compases de silencios se los atribuyo a una especie de desesperanza y agotamiento, porque las afecciones que nos preocupan son increíblemente inmunes a toda perturbación. Pareciera que por diseño tuvieran mecanismos para perpetuarse; y me leo ingenuo al escribirlo porque de facto los tienen (de facto es también una muy buena banda, valga decir).

Que no se diga que me he rendido, pero sí necesito sentarme un rato al lado de la carretera. Ciertamente -acudo a la muletilla noventera de Gaviria, del César- no es este mi momento de mayor lucidez y/o determinación frente a los asuntos de lo público, y eso es bueno porque me da espacio para otros quehaceres menos ingratos. He estado escurriéndome la cabeza y he pulido algunas cancioncitas y unos algoritmitos, que no serán artefactos de mayor impacto instantáneo (el cual no existe), pero son pequeños frutos para promover tímidos episodios de narcisismo e ir poniéndole bases a otras cosas quizá más relevantes. Al mismo tiempo, se explora uno un poquito, para variar la dinámica de querer estar explorando lo que puedan estar pensando, si acaso pueden estar pensando, ciertos sujetos del interés público.

“Man, sometimes it takes a really long time to sound like yourself”, decía Miles Davis. Y no sólo aplica en la música. Revelarse -y rebelarse- toma tiempo y valor, mucho valor, para poder llegar a decir las cosas más impopulares y hasta las más incoherentes. Con el tiempo uno llega incluso a regocijarse en ellas, y quizá por ahí va la ruta hacia ser un viejo cascarrabias, la ruta para irse a las montañas con una pianola a fundar una subespecie alterna y unipersonal para despotricar de todo en elucubraciones vehementes y, en mi caso, censuradas in utero (in utero es también un excelente álbum, valga decir).

Uno le coge callo a la desaprobación y, sin pretenderse muy iconoclasta, puede uno salir del closet y con gran tranquilidad decir cosas tan no-sacras como que uno reconoce y aprecia el legado juglaresco de Bob Dylan, pero que muchas veces no se mama el sonsonetico de masticar espigas y escupir tabaco en una ponchera. A mí me vinieron a gustar versiones más urbanas del blues y muy difícilmente del country: yo qué culpa. Si de arraigos folk se trata, soy montañero y me identifico más con la narrativa verde de los guaduales que con la de las planicies amarillentas del suroeste de más al norte. Veo con buenos ojos que con lo norteamericanizado que puedo ser para algunas cosas, no opte por posar de vaquero Marlboro, cuando en realidad Julio Jaramillo me representa más como juglar, sin serlo tanto.

Me he ido poniendo cómodo con mis chocheras, pero al ser consciente de ellas, he empezado a tener el impulso -sabio, probablemente- de ahorrárselas al prójimo. El problema es que entre las chocheras termino censurando cosas tal vez menos indignas de ser compartidas. Me siento en silencio al lado de la carretera, veo los carros pasar y evito la evangelización estéril:

- Disculpe, vecino: ¿Tiene un minuto para hablar de los Beatles? Sé que le gustan mucho, pero creo que por las razones equivocadas. Verá: a usted le gusta I wanna hold your hand, y eso está bien (porque para los gustos, los colores), pero la verdadera relevancia es blah…

También me la sé con Cerati, pero ya me fui por las guaduas. No pretendo evitar discusiones porque el interlocutor opine diferente, sino porque a veces quiere algo distinto de la discusión, y uno no puede jugar futbol con quien está jugando tenis porque puede acabar tropezándose con la malla. En ese caso, encuentro mejor quedarme en la pianola de las montañas y morderme los codos para no profesar falsas erudiciones. Me autocensuro, también, porque con frecuencia no me siento capaz de declararme en una posición ya que soy inexplicablemente afín a posiciones contradictorias: veo verdad en P y en No-P, aunque en una tónica más ecléctica que oximorónica, y eso me consuela un poco. A lo mejor no es más que un sensato reconocimiento de lo mucho que tengo por aprender. Al parecer mi mantra del momento es solo participar en discusiones en calidad de abogado del diablo.

La coherencia, al fin y al cabo, está tan sobrevalorada como la estabilidad y la inmediatez: el que es excesivamente coherente cae fácilmente en la terquedad más radical. De demasiada estabilidad tampoco puede evolucionar gran cosa, porque, por definición, ella consiste en la preservación del estado original, y para evolucionar hace falta una dosis prudente de aleatoriedad y flexibilidad, un caos bien encauzado (Los Encaosados sería un buen nombre para un mal grupo). Y sobre la inmediatez y las carreras: “vísteme despacio que estoy de afán“.

Esa es una gran frase atribuida, para desgracia mía, a Fernando VII. ¡Ah, si tendrá velas el Reinito de España en este entierro de desgracias socio-políticas que nos tocan!

Apóstol.

 

 

Amigos de palabra y por asalto

Me preguntan a veces por qué conozco a este y a este. Por Facebook, respondo. Mi modus operandi es bastante simple: leer sin prevenciones todo lo que se me aparezca en la pantalla. Por eso digo que, aunque leo mucho, no clasifico ni entre los que leen tres libros al año. Me gusta leer lo que escribe la gente normal, esa que camina y cocina, la que se monta a un bus a vender confites porque es mejor venderlos que robar, o la que se monta al Metro a estrujar, a leer o a mirarles los zapatos a los demás. Yo soy de las que miran zapatos, no para evaluar si su color combina con la cartera o la correa, sino para tratar de imaginar los caminos andados. También me gusta calcular en milímetros la profundidad de las arrugas del ceño.

Los zapatos como objeto decorativo siempre me han parecido desabridos: o muy puntudos o excesivamente chatos, muy de tacón alto o demasiado planos, en cualquier caso, siempre empolvados. Ni para qué se pone uno a embolarlos. La última vez que me puse unos zapatos embolados tenía una entrevista de trabajo, mi papá hizo el menester de embolarlos, ya que mi mamá, para evitar que antes de salir yo les pasara algún trapo engrasado, se anticipó a pedirle el favor de que le embolara los zapatos a la niña.

Los zapatos son uno de mis conflictos cotidianos más banales, porque no crean, yo también quiero estar bonita todos los días; quisiera ponerme vestidos, adornarme con una rosita la cabeza y pintarme los labios de rojo,  pero mi vanidad se derrumba cuando veo un morro de zapatos en la puerta y entonces, para evitarme demoras, decido que quiero calzar los tenis negros, mustios de tanto haber caminado, y me olvido del vestido y de los labios. Cuando he intentado pintarlos me siento como un payaso, no sé si es que tengo la boca muy grande, porque al pintarlos la boca me queda ocupando la cara completa. Digo “hola amiguitos” frente al espejo, me muero de risa lagrimona y resucito al instante para estregarme los labios con papel higiénico y con una rabia inexplicable. Salgo a la calle y sólo veo mujeres con vestiditos de bolas y labios pintados de rojo intenso, y confieso que me viene de repente una envidia incipiente al darme cuenta de que no podré ser nunca tan colorida, tan arrebatada y tan encantadora como todas ellas. No es envidia dañina la que siento, sino una especie de nostalgia al notar que de tanto andar fui dejando en el camino ciertas cosas para aligerar el paso, que se me olvidó ponerme la rosita en la cabeza, que llevo años vistiendo un pantalón aburrido con cierre de apertura automática y que sólo me decora un tono sobrio, melancólico, indeciso y distante, otorgado con honores por mis zapatos mustios y viejos.

Decía que me gusta leer a toda la gente. Me interesa mucho más leer que un amigo compró un perro con pedigrí, que leerle las pilatunas a Baudelaire (léanse aquí varios suspiros y lamentos). No quiero perderme la oportunidad de interpretar este tiempo, de conocer más del miedo que lleva a tantos a luchar por la justicia publicando fotos de condenados al linchamiento sin derecho a un juicio y a un abogado que funja gratis y por amor al oficio. Me gusta leer a la gente corriente, no sólo a los escritores de libros, y a veces encuentro mucho más valor en las palabras bastardas, que en las reconocidas por editoriales e intelectuales.

Y ha sido así, leyendo todo lo que se me aparece de sorpresa en la pantalla, como me he cruzado con frases de este tipo: “El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”. Me basta con hacer clic para leer un poco más y decidir si quiero arriesgarme a estrenar amigo. Hacer amigos se vuelve sencillo cuando se aprende a confiar en la palabra.

Yo también creo que el cielo se toma por asalto:

“Cierre los ojos y no los abra hasta que yo le diga, no haga trampa. Ahora sí, ábralos y no mire hacia abajo para que no se asuste con el vacío; y pase lo que pase, no me suelte nunca la mano”.

Diana Londoño.

La pájara despintada

Micaela había anochecido y amanecido implícita y explícita en sus calenturas. Decidió visitar al doctor. Él, muy poeta, le preguntó por el sol. Tiene razón doctor, tal vez sea demasiado sol el de estos días para una pájara pinta sentada en su verde limón. La única recomendación del doctor fue que se protegiera muy bien con antisolar para que no se le fueran a chamuscar las alas. Lo que llevaba a Micaela a sentir tal temperatura era un estado pasajero como las estaciones de un país templado, aunque mucho más fugaz. Estaba pasando por su estación febril de vulnerabilidad femenina; debía contemplar plumajes majestuosos y las luchas de todos los pájaros por su conquista. Micaela se quedó inmóvil, afiebrada, detenida en el ver pasar colores sin poder tocarlos. Les agradecía las atenciones no sin sentirse abrumada y un tanto desconsiderada por su ausencia de respuesta. Ellos tan pájaros tan pájaros y Micaela tan mujer y tan poco hembra. En medio del delirio de la fiebre, Micaela quería responderles diciéndoles, al menos, que sus plumas le parecían magníficas. También quería tocarlas y coleccionar unas cuantas. Micaela se enfermó de aguantarse las ganas. Después del funeral de Micaela hubo una reunión en su casa para repartir sus pertenencias. El asombro se apoderó de los asistentes cuando el abogado anunció que el heredero de su biblioteca, además de libros, heredaría un gran plumero.

Diana Londoño.

Palabras clandestinas

Por mucho tiempo estuve enviando mi opinadero a diferentes medios, no con ganas de que publicaran lo que escribía, porque tanta exposición me asusta, sino porque quería que le hicieran seguimiento al tema educativo a ver si dejábamos de lado el espectáculo tan patético de las peleas entre políticos. Como para subirle el nivel a la cosa, no sé si me entiendan la idea. No me paraban bolas. Aunque, en un periodo de un par de semanas, mis envíos a la Silla, a El Espectador y a Semana coincidieron con entrevistas larguísimas a Fajardo (el político de la educación). Pensé que de pronto la cosa estaba calando, pero más que entrevistas que aportaran claridad y algo distinto a la discusión, resultaron siendo espacios con micrófono abierto para que el político se fajara otra vez íntegro su discurso bonito. Porque el discurso es hasta bonito, el eco que generan sus vacíos es lo que utilizo como materia prima para escribir.

Después de intentar e intentar, en Las2Orillas me empezaron a publicar. En total fueron cuatro las notas que me publicaron, a una me le cambiaron el título sin permiso y a otra le quitaron la foto que la acompañaba. La verdad es que me aburre el asunto, está bien que los editores hagan su trabajo, pero eso de poner al que escribe a firmar por frases que no salieron de su cabeza -mientras los errores dentro del texto se quedan intactos- no me parece divertido. El oficio de editor es algo muy serio y muy significativo, y no me ha gustado mi primiparada con Las2Orillas; ni me respondieron cuando les pedí que me devolvieran el título. Ellos declaran que no se hacen responsables por las opiniones manifestadas, y siendo así, lo lógico sería que no editaran nada. Esta experiencia desafortunada me llevó a pensar que, aunque pierda la posibilidad de hacer más visibles mis puntos de vista sobre educación -que generalmente contrastan con el discurso político-, y aunque nos tengamos que seguir conformando todos con la falta de especialización del periodismo en el tema educativo, prefiero manejar mi opinadero de manera más privada en mi blog para evitarme malos ratos.

A mí me gusta escribir, lo necesito para poder vivir en el exilio que me tocó, pero no acepto esa forma que tienen los medios de presentar y manejar la opinión de las personas.  El hecho de que tengan un espacio no les da derecho de meterles así la mano a los títulos de los textos. Dizque “Gina, no le copies mas cosas a Fajardo”, y ponerme a firmar a mí semejante título tan gomelo [ http://www.las2orillas.co/gina-por-favor-le-copies-mas-cosas-fajardo/ ]. Qué tal. Volvieron mi texto un rifirrafe más entre políticos y eso me pareció muy feo. Además, al editor se le fue un error de ortografía en el cambio. El título de mi artículo era “Educación, ladrillos y fotos”.

Tengo que reconocer que la estrategia del cambio sirvió, porque el artículo fue leído miles veces y compartido otras tantas; pero me le cambiaron el sentido a la nota. La tilde que le falta al título no me parece problema, ese tipo de gazapillos los tenemos todos; los agradecimientos más hermosos que he recibido en la vida venían escritos con ese, así: “grasias”, y yo los entendí. Algunos de mis amigos contemporáneos de la vereda se graduaron a duras penas de quinto de primaria y para ellos las grasias son así, aunque sí creo que el nivel de exigencia en la escritura debe aumentar de manera proporcional con el número de diplomas que se posea o con el oficio que se practique. Yo me exijo, me equivoco, pero cuando detecto los errores los corrijo, y de cuando en cuando también le pido a un editor que contraté ad honorem que me corrija -con látigo si es preciso- esos errores recurrentes y fastidiosos que según Cortázar son causados por un virus que infecta a las palabras.

En fin. Ya ven que a mí se me va soltando completamente la pita de la cometa, y me causa gracia porque ese fue un comentario que alguien hizo en la columna; que me debería enfocar en un solo tema. Le respondí también, porque yo soy contestataria, gracias a Dios no soy de las personas que tragan entero agachando siempre la cabeza.

Pero lo que quería era compartirles la última nota que me publicaron, y con esto les digo a Las2Orillas que muchas gracias y que hasta luego, para seguir escribiendo en la clandestinidad desde mi Colección de sesgos. No seré yo una pluma magistral, pero tampoco necesito que otros hablen por mí. Los editores, los verdaderos, esos que aman la palabra y con dedicación leen un texto varias veces antes de sugerir un cambio, son personajes muy necesarios y bellos. A ustedes, amigos lectores, muchas gracias por quererme aunque yo sea así tan compleja. Que quede claro que lo mío es complejidad, no complique. Si tengo el pelo corto es precisamente para no tener que peinarme los moños. Uno de mis más grandes orgullos en la vida es que mi cabeza haya olvidado los jalones del cepillo.

La pastoral anterior fue una carta, la última nota publicada es esta (y nótese que quitaron la imagen y dejaron los créditos): http://www.las2orillas.co/populismo-educativo-2/

Con cariño y muchos moños,

Diana, alias bola de crespos.

Te solté la rienda, Medellín.

Así son las noches tristes, frías pero noctámbulas, de esta ciudad de pobres corazones. El invierno incesante, de tragedias y resfriados, recalca la soledad de algunos tontos corazones que quedamos en un limbo absoluto.

Como si de recordarlo se tratara, la nube se alza altiva sobre los edificios eclipsados de la fría urbe para remembrar la tristeza que a veces, cada tanto, embarga a estos ilusos. Esta madrugada soy un iluso. Un tonto corazón más.

Se me acabó la fuerza y te solté la rienda

Apóstol.