“Los llamaban locos”

Alguien desempolvó una foto mía que refleja mi época de Diana más ilusa. En la foto tengo la camiseta de Compromiso Ciudadano por Colombia. Yo soy muy crítica, lo sé, casi insoportable. Yo me soporto porque me toca, los demás están en libertad de bloquearme y de sacarme de sus asambleas, listas y reuniones. Lo pueden hacer con tranquilidad y cuando se arrepientan, porque seguro les hará falta mi insoportabilidad, pueden volver que yo con gusto les abro la puerta de mi pared virtual. Semanalmente recibo uno que otro bloqueador arrepentido.

En la política tradicional los discursos cambian. Por ejemplo, si a la gente le van a subir el predial, el político tradicional dice que va a trabajar para que no suban el predial. Si hay problemas de movilidad, el político tradicional dice que va a construir un puente con diez carriles (aunque la salida a la autopista tenga uno solo y la autopista dos). Mal que bien, el político tradicional adapta su discurso y su programa a la realidad. En medio de ese dinamismo populista y sagaz de la política tradicional, ve uno a los políticos alternativos -a los de jean desgastado, corbata heredada y eslogan de moda- pedaleando en una bicicleta estática, repitiendo las mismas cosas y replicando los mismos programas de hace diez años. La continuidad es un ideal en las políticas públicas, pero la realidad es dinámica. No todo lo de los políticos tradicionales está mal. Ellos se mueven y están en la jugada, eso se puede tomar de la política tradicional, no el populismo, sino el dinamismo. Nadie va a dudar de la pulcritud de los políticos alternativos porque se hagan una autoevaluación, se pellizquen y se muevan. O que por lo menos se inventen frases distintas porque ya parecen loros.

Repeat after me:

“Antioquia la más Educada”. “La calidad de la educación empieza por la dignidad del espacio”. “No nos robamos ni un peso”.

Eso de no robar es un mandamiento, una obligación moral con el otro y con toda la sociedad. ¡Saquen eso de ahí! No están educando, están adoctrinando con su discurso “mántrico”. Aunque ni siquiera eso, se están autoadoctrinando -que es peor-. De lo repetitivo que es, el discurso ya no se escucha porque perdió la fuerza. Hablo por supuesto por mí, que me hastié, me empalagué como si me hubiera comido una torta Deli entera. Quise construir desde adentro de Compromiso Ciudadano y no encontré un lugar para hacerlo; intenté que me escucharan muchas veces, quise ayudar, pero fracasé en todos mis intentos. Entonces, como no pude construir desde adentro, me tocó tratar de destruir desde afuera esa barricada de egos que construyeron. Lo hago con bombas molotov de palabras a ver si de pronto con eso despiertan, toman aire y se renuevan. A veces hay que destruir para poder reflexionar y construir. Por eso mi crítica es destructiva, y es ahí, en su poder destructor, donde radica su importancia. Ya hay demasiada gente dispuesta a sobarles el saco y a enceguecerlos con el halago.

Se quedaron en esto: “Es que mire, hace 15 años que empezamos nos llamaban locos”. Empezaron y allá se quedaron con el mismo discurso, con la misma gente, con las mismas frases, con el mismo cuento. Superen el comienzo a ver si logramos continuar, pero trabajando en equipo (y nótese la conjugación… parece que todavía soy ilusa).

Aguirre el dictador

“Aguirre es autoritario, dominante. Nació para ser jefe. Terco, dogmático, apasionado en sus ideas. Nunca cede a las razones contrarias. Liquida las discusiones con un silencio indiferente, o con una risita nazi que oculta sobándose su bigote prusiano.

Ordenado y metódico en sus empresas, lógico como un cerebro electrónico. En todo lo que hace triunfa. Esto no quita que en la calle, en el bar, en la amistad, sea un idealista y un romántico.

Posee una virtud admirable: cada que triunfa tira los laureles y se embarca en nuevas aventuras. No se deja coronar por la frágil gloria de adormidera que se ciñen los hombres mezquinos. Le interesa más la lucha que la gloria (…) Nada lo apacigua, excepto la lucha; nada lo sacia sino la sed. Le interesa menos la cosecha, y más la siembra.

En él identifico, por eso, las grandes, las puras, las épicas virtudes de la raza antioqueña, tan degradadas por el folclorismo cultural de barbera y alpargatas, y que no son más que símbolos decadentes de degeneración del espíritu antioqueño, exaltado por literatos provincianos estilo Mejía VaIlejo, para quienes el bobo de Jericó es un personaje de novela de vanguardia, en esta época en que los hombres jinetean sobre cohetes por los laberintos del cosmos. Da risa y lástima que los literatos antioqueños sigan escribiendo himnos a la arepa, al bambuco, a las orquídeas y al bobo de Jericó. Allá ellos con sus venerables tradiciones y sus templos de oro donde rezan con una fe utilitaria a dios Plutón…

Alberto posee un espíritu dominante. Esta voluntad de dominio que se refleja en su bigote nietzscheano, la heredó de su padre Pedro Claver Aguirre (-), que fue gobernador de Antioquia en las épocas embanderadas de la Revolución en Marcha de Alfonso López. Alberto se paseaba con su padre por las plazas públicas en calidad de hijo del gobernador. La embriaguez del poder y los delirios de las muchedumbres dejaron una profunda huella en su espíritu adolescente. De esa nostalgia del poder conserva su temperamento autoritario y mandón. De las masas, su fervor por el pueblo, su solidaridad con los que sufren miseria y opresión, y esperan ser redimidos por un líder. Ese líder nunca será el doctor Alberto Aguirre, pues si él se dedicara a la política, sólo aceptaría ser dictador. Su primer acto de gobierno sería decretar el fin de la democracia. Por fortuna para la democracia, por Alberto sólo votarían dos personas: él y yo”.

Gonzalo Arango.

http://www.gonzaloarango.com/ideas/albertoaguirre.html

 

 

 

 

 

En Medellín hay mucho político alternativo de jean desgastado, corbata heredada y eslogan de moda. Tienen un cierto aire a Rin Rin Renacuajo.

Conversación imaginaria con Fajardo

Hice el ejercicio de tomar algunas frases de Fajardo de una entrevista que le hicieron en El Espectador. Comenté cada frase y dejé planteadas algunas preguntas. Todas mis preguntas quedan por ahora sin respuesta -ya saben ustedes que los políticos son muy escurridizos-. Esta fue mi conversación imaginaria con el Gobernador:

Fajardo: “En muchos municipios, estos parques van a ser los sitios más bonitos del pueblo”.

Diana: Hombre Fajardo, ese es uno de mis puntos de discordia con los parques -porque tengo varios-. ¿Están construyendo lugares de encuentro o los sitios más bonitos de los pueblos? Qué muletilla la que tenés con la palabra “más”. Además, eso de la belleza es tan relativo… lo que es bonito para vos no tiene que ser bonito para los demás. Hay un arraigo por la arquitectura tradicional y unos patrones culturales de belleza que hay que aprender a respetar.

Fajardo: “Acá han creído que como la gente es humilde, cualquier cosa que le den es ganancia. Pero nosotros no somos un pueblo de limosnas”.

Diana: No sé qué decirte, hombre Fajardo. Hay prioridades, hay prioridades. No se trata de limosnas, sino de atender las cosas más urgentes. Sitios de encuentro ya hay en cada pueblo, pero muchos se están cayendo. ¿Los dejamos caer todos para abrirle campo al bello Parque Educativo? ¿Esa es la idea? Si algunos pueblos no tienen con qué mantener la infraestructura que ya tienen, ¿cómo van a mantener la nueva?

Fajardo: “En los pueblos donde nadie volteaba a mirar a los docentes, los parques educativos los han convertido en personas importantes”.

Diana: Es cierto que los parques educativos visibilizaron a los pueblos, mas no a los docentes. Pero esa visibilización se debe a que esos parques son el plan bandera del gobierno departamental y su plataforma política. Lo de la plataforma política no está mal, pero me parece pertinente dejar claro que no se ha visibilizado a los docentes. Al menos no es mi impresión, y si estoy equivocada quizás deban revisar su estrategia de comunicación. Hombre Fajardo, yo no creo que un parque vuelva importante a nadie. La gente, por ser gente, ya es importante. Aunque esas son nimiedades del lenguaje. Avancemos mejor.

Fajardo: “No nos concentramos en pruebas de matemáticas porque ese no es el punto fundamental, sino en problemas de desigualdad, violencia e ilegalidad. Esto es doloroso (…) Después de resolver eso, si quiere discutimos las pruebas. Porque no es justo poner en la misma balanza al colegio Los Nogales de Bogotá con la escuela de Abriaquí, Antioquia”.

Diana: ¡Chóquela Fajardo! Por fin nos encontramos en algo. ¿Pero no cree que después de diez años de políticas que han tenido cierta continuidad en Medellín, los resultados en educación -por lo menos en términos de convivencia escolar- deberían ser mejores? ¿No cree que les está faltando algo en la fórmula? No sé, tal vez no era tanto por el lado de los parques biblioteca y la “dignidad del espacio”. ¿Cuál es su reflexión al respecto? Porque pareciera que están replicando la fórmula en los demás municipios de Antioquia.

De otro lado, si las pruebas Saber pueden esperar porque hay otras prioridades, ¿por qué poner a competir a los jóvenes de los pueblos en las olimpiadas del conocimiento? No encuentro diferencia fundamental entre las pruebas Saber y sus olimpiadas, aunque me parece que en las segundas se fomenta mucho más la competencia. Una frase: “Todos hablan de paz, pero nadie educa para la paz. En el mundo educan para la competencia y la competencia es el inicio de cualquier guerra”. Gobern, ¿qué piensa usted del fomento de la competencia en la educación? ¿Valdrá la pena separar a los jóvenes entre un ganador y muchos perdedores, entre mejores y peores?

Fajardo: “Las escuelas rurales no se ven porque han estado atrapadas en la violencia y distanciadas por el Estado. De firmarse un proceso de paz, el mundo rural tiene que cambiar y cada escuelita de vereda se va a convertir en un punto nodal para avanzar en el posconflicto.

Diana: ¡Choque esos cinco otra vez, hombre! Pero no es necesario esperar a que se firme un acuerdo de paz para hacer de la escuela un factor articulador de la comunidad alrededor de la paz, la educación, el emprendimiento, y demás cosas maravillosas. ¿No le parece que eso lo podríamos empezar ya? Es más, hay gente que lo está haciendo; por qué no se suma a las iniciativas locales y les sube la potencia a la “n” -para ponérselo en términos matemáticos-. Pero ojo, Gobern, no es sumarse con el sello de la más educada que ya está estampado en todas las escuelas, en los peajes y hasta en los aguacates; sino sumarse de verdad. Como en el poema de Benedetti: contar contigo, no hasta dos ni hasta diez, sino contar contigo.

Fajardo: “Necesitamos acercar con vías a estas escuelas, convertirlas en los puntos de encuentro más lindos de toda la comunidad, porque ahí se reúnen los líderes y la junta de acción comunal a resolver los asuntos de todos”

Diana: Ahora sí, Fajardo, venga un abrazo. Eso es fundamental porque los maestros rurales hacen esfuerzos sobrehumanos por sus niños y por la comunidad. ¿Cuáles han sido las acciones específicas en esto de acercar a las escuelas rurales? Espero que no sean solo vías terciarias… ¡Sorpréndeme!

Fajardo: “Las escuelas rurales merecen tener buenos tableros, estar conectadas a internet y tener mejores instalaciones para los maestros a los que les toca vivir en ellas, dormir en ellas, cocinar en ellas. No me cabe duda de que serán las escuelas rurales conectadas el eje para articular un proceso de paz en las regiones”.

Diana: Parcialmente de acuerdo hombre, porque muchas escuelas rurales tienen recursos subutilizados porque los maestros no dan abasto. A una maestra con veinte niños de distintas edades le queda poco tiempo para innovar en sus clases, aunque tenga el mejor tablero. Además, muchos niños rurales tienen serios problemas de nutrición. ¿No le parece que todo es un proceso y que tal vez los maestros necesitan más apoyo y acompañamiento? Pero allá, Gobern, en las escuelas. Ustedes tienen un plan de becas para maestros, pero un diploma de maestría no les soluciona esos problemas cotidianos. La realidad rural es compleja, pero en medio de la complejidad hay mucha belleza. No se la pierda por estar pensando tanto en adobes y tableros. Acépteme aunque sea eso.

Nota: Esta es la entrevista real que le hicieron a Fajardo: http://www.elespectador.com/noticias/educacion/catedra-paz-carreta-articulo-521759

Animalismo y Ébola

Guardé silencio ante el sacrificio de Excálibur, el perrito de la enfermera infectada de Ébola, no porque me faltara lamento por su infortunio, sino porque el Ébola es bastante grave como para hacer una revolución mediática por una medida de salud pública (por no decir que por un perro). Es una tragedia lo que está pasando en los focos de infección. No se sabe cómo detener la epidemia en humanos, no existe vacuna, ni cura probada; básicamente el que se contagia puede ir pidiendo de una vez los santos óleos si es que le permiten la entrada a un cura al hospital (en caso de que haya hospital). Tener un perro caminando por ahí sin saber si se incuba en él un Ébolita es inconveniente y asustador. No justifico su muerte, pero tampoco me aventuro a protestar ante el panorama tan desesperanzador y de derrota que se percibe en los países africanos que son foco de la enfermedad. Tal vez se podría haber dejado en cuarentena en un lugar especial para un perro, mientras en los lugares de la epidemia lo mejor que puede pasar es que los enfermos se mueran porque no hay camas, ni médicos, ni las medidas sanitarias necesarias para atenderlos. En cualquier caso, me parecen terribles estos dilemas en que nos envuelve la vida. Ante la incertidumbre las medidas de salud pública tienen que ser estrictas. Me pregunto cuántos de los que protestaron por el sacrificio del perrito habrían estado dispuestos a recibirlo en su casa y convertirse -de pronto- en un foco más de infección. Dirán que para eso es la cuarentena, pero en la cuarentena también habría personas involucradas en riesgo de infección. Yo no estaría dispuesta a recibir a Excálibur, mi amor por los animales no me alcanza para exponerme y exponer a los demás a un virus que no causa una simple gripita.

Lo que está pasando con el Ébola se llama control biológico. La naturaleza tiene sus mecanismos de defensa y regulación de población. De cuando en cuando la naturaleza se saca del sombrero uno que otro virus mortal. Esos virus son su arma más poderosa, porque causan un daño terrible y ni siquiera están vivos. Ellos utilizan nuestras células para multiplicarse; los virus ponen toda nuestra maquinaria viva a trabajar para ellos. Los virus nos esclavizan. Las drogas que logran afectar al virus con seguridad afectan el funcionamiento de muchas cosas más. Cuando se muere una persona contagiada también se lleva el virus porque él nos necesita vivos. Entonces, por definición, no hay antibióticos para virus porque no se puede matar lo que no está vivo. Mientras se inventan las medicinas podemos aprender a prevenir el contagio de la misma manera que aprendimos a no contagiarnos con el VIH, y apelar al sistema inmunológico de cada persona y a su capacidad natural de defenderse de los agentes extraños. No es casual que este tipo de enfermedades le peguen más duro a los países africanos porque allá es donde hay más pobreza y donde el sistema inmune está más suprimido por el hambre; allá es donde quizás se expresa con mayor fuerza la selección natural: sobreviven los más fuertes. Para cuando la ciencia logre desarrollar una vacuna y logre probarla en monos -esto por supuesto tapándose los oídos para no escuchar las consignas de los activistas en favor de los monos-, ya los muertos humanos se contarán por millares y no serán solo africanos. Vale recordar que en treinta años la ciencia no ha podido desarrollar una vacuna contra el VIH y que por eso nos tocó aprender a convivir con él. Puede que sea también ese el caso del Ébola. No siempre la ciencia le gana el pulso a la naturaleza. Y el problema no es la naturaleza con su Malaria, su VIH y su Ébola. El problema es nuestra maldita incapacidad de aniquilar la pobreza.

Nota: La ilustración que aparece en el encabezado fue tomada del Huffington Post. Me parece brillante. Para ilustrar mis palabras se podría reemplazar la imagen del hombre blanco por la imagen de un perro de hombre blanco.

Fuente imagen: Huffington Post.

Alberto Aguirre

“La salvación está en la palabra. Desde que escribo con regularidad estoy más tranquilo: es como la terapia para un esquizofrénico (¡y eso somos!). No sé qué decirte a lo que dices de: “Escribo más bien poco en este tiempo, porque lo que me sale me parece hediondo”. Y no te doy ningún consejo porque –carajo– yo no soy maestro”.

Alberto Aguirre

Gotas de Neosaldina

Tengo un dolorcito de cabeza que me ha durado más de una semana. Solo recuerdo haber sentido un dolor así tres veces en la vida. La primera, cuando murió un gran amigo, estudiante de veterinaria y vendedor de revuelto en las comunas de Medellín con megáfono y concurso de canto incluido. A los niños que cantaran les regalaba naranjas. Esperé a que bajara la procesión de Manrique en el semáforo del cementerio San Pedro. Mi hermana estaba también en el cementerio, pero cada una hizo el duelo por su lado. Su duelo era mayor, porque mientras yo enterraba un amigo, ella enterraba un amor. Vi bajar motos culebreras con muchachos culebreros por la loma. Bajaban algunos de la Terraza, de ese misterioso lugar que, según rumores, era el nido de algunas de las aves más negras de Medellín. Mi amigo les vendía el revuelto a las cuchas de las aves negras todos los sábados. En el cementerio hubo bala y mucha rabia. No era una escena de Rosario Tijeras, ni era el entierro de un sicario, era el entierro de un muchacho cualquiera que quería ser veterinario. “Nos mataron al calvo del revuelto, la cucha está muy dolida. Hijueputa”. Tas tas tas. Yo escuchaba los lamentos oculta entre monumentos lapidarios. Estaba dopada por los recuerdos de mi amigo, un muchacho luchador, inteligente y estudioso que había llegado de un pueblo a vivir unas cuadras más arriba de la Terraza. Lo recordaba lavando los platos en mi casa después de la comida. Lo recordaba jugando catapis en la Universidad de Antioquia. Compartía muchos sentimientos con los muchachos culebreros, los sentí cercanos, los vi llorar. También les dolía la muerte y para canalizar ese dolor apuntaban al cielo con sus armas. Seis balas nos habían ahuecado la vida. Los sábados dejaron de ser días de revuelto y canto. La ausencia se me volvió un dolor de cabeza de muchos días, quería vomitar pero cada arcada me estrangulaba la cabeza. Estuve dopada por varios días entre el dolor y la Neosaldina, cuando me despertaba apretaba las dos puntas de la almohaba contra mis sienes. Era octubre. Iba a la facultad de veterinaria y como ya no estaba su moto para dejarle flores, como era mi costumbre, empecé a hacerle un montoncito de flores en el lugar en el que siempre la dejaba parqueada. Hice mi duelo con el alma y en Alma máter, porque la universidad también perdió a uno de sus mejores estudiantes. Esta es la hora en que no sé cómo fue el duelo de mi hermana. Le pido perdón por mi desatención.

La segunda vez que tuve un dolor de cabeza similar fue un día que caminando por la iglesia de la América vi a unos niños de ocho y diez años montados en un árbol de mangos. Me detuve a observarlos y deduje que eran niños de San Javier, o de la comuna 13, como comúnmente se le estigmatiza. La gente siempre se las ingenia para poner etiquetas. Antes eran barrios o sectores, después nos cambiaron los nombres de los barrios por comunas, al final, cambiamos de nombre pero nos quedamos aferrados al estigma. Ahora San Javier es La 13, sin embargo, El Poblado y Laureles nunca han dejado de ser El Poblado y Laureles. Los mangos que los niños cosechaban del espacio público eran para vender -seguro a la salida de las escuelas- y tener así algo más que mangos para comer. El árbol tenía cuatro metros. Pensé en el peligro, en la altura y en los cables de luz que casi alcanzaban a tocar las ramas, porque en la ciudad más innovadora los cables de alta tensión casi que se pueden tocar desde los balcones. Mientras los miraba y pensaba en mil cosas por segundo, en un segundo, escuché un traquear de ramas y después un golpe seco contra el pavimento. Uno de los niños cayó a tres metros de mis pies. No supe qué hacer. Se hizo un círculo de curiosos y nadie hacía nada. Yo, que no soporto a los curiosos en esas circunstancias, quedé como una curiosa más. Estaba en shock, parecía un cristo clavado por los empeines al pavimento. Pude reaccionar cuando el niño que se dio el golpe se levantó y caminó hacia mí. No caminó hacia los demás curiosos, el azar me regaló ese golpe a mí. El niño, con la mandíbula volteada, con sus pies apuntando hacia lados distintos y con sus brazos despedazados, se paró frente a mí para decirme algo: “Ayúdeme”. Yo no tenía un carro para llevarlo a un centro asistencial. Lo quería abrazar para que se le quitara el miedo, pero yo también tenía miedo. Me paré entonces en la avenida para tratar de detener un carro. Se detuvieron varios y al ver el niño volvieron a arrancar. Un taxista me respondió que llevar un niño así a un hospital era un problema porque la policía los detenía hasta que averiguaran qué había pasado. Yo quería que la policía me detuviera por ese niño, se lo dije al taxista, pero él se marchó como los otros tres que pararon. Al final un señor dijo que lo montaran en su moto. Así llegó ese niño al centro asistencial, quebrado hasta el alma y aplastado entre el conductor de la moto y el parrillero. Por fortuna, en algún momento de esa tragedia humana, el niño se desmayó. No supe más de aquel niño genérico, de ese niño de tantos que no le duelen a nadie. A mí me dolió. Sentí el dolor de ese niño explotar en mi cabeza y acudí, una vez más, a las gotas de Neosaldina.

Hoy cumplimos catorce octubres sin jugar catapis. El aniversario de esa ausencia me sorprendió con dolor de cabeza. No tengo gotas. La causa del dolor es la muerte de una niña de dos años en mi pueblo. Muerte por tortura. Quiero creer que el dolor cuando es mucho tiene el efecto de la anestesia. De rodillas, entre lápidas, le ruego a Dios que cada golpe haya sido como una inyección de anestesia y que esa pequeña se haya desmayado como el niño quebrado. Ruego también para que esa niña vea desde cielo, al lado de Yesid, las cometas que la violencia no le dejó hacer con nosotros en la escuela. Y que las toque, que juegue con Yesid a enredar y a arrebatar las cometas de los otros niños, y que canten sin megáfono y que sus cantos nos lleguen como truenos de los que alumbran y no matan. Y que sonrían, que sonrían mucho allá, en el cielo de las cometas. Hoy reemplazo la Neosaldina por la esperanza de que el cielo no sea solo consuelo de poetas.

“Motor de la transformación”…

Decir que la educación es el camino para la transformación no es suficiente. Hay que explicar cómo es ese camino. Nuestra realidad demuestra que los personajes más corruptos del país también han sido educados. Bueno, educados dentro del concepto general de educación: calentar silla en un colegio y coleccionar diplomas. La decencia no estaba incluida en el currículo. Repito, la idea es noble, como idea, pero es vaga. Por este comentario me cayeron encima la semana pasada, porque dentro de los educados también hay gente que quiere que los demás se callen y no piensen. Eso me llevó a algo que escribió William Ospina que decía que la política es un chantaje. Nos mantienen chantajeados. Lo ilustro de la siguiente manera:

Los corruptos que se alían con otros delincuentes nos chantajean con el silencio; si hablamos nos quitan un contrato, mueven influencias o nos matan. Y los políticos que no son corruptos también nos chantajean con el silencio, porque como ellos son los decentes y los que hacen algo, entonces nos tenemos que quedar callados porque están haciendo algo. No importa si lo que hacen queda mal hecho, lo importante es que hagan algo, mientras nosotros nos tenemos que conformar con el eslogan vendedor. Vaya suerte tan cula.

Apareció otro artículo sobre los parques educativos de Antioquia que no dice nada que no haya salido en otros artículos. Es repetitivo. Mucha retórica. Sin embargo, entre tanta palabra esperanzadora aún no se resuelven mis preguntas:

¿Cómo se van a sostener los parques educativos? ¿Cuál es la visión a cinco, diez y quince años de cada pueblo? ¿De dónde sale la plata para eso?

Eso no más. Decir que esos parques son la puerta de las oportunidades es una visión muy borrosa para un plan tan noble y ambicioso, en especial a un año de terminar el periodo de gobierno del actual gobernador y de los alcaldes de los pueblos. El plan de sostenibilidad es fundamental.

Entonces, es hora de soltar el eslogan para pasar a lo concreto. Es decir, para que la educación no se quede solo en el concreto de los edificios, que ya sabemos que todos van a ganar premios. Esas cosas les quedan preciosas a los arquitectos.

Nota: El artículo que motivó este texto.

http://www.semana.com/educacion/articulo/que-son-los-parques-educativos/405252-3

Olimpiadas del conocimiento

No estoy de acuerdo con el fomento de la competencia en la educación. Hace varios años me gustaba la idea, me parecía novedoso que quisieran cambiar reinados de belleza por olimpiadas de conocimiento. Pero ya cambié de opinión, porque entre el reinado y la olimpiada hay un tongoneito que no me gusta; en el reinado se tongonea el trasero y en la olimpiada se tongonea el conocimiento. No me gusta separar a los jóvenes entre ganadores y perdedores, en especial porque por cada ganador hay miles de perdedores. No me parece un mensaje muy motivante. Además, los jóvenes de los pueblos vienen de un sistema de Escuela Nueva, en el que los niños tienen un solo maestro (casi siempre maestra) para enseñarles todo y a niños de todas las edades al mismo tiempo. Ese sistema me parece una belleza, es innovador porque les permite a los niños rurales tener acceso a la educación y además tiene la flexibilidad que no se tiene en las ciudades. El esfuerzo de los maestros y de los niños por hacer cosas es inspirador; los niños caminan horas para aprender a leer, y lo hacen porque tienen voluntad para aprender. Es admirable ver a una maestra, sola, enseñándoles a veces hasta a más de 20 niños cosas distintas y -a la vez- atendiendo el mantenimiento de la escuela, escribiendo proyectos y cartas para conseguir donaciones para mejorar la infraestructura, y resolviendo asuntos relacionados con el número de bananos que le llegan para el restaurante escolar. Eso sin contar su preocupación constante por aquellos niños que por más que se esfuerzan no pueden aprender las letras, y por los cuales, humanamente, la maestra no puede hacer más. En esas condiciones los niños rurales van a estar siempre en desventaja con los de las ciudades, que al menos están separados por edades. Desde ahí, desde la educación básica primaria, los niños rurales quedan excluidos de muchas oportunidades. Por eso me parece triste que a los pocos que logran llegar a las cabeceras municipales a continuar con el bachillerato los pongan a competir como para escoger al que “sirve”. Me resulta muy ruda esa forma de incentivar la educación.

Las chuchitas

Las chuchitas son marsupiales y les gusta comer plátano popocho como a los pájaros. De noche los ojitos les alumbran rojos para que las confundan con el diablo y no se les arrime nadie. Caminan por los cables y se trepan por un árbol de aguacate para dormir en el techo de mi casa. Las chuchitas hacen mucho ruido de noche porque tienen las uñas muy largas, pero ellas no duermen en el techo por gusto, sino porque todos caminos y marañas de los cables de luz y de teleléfono llevan al árbol de aguacate y sus ramas al techo de mi casa. El problema con las chuchitas no son pues las chuchitas, sino el bendito árbol de aguacate. Ese árbol nació en el lugar equivocado un día en que a la hora del almuerzo a mi papá se le cayó una pepa al suelo.