Ser culto (Julio Cortázar)

“Nadie se conoce sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lectura y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse una mañana y decir: “Soy culto”. Puede, sí, decir: ” Sé muchas cosas”, y nada más. La mejor prueba de cultura suele darla aquel que habla muy poco de sí mismo: porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso y que sólo en lo más puro, en lo más bello, en lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Se es culto cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios”.

Papeles inesperados, Julio Cortázar.

Ahora te comprendo abuelo

Antes de elecciones se aparecen siempre unos cuantos políticos en las escuelas rurales a ofrecer paseos y cosas para los niños. Hombre, qué vaina, qué hiciéramos… Nos encantaría, pero ya estamos programados y copados todo este resto de año. Muchas gracias de todas maneras, y no dejen de pasar por aquí en las elecciones del 2018 para contarles cómo nos fue por aquí sin sus paseos.

Cuando se van miro al cielo pa’ hacerle ojitos a Dios y pa’ llenar mis pulmones de nubes, porque para poder levantarles la cabeza a los políticos uno tiene que estar muy lleno de nubes por dentro, para que al hablarles ellos vean y oigan nubes y sientan la nostalgia de haber vivido arrastrados. También pido que me pongan a todo loro la canción que de niña me cantaba el abuelo:

“Los peones se fueron lejos, el surco está abandonado,
y a mí ya me faltan fuerzas, me pesa tanto el arado,
y tú eres tan solo una niña pa’ sacar arriba el rancho.

Aparecen en elecciones unos que llaman caudillos,
que andan prometiendo escuelas y puentes donde no hay ríos.
Y al alma del campesino llega el color partidizo
y entonces aprende a odiar hasta a quien fue su buen vecino;
todo por esos malditos politiqueros de oficio”.

https://www.youtube.com/watch?v=nzwq2IE-KdU

 

 

Redacción al desnudo: Imprecisiones sobre el Tour de Francia

Yo, que leo desde afuera, he notado que con frecuencia la prensa colombiana no informa sino que desinforma y confunde. Comparto un artículo sobre el Tour de Francia para ilustrar un poco a lo que me refiero: http://www.elespectador.com/deportes/ciclismo/nairo-salvo-el-primer-escollo-articulo-570315

El artículo sólo habla de los favoritos como aspirantes a ganarse el Tour y usa el desempeño de esos favoritos para sugerir unas supuestas victorias de los colombianos. A manera de ejercicio, voy a señalar algunas imprecisiones que encuentro en el texto. La primera imprecisión del  es que en el Tour todos los participantes aspiran a dar lo mejor y no sólo están compitiendo “los favoritos”.

La segunda es que no menciona al ganador de la prueba contrarreloj. Dice que Vicenzo fue el mejor de los favoritos, pero resulta que el mejor de todos fue el australiano Rohan Dennis, y creo que batió un récord de tiempo y por eso lo hicieron subir al podio dos veces para recibir dos camisetas: una amarilla y una verde (digo que creo porque estoy siguiendo el Tour en holandés y mi entendimiento del idioma cogea y a veces no llega).

La tercera imprecisión es que, según la prensa criolla, Rigo fue el mejor colombiano de la prueba, aunque haya quedado en el puesto 17, y habla de que Rigo es una sorpresa en el Tour porque le fue mejor que a Contador. Sorpresa la del australiano de 20 años que ganó la prueba y que le cogió un montón de segundos de ventaja a Contador, al campeón de campeones. Eso sí que es una sorpresota.

Y la cuarta imprecisión es que el artículo dice que Nairo salvó un escollo ayer. Nairo quedó más alejado del ganador que Rigo, así que no entiendo cuál fue el escollo que salvó.

Termino diciendo que a Nairo y a Rigo les fue mejor que a muchos otros y que esto apenas está empezando; quedan muchos días de pedaleo y en la mitad es que se van haciendo presentes la aguapanelita y el bocadillo beleño. También, que los afanes de gloria de la prensa colombiana se parecen mucho más a la presión que al apoyo. Y algo para la reflexión: ¿Cómo es que un artículo sobre la primera etapa del Tour no menciona ni siquiera al ganador? Este tipo de prensa desinformativa es muy común en países como Corea del Norte.

Bertrand Russell

Bertrand Russell, uno de los más adorables filósofos de este tiempo -que sin haber sido el mío tampoco lo siento ajeno-, le dedicó la recopilación de su vida a su última compañera, después de haber tenido muchas, porque la búsqueda filosófica de Russell también incluía al amor, y por eso vivió con una y con otra, quizá pensando que el amor podría parecerse a algo. Al final lo encontró después de buscarlo como por 80 años y murió tranquilo. Yo creo que el amor es muy raro y que cada quien lo peina para el lado que mejor le convenga. Para mí el amor es paz y produce mucho sueño. Por ejemplo, cuando yo miro el amor en sus ojos me da un sueño como de muerte. Si la muerte llegara así, súbita a través de esos ojazos, la muerte sería todo un deleite. Que Dios permita que así me llegue.

Esta fue la dedicatoria de Russell a Edith, quien no fue su compañera de la vida, sino prácticamente la de su muerte:

“A través de los largos años
busqué la paz
y encontré el éxtasis,
encontré la angustia,
encontré la locura,
encontré la soledad;
un dolor solitario
que corroe el corazón.

Ahora, viejo y con el fin cerca,
te conocí,
y conociéndote encontré el éxtasis
y también la paz.
Ahora sé lo que es descasar
después de tantos años de soledad.
Ahora sé lo que pueden ser la vida y el amor.
Ahora, si muero, moriré pleno”.

Amores rematados

Mi vida no tiene puertas, tiene piernas: piernas de entrada y piernas de salir corriendo. La boca es para comer y para hablar con la gente. Algunos se han acercado a mi boca. No me importa. Es una cercanía que no siempre me molesta. El engominado me invitó a almorzar y me regaló un libro. Al despedirse me abrazó y acercó su nariz a la mía. “Si yo fuera él te seguiría hasta el infierno porque al infierno es mejor caminar acompañado”, dijo. Tembló como temblaba, respiró como respiraba. Yo me quedé quieta, con los ojos abiertos, firme como un poste con cables de alto voltaje. “Si fueras él, me dejarías en el infierno y saldrías corriendo”, pensé.

No se lo dije porque sonaría a patético reproche y se daría cuenta de lo mucho que me costó sacarlo del infierno de mi cuerpo. Corrió lejos de mi vida, pero antes de irse me amputó las piernas para que no pudiera abrírselas de nuevo a otro, o para que, en caso de lograr adaptarme al uso de unas prótesis, las abriera y recordara con cada hombre el camino por el que se había fugado él de mi vida, el mismo de escaleras lúgubres por el que había transitado la violencia para transformar mi cuerpo en una prisión hermética, impenetrable. Cuando pudo recoger mi cuerpo, tendido por siempre sobre los últimos escalones de una casa fría, salió corriendo. Ahora lo veía, parado frente a mí, con la punta de su nariz rogando a que mis labios rozaran los suyos y se lanzaran al beso. Fue un instante eterno. Sus ojos se convirtieron en un telón sobre el que se proyectaban mis fotografías imaginarias, porque nunca dejamos pruebas físicas de nuestra existencia juntos. En una imagen caminaban dos bajo los gualandayes florecidos de la avenida, en otra se abrazaban en un aeropuerto, en otra él la abrazaba por la espalda mientras ella preparaba algo en la cocina, en otra fotografía -muy temblorosa- él la desnudaba. Sentí otra vez sus lágrimas rodar por mi cuello después de ver la imagen de aquellos dos que se abrazaban. En realidad no eran lágrimas, era lluvia, estaba lloviendo. Diez años después de haberme dicho adiós ocultando sus ojos, su nariz esperaba mis labios bajo la lluvia.

Es inevitable no viajar a nuestros momentos hoy, cuando me encuentro ante la separación inminente de ese que él quisiera ser. Que le deje saber cualquier cosa de mi vida, fue lo que dijo antes de entregarme el libro. Para qué. El matrimonio es como matricularse en una universidad, él tuvo la oportunidad de quedarse en la de Antioquia, en filosofía y letras, pero prefirió marcharse para la escuela que tarde o temprano muchos también elegirán; se dedicó a la comunicación y a los medios audiovisuales. Elegiste, no sé si bien o mal, pero qué más da. Es tiempo de asumirlo. Yo elegí la Nacional y se me acabó. No tengo interés de matricularme en ninguna otra. El hombre que quisieras ser, el que abracé por tantos años al abrir mis ojos en las mañanas, el que con cuidado levantó mi cuerpo de las escaleras y lo limpió con sus labios, también tiene derecho a elegir, aunque su elección implique su partida. Se irá. Yo lo veré alejarse sin reproches, sin malas palabras, se irá sólo con mi gratitud por haberme amado. El hombre que quisieras ser quiere volar como una vez volaste. Le soltaré toda la cuerda aunque me consuma otra vez, porque por la libertad de elegir a quien amar vale la pena consumirse esta y todas las veces. La libertad de irse y de venirse amerita el dolor. Desde hace rato me está doliendo y no logro ubicar el dolor en alguna parte de mi cuerpo. En el corazón no es. A uno lo que más le duele siempre es la frustración de un proyecto que se desmorona y la sepultura de unos hijos que no nacieron. A uno lo que más le duele, siempre, es el ego; y no he podido saber en qué parte de mi cuerpo se ubica ese maldito. La borrasca estaba anunciada, el problema es que detener una borrasca es imposible. Es mejor salirse del río y montarse al árbol más alto y más lejano para verla pasar, después regresa uno a recoger lo que haya quedado. Si la borrasca ocurriera en Japón quedaba mucha cosa rescatable, pero en Colombia cualquier aguacerito termina en borrasca y acaba con todo, hasta con el nido de la perra. Allá las cosas -puentes, carreteras, edificios, instituciones y leyes- parecen hechas con columnas de balso, mierda y mocos.

Si se caen torres y puentes con una llovizna, cómo no se van a caer las relaciones disparejas. Las parejas también se caen, y si no se caen solas, otros se esfuerzan en tumbarlas. Uno, dos, tres polvos por semana. ¿Quién da más? Usted, caballero, lleve la pomada para que el amor se le mantenga erecto, y para disimular la ausencia de ganas, le recomiendo este frasquito de amor eructo. Y a usted, señorita, que la frigidez le causa ardores, le tengo este lubricante de angustias y temores. Pasen, no les de pena. Bienvenidos a esta feria de amores rematados.

Pésima y póstuma

No me gusta escribir así porque puedo resultar mucho más pesada de lo normal. Escribo para no perder la costumbre, es mi ritual de las mañanas sentarme a escribir despeinada y con un café al lado. Quisiera que unos instantes fugaces de fortuna me detuvieran de escribir que me siento pésima y póstuma como pocas veces me he sentido, que la energía me falta, que me pesan los pies tanto que si no fuera muy raro me movería arrastrada, que me siento como si me hubieran robado un órgano en la calle y después me hubieran dejado tirada; que me siento enferma y con ganas nada. Tocaron la puerta y no abrí. Escuché el teléfono y no contesté. Las palabras me susurraron al oído y no las escribí. Estaba tratando de descifrar el misterio del tiempo: es muy raro que a las 2:40 y a las 3:40 las separe una hora, y que en un segundo esta casa haya dejado de ser nuestra, que yo esté empacando mi maleta.

Ahogada entre papeles y leyes me regreso a la casa que nunca a pesar de la distancia ha dejado de ser mía; las demás se desmoronan con mucha facilidad. Mi padre, para disimular su tristeza, está sembrando una nueva huerta en la terraza porque su mejor manera de reivindicar la dignidad de cada una de mis lágrimas es sembrándole árboles a la desolación de los rincones más lúgubres de una ciudad violenta en su color rojo ladrillo y en sus cables de alta tensión que se atraviesan en la vista de todos los balcones. Pero en medio del caos que domina en mi cabeza, sé que a mi regreso me esperan los bosques plantados por mi padre. Esa es mi esperanza y mi única certeza.

Un arrullo

Sentí escalofrío en las piernas al escucharte.

Te estaba pensando justo cuando enviaste la canción. Te tengo noticias: la telepatía funciona. Pensaba en lo mucho que me gustaría estar cerca de vos por estos días para acariciarte la cabeza mientras espero a que te duermas.

Creo que sería lo único que haría, sobarte el pelo para que te durmieras, después te cobijaría y retiraría mis manos de vos muy lentamente, con mucha maña, para que no te despertaras. Te leería tal vez un cuento infantil… no sé, algo tranquilo, distinto, para nada trascendental; algo como la historia de un osito que se encuentra un huevito de colibrí y trata de muchas formas de devolverlo al nido. Algo así, tranquilo, un arrullo de susurros, una caricia que te reconforte un poco el alma -si acaso se pudiera-, un beso en la frente y un hasta mañana que será otro día. Un duérmete conmigo.

https://www.youtube.com/watch?v=6b7GKvPsG6Y

 

Instinto de supervivencia

Siempre se le oyó decir que a uno el amor le entraba por la nariz y por los ojos y que lo que el cuerpo no rechazara era potencialmente amable. Pero cuando lo tuvo por fin cerca, frente a frente, cuando se llegó el momento de saber de qué color eran sus pupilas, ella se distrajo contando las baldosas del suelo. Y cuando él la abrazó fuerte, como para que nunca se fuera, ella se estranguló las fosas nasales contra su pecho.

Diana Londoño.

Mis tesoros

Que si me podían mandar cartas, me preguntó una niña al despedirse. Claro que sí -le respondí-; cuando tengan cartas para mí se las pueden entregar a la maestra Sofi. Ella las amarrará a las patitas de una paloma mensajera y la paloma las llevará volando hasta Holanda y las dejará en mi ventana. Yo dejaré todos los días un granito de maíz en mi ventana, haré una hilera de granitos de maíz para que la paloma se alimente cuando llegue con las cartas.

Partida de la profe Diana

Se me llegó la hora de partir de nuevo.

Estas han sido mis vacaciones más cortas en Colombia y también las más productivas. Me regreso a Holanda con muchas lecciones aprendidas y con muchas ganas de seguir trabajando con la maestra y con todos los amigos que nos quieran ayudar a sacar adelante el proyecto de la Casita Rural, que ya lleva un año de programas (contenido) en una escuela y que se podrá empezar a usar como espacio físico en un mes.

Mis últimas palabras para los niños en la escuela fueron muy difíciles porque yo no he podido aprender a no sentir mucho. Estaban todos en una mesa redonda en completo silencio esperando mis palabras de despedida; desde el más chiquito de preescolar, hasta los dos más grandes que están en cuarto y que son los que más energía propia y ajena consumen, me miraban con la atención que a veces les falta para hacer lo que deberían hacer según mandan las cartillas… Les expliqué de qué se trataban todas esas actividades extraordinarias que habían disfrutado tanto el último año y por qué algunos profes de refuerzo estaban yendo semanalmente a la escuela a ayudarle a la maestra. Les pedí que la quisieran mucho a ella, que la valoraran y le ayudaran porque ellos sabían que a veces se pasaban en algarabía, peleas y quejas.

Cuando les quise agradecer por todas las enseñanzas que me habían dado ellos a mí, la voz se me esfumó, otra vez, tal como me pasó en la Nacional. Me dio rabia conmigo por ser así tan llorona, y recordé que cuando estaba en primaria se me escapó la voz de la garganta una vez que me tocaba cantar una canción en un acto cívico. Digo que me tocaba porque a mí nunca me gustó ser el centro de atención en el colegio y todavía tengo problemas con eso, en especial cuando debo hablar de las cosas que más me importan y duelen. Me cubrí los ojos con mis manos y el silencio del salón lo escuchaba como un estruendo. Escuché un zapateo, era el de la maestra que había salido del salón corriendo, quizás con el ánimo de perseguir mi voz. Respiré y le supliqué a Dios que me la devolviera, que me devolviera mi voz, aunque fuera con temblor, y que me permitiera cerrar la parte más crucial de mi viaje con firmeza.

Respiré varias veces antes de destaparme los ojos y cuando me sentí capaz levanté la cabeza. Al mirar a los niños me di cuenta de que todos estaban muy conmovidos y de que muchos estaban llorando. Fue un segundo muy hermoso entre nosotros. La maestra entró de nuevo al salón con los ojos llorosos. En ese instante comprobé que los niños tienen algo fundamental que los grandes hemos perdido: empatía. La empatía es la base de la compasión y la compasión es lo que quizás nos lleva a cuidar por instinto al otro. Sentí una gran felicidad al saberlos tan receptivos a mis emociones.

Les pedí que siguieran disfrutando y que nos ayudaran a mantenernos motivados para seguir viajando hasta donde ellos y para seguir recogiendo amor y buena voluntad para poder financiar las entradas, los materiales, los refrigerios y el transporte, porque nada de eso había sido ni será gratis. Les pedí que cuando necesitaran un abrazo fueran a la Casita, cogieran un libro y dejaran que sus páginas con letras o dibujos los abrazaran, y que aprendieran a usar los computadores para leerles cuentos por videollamada. Me aplaudieron y al salir todos me querían abrazar. Ese día nadie se quería ir de la escuela y para mostrarme su agradecimiento me regalaron un montón de tarjetas que habían pintado y que se suponía eran para sus mamás; casi todas las tarjetas quedaron en manos mías y de las otras dos profes. Ah, también me compusieron y cantaron una trova. La gratitud de estos niños y el amor por su escuela sobrepasaron mis expectativas.

Creo que mi aporte más importante, además de la empatía, la alegría y los abrazos, fue la implementación del día sin quejas en la escuela; el resultado fue tan aliviador que la medida fue adoptada de inmediato y será implementada todos los días del año.

Hasta la próxima. Y sepan que la Profe Diana no los ha abandonado. Algún día aprenderemos que partida no es sinónimo de abandono.

Diana Londoño.

 

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