Olinguito

Cuentan los libros de historia

que una mañana de agosto

los niños de Colombia

fueron poseídos por la euforia.

Se les vio atravesar

los portones de las escuelas

en alegre estampida

antes de que las campanas

anunciaran la salida.

 

Se llevaron por delante

la venta ambulante

dejando un reguero

de solteritas con lecherita,

crispetas con caramelo

y mango biche en tiritas por el suelo.

 

Horas después

se supo por los noticieros

la razón del desafuero.

 

Al escuchar que en los bosques

vivía un tierno animalito

bautizado como el Olinguito,

los niños corrieron hacia sus padres

para preguntarles si era cierto

lo que les había dicho Manuelito:

que dizque ese tal Olinguito

era primo segundo del Hornito Ringo.

 

Nota: La imagen fue tomada de El Tiempo. http://www.eltiempo.com/Multimedia/galeria_fotos/ecologia/GALERIAFOTOS-WEB-PLANTILLA_GALERIA_FOTOS-12992780.html

 

Editor de mis delirios

No sé por qué algunas personas resultan metidas en mis textos, pero sé que de manera inconsciente todo lo que escribo es para el engominado. Todas mis palabras son para él. Le he enviado fragmentos que son retratos suyos, retratos fuertes, íntimos, a los que responde con una frialdad numérica para decirme que tengo varios errores de ortografía. Jamás me ha dicho que algo le ha gustado, pero a veces, sin que se lo pida, me puede escribir una sola línea para decirme que pasó por el blog y que vio un “a basto” donde debería ir “abasto”. El engominado es editor. Aunque le ponga miles de máscaras y le cambie muchas veces de nombre y profesión, el engominado es en realidad un editor que me lee con un respeto y una distancia admirables; es mi confesor. Mi editor me deja crear porque quiere saber cuál será el final que le darán mis dedos. Aún no sé qué tipo de muerte se merece quien representa todas las comas mal puestas de mi vida y todos los silencios que jamás me he atrevido a cortar. No logro ver las palabras que cargan el féretro del hombre que me hizo amar con locura mi falta de pulimiento gramatical; no le veo a esto punto final. Si llegara a leer estas palabras, él -en su frialdad numérica- diría que no usa gomina y que no hay nada más aterrador que cuando al punto final de los finales no lo siguen los puntos suspensivos… El engominado es muy predecible y no pierde oportunidad para soltar frases de Sabina. Lo que me parece muy curioso es que, después de leerme tanto, el pobre aún no se entere de que la gomina es una camisa de fuerza que yo le impuse a manera de castigo por su frialdad. Como nunca me dice si algo le gusta, yo, con mucho disimulo, puse una vaca al lado de su escritorio para que le lama los crespos y se los deje pegados al cuero de la cabeza para que cuando pase el viento no se los mueva. Él me suelta frases heladas, yo lo dejo peliquieto. Siempre quedamos a mano.

Madame puta

No has podido aprender a ir al grano. Me preguntás si tengo algún problema con la prostitución, cuando en realidad lo que te gustaría saber es si, en un escenario al menos hipotético, sería puta. Te respondo sin rodeos, porque yo sí soy valiente para evitarme las vueltas. No lo sería, y no por razones de moral -si es lo que estás pensando-, sino por razones netamente de mercado. O por el neoliberalismo salvaje, para que quede mejor explicado. Si fuera puta sería una señora puta y todos me tendrían que llamar madame o doña puta. Mi tarifa sería muy alta y sería la puta más cara de toda esa comarca en la que vivís. Como ves, estaría condenada a la quiebra porque el poder adquisitivo de los potenciales clientes parroquianos y parroquiales no les daría para pagar una doña puta como yo. Como dicen las mamás, no les alcanzaría el pelo pa’l moño mijo. Además, viviría metida en problemas legales porque me reservaría el derecho de admisión y por eso me lloverían demandas diarias por discriminación. No bastaría con que el cliente tuviera el dinero para pagar porque se me contaminaría el negocio con gente de mala energía, por eso me tocaría pedir -por lo menos- el certificado de pasado judicial en la puerta. Yo sería puta por gusto y con ganas, no por necesidad. El problema es que allá están acostumbrados a tratar a las mujeres de los burdeles como trapos y a pagarles con una libra de panela; después se les ve a los miserables haciendo fila en la iglesia para comulgar. Pero la hipocresía no es mi problema, sino la inviabilidad de mi negocio como puta. Yo a una quiebra de mi cuerpo no me le mido papi.

Suspiros

Casi no me gusta escribir en el blog porque siento que allá las palabras se sienten muy solas. En cambio aquí las palabras siempre están acompañadas, ya sea con los “me gusta”, los comentarios, o por mí, que las leo una y otra vez pensando que la escritura es mágica, porque cuando yo quería escribir una historia sobre un huevo, de pronto se aparecieron los abuelos y en cuatro líneas se robaron el protagonismo de la historia. Yo escribo por vicio, y la escritura, como otros vicios, también contribuye a la obesidad. Soy disciplinada para ser una viciosa que escribe por impulso, mas no para trotar o ir al gimnasio a bailar la zumba que tanto me gusta. Escribo una palabra y no sé dónde iré a terminar. Pero me encanta la desestructura y mi propia sorpresa al ver el resultado. A pesar de ser consciente de que me muevo entre extremos en la escritura, de que vago entre la dureza y la ternura, me parece muy hermoso que la gente me mande mensajes de preocupación por el gobernador -el blanco más frecuente de mi inconsciente-. Por ahí me llegó hasta un suspiro y quien lo escribió aseguró que ese era un suspiro mío por el gobern. Me reí mucho con eso de que otros suspiren por mí y que le endosen mis suspiros precisamente a ese señor. El creador de tanta impertinencia también mencionó que con gusto le regalaría mis botas y se las haría calzar en su presencia. Lo contradictorio de todo eso es que, según el impertinente este, los suspiros son felicidades extremas que no caben en los cuerpecitos, y salen. Para mí es claro que no es una felicidad extrema lo que me inspira el gobern, entonces me veo en la obligación de agregarle algo a la definición de suspiro. Un suspiro también puede ser una frustración extrema que no cabe en el cuerpecito. En mi caso, esa frustración sale de mi cuerpecito en forma de letras. Mi hermanito es uno que nunca se aparece por este muro, pero esta semana que hablamos me dijo que se divertía mucho leyendo mis cuentos; que se conectaba todos los días solo para ver yo con qué salía. Eso me recordó el cumplido más bacano que me han echado en la vida: “Vos sos como esos pantalones viejos en los que se encuentra uno billetes lavados, boletas de cine y dulces descontinuados”. El día que me dijeron eso me sentí como una piñata. Me gustó ese sábado en que supe que hubo gente que captó en la corta extensión de un texto algo de la ternura de mis abuelos. Me gustan los “me gusta” y los comentarios que me animan a seguir escribiendo. Me gusta que hoy quiera ser más disciplinada con el blog. Contradigo a todos los que dicen que uno publica algo buscando aprobación; no creo que se trate de eso. Hay algo escondido detrás de cada publicación y no es el deseo de aprobación. Quizás solo sea un deseo de comunicación que otros interpretan como algo neurótico. Algo de neurosis tendrá, y si es así, me declaro la mujer más enferma de una sociedad que no se atreve a decir lo que siente desde las entrañas; la mujer más enferma de una sociedad en la que las mujeres aún callan. A las cosas es mejor nombrarlas que tener que convivir con ellas como fantasmas. El amor es uno de los sentimientos más neuróticos, por eso, la persona que quiera saber si la he amado y cuánto la he amado, que bien pueda se busque y se cuente entre mis letras. Cuando libero todas estas palabras lo hago sin la preocupación sobre el qué pensarán de mí, aunque no niego que cuando las palabras son bienvenidas se me hincha el pecho con un sentimiento que a mí se me parece a la alegría, y no es una alegría corriente, sino una muy rara. Ella se me presenta vestidita de flores y con la boca y las pestañas pintoreteadas; es una alegría muy coqueta que se empina con altivez sobre unos tacones diciendo que, cuando sea grande, se quiere parecer a otra palabra y me amenaza con cambiarse el nombre. Alegría dice que un día se va a llamar Felicidad. El cuerpecito se me pone trémulo al escuchar el tono intimidante de la frase final de su amenaza, porque viola el segundo mandamiento escrito en piedra. Después de decir que se va a cambiar el nombre, se le oye decir un “pa’ Dios bendito” a mi Alegría coqueta. Y les aseguro que a ella no le importa que después de decirlo se tenga que ir a confesar.

Lágrimas

La ventaja de llorar de noche es que las estrellas, vistas a través de las lágrimas, se ven mucho más grandes.

Remedios caseros

Cuando estaba pequeñita me daba bronquitis muy seguido con fiebres muy altas. En mi casa decían que vivía apestada y por eso me hacían comer un montón de cosas que según la tradición montañera curaban la fiebre y la anemia. Lo que más recuerdo es el color de la sopa de pajarilla y la cara de mi papá sentado frente a mí en la mesa. Mi papá era muy serio en esa época, con una mirada suya bastaba para que yo me tragara esa sopa color caca en tan solo tres cucharadas. Entre las demás cosas que hacían parte de mi menú se encontraban el chocolate de ojo, la cola granulada, el aceite de hígado de bacalao y el Milo. El chocolate de ojo me gustaba -porque pensaba que era solo chocolate-, lo único que me molestaba era que me quedaba la boca un poco grasosa después de tomármelo, pero decía mi mamá que era por la leche que estaba recién ordeñada y que no tenía la cantidad de agua que tenía la leche de las tiendas. Mis papás se mantenían muy tristes conmigo porque además de raquítica era muy chillona. Mi papá por eso tenía ciertas complacencias conmigo y a veces llegaba de trabajar con un Bon Yurt escondido para la niña que estaba enfermita. También me regalaba conejos que mi mamá detestaba porque le dejaban bollitos por toda la casa. Entre tantas medicinas en etapa experimental, la que a mí más me funcionaba era la que me daba mi abuelita. Ella me daba un huevito tibio en una coquita azul. En esa misma coquita azul la abuelita me regalaba la nata de la leche después de hervida. El abuelito me hacía avena. Yo adoraba la avena del abuelo, tanto, que cuando él ya estaba enfermito le pedí la receta. Él, con medio cuerpo paralizado, se metió a la cocina y sentado en un banquito me la enseñó a preparar. Cuando me fui para Bélgica a estudiar, el abuelo le preguntaba todos los días a mi mamá que cuando era pues que volvía la niña, también le preguntaba para dónde era que se había ido la niña a estudiar. A pesar del malestar físico que pudiera sentir por mis fiebres, me parecía muy bueno estar enferma para que todos me consintieran con huevito, nata, Milo, avena y Bon Yurt. Hasta en la sopa de pajarilla recibía mucho amor; el amor desesperado de unos papás por su pequeña niña que no crecía y que parecía el soplo de una bronquitis de Dios. Ya no soy una pequeñita, ni tengo a mis papás o a mis abuelitos cerca para que me consientan cuando estoy enferma, sin embargo, mis medicinas siguen siendo las mismas. Aunque las prepare yo.

Cuando estaba pequeñita me daba bronquitis muy seguido con fiebres muy altas. En mi casa decían que vivía apestada y por eso me hacían comer un montón de cosas que según la tradición montañera curaban la fiebre y la anemia. Lo que más recuerdo es el color de la sopa de pajarilla y la cara de mi papá sentado frente a mí en la mesa. Mi papá era muy serio en esa época, con una mirada suya bastaba para que yo me tragara esa sopa color caca en tan solo tres cucharadas. Entre las demás cosas que hacían parte de mi menú se encontraban el chocolate de ojo, la cola granulada, el aceite de hígado de bacalao y el Milo. El chocolate de ojo me gustaba -porque pensaba que era solo chocolate-, lo único que me molestaba era que me quedaba la boca un poco grasosa después de tomármelo, pero decía mi mamá que era por la leche que estaba recién ordeñada y que no tenía la cantidad de agua que tenía la leche de las tiendas. Mis papás se mantenían muy tristes conmigo porque además de raquítica era muy chillona. Mi papá por eso tenía ciertas complacencias conmigo y a veces llegaba de trabajar con un Bon Yurt escondido para la niña que estaba enfermita. También me regalaba conejos que mi mamá detestaba porque le dejaban bollitos por toda la casa. Entre tantas "medicinas" en etapa experimental, la que a mí más me funcionaba era la que me daba mi abuelita. Ella me daba un huevito tibio en una coquita azul. En esa misma coquita azul la abuelita me regalaba la nata de la leche después de hervida. El abuelito me hacía avena. Yo adoraba la avena del abuelo, tanto, que cuando él ya estaba enfermito le pedí la receta. Él, con medio cuerpo paralizado, se metió a la cocina y sentado en un banquito me la enseñó a preparar. Cuando me fui para Bélgica a estudiar, el abuelo le preguntaba todos los días a mi mamá que cuando era pues que volvía la niña, también le preguntaba para dónde era que se había ido la niña a estudiar. A pesar del malestar físico que pudiera sentir por mis fiebres, me parecía muy bueno estar enferma para que todos me consintieran con huevito, nata, Milo, avena y Bon Yurt. Hasta en la sopa de pajarilla recibía mucho amor; el amor desesperado de unos papás por su pequeña niña que no crecía y que parecía el soplo de una bronquitis de Dios. Ya no soy una pequeñita, ni tengo a mis papás o a mis abuelitos cerca para que me consientan cuando estoy enferma, sin embargo, mis medicinas siguen siendo las mismas. Aunque las prepare yo.

Mi primer salario

Durante el último año de doctorado no tuve salario y acumulé un par de deudas con una tía. Ella siempre creyó que me pagarían un millón el día que me entregaran el diploma de doctora. Ella, tan bella, pensaba que el diploma venía con un cheque al dorso. Esa es la tía que rezó mucho para que me alejara de la política y a la que al parecer Fajardo escuchó. Por hacerle un favor a mi tía fue que Fajardo me desilusionó. Ahí perdonarán que meta al entrenador de loros en esta historia, pero ya saben ustedes que no puedo dejar pasar ni un solo fin de semana sin mencionarlo. Uno menciona lo que le importa. El entrenador de loros todavía me importa… Todavía está a tiempo de retomar el rumbo y de aprender a trabajar en equipo con la gente que lo acompañó en su carrera por la presidencia y la gobernación. Él mismo repite como loro que el solo hecho de mencionar a alguien lo fortalece. Yo por eso lo menciono, a ver si con eso le ayudo un poco. El día que no lo mencione será porque me importa lo mismo que Uribe, Roy Barreras o aquel hombre que pasó por mi vida y al que no le escupo ni un feliz cumpleaños por Facebook. Esto me recuerda a un parcero perturbado porque su exnovia no le cagaba ni un saludo (palabras suyas). El parcero, adolorido, me imploraba que le ayudara a entender por qué esa mujer lo trataba con tanta indiferencia. Sin saber si de algo le podía servir, le conté por qué yo tampoco le cagaba ni un saludo a ese hombre del que solo a veces tenía una impresión muy vaga de habérmelo cruzado en la vida. Le dije que no me provocaba gastarle palabras a una persona de la que no me quedaba ni un bonito recuerdo, aunque, para hacerle justicia, debo decir que de él tampoco conservo recuerdos malos. Eso es culpa de un parásito que habita en mi memoria y que se alimenta de recuerdos. Aún no logro descifrar su mecanismo de acción, porque el parásito me deja mochos recuerdos que yo quisiera que se devorara completos. Yo creo que el parcero quedó peor después de lo que le dije.

En fin, retomando el hilo de la historia… Sin haber recibido mi primer salario, me permití un abuso de la tarjeta de crédito para darle una sorpresa a la mujer a la que le debo todos mis primeros, mis segundos y mis terceros salarios; todos mis salarios. A esa mujer le debo la vida.

“Lo dejo todo y me voy para donde la Mami”.

 

Sobre la mediocridad

Algo muy triste me pasó al leer la columna de Ricardo Silva Romero sobre la mediocridad. Recordé la mediocridad de quienes exigen excelencia en los demás, pero se niegan a responder las preguntas ciudadanas. La mediocridad de quienes escriben un libro blanco y hablan de transparencia, pero guardan silencio frente a sus propios actos o los actos de la gente de su gobierno. Recordé la mediocridad de quienes gobiernan con amigos, olvidándose de que a eso, en el servicio público, no se le llama amistad, sino nepotismo. Recordé la mediocridad de quienes planean un debate público, no con sus detractores, sino con sus amigos; la mediocridad de todos aquellos que, incapaces de escuchar para comprender y de explicarnos bien para que comprendamos, hablan de educar y de transformarle la vida a la gente del campo. La mediocridad de los que recitan un discurso fabricado desde una poltrona, desde un helicóptero o desde un café de El Poblado. Recordé, además, esa resginación mediocre que nos lleva a elegir lo mejorcito del ramillete de mediocres políticos colombianos (“ese por lo menos no roba”).

Cito los apartes del texto que me llevaron hoy, una vez más, al desconsuelo de ver a lo que se redujo mi esperanza en la política (y en “la más educada”):

“Nuestro enemigo, me temo, es la mediocridad. El mediocre, en vez de responder con dignidad a la victoria, se dedica a cubrir sus huellas a punta de soberbia. Y entonces se resigna a sí mismo. Y la realidad es su realidad, y punto. Se monta una corte de aduladores que lo aplauden hasta ensordecerlo. Va por ahí invalidando a sus adversarios, a sus críticos. Y encuentra refugio en sus dogmas siempre que vuelve de sus cobardes cacerías de brujas: la cumbre de la mediocridad es el fanatismo. Y el fanático es el mediocre que sale de su casa a señalar a los demás sin antes haberse visto en el espejo”.

 Nota: Esta fue la columna que me recordó una de mis más grandes desilusiones.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/mediocridad/14898081

 

¡Qué viva el instinto maternal!

Encabeza hoy la Revista Semana un titular que me gusta: “La hora de las mujeres en el Congreso”. Dice el artículo que las mujeres están marcando la pauta en la discusión de los temas relevantes para el país. Y sí, nosotras marcamos pauta, y sin necesidad de concursos –esto a propósito de la mujer que fue acribillada por los medios en un acto de carroñería patética y vulgar, acto que los mismos medios trataron de limpiar resaltando un concurso de talento femenino en Antioquia-. Tenemos que hablar mujeres, con miedo o sin él; tenemos que sacar toda esa energía que mantenemos acumulada en el estómago para decir lo que pensamos. Nosotras tenemos una fuerza natural para transformar porque nuestro instinto animal es muy diferente al masculino. Nosotras miramos, analizamos y tratamos de escoger lo mejor hasta para los hijos que no tenemos. No digo con esto que seamos unas santas, pero mientras los hombres se ocupan de discutir y planear estrategias para conservar el poder, nosotras nos ocupamos más de las estrategias para conservar la vida. Los cuarenta y tres proyectos de ley presentados por las mujeres del Congreso le dan soporte a mi argumento (bienestar, pobreza, salud, educación). Los hombres del Congreso, de las especies Gerlein o Barreras -famoso esta semana por su frase sobre el chicharrón y la marihuana-, deben estar trasnochados pensando en las elecciones regionales. En este punto se me viene a la cabeza una imagen que recreé al leer un artículo hermoso y desgarrador de Juanita León, en el que contaba cómo después de una masacre paramilitar en algún pueblo, las mujeres madrugaron con escoba en mano a lavar la sangre derramada en el parque y a arreglar las flores de sus jardines. Tenemos una fuerza muy poderosa, vital para la sociedad, pero que ha sido siempre subestimada y caricaturizada en forma de escoba. En nosotras se gesta la sociedad, y eso se puede tomar de manera literal o simbólica. Las mujeres del Congreso son una muestra diminuta de todo el potencial que tenemos y de la necesidad de seguir llenando espacios. Esos espacios tenemos que lucharlos, colonizarlos, porque Claudia López –por mencionar un ejemplo- no llegó al Congreso por un concurso de talento. A mí no me gustan ese tipo de concursos por algo que un hombre supo expresar mejor que yo en Twitter: “Hay un tipo de misoginia que les exige a las mujeres que demuestren que son capaces todo el tiempo”. Yo no compito con otras mujeres, ni por belleza ni por talento. No quiero espectáculos, sino que a las mujeres se nos escuche y que se potencien nuestras ideas. No quiero ser una cuota ni un relleno. Aplaudo a las mujeres del Congreso, pero esto no es sólo una reivindicación de la mujer que da ese tipo de batallas dentro del recinto que decide el destino del país, sino también una reivindicación de la maternidad. Todas las mujeres, mamás o no, podemos hacer (¡y hacemos!) grandes aportes en aquellas cosas que, aunque parezcan pequeñas e insignificantes, son las instituciones en las que se fundamenta la sociedad: la familia y la escuela. (Muchas mujeres son maestras).

Nota: El artículo que motivó estas palabras. http://www.semana.com/nacion/articulo/la-hora-de-las-mujeres-en-el-congreso/409105-3

 

 

 

Antioquia: ¿Políticas públicas o Show de las Estrellas?

Leo en el Facebook de un amigo que en Yarumal recibieron los insumos para el establecimiento de 450 huertas familiares. Me alegré porque esas son las noticias que me gusta leer. El programa de huertas de la gobernación de Antioquia me parece muy importante porque en el sector rural hay problemas de nutrición que no se solucionarán con vías ni con la construcción de parques educativos. El hambre es un problema de distribución del ingreso. Estamos en capacidad de producir suficiente alimento, el problema es que la gente que vive en condiciones de pobreza no puede pagar para obtenerlo. Por eso son importantes las huertas familiares y el autoabastecimiento en el sector rural.

Como el programa de huertas, hay otros programas también muy importantes de los que sabemos poco o nada, como Antioquia Joven y Antioquia Digital, que se enfocan en el trabajo con jóvenes de todos los pueblos y en contenidos educativos. Pero a pesar de su relevancia, este tipo de programas, que impactan de manera directa y casi inmediata la vida de la gente, reciben mucha menos atención que los concursos que tienen invadido el gobierno de Antioquia. Nos mantienen embelesados con concursos que, en vez de ayudarnos a mejorar como individuos que forman parte de un colectivo, podrían llegar a exacerbar nuestro arribismo. Nos trasladaron la algarabía del estadio a todos los espacios. Como decía una amiga: “esos concursos de la más educada parecen parte de uno de esos programas intrascendentes que presentan en televisión por las tardes”. Cambia el tema, pero el formato -con sus códigos secretos- se conserva.

A la gente le gustan los concursos, claro. El bingo, las rifas y hasta las peleas de gallos hacen parte de nuestra cultura; entonces digamos que la estrategia les funciona para mantener a la gente hipnotizada frente al televisor con la adrenalina que nos generan siempre aquellas cosas en las que resulta un ganador y un perdedor. Lo que me parece muy lamentable es que no sea precisamente un hipnotismo frente a la reflexión sobre lo que somos como sociedad y sobre lo que queremos llegar a ser juntos, como sociedad. No digo que no se deban hacer los concursos y que la educación no se pueda volver espectáculo, pero pienso que una cosa es querer superar los propios miedos, los obstáculos y las limitaciones, y otra muy distinta es querer superar a los demás. En la segunda puede estar la base del arribismo, muy arraigado también en nuestra sociedad. Como principio, el lenguaje de la competencia no debería ocupar tanto espacio en un gobierno cuyo eje central es la educación.

Mientras me entero del programa de huertas por un amigo en Facebook, por los mensajes oficiales de la Secretaría de Agricultura -que me llegan al correo- me entero de la creación de un nuevo concurso que se llama “Encarrétate con el Agro”. Hace como tres semanas me llegó otro concurso que se llamaba “Gánate un iPad con el agro”. Mientras el sector agrario está jodido con las lluvias, los bajos precios que reciben los productores en las centrales mayoristas, el alto costo de los insumos y el mal estado de la infraestructura vial, el director de rifas, juegos y espectáculos de la gobernación nos pone a concursar para ganarnos un iPad. Sin duda, ese incentivo llamará la atención en las fincas de recreo. Se gastan una millonada en publicidad mientras lo que necesitamos son políticas públicas serias, no la versión mejorada del Show de las Estrellas.

Un listado de los concursos que se me vienen a la cabeza:

Mujeres talento
Olimpiadas del conocimiento
Mejor taza de café
Gánate un iPad
Quién se le mide
Encarrétate con el Agro

Solo les falta sacar el concurso “Los miserables tienen talento” y que me llegue la invitación a participar a mi buzón de correo. Termino con un cuestionamiento: ¿Cuánto cuesta verle la cara al gobernador cada semana en su versión paisa de Aló Presidente?