Bertrand Russell

Bertrand Russell, uno de los más adorables filósofos de este tiempo -que sin haber sido el mío tampoco lo siento ajeno-, le dedicó la recopilación de su vida a su última compañera, después de haber tenido muchas, porque la búsqueda filosófica de Russell también incluía al amor, y por eso vivió con una y con otra, quizá pensando que el amor podría parecerse a algo. Al final lo encontró después de buscarlo como por 80 años y murió tranquilo. Yo creo que el amor es muy raro y que cada quien lo peina para el lado que mejor le convenga. Para mí el amor es paz y produce mucho sueño. Por ejemplo, cuando yo miro el amor en sus ojos me da un sueño como de muerte. Si la muerte llegara así, súbita a través de esos ojazos, la muerte sería todo un deleite. Que Dios permita que así me llegue.

Esta fue la dedicatoria de Russell a Edith, quien no fue su compañera de la vida, sino prácticamente la de su muerte:

“A través de los largos años
busqué la paz
y encontré el éxtasis,
encontré la angustia,
encontré la locura,
encontré la soledad;
un dolor solitario
que corroe el corazón.

Ahora, viejo y con el fin cerca,
te conocí,
y conociéndote encontré el éxtasis
y también la paz.
Ahora sé lo que es descasar
después de tantos años de soledad.
Ahora sé lo que pueden ser la vida y el amor.
Ahora, si muero, moriré pleno”.

Amores rematados

Mi vida no tiene puertas, tiene piernas: piernas de entrada y piernas de salir corriendo. La boca es para comer y para hablar con la gente. Algunos se han acercado a mi boca. No me importa. Es una cercanía que no siempre me molesta. El engominado me invitó a almorzar y me regaló un libro. Al despedirse me abrazó y acercó su nariz a la mía. “Si yo fuera él te seguiría hasta el infierno porque al infierno es mejor caminar acompañado”, dijo. Tembló como temblaba, respiró como respiraba. Yo me quedé quieta, con los ojos abiertos, firme como un poste con cables de alto voltaje. “Si fueras él, me dejarías en el infierno y saldrías corriendo”, pensé.

No se lo dije porque sonaría a patético reproche y se daría cuenta de lo mucho que me costó sacarlo del infierno de mi cuerpo. Corrió lejos de mi vida, pero antes de irse me amputó las piernas para que no pudiera abrírselas de nuevo a otro, o para que, en caso de lograr adaptarme al uso de unas prótesis, las abriera y recordara con cada hombre el camino por el que se había fugado él de mi vida, el mismo de escaleras lúgubres por el que había transitado la violencia para transformar mi cuerpo en una prisión hermética, impenetrable. Cuando pudo recoger mi cuerpo, tendido por siempre sobre los últimos escalones de una casa fría, salió corriendo. Ahora lo veía, parado frente a mí, con la punta de su nariz rogando a que mis labios rozaran los suyos y se lanzaran al beso. Fue un instante eterno. Sus ojos se convirtieron en un telón sobre el que se proyectaban mis fotografías imaginarias, porque nunca dejamos pruebas físicas de nuestra existencia juntos. En una imagen caminaban dos bajo los gualandayes florecidos de la avenida, en otra se abrazaban en un aeropuerto, en otra él la abrazaba por la espalda mientras ella preparaba algo en la cocina, en otra fotografía -muy temblorosa- él la desnudaba. Sentí otra vez sus lágrimas rodar por mi cuello después de ver la imagen de aquellos dos que se abrazaban. En realidad no eran lágrimas, era lluvia, estaba lloviendo. Diez años después de haberme dicho adiós ocultando sus ojos, su nariz esperaba mis labios bajo la lluvia.

Es inevitable no viajar a nuestros momentos hoy, cuando me encuentro ante la separación inminente de ese que él quisiera ser. Que le deje saber cualquier cosa de mi vida, fue lo que dijo antes de entregarme el libro. Para qué. El matrimonio es como matricularse en una universidad, él tuvo la oportunidad de quedarse en la de Antioquia, en filosofía y letras, pero prefirió marcharse para la escuela que tarde o temprano muchos también elegirán; se dedicó a la comunicación y a los medios audiovisuales. Elegiste, no sé si bien o mal, pero qué más da. Es tiempo de asumirlo. Yo elegí la Nacional y se me acabó. No tengo interés de matricularme en ninguna otra. El hombre que quisieras ser, el que abracé por tantos años al abrir mis ojos en las mañanas, el que con cuidado levantó mi cuerpo de las escaleras y lo limpió con sus labios, también tiene derecho a elegir, aunque su elección implique su partida. Se irá. Yo lo veré alejarse sin reproches, sin malas palabras, se irá sólo con mi gratitud por haberme amado. El hombre que quisieras ser quiere volar como una vez volaste. Le soltaré toda la cuerda aunque me consuma otra vez, porque por la libertad de elegir a quien amar vale la pena consumirse esta y todas las veces. La libertad de irse y de venirse amerita el dolor. Desde hace rato me está doliendo y no logro ubicar el dolor en alguna parte de mi cuerpo. En el corazón no es. A uno lo que más le duele siempre es la frustración de un proyecto que se desmorona y la sepultura de unos hijos que no nacieron. A uno lo que más le duele, siempre, es el ego; y no he podido saber en qué parte de mi cuerpo se ubica ese maldito. La borrasca estaba anunciada, el problema es que detener una borrasca es imposible. Es mejor salirse del río y montarse al árbol más alto y más lejano para verla pasar, después regresa uno a recoger lo que haya quedado. Si la borrasca ocurriera en Japón quedaba mucha cosa rescatable, pero en Colombia cualquier aguacerito termina en borrasca y acaba con todo, hasta con el nido de la perra. Allá las cosas -puentes, carreteras, edificios, instituciones y leyes- parecen hechas con columnas de balso, mierda y mocos.

Si se caen torres y puentes con una llovizna, cómo no se van a caer las relaciones disparejas. Las parejas también se caen, y si no se caen solas, otros se esfuerzan en tumbarlas. Uno, dos, tres polvos por semana. ¿Quién da más? Usted, caballero, lleve la pomada para que el amor se le mantenga erecto, y para disimular la ausencia de ganas, le recomiendo este frasquito de amor eructo. Y a usted, señorita, que la frigidez le causa ardores, le tengo este lubricante de angustias y temores. Pasen, no les de pena. Bienvenidos a esta feria de amores rematados.

Pésima y póstuma

No me gusta escribir así porque puedo resultar mucho más pesada de lo normal. Escribo para no perder la costumbre, es mi ritual de las mañanas sentarme a escribir despeinada y con un café al lado. Quisiera que unos instantes fugaces de fortuna me detuvieran de escribir que me siento pésima y póstuma como pocas veces me he sentido, que la energía me falta, que me pesan los pies tanto que si no fuera muy raro me movería arrastrada, que me siento como si me hubieran robado un órgano en la calle y después me hubieran dejado tirada; que me siento enferma y con ganas nada. Tocaron la puerta y no abrí. Escuché el teléfono y no contesté. Las palabras me susurraron al oído y no las escribí. Estaba tratando de descifrar el misterio del tiempo: es muy raro que a las 2:40 y a las 3:40 las separe una hora, y que en un segundo esta casa haya dejado de ser nuestra, que yo esté empacando mi maleta.

Ahogada entre papeles y leyes me regreso a la casa que nunca a pesar de la distancia ha dejado de ser mía; las demás se desmoronan con mucha facilidad. Mi padre, para disimular su tristeza, está sembrando una nueva huerta en la terraza porque su mejor manera de reivindicar la dignidad de cada una de mis lágrimas es sembrándole árboles a la desolación de los rincones más lúgubres de una ciudad violenta en su color rojo ladrillo y en sus cables de alta tensión que se atraviesan en la vista de todos los balcones. Pero en medio del caos que domina en mi cabeza, sé que a mi regreso me esperan los bosques plantados por mi padre. Esa es mi esperanza y mi única certeza.

Un arrullo

Sentí escalofrío en las piernas al escucharte.

Te estaba pensando justo cuando enviaste la canción. Te tengo noticias: la telepatía funciona. Pensaba en lo mucho que me gustaría estar cerca de vos por estos días para acariciarte la cabeza mientras espero a que te duermas.

Creo que sería lo único que haría, sobarte el pelo para que te durmieras, después te cobijaría y retiraría mis manos de vos muy lentamente, con mucha maña, para que no te despertaras. Te leería tal vez un cuento infantil… no sé, algo tranquilo, distinto, para nada trascendental; algo como la historia de un osito que se encuentra un huevito de colibrí y trata de muchas formas de devolverlo al nido. Algo así, tranquilo, un arrullo de susurros, una caricia que te reconforte un poco el alma -si acaso se pudiera-, un beso en la frente y un hasta mañana que será otro día. Un duérmete conmigo.

https://www.youtube.com/watch?v=6b7GKvPsG6Y

 

Instinto de supervivencia

Siempre se le oyó decir que a uno el amor le entraba por la nariz y por los ojos y que lo que el cuerpo no rechazara era potencialmente amable. Pero cuando lo tuvo por fin cerca, frente a frente, cuando se llegó el momento de saber de qué color eran sus pupilas, ella se distrajo contando las baldosas del suelo. Y cuando él la abrazó fuerte, como para que nunca se fuera, ella se estranguló las fosas nasales contra su pecho.

Diana Londoño.

Mis tesoros

Que si me podían mandar cartas, me preguntó una niña al despedirse. Claro que sí -le respondí-; cuando tengan cartas para mí se las pueden entregar a la maestra Sofi. Ella las amarrará a las patitas de una paloma mensajera y la paloma las llevará volando hasta Holanda y las dejará en mi ventana. Yo dejaré todos los días un granito de maíz en mi ventana, haré una hilera de granitos de maíz para que la paloma se alimente cuando llegue con las cartas.

Partida de la profe Diana

Se me llegó la hora de partir de nuevo.

Estas han sido mis vacaciones más cortas en Colombia y también las más productivas. Me regreso a Holanda con muchas lecciones aprendidas y con muchas ganas de seguir trabajando con la maestra y con todos los amigos que nos quieran ayudar a sacar adelante el proyecto de la Casita Rural, que ya lleva un año de programas (contenido) en una escuela y que se podrá empezar a usar como espacio físico en un mes.

Mis últimas palabras para los niños en la escuela fueron muy difíciles porque yo no he podido aprender a no sentir mucho. Estaban todos en una mesa redonda en completo silencio esperando mis palabras de despedida; desde el más chiquito de preescolar, hasta los dos más grandes que están en cuarto y que son los que más energía propia y ajena consumen, me miraban con la atención que a veces les falta para hacer lo que deberían hacer según mandan las cartillas… Les expliqué de qué se trataban todas esas actividades extraordinarias que habían disfrutado tanto el último año y por qué algunos profes de refuerzo estaban yendo semanalmente a la escuela a ayudarle a la maestra. Les pedí que la quisieran mucho a ella, que la valoraran y le ayudaran porque ellos sabían que a veces se pasaban en algarabía, peleas y quejas.

Cuando les quise agradecer por todas las enseñanzas que me habían dado ellos a mí, la voz se me esfumó, otra vez, tal como me pasó en la Nacional. Me dio rabia conmigo por ser así tan llorona, y recordé que cuando estaba en primaria se me escapó la voz de la garganta una vez que me tocaba cantar una canción en un acto cívico. Digo que me tocaba porque a mí nunca me gustó ser el centro de atención en el colegio y todavía tengo problemas con eso, en especial cuando debo hablar de las cosas que más me importan y duelen. Me cubrí los ojos con mis manos y el silencio del salón lo escuchaba como un estruendo. Escuché un zapateo, era el de la maestra que había salido del salón corriendo, quizás con el ánimo de perseguir mi voz. Respiré y le supliqué a Dios que me la devolviera, que me devolviera mi voz, aunque fuera con temblor, y que me permitiera cerrar la parte más crucial de mi viaje con firmeza.

Respiré varias veces antes de destaparme los ojos y cuando me sentí capaz levanté la cabeza. Al mirar a los niños me di cuenta de que todos estaban muy conmovidos y de que muchos estaban llorando. Fue un segundo muy hermoso entre nosotros. La maestra entró de nuevo al salón con los ojos llorosos. En ese instante comprobé que los niños tienen algo fundamental que los grandes hemos perdido: empatía. La empatía es la base de la compasión y la compasión es lo que quizás nos lleva a cuidar por instinto al otro. Sentí una gran felicidad al saberlos tan receptivos a mis emociones.

Les pedí que siguieran disfrutando y que nos ayudaran a mantenernos motivados para seguir viajando hasta donde ellos y para seguir recogiendo amor y buena voluntad para poder financiar las entradas, los materiales, los refrigerios y el transporte, porque nada de eso había sido ni será gratis. Les pedí que cuando necesitaran un abrazo fueran a la Casita, cogieran un libro y dejaran que sus páginas con letras o dibujos los abrazaran, y que aprendieran a usar los computadores para leerles cuentos por videollamada. Me aplaudieron y al salir todos me querían abrazar. Ese día nadie se quería ir de la escuela y para mostrarme su agradecimiento me regalaron un montón de tarjetas que habían pintado y que se suponía eran para sus mamás; casi todas las tarjetas quedaron en manos mías y de las otras dos profes. Ah, también me compusieron y cantaron una trova. La gratitud de estos niños y el amor por su escuela sobrepasaron mis expectativas.

Creo que mi aporte más importante, además de la empatía, la alegría y los abrazos, fue la implementación del día sin quejas en la escuela; el resultado fue tan aliviador que la medida fue adoptada de inmediato y será implementada todos los días del año.

Hasta la próxima. Y sepan que la Profe Diana no los ha abandonado. Algún día aprenderemos que partida no es sinónimo de abandono.

Diana Londoño.

 

Día del maestro

Por el día del maestro he leído hasta felicitaciones de parte de algunas mujeres a sus novios o maridos, que no sólo no son maestros, sino que además han sido expertos burócratas mamadores de la teta pública y de la educación; pero que, según ellas, les dan a diario unas lecciones tremendas de vida. Los amigos que recibieron ese tipo de felicitación deben haber quedado hasta muy contentos con semejante lambetazo de mentiritas, lambetazo que, entre otras cosas, me arrancó sonrisas y carcajadas (eso se los agradezco a todas las novias aleccionadas). Llamar maestro al novio es como decirle doctor a todo el que nos eche alcohol en un raspón.

Yo en cambio voy a pasar una vez más por amargada; me niego a felicitar al por mayor a mamás, papás o maestros, y las razones particulares me las reservo junto con la imagen de unas manitos quemadas. De malas madres, malos padres y de malos maestros estamos llenos. Qué pena desentonar, pero parir por parir no tiene ningún mérito. Y sí, hay que dignificar a los maestros, pero muchos tendrían que empezar a dignificarse ellos mismos.

Para terminar esta pequeña muestra de recarga de pluma, sí quiero hacer un reconocimiento a los maestros que no salieron a paro, no porque se sintieran satisfechos con sus condiciones salariales y de vida, sino porque saben que muchos niños están mejor con ellos en la escuela y que, con ellos en paro, muchos se quedan sin la comidita del restaurante escolar que reciben todos los días. Para muchos niños esa es la única comida del día, y eso que no debe faltar el miserable contratista que les robe la mitad.

Colombia es un país injusto para la mayoría, no sólo para los maestros.

Aumento salarial para maestros: por supuesto y hasta de dos veces -o más- de lo que le dio el promedio a la Ministra.
Evaluación: sí, obvio. A todos nos evalúan a diario.
Cambio en los criterios de selección: también.

Diana Londoño.

Parques del Río y otras megaobras

La Alcaldía de Medellín defiende la intervención de Parques del Río argumentando que si los ciudadanos nos apropiamos del espacio del río, los habitantes de la calle se alejarán. En su lógica unos se tienen que apropiar para poder expropiar a otros, que además también son ciudadanos, aunque vivan en la calle.

En estos días un reconocido líder del performance de la bicicleta celebraba el  fallo de tutela que permitía la continuidad en la construcción de un tramo de cicloruta diciendo que había ganado la ciudadanía. Y a mí me pareció curioso que él no considerara ciudadanos a quienes pusieron la tutela que, según entiendo, pedía detener la obra mientras les explicaban a los directamente afectados de qué se trataba y por qué el interés de hacerla en una calle y no en otra. Me parece además extremo que conviertan todo en un pulso de egos y que a quienes piden una explicación les quiten incluso la categoría de ciudadanos (al menos en el uso del lenguaje).

En Medellín llevan años desplazando a los habitantes de la calle, los han estado barriendo como si fueran polvo y por eso están hoy todos concentrados en la Plaza Minorista. El río tiene 3500 habitantes que tendrían que haber sido tenidos en cuenta en la planeación del proyecto. Pero no, en Medellín lo humano parece pasar siempre a un segundo plano; lo que importa son las obras físicas porque esas nos recordarán siempre el nombre del gobernante que las dejó, aunque se haya improvisado en su construcción y terminen por hacernos sentir extraños en nuestra propia ciudad.

En los últimos años los gobernantes de Medellín, cargados de buenas intenciones y de arrogancia, han embellecido la ciudad desplazando todo lo “feo” y abordando apenas de manera muy superficial las causas de los problemas. Tenemos un megapuente que de noche se ve precioso por la iluminación y que de día se ve monstruoso por la congestión. Ahora tenemos la megaobra del río que condena a la gente a quedarse en la casa por temor a los trancones y a la multitud de un Metro que no da abasto en horas pico. A eso dicen que es hora de sacar la bicicleta, desconociendo que no todo el mundo puede (o quiere) transportarse en una. Ahora se le ocurrió al Alcalde prohibir el tránsito de vehículos de carga a ciertas horas, medida que atenta contra el derecho al trabajo de los transportadores de carga en una vía de uso nacional.

En cuanto a educación -lo fundamental y convertido en muletilla de campaña política-, tenemos unos megacolegios con tableros de última generación que son utilizados por unos maestros acorralados por la violencia y por unos estudiantes rajados en varias pruebas (si se tiene en cuenta el desempeño frente a la inversión) y seguro confundidos en medio de sus dramas adolescentes. Al Alcalde se le ocurrió que sería mejor inventarse su propio sistema de medición para no salir tan mal librado en las pruebas.

Pasando de Medellín a Antioquia (por aquello de la Alianza AMA que nos vendieron Aníbal y Fajardo para salir elegidos), tenemos unos parques educativos que serán entregados en los últimos meses de gobierno a una tasa de diez por mes para poder cumplir con la meta de dejar ochenta en casi todo el departamento. Del contenido educativo y de la estrategia de sostenibilidad se conoce poco. Las megaobras contrastan con las escuelitas rurales de techos remendados  a las que llegan sillas nuevas para unos niños que preferirían tal vez sentarse en el suelo y comerse un buen desayuno antes de ir a educarse.

Tenemos maestros rurales solos en las escuelas encargándose de niños de distintas edades al tiempo -en algunos casos hasta de más de veinte-. A los más pequeños deben enseñarles a juntar consonantes y vocales, mientras a los más grandes deben motivarlos para que continúen con el bachillerato en el pueblo más cercano. Los poquitos que logran llegar al pueblo se encuentran con unas fantásticas olimpiadas del conocimiento que los separan en dos grupos: unos pocos ganadores y miles de perdedores; entre los que se merecen el reconocimiento y una beca, y los que harán parte del bulto, desconociendo el gran esfuerzo de muchos que caminaron por años varias horas para poder llegar todos los días a su escuelita de techos y pisos remendados.

Si replicaran a estas palabras me dirían que también tienen un programa más amplio de becas, y yo les replicaría otra vez preguntándoles cuál sería entonces el propósito de las olimpiadas del conocimiento y del gasto exagerado de dinero en el formato de un programa tipo El precio es correcto, habiendo aún tantas necesidades básicas insatisfechas. Me responderían quizás que el propósito era poner de moda la educación, volverla popular, y yo les volvería a replicar… Así seguiría, hilando fino, hasta llegar a su fundamento, porque un programa que pretenda ser educativo tiene que tener alguno. Y sería maravilloso que me replicaran con cifras: número de escuelitas rurales que recibieron mantenimiento por cada parque educativo construido, número de maestros por niño (urbano y rural) y calorías reales consumidas por niño en el restaurante escolar.

Termino esta retahíla diciendo que los que se enojan con quienes nos atrevemos a señalar los vacíos que vemos, los que dicen que hay que ver siempre lo bueno y se hacen los sordos ante la crítica para evitarse un dolor de ego, son también personajes poco constructivos para la sociedad. Al menos yo señalo vacíos que, de ser atendidos, nos ayudarían a mejorar.

Son poco constructivos porque han decidido ver sólo lo que para ellos es bueno y nos han impuesto a los demás su visión de progreso, anulando, poco a poco, con disimulo y gran indiferencia, nuestro derecho a la protesta. Hacen daño al creer que se puede avanzar hacia la paz que tanto pregonan excluyendo los puntos de vista de los demás.

Diana Londoño.

Vacas flacas

Es lamentable la situación de Fajardo. Vi una campaña en la red que se llama “Yo creo en Fajardo” y la leí como un llamado a cerrar filas.

En su defensa se argumenta decencia y desconocimiento de que el esposo de la funcionaria era el beneficiario de la concesión para explotar la cantera en cuestión -de la cual sospecho tendrá si acaso tres piedras-. Yo creo que así fue; hubo descuido, o mejor, hubo una cadena de descuidos de los funcionarios que debían revisar las concesiones antes de ser firmadas por el gobernador. Sin embargo, ni la decencia, ni la omisión, ni el desconocimiento eximen al gobernador de la falta disciplinaria cometida. La decencia y la moral son conceptos bastante subjetivos.

Cuando quise unirme y ayudar, cuando les pedí que me escucharan, los fajardistas cerraron filas creando una barricada alrededor de su líder. Guardaron silencio, nunca me respondieron por mis proyectos, se hicieron los que me escuchaban pero en realidad nunca lo hicieron, tampoco respondieron con claridad las preguntas nacidas de mi compromiso como ciudadana. Cuando manifesté mi desacuerdo no faltó el que me mandara a buscar otro partido (como si el fajardismo fuera uno).

Ahora, en la época de vacas flacas, soy yo la que guarda silencio. No me les uno al llamado a cerrar filas alrededor de un individuo al que con fe ciega idolatran. Lamento todo el daño que los fieles le han causado a Fajardo -y a la política en general- al no admitir puntos de vista contrarios y al no hablarle a él con firmeza y claridad.

A las instituciones hay que honrarlas, y aunque el Procurador sea un personaje nefasto, la defensa del gobernador tiene que argumentar algo más que decencia, porque la gente decente también se equivoca y tiene que rendir cuentas. Aunque duela, hay que aprender a asumir con entereza las consecuencias de los errores. Y para mí el peor error de los fajardistas ha sido la arrogancia. Tan nefasto es el Procurador para el país, como el hecho de que el fundamento de los movimientos políticos no sean las ideas y la deliberación entorno a ellas, sino el culto a algún individuo en particular.

Guardo silencio porque no quiero caerle al caído. Pero en mi silencio esperaré que de todo esto no resulte el gobernador inhabilitado.

Esto me lo encontré en un muro ajeno:

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.